martes, 31 de julio de 2012

NOW



me han venido a ver mis momentos muertos
me preguntan por qué ya no me acuerdo de ellos como antes
y si es que dejaron  de ser especiales para mí

yo los he amparado en el tiempo
es cierto
pero a veces se comportan
como viudas quejumbrosas
que no paran de hablar sobre cómo eran las cosas antes:
antes de que cambiaran las cosas
antes de que esto o antes de que lo otro
y uno termina participando sin invitación del funeral del presente
mientras teje un chal de pensamientos que nada construyen
y todo por prestarles demasiada atención

por eso hay ocasiones en las que me canso de ellos
y pierdo la paciencia
y saco a patadas al primer beso
empujo por el balcón al orgasmo en la playa
se me cae el cuchillo en la espalda de mi fiesta de graduación
y atropello con mi corazón a la cabalgata al atardecer del año pasado

no es ningún misterio que me gusta lo nuevo
aunque sea reciclando algo que ya está viejo
aunque de vez en cuando baile con ciertos momentos muertos
porque mantienen su estatus
de pequeñas maravillas de reluciente calavera
eso no me convierte en un necrófago
vestido con las ropas sucias y pasadas de moda del ayer

en ese sentido los cigarrillos son ejemplificadores
¿o acaso alguno consumido con o sin placer
y cuya colilla terminó pisoteada en el suelo
ha vuelto alguna vez a pedirle explicaciones
a su dueño?

tengo una pila de momentos muertos
a los les voy a echar miel encima
para después rociarlos con bencina
mientras prendo la chispa del ahora
transformándolos en una pira de momentos muertos
así cuando vuelvan a buscarme para sacarme de aquí
se sientan amenazados con quedar
cada vez más chamuscados por el olvido.



