miércoles, 12 de mayo de 2010

"EL QUINCE" (parte 1 de 3)


La pelota giraba en el aire interponiéndose al sol de la tarde como en un eclipse.
Se abrió paso entre los defensas con determinación. Uno le jaló la camiseta tratando de detenerlo, pero ese era el momento que había esperado con ansias durante todo el partido. Volvía a sentir el presentimiento inequívoco de que algo grande se avecinaba. No eran el mejor equipo del campeonato, pero contra todo pronóstico habían llegado a la gran final gracias a la perseverancia y la suerte. Una mezcla infalible. Ahora caían 0-1, pero eso estaba por verse.
Antes de que el balón con su circularidad perfecta aterrizara sobre la superficie sintética de la cancha, lo pateó con su pierna zurda con todas sus fuerzas. A pesar de que todo era imaginario, de nuevo tenía la sensación de que los músculos de su pierna estaban a punto de acalambrarse, después de estirarlos al máximo en ese chute potentísimo.
La esfera inició a toda velocidad el trayecto de diecinueve metros en diagonal que la separaban del arco. La gente que colmaba el estadio del colegio se puso de pie aguantando la respiración. El arquero estaba cinco metros adelantado y se volvió un mero espectador sabiendo que estaba entregado a su destino. El Jolo, que era el único de su equipo que lo acompañaba corriendo por la banda izquierda, levantó los brazos. El tiempo parecía detenerse.
La pelota se estrelló, como un misil caprichoso, contra el borde inferior de la barra de poliester que daba forma al travesaño superior y cayó al suelo a uno centímetro de la línea fluorescente de gol, mientras todo el arco se sacudía como si estuviera siendo víctima de un terremoto.

- ¡Noooooooooo! – Se escuchó gritando.

Mas allá el Jolo se agarraba la cabeza y el público del estadio ahogaba el grito de euforia. El arquero corrió a sujetar el balón que saltaba semimuerto. Ese fue el momento que había sido captado en la fotografía, por lo que finalizaba la proyección.
Cada vez que revivía ese recuerdo en la máquina, trataba de pegarle distinto a la pelota como si fuera posible hacerla entrar esta vez y llenarse de gloria. Pero así funcionaba el aparato, sólo revivenciaba las cosas tal y cuál como se vivieron, los treinta segundos anteriores al instante en que se sacó la foto. Afortunadamente la máquina rescataba los instantes captados en fotos digitales primitivas bidimensionales. Para las actuales, en 4D, ya no era necesario.
El Jolo, su mejor amigo de esa época, aún lo seguía invitando a las juntas anuales virtuales con los ex-compañeros, pero él se resistía a presentarse, como que aún le dolía haber perdido en la final nacional interescolar. Podía revivir el instante en que casi había tocado el cielo, pero no podía cambiarlo. “Sintámonos orgullosos de ser la última generación que asistió físicamente al colegio y casi gana el nacional de fútbol”, decía el Jolo en las tarjetas de invitación en 3D que enviaba, bailando graciosamente disfrazado de sí mismo cuando era joven.
Siguió hurgando en los archivos. Había tomado una decisión y esperaba que esta fuera la última vez que lo hacía.
Se detuvo en una fiesta de año nuevo particularmente feliz. Proyectó en su cabeza la fotografía y se encontró sentado en la mesa con el tío Klaus vestido de traje azul italiano y corbata dorada, haciendo uno de sus divertidos discursos; “Este año si que se nos casa la bisabuela Sarita así que... ¡Vayan preparándose para la fiesta mierda! ¡Salud!”.
Tendría unos ocho años, estaba toda la familia reunida y alegre de estar junta, como en un comercial de bebida, lo cuál no era frecuente. Cada quién con su mejor traje de fiesta de gala.
Su padre lo sorprendió justo cuando se servía en el vaso un resto de champagne que había dejado la tía Clara. En vez de reprimirlo, lo cuál hacía con frecuencia, le guiño un ojo y le hizo un cariño en la nuca desordenándole el cabello. Luego tomaría la mano de su madre que estaba a su otro costado y sonreirían abrazados para la foto. Ahí terminaba la proyección, con el flash de la fotografía, sin embargo la evocación seguía en su cerebro esta vez a cargo de su mente, a la antigua. El siguiente año murió la bisabuela Sarita a los ochenta y cinco años, eran otros tiempos, las sustentaciones genéticas aún no se aplicaban y las personas vivían menos, ni siquiera se encontraba aún la cura de todas las enfermedades. El tío Klaus fallecería cuatro años después en un bullado accidente, el cual daría paso a la prohibición definitiva del uso de las motocicletas como medio de transporte legal.
Sus padres empezaron a distanciarse con el paso de los años y terminarían separándose, con muchas peleas de por medio, que los llevaría a alterarse artificialmente sus memorias para olvidarse, como estuvo de moda en esa época. Aún así en el recuerdo de ese año nuevo, todo parecía estar lleno de una paz cálida y duradera.
(Continuará...)

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