jueves, 16 de septiembre de 2010

EL REFLEJO DE LA LUNA SOBRE EL AGUA


El viaje se le había hecho largo, pero valía la pena todo el esfuerzo, porque su mano estaba tomada firmemente por la mano de ella y su cuerpo se apegaba al suyo como dejando en claro que había pasado demasiado tiempo desde la última vez que estuvieron juntos.

Miró sus ojos oscuros y radiantes, de los que colgaba una sonrisa cómplice, mientras sus dedos se deslizaban por su cintura hasta más abajo de la cadera, haciéndola sonreír aún más. El chofer de la van se hacía el ignorante, observando de reojo por el espejo retrovisor, subiéndole el volumen a las rancheras en la radio y siguiendo su trayecto por el camino rural invadido por la lluvia.

Si hubiera sido por él la hubiera tomado ahí mismo, o en el baño del aeropuerto o en la losa de llegada, daba igual, el deseo por ella lo dominaba completamente. Cuando el alma y el cuerpo se confabulan, meditó, resulta casi imposible no dejarse atrapar por un torbellino que te hace sentir vacío sin la presencia del otro.

La van parecía elevarse sobre el camino con cada beso, con cada cariño, y de pronto era como si se condujera sola y no hubieran más pasajeros que ellos. Acarició su cabello, besó sus mejillas y su boca, tratando de calmar su pulso, pero en vez de eso se aceleraba más junto al de ella. Prácticamente no hablaban, embelesados entre sí, sintiendo ese cosquilleo que partía en el pecho, revoloteaba como mariposas en el estómago y exudaba frescura en sus entrepiernas. Sus sensaciones se integraban como dos compuestos químicos que al mezclarse se potencian entre si. La lluvia y el frío del exterior de la van no eran más que decorados hermosos para el calor que inundaba sus cuerpos. Otro beso más, otro abrazo con la felicidad latiendo adentro y el resto del viaje hacia el pueblo, las dudas, así como los problemas del pasado, parecieron desvanecerse.

La señora alemana les entregó las llaves de la cabaña y cerró la puerta al salir con su paraguas. Apenas alcanzaron a tirar los bolsos junto a la cama y a prender la estufa apurados, antes de empezar a abrazarse y besarse mientras sus manos se recorrían mutuamente, ya sin observadores. Revivieron una especie de ritual que consistía en quitarse la ropa con velocidad, pero sin descuidar las caricias, para empezar a hacer el amor de a poco. Estaban viviendo el instante que habían aguardado durante meses. Los mails, las llamadas, los videochat, todo tipo de contacto servía de alguna forma, pero no igualaban el efecto de tocarse, ni siquiera se aproximaban al hecho de poder llenarse el uno con el otro al sentirse cerca. De poder decirse cara a cara cuánto se extrañaban. De susurrarse al oído tendidos en la cama cuánto se aman.

Volver a contemplarse desnudos, frente a frente, le hacía sentir una energía extra. Como que el cuerpo de ella era un lugar maravilloso por redescubrir, un sitio en el que perderse y dejarse llevar tratando de capturar para siempre su textura, sus sabores, su aroma, todo lo que la definía físicamente. Lo que la hacía ser propiamente ella y no otra, hasta alcanzar una especie de embriaguez en esa entrega, que ningún alcohol o droga es capaz de conseguir.

Después de hacer el amor, volvían a hacerlo, en una comunión sin fin, con pausas para descansar en las que él hundía la cabeza en el cuello de ella, pegando el pecho a su espalda mientras la rodeaba con los brazos para acercarla aún más a su piel. Lo que hay afuera no importa, es como si no existiera. Reír y entregarse al ahora tal vez sea una estupidez, piensa, pero que estupidez más hermosa y cálida en la que abandonarse para siempre si se pudiera. Ella siente como que en ese espacio mágico los desacuerdos se resolvieran, aunque sea en forma momentánea, pero no es acaso así la vida, momentánea, se pregunta él sin decirle, mientras acaricia sus piernas.

El lago se puede ver a través de la ventana de la cabaña, ya no llueve, está de noche, aunque pareciera que recién se hubieran encontrado al amanecer. El tiempo definitivamente es un concepto relativo cuando están juntos.

