jueves, 13 de mayo de 2010

"EL QUINCE" (parte 2 de 3)


Continuó revisando archivos en forma táctil. A pesar de las drogas que revertían los efectos de los años, sus dedos eran torpes, sabía muy bien cuáles eran las imágenes digitales que estaba buscando pero le costaba encontrarlas.
Agregó la siguiente foto a visualizar, una que sacó el mismo. Volvió a ver a Renato, su hijo, en la celebración de su cumpleaños número cuatro. Estaba frente a él, manoseando la caja sintética cuadrada en busca del botón de apertura que dejara al descubierto el regalo.

- ¿Qué e papito? - Le dijo con su vocecita infantil y una gran sonrisa iluminándole la cara.
- Ah... tienes que accionar el sello de apertura para verlo, Reny - Se oyó decir – Mira, por acá está. -

Los dedos del niños apretaron el interruptor táctil rojo y la caja se plegó dejando al descubierto una bolita del porte de un puño, que al tocarla se infló hasta adquirir la forma de un balón de fútbol.

- ¿Te gustó?- Le preguntó.

Reny lo abrazó y volvió a sentir sus brazos de niño rodeando su cuerpo con cariño. Más allá su esposa-contractual se preocupaba de los invitados, de la fiesta y de que todo estuviera en su lugar como solía hacer.

- Déjame tomarte una foto con la pelota - Le dijo.

Y con la foto finalizó la proyección. A veces todo se escapa tan rápido, reflexionó.
La madre de Renato, su esposa-contractual Carla, vivió toda la vida obsesionada con la casa, con el orden social y material de las cosas, hasta cuando anularon el vínculo contractual, después de que ella se fuera a vivir con un economista Austriaco que conoció en un seminario virtual.
Renato se fue con ella, y si bien mantenían contacto a través de video conversaciones, un par de veces al año para sus cumpleaños, ya no tenían mucho que decirse. A alguien del pasado le podría resultar increíble que actualmente vivieran en la misma ciudad y no se vieran en persona, pero así eran las cosas hoy en día, la tecnología había solucionado a su manera las distancias para hacerlo todo más cómodo.
Llegó hasta el último archivo que deseaba revivir. Lo activó, como lo había hecho miles de veces antes y se vio a sí mismo sin ropa tendido sobre ella, besándola. Sus manos se estremecían al sentir su cuerpo desnudo bajo las sábanas y su corazón ardía aunque sabía que sólo era un recuerdo, un estímulo químico en su cerebro.

- Dímelo – Le dijo sonriendo mientras forcejeaba por sacarle la sábana que cubría su desnudez y ella luchaba por mantenerse cubierta.
- ¡No! – Respondió ella riéndose.
- ¡Dime que soy tu quince! – Volvió a decir.
- ¡No! – Repitió ella, con coquetería.
- ¡Entonces dime que me amas! ¡Dímelo! – Y empezó a hacerle cosquillas.

Su cuerpo se sacudía debajo de él, riéndose como desatada, dejando en evidencia la plenitud de su hermosura.

- ¡Si te amo! ¡Siempre serás mi quince! – Gritó ella, con una sinceridad y un amor trasluciéndosele en los ojos, en una forma que nunca más vería de nuevo en su vida.
- ¡Sonríe! – Dijo sacando una cámara escondida a un costado de la cama.

Así tomó la fotografía donde ella, Ana, aparecía riéndose, llena de vitalidad, tapándose con la sábana. Cada vez que revivía esa foto, sentía una felicidad, una libertad que pocas veces sintió. Aunque estaban en una cabaña rústica y desordenada, sin que hubiera ni siquiera señal satelital de televisión interactiva o estímulos electrónicos ambientales integrados, como se ya se usaba en muchos lugares. Todo el espacio lo llenaban ellos mismos.
Si no hubiera sentido tanta presión de sus padres, si no le hubieran dicho que hiciera lo correcto y se casara con Carla, con quién había según los tests científicos de potencialidad relacional, una mayor compatibilidad neuro-socio-biológica.
Debido a los medicamentos metabólicos, sus ojos se ponían llorosos, como una respuesta primitiva proveniente del pasado remoto, cuando la gente aún lloraba porque las emociones no estaban reguladas científicamente por un chip intra-encefálico.
Se desconectó del aparato. Eran suficientes recuerdos. De una gaveta sacó la Forma 97.765, que le había llegado hacía dos días, el día de su cumpleaños número ciento veinte. Puso la huella dactilar sobre el sensor y la imagen holográfica de una hermosa funcionaria pública apareció informándole:

“Señor, según la ley 97.765, usted se acaba de acoger al plan de eutanasia voluntaria ofrecido por el estado. Lo felicitamos por su elección que facilita el ahorro de recursos para la generación de avances en nuevas tecnologías al servicio de la humanidad. Próximamente otro funcionario lo contactará para programar la fecha de su retiro. Gracias por confiar en nosotros, estamos siempre preocupados de su bienestar”.
(Continuará...)

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