martes, 18 de junio de 2013

LA INSISTENCIA


* Dedicado a Horacio Quiroga, quien me visita por estos días.

Ella lo presentía. De alguna u otra forma, él la seguía. La espiaba callado entre las sombras sin acercarse.
Su cara la veía de reojo en la multitud del metro, observándola amparado por el anonimato. Podía ser el sujeto que pasaba a su lado raudo en bicicleta sin que alcanzara a divisarlo bien. Otras veces era la voz al teléfono que no decía nada, llamándola desde un número desconocido.
Las pulsaciones de su corazón solían alertarla cada vez que creían que él estaba próximo a ella.
Quizás una especie de paranoia se apoderaba de a poco de sus nervios y con certeza eso es lo que él pretendería que le pasara. Si es que era él realmente... se decía a sí misma y luego trataba de pensar en otra cosa. Hasta que empezaron los sucesos extraños.
Encontraba en su hogar puertas abiertas que estaba convencida de haber cerrado. El calefón la esperaba con su llama encendida despilfarrando el dinero mientras bailaba, a pesar de que ella juraba haberlo apagado antes de salir. Las cortinas amanecían corridas y desordenadas como si alguien se hubiera envuelto en ellas para esconderse. Hasta la tapa del baño aparecía arriba, dando a la taza el aspecto de una boca abierta y burlona, riéndose de ella y sus manías. Eran detalles que alteraban ese orden definitorio que había creado para su confort y que sólo él osaba desordenar en sus visitas, por el puro gusto de desafiarla.
Quizás tenía una copia de las llaves (una copia de la copia que hace un tiempo le pidió de vuelta enojada y que él arrojó por la ventana del comedor).
Él conocía sus horarios, rutinas y costumbres y peor aún, la conocía bien a ella. Sabía sus aspectos fuertes y débiles. Su esquema de pensar y no pensar. Tanto su ira, como su pasión sanguínea.
Lo más lógico, era imaginar su intromisión cuando el gato maullaba en la cocina durante la madrugada, sin explicación alguna, como si acusara pasos conocidos e invisibles. Al otro día una vieja notita de él aparecía tirada en el piso, caída como por arte de magia desde adentro de un libro de la estantería, donde alguna vez había sido guardada y condenada al olvido.
“Hola tesorito, canjea este cupón por un apretón de aquellos”. Antes podía hacerla sonreír con esa clase de tonterías escritas en un papel corriente que se volvía especial. Antes, antes de que empezara a enloquecer.
El asunto hoy era aún más grave de lo que suponía en un comienzo. Estaba casi segura de haberlo escuchado susurrando palabras amorosas en su oído mientras dormía y de haber sentido sus dedos largos desenredando su cabello con la paciencia de un amante decidido.
Incluso, algunas noches tuvo la sensación de que pasaba su lengua hinchada por el alcohol a través de su cuello, bajando por todo lo largo de su espalda, mientras sus manos se perdían con codicia inhumana en su entrepierna. Entonces se despertaba transpirando, tanto excitada como temerosa y no había nadie en el dormitorio, pero perfectamente podría haber estado ahí aprovechando sus horas de sueño más pesado. Horas que se vieron invadidas por fantasías febriles cada vez más eróticas y angustiantes, en las que su anatomía femenina se llenaba de convulsiones que exigían el ardor de su tacto. Antes, para esa clase de ocasiones, él sí solía resultarle muy útil, hasta que las emociones lo enturbiaron todo.
Hubo un lapso en el que ya se despertaba con frecuencia. Olía su perfume y era capaz de notar algo distinto en el aire, como si éste hubiera sido desplazado por el cuerpo de él al caminar y aún quedaran en las paredes huellas frescas de su sombra. De su figura varonil proyectada por la luna que le servía de guía en la oscuridad.
Tenía que ponerle punto final a esas situaciones incómodas que alteraban su diario vivir.
¿Y si él quería volver con ella? ¿Por qué no era directo y se lo decía? Demasiado fácil tal vez y él no era alguien simple ni menos aún fácil. ¿Y si esas eran otras de sus bromas para llamar su atención?
No creía en las segundas oportunidades, ni en las ventajas del diálogo por sobre la acción. Sólo reforzaba sus razonamientos torcidos a través de las sensaciones que la iban desbordando sin control.
Él era gracioso, es cierto y amoroso en ocasiones, pero su vileza no encajaba dentro de sus perspectivas de un futuro lleno de esplendor. Por más que él le dijera que la amaba, por más que hayan gozado antes de atisbos de felicidad. Por más insistencia que él pusiera.
Sólo ansiaba recuperar su privacidad inmaculada, su independencia, cueste lo que cueste. Y como buena mujer de armas tomar decidió hacer algo drástico al respecto: Enfrentarlo y llegar hasta las últimas consecuencias para que la dejara en paz.
Ubicaba el lugar donde él vivía actualmente y quién sabe lo qué podría pasar al reencontrarse ambos. En una de esas, las tinieblas del rencor eran atravesadas por los rayos inmaculados del deseo al mirarlo otra vez a los ojos. En ese mismo instante lo sabría o mejor dicho, sentiría en su piel la señal indicada, ya sea como una herida que se reabre y supura el veneno acumulado o como un pozo cuyas limpias aguas subterráneas pugnan por salir a la superficie para regar la siembra del mañana. No descartaba tener quizás un poco de sexo, no más que eso, que nunca venía mal para liberar las tensiones acumuladas por la soledad.
Se maquilló con cuidado. Se vistió sutilmente seductora, de tal forma en que luciera bien pero sin que se interpretara su elegancia como una velada propuesta pasional, sino más bien como un gesto de libertad.
Fin de las divagaciones y las dudas.
Una vez arreglada guardó un preservativo en el bolsillo de su vestido. Se puso los guantes de hule amarillo, agarró la pala junto con el hacha y se fue a buscarlo al patio interior, a los pies del nogal donde acabó la última vez que discutieron.
Sería una larga y sudorosa noche, en la que existía la remota posibilidad de que volviera a enamorarse de aquellos huesos prominentes que aún quedaban de él, acompañada por la desgarradora complicidad del silencio.  


FIN
clocks for websitecontadores web