miércoles, 22 de diciembre de 2010

LA TUMBA DE CLARA KOONTZMANN


Le subió el volumen a la radio y prendió un cigarrillo con el encendedor de la camioneta. Era una molestia conducir en medio de una lluvia de aquellas, esas en las que el cielo pareciera ser un saco gris lleno de agua, rajado por una fuerza invisible. No obstante, internamente sentía que tenía que hacerlo, a pesar del largo trayecto que lo separaba de su destino. Aunque era noche buena y dentro de unas cuantas horas llegaría la navidad, resultaba impostergable que ajustara cuentas con el pasado.
Si sus colegas supieran lo que estaba a punto de hacer, él, uno de los miembros más premiados de la Comunidad cognitiva. El mismo que participaba en simposios y charlas sobre la sanación de la psiquis humana, llenando auditorios a dónde iba. Con varios libros a su haber y un respeto ganado a base de trabajo arduo. Manejando con prisa en plena tormenta, irresponsablemente, a cientos de kilómetros de la metrópolis donde reside, acompañado de una botella de ginebra, una pala, unos fósforos y alcohol inflamable. Con una idea casi desquiciada, alimentando su cerebro.
A su lado le parecía escuchar cómo la botella de ginebra lo llamaba, tentándolo a darle un pequeño sorbo, como un breve beso sin mala intención alguna, que seguramente se convertiría en un arrebato que no cesaría hasta vaciarla. En vez de ceder a ese llamado, prefirió dejar que los recuerdos fluyeran en su cabeza. Clara Koontzmann, la mujer de apellido rimbombante pero de origen humilde, esa que evitó a toda costa, pero cuya sombra no pudo quitarse de encima, fue su copiloto invisible durante el resto del viaje.

Clara, su madre, se hizo cargo sola de su hermana menor y de él, cuando su padre, un mecánico recién titulado, murió en una explosión en la industria en la que trabajaba. Justo en vísperas de navidad. Clara tenía apenas veinte años y el mundo que parecía difícil en ese entonces, después de un embarazo adolescente no deseado y un matrimonio apresurado, se volvió aún más cuesta arriba. La primera navidad de la que tiene memoria, fue con su madre destrozando el árbol, los adornos y algunos muebles de la casa, en un arranque de furia y angustia al quedarse sola, abandonada. Ese sería el inicio de muchos ataques de descontrol total que vendrían después, especialmente en esa época del año.

El agua seguía rebotando a chorros en el limpia parabrisas. Ya casi había olvidado el clima que había en esa zona del país. El mismo clima inclemente que pobló su infancia. Comprendía por qué su hermana se había ido a vivir al extranjero, para dejar todo ese mundo atrás y empezar desde cero. Incluso él se había convertido en parte de ese pasado oscuro sin desearlo y aunque siempre fueron muy unidos, con los años se fueron distanciando, como si el uno al otro se evitaran para no revivir los malos momentos compartidos.

