viernes, 14 de mayo de 2010

"EL QUINCE" (parte 3 de 3)


Hizo un pedido a una tienda de antigüedades para poder hacer lo que quería hacer. Apenas quince minutos después, estuvo el paquete cubierto por su sello protector automático en la cabina de recepción de su departamento.

Todo estaba listo, debía abrigarse porque decían que en el exterior-exterior hacía frío. No salía de su departamento al exterior primitivo hacía varios años. La mayoría de la gente no lo hacía ya que para ir a los centros comerciales u otros lugares públicos, había vía directa, sin necesidad de pasar por las calles dónde sólo había gente pobre y extraña. El exterior real era solo el destino de los locos, los neo-ecologistas o los que no tenían otra opción. Las construcciones modernas estaban enlazadas entre sí con vías de transportación directa.

Ajustó su dispositivo rastreador con la voz, era un modelo antiguo, no como los que funcionaban con pensamientos.

 

- Cementerio sur oriente torre ocho... Jolo, compañero de colegio... Reny, hijo... –

 

Los destinos quedaron registrados en el dispositivo, que inmediatamente estableció las rutas más cortas y eficientes para llegar. Se puso un chaquetón y guardó en él el paquete que había recibido. Fue hasta su computadora y sin pensarlo borró todos los archivos antes de irse. Sus recuerdos desaparecerían con él cuando llegara su retiro.

Abrió la puerta y descendió de su apartamento en el piso 103. Un espíritu de aventura inundaba su cuerpo, similar al que tuvo muchas décadas antes al salir a la cancha a jugar la final, como si este fuera el desafío culmine de su vida.

La gente de la cámara transportadora lo quedó mirando como un viejo senil, cuando se detuvo en el nivel de la calle y descendió. Un taxi blindado lo esperaba, previamente llamado gracias a su navegador.

El taxi lo llevó hasta un bloque de edificios antiguos y toscos, donde se dirigió hasta la torre 8 y ascendió hasta el piso 43. Una vez en la sección que buscaba, caminó por el pasillo solitario y lóbrego, hasta que el rastreador ubicó el punto exacto: un pequeño cuadrado de loza sintética de veinte centímetros cuadrados en la muralla.

Se sentó en el suelo, estaba cansado. Hacía mucho tiempo que no caminaba tanto. Ya no reconocía la ciudad. Todo había cambiado mientras que ese era un cementerio a la antigua, sencillo, gris y silencioso, al estilo de los viejos mausoleos, solamente que reducido en espacio y superficie, aprovechando la altura, como todas las construcciones. Ni comparado con los cementerios estándares de hoy, con salas de cine, tiendas, restaurantes y todo lo que hiciera más cómodo el contacto con la muerte.

¡Cómo se sorprendería el Jolo al verlo aparecer en su casa! Sería incómodo, porque las visitas cara a cara ya no se estilaban, pero tenía ganas de decirle personalmente: “¡Lo hicimos! No fuimos campeones... ¡Pero lo hicimos! Luchamos en la final nacional, aunque nadie daba un peso por nosotros”.

Con Renato, quién fuera a la postre su único hijo, quería revivir la sensación del abrazo, un abrazo real, no virtual con proyección sensorial, después de todo aún cuando lo veía convertido en hombre mayor, para él seguía siendo el Reny... A través de los videos cuatridimensionales seguía apareciéndosele en el fondo, ese niño alegre con el que jugaba fútbol.

Se puso de pie frente a la tumba. Pasó sus dedos gastados por el nombre grabado en la placa: Ana. Se preguntó por qué había sido tan idiota en el pasado, tan bruto e incapaz de darse cuenta de lo feliz que fue, aunque sus mundos fueran tan distintos, tan diferentes como para que ella nunca aceptara manipular su cuerpo para frenar el deterioro del tiempo.

Sin embargo, no estaba ahí para quejarse, sino para perdonarse a sí mismo, despedirse y dar gracias por los recuerdos.

 

- Acá está tu quince, amor, tu preferido. –

 

Sacó el paquete de su bolsillo y desactivó su envoltorio haciendo que éste se replegara automáticamente. En sus manos quedó el libro impreso en papel. Hacía muchas décadas que no sostenía uno, en particular uno escrito hace ya varios siglos por un tal Pablo Neruda. Inseguro, pero con el ímpetu de estar jugando una final de fútbol, empezó a leer:

 

- Poema Quince: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca...”

(Acá está tu quince, amor)

 

FIN

1 comentario:

  1. a lo unico que puedo hacer alusion por el momento es a tu parecido con camilo sesto ("fiera salvaje" "perdoname" "jamas" "vivir asis es morir de amor" "yo soy asis" "ya no puedo mas" entre otras), eres la version criolla de camilo sesto

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