jueves, 19 de julio de 2012

UN HOMBRE SIN TIERRA




“Un hombre sin tierra propia pa cultivar, es como si nunca hubiera venío a este mundo” decía su taita, varios años antes de que existiera la televisión, cuando las lechugas aún crecían verdes como pastos gigantescos y había más de diez variedades de ciruelas distintas que salían sin plantarlas.
“Sírvase otro arrollado huaso, mijo” decía el taita y su mano áspera manchada de barro y sudor revolvía sus cabellos antes de ir a posarse como un cóndor sobre su hombro de niño. El sol parecía quebrar las ventanas y hurguetear en el suelo polvoriento que quedó sepultado en el olvido. Desde ese entonces el tiempo había ganado la partida.
Se sentía viejo y con razón, porque trabajó cada día como bestia por más de siete décadas, pero no estaba vencido como le hacían sentir que estaba, era sólo que él no quería ser parte de la época que corría allá afuera, reconociendo pertenecer a una especie en extinción.
Quizás alguno de los niños venga con sus nietos el fin de semana, era la idea que le andaba rondando siempre. Preparará unas empanadas de pino, tortillas de rescoldo y pan amasado con un pebre con harto ají por si acaso. Aunque cada vez le duelen más los huesos cuando corta leña para el horno de barro y su vista se ha vuelto borrosa.
“Venda pairino. ¡Venda!” le dice la Hildita cuando llega a verlo desde Rengo. Su gordita ahijada aparece más seguido que sus propios hijos. Ellos son como esos aguiluchos que tarde mal y nunca se asoman en la huerta en busca de un ratón. Tal vez a la chiquilla (chiquilla que ya es una señora con tres nietos), le interesa más lo poco que podría heredar, que su salud. Aún así, cuando lo visita le cocina algo especial de lo que le gusta; un poco de charquicán, sopaipillas o algún guiso con harto perejil y no la deja irse si no es con unos cuantos kilos de manzanas, tomates, varios dientes de ajo y la sandia más enorme que tiene, si es que es verano.
“Hay que ser agradecido en esta vida mijo” le enseñó su taita. Que falte la plata es una cosa, pero que nunca falte el sustento para la familia ni las atenciones para las visitas. Su pobre taita una tarde de lluvia se cayó muerto como si nada, con un vaso de vino tinto en la mano, ya ni siquiera se acordaba de cuántos años tenía. El médico les dijo que había sido una falla multisistémica, sin entender cómo podía seguir en pie alguien en su condición, pero a la vez sin cuestionarse mucho al respecto, ya que había visto de todo por esos lares y sabía que la gente a veces terminaba como sus propios animales, laburando hasta la muerte.
“¿En qué andarán estos cabros?” hacía meses que no sabía de ellos. El Manolo era taxista en Cañete y le tincaba que estaba metido en cosas turbias, porque le salió chueco desde chiquitito. El Pedro se había ido al norte a trabajar en la construcción, en algún andamio estaría encaramado, igual como trepaba en los olmos cuando chico. La Juanita desde que se casó y partió Chiloé no se asoma casi nunca, como que a la cabra jamás le gustó su tierra, siendo que ésta no tiene nada de malo. Sacó lo peor del carácter de su abuela Herminia, porque no para de quejarse por las moscas, el olor, el polvo, el aislamiento y cuanta cosa hay.
De todos los niños, sus ojos era el Titito, el más inteligente, el único que quiso estudiar en la capital, pero hasta ahí no más llegó, porque se lo mataron unos futres que iban curados en un auto. Él que era tan bueno, ahora sólo vive en su memoria. Por las noches se preparaba un jarro de ulpo con leche, como los que le gustaban al Titito cuando niño y si sentía el corazón muy triste y ningún brasero era capaz de quitarle ese frío que se siente por dentro, se tomaba un vasito del pajarete que compró hace muchos años en un viaje a Puerto Montt.
“¿Y si se viene con nosotros papito? allá en el bazar está todo limpio y bonito” le dijo una vez la Juanita, como si fuera un pecado que un viejo viviera solo en su casa. El había sabido adaptarse a su soledad, era amigo de los animales que le iban quedando y se pegaba sus escapadas al pueblo casi todos los domingos. No le faltaba qué hacer y hasta había aprendido a cocinar mejor, aunque no le llegaba ni a los talones a su adorada Rosa. Se le iba en collera el milcao, la paila marina y el curanto en olla, porque podía imitar las preparaciones, el cocimiento, pero la mano sureña de la Rosa era irremplazable a la hora de darle ese gusto exquisito a los alimentos y ponerle su picardía amorosa de mujer. Sin embargo, el aún podía devolverle presencia a los recuerdos, reviviendo los sabores del ayer.
Preparaba una cazuela y se le aparecía el Manolo cuando cabro, apurando el último sorbo de la sopa con el zapallo molido, antes de salir disparado a molestar a las gallinas a varillazos o hacer otra maldad que terminaría en castigo seguro.
Las humitas recién sacadas de la olla se juntaban con la ensalada a la chilena y era cosa de ver a la Juanita arrastrando su mantita, explorando las cebollas y los tomates con sus deditos, mirando con atención cómo se abrían las hojas de choclo, para después reírse mientras aplastaba con su cucharita la masa pastosa.
Cuando hay porotos con rienda, el Pedrito se vuelve a comer los fideos con la mano como si fuera su mejor gracia el imitar a un zorzal tragando lombrices. “No se apure tanto mijo... mire que el diablo le va a atraesar la cola pa que se caiga”, les solía decir. Unas guatitas con papas llenaban el corazón y el Titito venía y lo abrazaba con su cuerpo chiquitito, pidiéndole contento al oído que lo dejara ir a sacar unas zanahorias de la huerta para ir a dársela a los conejos nuevitos.
Bastaba un buen caldillo de congrio preparado por mamá Rosa para que todos los cabros se envalentonaran y se quisieran subir arriba de la Ernestina, la pobre vaca que tanta leche les dio a la hora de criarlos y que todos lloraron cuando partió.
Los fantasmas del pasado bailaban a su alrededor y junto a ellos lo visitaba su reina.
“¿Por qué te juiste Rosa antes que yo? ¿El de arriba te quería pa que le prepararas la merienda? mejor ven a acurrucarte aquí conmigo junto al brasero, mientras se calienta la chuchoca y me tomo un vaso de agua ardiente.” No hay árbol que dure mil años y la noche está cada vez más linda, mientras que los días son cada vez más fríos o más calurosos que antes.
“Taitita, no sabe cuánto me acuerdo de usted, siendo que se jué hace tanto tiempo, tenía toda la razón nomás... un hombre sin tierra cultivada en la que morirse tranquilo, es como si nunca hubiera venío a este mundo”.

FIN


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