Clara no era intrínsecamente una mala mujer, aunque la mayoría de la gente pensaba que sí. Si bien, tenía pocos recuerdos, relacionados con ella, que podría calificar de buenos, cuando estaba alegre solía ser una mujer de una sonrisa amplia y encantadora. Una especie de hippie transgresora, que podía llegar a ser muy divertida cuando se lo proponía. Antes de que el alcohol la deteriorara paulatinamente, a veces sonreía, con una complicidad propia de la niña que no pudo terminar de ser y tenía algunos gestos de cariño con ellos. Gestos que parecían desaparecer por completo, en ocasiones como aquella navidad en la que simplemente desapareció y los dejó abandonados durante un par de días. Hechos como ese forjarían su carácter, lo harían madurar antes de tiempo y sembrarían en lo más profundo de su alma la semilla del rencor.
Tal vez todo habría sido distinto si hubieran tenido más familia en la que ampararse, pero no fue así. Tanto su padre como su madre provenían de hogares solitarios y destruidos. Por eso hasta el día de hoy se siente incómodo compartiendo con mucha gente, no hablándoles él, desde lo discursivo, algo a lo que estaba acostumbrado en su profesión, sino que al interactuar a un nivel más personal.
Una opción que lo atemorizó desde pequeño, fue que terminaran con su hermana en un hogar de menores. Esa era la peor pesadilla que podía imaginar. La amenaza externa que hacía que ocultara todos los abusos de Clara, los gritos, los golpes que estoicamente soportó aguantándose las ganas de matarla. Lentamente ella se transformó en un monstruo en su vida, la clase de seres que se comportan de una forma que pareciera no ser humana. Aún sentía, por ejemplo, la quemadura de cigarrillo en la oreja. Más que el dolor físico, era incapaz de soportar el dolor emocional, el dolor de sentir que la persona que supuestamente más debiera amarlo en el mundo, lo tratara de esa forma. Eso lo motivó a estudiar la mente humana y qué ocurría ahí adentro, para que alguien llegara a esos arranques de extrema violencia contra su propia sangre.
Clara no se volvió a casar, sólo tuvo convivientes pasajeros, la mayoría de ellos sujetos de mal vivir que reforzaban sus vicios. Se vio obligado a crecer convirtiéndose en el ángel protector de su hermana, que en más de un par de ocasiones, recibió el acoso de esos hombres que veían en ella más que a una niña. Su madre desestimaba esas acusaciones, como si no le importara, afortunadamente sus relaciones nunca duraban. Cuando por casualidad encontraba a un hombre que parecía quererla de verdad, lo terminaba ahuyentando al poco tiempo, con sus arranques de ira. Su rabia por no haber tenido una vida propia, por haber quedado embarazada cuando aún no sabía mucho del mundo, por tener que ganarse el sustento como vendedora cuando podía, ya que la pensión de viudez no le alcanzaba para nada.
Con el tiempo los lapsus en los que no estaba poseída por sus demonios internos, se hicieron cada vez más esporádicos.

Ya llegaba a su destino. La lluvia no daba su brazo a torcer y pronto la negrura de la noche caería.

Curiosamente hay remembranzas que entremezclan lo dulce y lo amargo.
Ana apareció en su vida cuando consiguió la beca para ir a la universidad. Sus esfuerzos habían dado frutos y para él representaban la forma más digna de huir del hogar, de escapar del influjo maligno de Clara. Ana era todo lo contrario, de carácter fuerte pero dulce, sincera pero respetuosa, sin esa capacidad cruel que tenía su madre de romperle el corazón cada vez que podía. Pero algo poseían en común las dos, una sonrisa fresca y luminosa que parecía contagiar alegría.
Ana se volvió un sol en su vida y todo tendía a mejorar. Sin embargo, esa navidad fue la última navidad de Clara. Se embriagó, como siempre, pero él con su hermana ya no estaban en casa para soportar sus desvaríos, habían preferido pasar las fiestas afuera. Cuando volvió, la encontró colgada de una viga, sin nota de despedida ni nada.
Lo peor del suicidio de Clara, fue que él internamente deseó muchas veces que muriera, disfrutaba con la sola idea. Luego de su muerte sólo sintió rabia, más rabia que antes, rabia por su cobardía, por no haberle dado tiempo para titularse y desquitarse con ella, demostrándole que a pesar de todos sus malos tratos él era más fuerte, que podía humillarla. También sintió ira contra sí mismo, con su falta de sensibilidad, por ser incapaz de sentir pena con la muerte de Clara. Se aisló, se obsesionó con sus estudios, como si todo lo demás no tuviera cabida en su vida. Se fue a la gran ciudad y ahí se volvió un ermitaño que no quería volver por nada del mundo a su pueblo natal. Que todas sus raíces se pudrieran en el olvido. Y así, antes de darse cuenta siquiera, perdió también a Ana, la única que lo hacía reír con facilidad cuando estaba triste.

Había llegado. El cementerio municipal. Apagó el motor de la camioneta y miró a su lado la botella de ginebra. Después de beberse sin dificultades una botella todos los días, hacía cinco años que no probaba alcohol. Cinco años en los que su carrera tuvo un ascenso exponencial alejándose del fantasma de Clara, aunque sin poder deshacerse completamente de él, ni de ese enojo interno que parecía haberle heredado, sobre todo durante el período de navidad, con su fiesta multicolor.
Le pagó una suculenta suma de dinero al guardia, para que le permitiera entrar fuera del horario y lo dejara tranquilo. Ni siquiera se molestó en preguntarle para qué llevaba una pala y el resto de las cosas. La adrenalina fluía por sus venas como no lo hacía desde la muerte de ella. Fueron tantas las emociones que se acumularon, que ni siquiera fue capaz de asistir a su funeral, ni de visitar su tumba, ni menos aún de asumir esa herida que no logró ponerle punto final a su pesadilla. Imposibilitado de deshacerse del resentimiento que ella había provocado en él, empezó a beber de a poco. Primero para apaciguar los nervios, para relajarse y después como una forma de sobreponerse a sí mismo, de diluir el odio y tal vez secretamente, de hermanar su alma con la de ella, con la persona que curiosamente más detestaba en su vida.

