domingo, 30 de mayo de 2010

"FRANK Y LOS CERDOS" (parte 2 de 3)


Ursula saltó abajo de la cama y fue hasta su bolso de donde sacó un pañuelo rojo, que sujetó desde los extremos con ambas manos.

- Tiéndete de espaldas en la cama Frank.
- ¿Qué vas a hacer?
- Si te cuento perdería la gracia.

Se recostó un poco renuente en la cama y ella vendó sus ojos con el pañuelo asegurándose de que no podía ver a través de él. Frank se vio sumido en la oscuridad, con una sensación de desconfianza innata a su condición de hombre criado en lugares poco amigables. Escuchaba los pies descalzos de Ursula moviéndose por la habitación buscando otras cosas que lo intrigaban. Prefirió no preguntar de qué se trataba para no romper el misterio del momento y terminar haciéndola enfadar. Ursula podía ser una mujer agradable y comprensiva, pero cuando su carácter estallaba era mejor alejarse de ella.

- Estira tus brazos. – Le dijo.

Frank le hizo caso con cierta desconfianza. Ella sujetó sus muñecas y las amarró con firmeza al respaldo de la cama, un arco tallado en roble tan antiguo como sólido. El se dejó atar aunque estuvo a punto de decir; “basta, detén este juego que más que excitarme, está haciendo que me den ganas de salir huyendo del dormitorio”.
Movió sus brazos. Estaban atados lo suficientemente bien como para que no pudieran soltarse. Acto seguido hizo lo mismo con sus pies. Una sensación de angustia invadió su cuerpo al sentirse inmovilizado y trató de combatirla imaginando que ese sería el preludio al mejor sexo oral de su vida o al polvo que le haría recordar para siempre a Ursula. Aunque no lograba convencerse del todo.
Se sacudió con fuerza, pero ya era tarde, estaba atado a la cama de pies y manos, sin poder hacer otra cosa que esperar a que ella lo desatara.
Ursula le quitó la venda de los ojos. Ya no sonreía.

- ¿Qué se siente Frank?
- ¿Qué cosa? Aparte de estar amarrado como un animal.
- Estar inmovilizado en una cama en el campo, a casi un kilómetro de la casa más cercana.
- No es algo muy agradable hasta ahora.
- ¿Te das cuenta de que si gritaras nadie te escucharía?- Dijo con seriedad.
- ¿Si gritara de placer te refieres? – Bromeó, sin lograr hacer que Ursula parpadeara siquiera. - ¿Qué es lo que quieres hacer?
- Jugar un juego... Espérame acá. No te muevas.

A Frank fue ahora al que no le hizo ninguna gracia el comentario.
Ursula salió del dormitorio. Se percató de que si ella no volvía, la única persona que iría hasta la casa (su casa), sería la mujer del aseo, que iba dos veces al mes. Pero eso ocurriría dentro de quince días, por lo que lo encontraría muerto por inanición. Ursula no sería capaz de hacerle algo así... ¿O sí?
Ella volvió a la pieza paseando su escultural desnudez. En sus manos llevaba un pequeño objeto que Frank identificó inmediatamente: La vieja y eficiente navaja de afeitar que había heredado de su padre. Una base de hueso de ballena que albergaba una hoja replegable cuidadosamente afilada.

- ¿Qué quieres hacer con mi navaja? – Preguntó Frank ya molesto con el juego.

Ursula no le respondió y se subió encima de él sentándose pesadamente sobre sus testículos.

- Este juego se llama el juego de la verdad, Frank. Las reglas son muy simples, tú me dices la verdad y yo te acaricio, tú me mientes y te acaricia el filo de la navaja. – Desplegó la hoja afilada que fulguró al hacer contacto con la débil luz que entraba por la ventana.
- ¿Es una broma? ¿Estás interpretando un personaje psicópata o algo por el estilo? – Dijo Frank, apostando a que todo era parte del juego.

Ursula apoyó el lado filoso de la navaja sobre el pecho del sujeto y empezó a describir movimientos circulares que le arañaban la piel.

- Te recomiendo mantenerte muy quieto y responder, porque la navaja es sensible a los movimientos bruscos. Yo que tú incluso respiraría con lentitud. -

Frank se inclinó a un costado ignorando la advertencia e inmediatamente un pequeño surco rojizo se abrió en su pecho. Ella estaba hablando muy en serio. Por primera vez desde hacía mucho tiempo en su vida, tuvo miedo.

- Empezaremos con una pregunta simple.- Aseveró con un tono malicioso en su voz - ¿Desde hace cuánto tiempo que te tiras a Diana?- ¿Qué?... No sé de qué me estás hablando... ¿Tu herman...? – No alcanzó a terminar la frase antes de que la navaja patinara con severidad por el costado de sus costillas, cortándole la piel más profundo que antes, como si fuera un trozo de mantequilla.


(Continuará...)

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