Sobre el cielo hay estrellas de distintos colores y una luna inmensa, inimaginable, reflejándose en las aguas. No hace frío. Salen a caminar tomados de la mano sin fijarse en que no están vestidos, no importa. Cuando se aburren de andar se internan en el lago y vuelven a hacerlo bajo el agua, ni siquiera necesitan respirar. Todo es húmedo y seductor, como si el sudor de sus cuerpos impregnara todo el aire.

Las aguas del lago son las sábanas y las sábanas son el lago. Se levantan entrelazados por la cintura pareciendo una sola criatura pacífica y se ponen a flotar bajo la luna, como si fueran dos plumas que saben volar al unísono y empiezan a ascender atraídas por la luna palpitando en cada uno de sus poros.

Una sacudida hizo que todas esas imágenes se borraran bruscamente de su cabeza. El tren había llegado a la estación. Abrió los ojos confundido, no solía quedarse dormido en el metro y menos aún, tener un sueño de esa clase, sobre un viaje que planearon con ansias, pero que finalmente nunca hicieron. A pesar de que todo estaba arreglado se pelearon unos días antes, por diferencias que hoy resultaban insignificantes, pero que en su momento fueron asuntos de vida o muerte, de dolor y desesperanza. Se arrepentía de cómo se dieron las cosas y de lo que se dijeron enceguecidos por el enojo y el orgullo, más que nada el orgullo, ese orgullo idiota que nada sabe de afectos y que sólo logra encerrar a cada uno en su forma de entender y aislarlo en pensamientos hostiles.

Contra todas las probabilidades, como si fuera un designio irónico del destino, la vio parada como un pasajero más, al fondo del carro. Estuvo a punto de ir a hasta ella y saludarla con un abrazo como el que había fantaseado en su sueño, pero algo lo frenó. Se sintió confundido, como si su cuerpo y su mente no se entendieran, como si uno la recordara y el otro quisiera olvidarla. Comprendió que toda la magia entre ellos ya había pasado, los besos, las caricias, los abrazos, no eran más que asuntos de otro tiempo, un sueño revivido a través de otro sueño en un carro de metro. Algo tan efímero como el reflejo de la luna sobre el agua, pero tan vívido como la existencia misma.

Ella se bajó en la siguiente estación y a él le pareció que lo había divisado de reojo. Lucía un poco distinta, tal vez por los eternos meses que habían trascurrido, pero se veía como más seria que de costumbre. El también tenía que bajarse ahí, pero prefirió quedarse sentado y dejarse llevar por el vagón de metro. Volvió a sentir que la amaba, comprendiendo que una parte suya nunca había dejado de hacerlo, aunque ya fuera demasiado tarde.

Cerró los ojos y trató de soñar una vez más. Los recuerdos podrían ser reales o no, pero siempre tendría en su memoria y en su corazón, la verdad absoluta e irrenunciable de la que fueron parte.

FIN

5 comentarios:

  1. que cobarde, deberia haber ido a saludarla

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  2. y no son tonteras de orgullo, piensa un poco aHHHH!!!

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  3. Tenias que ser ´poeta para quedarte envuelto en el sopor de tus fantasias,que fome el orgullo es el fantasma que nos tranca en nuestra mazmorra,super romantico eres te felicito,me caes bien....

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  4. Mauricio escribe muy hermoso su talento se esta perdiendo al no tener la fama y la admiracion que merece.

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  5. Realmente hermoso.. Maravilloso. Haz relatado mi historia con el amor de mi vida, el la acaba de leer y no pudo responder nada ya que nos interrumpieron y se lo llevaron. Nuestra vida ha sido amarnos a la distancia. Desde que yo no fui capaz de corresponderlo todas las veces que el me lo pidio. Ahora ya es tarde pero las vueltas de la vida nos junto de nuevo en el trabajo, todas las paredes de este lugar son victimas de nuestro amor ahora escondido. Ya no soy de el en cuerpo ya que el tiene pareja, la madre de su hija. Yo me separe del padre de mi hijo sabiendo que el no lo haria por que jamas dejara a la mujer que lo hizo ser padre, su mayor deseo. Deseo que toda mi vida me pidio....

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