Ahí estaba, parado frente a esa tumba abandonada, maltratada por el paso del tiempo. La tumba de Clara Koontzmann. El lugar en el que estaban sepultados sus miedos infantiles. Su dolor. El ancla que lo ataba a un pasado pesado e ineludible. La lluvia había empapado sus ropas y las atravesaba con un frío de muerte que descendía hasta lo más profundo de sus huesos. En forma mágica el agua cesó de caer, justo cuando divisó a lo lejos el sepulcro, que lo miraba de vuelta como si lo estuviera esperando desde hacía muchos años. Coincidencias, pensó.
Dio dos caladas a un cigarrillo, lo tiró al suelo y preparó el alcohol inflamable, amparado por una pequeña cornisa junto a la tumba. Qué deteriorada se veía. Ese pequeño espacio no era más que una cruz blanca de madera, de la cual colgaba un cartelito con la pintura deshecha y un cerco de fierro oxidado demarcándola. La última morada de quién no entregó suficiente amor en vida y se quedó atrapado en el olvido. En el desprecio.
En esos instantes quería más que nunca beber un sorbo largo de la botella de ginebra que le hacía compañía. Necesitaba darse valor. El valor que requería para hacer lo que venía a hacer. Finalmente, luego de arreglárselas con la botella encontró la energía necesaria en el fondo de su espíritu.
Esta navidad las cosas cambiarían de manera definitiva. Asió la pala como si fuera un salvavidas en medio de un mar bravío. No se dejaría intimidar por fantasmas. Avanzó con decisión hasta la tumba y clavó una palada en la tierra como si le estuviera clavando una espada en el corazón a una bestia. Tiró la tierra mojada a un costado y volvió a excavar, hasta que una especie de impulso irrefrenable lo recorrió por dentro, haciendo que incluso se doblaran sus rodillas. Arrojó a un costado la pala y se dejó caer en cuclillas hundiendo ambas manos en la gruesa capa de fango, a sólo un par de metros más arriba del ataúd donde estaba ella.
El impulso que le recorría los músculos, como una descarga magnética, hizo cortocircuito en su cara, causando que le saltaran lágrimas en los ojos. Sólo podía hacer una cosa. Abrió su boca y empujó las palabras desde lo más profundo de su ser hasta lograr que salieran, junto con un gemido que parecía expulsar todo el enojo que había sentido hacia ella.

“Perdóname Clara… Perdóname por haberte odiado durante toda mi vida. Por favor perdóname.” Musitó, mientras recordaba por qué estaba ahí.

Hacía unos días había participado de un congreso, donde conoció a un colega que era especialista en regresiones. Un método en el que nunca había creído mucho, más que como otra herramienta usada para oír al subconsciente. Sin embargo algo provocó que se prestara a ser tratado en una sesión por su colega, quién se ofreció amablemente a hacérsela sin costo alguno, en agradecimiento a los aportes que sentía haber recibido de sus libros.
Durante la sesión su colega lo hizo volver hasta antes de nacer, al origen de todo, a lo que algunos suelen llamar, la fuente. Allí una voz le preguntó que quería hacer en su regreso al mundo y él, que no era más que una especie de luz, contestó que quería ayudar a la gente, liberarlos del influjo doloroso de las experiencias, que iban siendo retenidas como huellas en la mente. La voz entonces le dijo que para lograr eso, en su rumbo tendría a una persona que lo marcaría, alguien que lo haría superarse y convertirse en quien quería ser. Se requería que otro espíritu hiciera un sacrificio por él, en un acto de generosidad. El sacrificio de vivir una vida vacía, llena de penas y adicciones, las que serían necesarias para que él pudiera más adelante dar alivio y paz a muchas almas.
Un espíritu conectado al suyo, una alma gemela, que lo amaba como nadie, sabiendo que juntos eran algo muchísimo mayor, se ofreció a hacer ese sacrificio por él y los demás. Así la voz bautizó a ese haz de luz con el nombre de Clara Koontzmann, adoptando su forma mientras sonreía por primera vez antes de transportarse a la tierra.

