martes, 7 de febrero de 2012

LOS REENCUENTROS AL ATARDECER



Se sentía nerviosa otra vez. Con la boca reseca y la espalda algo sudorosa. No estaba segura de si iría a su encuentro, pero muy dentro de sí sabía que sí lo haría. Había un lazo tan poderoso entre ellos, que las inclemencias del destino no eran capaces de impedir que se siguieran revelando a ellas, como dos barcos a la deriva. Tenía la sensación de ser frágil, pero esa misma fragilidad a veces era su fortaleza. Ironías de eso que algunos llaman amor, pensó, antes de ir a decirle a él unas cuantas verdades que se merecía.

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- No tenías porqué escaparte para venir a verme.
- Lo sé.

Sus miradas brillaron.

- ¿Y por qué lo hiciste entonces?
- Porque eres un idiota, pero aún así te quiero y la vida es demasiado breve para desaprovecharla.
- Bah. ¡Puras leseras!
- Acá el único leso, que no entiende, eres tú.
- Si tú lo dices.

Reprobación. Cansancio.

- No me hagas enojar o me iré en este mismo instante.
- No te pongas seria. Conversemos como dos personas civilizadas aunque nos cueste a veces... ¿Cómo has estado, linda?
- Bien, aprovechando el tiempo, haciendo hartas cosas. Estoy tomando unas nuevas clases de baile y quiero ponerme con otro pequeño negocio.
- Seguro que te irá muy bien. Sabes que confío en ti. Veré si puedo hacer algo para darte una mano.
- Prefiero que todo resulte por mi cuenta.
- Tan orgullosa como siempre, quizá eso te vuelve más sexy... mmm.

Risas maliciosas.

- No empieces... ¿Y tú que cuentas?
- Nada de nada. Cuando no estás conmigo pareciera que el reloj se detiene.

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Le gustaban los lugares al aire libre. Esa quietud inamovible que hay en los árboles. Tal vez no era el sitio indicado donde reunirse con él, pero tampoco había muchas opciones. No quería que los demás se enteraran. No recordaba exactamente cuándo empezaron con ese juego, pero le parecía que fue hace mucho tiempo, tiempo que se pasó volando terriblemente, como si todo lo vivido no fuera más que un eco del pasado. Cuanta paz había entre ellos más allá de las discusiones. Eso la reconfortaba hasta sentirse plena.

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- ¿Me has echado de menos, linda?
- No. Sólo me encuentro contigo porque no tengo nada mejor que hacer.
- No me vengas con esas, mira que te tomaría aquí mismo en el suelo para quitarte esas mañas, si no estuviera ese muchacho de gorra roja mirándonos.
- Ahora esas cosas te detienen.
- Tal vez... ¡No me tientes!

Sonrisas y silencio.

- Mi hija encontró una foto tuya husmeando entre mis recuerdos el otro día.
- ¿Y quién le dijiste que era yo?
- Un ex.
- ¿Sólo eso? ¿Un ex como cualquier otro?
- Sí. No le quise decir que eras peor que cualquier otro.
- Probablemente, pero también el que más te ha amado y te sigue amando, aunque no lo reconozcas.

Cerca, más cerca, ese calor en el alma.

- No me digas eso, mira que no vale la pena volver a hablar de lo mismo y ya tengo que irme.
- Antes de que te marches. ¿Puedes darme uno de esos abrazos que me quitan el aliento?
- Te estás volviendo un viejo sentimental.
- Al contrario, el amor me rejuvenece.
- Estás loco, pero quizás yo también lo estoy, por desear más que tú ese abrazo.

Suspiran al aproximarse.
La tarde se acaba.

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El muchacho guardó la gorra roja en su casillero al interior de la gaceta. El otro guardia terminaba su café antes de empezar con su ronda.
- Se ven cosas raras en este lugar. – Comentó.
El anciano lo miró de reojo y apuró el café.
- ¿Por qué lo dices, hijo? ¿Tuviste problemas con alguno de nuestros inquilinos?
- Ni en broma... pero había una mujer bastante mayor hablándole a una de las tumbas del sector este. Me pareció en un momento que incluso se puso a abrazar la lápida.
- Ah, la ubico. – Dijo con serenidad, como sabiendo de qué se trataba.- Esa señora viene hace muchos años, todos los días seis del mes. Sólo ha faltado una vez porque parece que la operaron de la cadera y cuando no vino pasaron varios hechos extraños.
- ¿Qué hechos extraños?
- Al guardia le tiraba la gorra al suelo una fuerza invisible. Se escuchaban pasos pesados sin que hubiera alguien caminando. Se veían sombras extrañas al anochecer... esa clase de sucesos, pero lo más anormal, fue que las flores de todo el cementerio se marchitaron de un día para otro, durante la misma noche. A uno se le ponen los pelos de punta por más que lleve décadas trabajando aquí.
- ¿Y qué tenían que ver esas cosas con la ausencia de la mujer?
- Hijo, no sé cómo explicarlo, pero en el corazón de una mujer hay más magia, misterio y profundidad, de la que se puede hallar en el fondo de una tumba.

FIN


2 comentarios:

  1. Emocionante;una increíble historia de amor...que bonita me quedé sin palabras solo quien haya vivido un amor así puede entenderlo...hermoso.

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  2. Al comenzar a leer me pareció conocida la historia... pero me di cuenta que es una historia mucho mas profunda... que ganas de vivir un amor así.

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