“Perdóname Clara”. Se oyó decir con claridad mientras sentía un alivio que jamás antes había sentido. Era como si a través de esas palabras se abrazaran y volvieran a ser uno, entendiendo que las diferencias son sólo ilusiones y los motivos superiores del universo, por más que pensemos en ellos, los ignoramos.

Cuando se recuperó, terminó de remover la tierra y sembró en ella unas semillas que traía, convencido de que a pesar de las lluvias frecuentes, pronto habría flores adornando la tumba. Luego le prendió fuego al alcohol adentro de un vaso y dejó que se consumiera junto a la sepultura, en honor a ella. Un pequeño ritual para quemar el dolor del pasado y transformarlo en un punto de encuentro. En una suma de vivencias que se llevan con orgullo, por más negativas que parezcan a veces, porque no sólo lo convirtieron en quién es hoy, sino que además le permiten enfrentar el futuro con esperanza.
Se despidió gozando la renovada paz que llevaba consigo adentro.

Tras manejar por calles que ya había olvidado, llegó hasta la puerta de una casa pequeña de dos pisos. Ya era de noche, no la noche de las grandes ciudades llenas de luces, sino una noche discreta y no cualquier noche, noche buena. Buena, mejor que nunca.
Un niño le abrió la puerta, el hijo de Ana. Ella no podía creer que estuviera ahí, aún cuando la llamó hace un par de días, después de muchos años, diciéndole que un día de estos iría a visitarla. Con su amabilidad habitual, lo invitó a cenar junto a su familia. Estaba separada, con un hijo, pero aunque hubiera estado casada no le hubiera importado, todo con tal de ver esa enorme sonrisa que le remecía el cuerpo y le recordaba lo mejor de Clara y de estar vivo.
Para cooperar con la cena navideña, le entregó la botella de ginebra intacta, sin abrir, deshaciéndose de otro peso de encima. Más tarde quizá le daría su obsequio navideño, nada caro como podría haber sido, sino algo simple, pero que tenía en sí el valor inigualable de la verdad. Un pequeño pedazo de papel amarillento. El único poema que había escrito en su vida, cuando ella era lo más importante, algo tan importante que no había sido capaz de retener, por un constante temor a no saber si podrían ser felices juntos. Un recuerdo sin valor aparente, sin título siquiera, más que un poema, solamente unas cuantas líneas:

Perdóname por no haber sujetado tu mano / para mantenerte en mi vida / ya ves / mientras más inteligentes nos creemos / más idiotas somos en el fondo / ya tarde me di cuenta / de que tu risa era el mejor sinónimo de la felicidad / que pude encontrar / y aunque quisiera gritarte lo que siento / en vez de eso lo escribo y callo / pidiéndote disculpas / por no haberte podido expresar con suficiente claridad / cuánto te amo.

Durante la cena, casi por casualidad, tomó su mano y se sintió tan feliz, como si fuera un hombre recién nacido con la existencia por delante. Tan contento, como ya ni siquiera recordaba que fuera posible. Cuando brindó con bebida, deseó de corazón que durante esa navidad todos pudieran sentirse, en algún momento, tan llenos de amor cómo él se sentía en ese instante.

FIN

3 comentarios:

  1. HERMOSO Y TRISTE, EMOTIVO LA VIDA TIENE SENDAS QUE NO LAS ESPERAMOS,Y ELLA NOS ESPERA PARA CAMINARLA,RECORRER LO ANDADO,REFLEXIONANDO AIRES,BRISAS,QUE NO SUPIMOS RESPIRAR............
    ME GUSTO BASTANTE, ES ENTRETENIDO
    FELICITACIONES SEÑOR ESCRITOR..............

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  2. Hermoso es poder sentir el alma en paz despues de sufrir la violencia y el odio,poder perdonar a quien nos hizo daño,a aquel que nos mato el alma.Es como resucitar o sobrevivir a una guerra volviendo victorioso de ella,sin duda sentir la paz despues del perdon es impagable. Muy lindo Mauricio.

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  3. Maravilloso...ojala pudieramos entender asi el sentido que tiene algunas personas en nuestra vida y asi poder entender el dolor y poder perdonar de verdad

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