lunes, 31 de mayo de 2010

"FRANK Y LOS CERDOS" (parte 3 de 3)


Frank lanzó un alarido de dolor y Ursula le tapó la boca con la mano.

- Shhhh... No estás respetando las reglas del juego Frank, si sigues así vas a perder, recuerda, debes decir la verdad.
Frank se deshizo de su mano moviendo la cabeza a un costado y se puso a vociferarle:
- ¡Esa es la verdad! ¡Nunca me he acostado con ella! ¡Te lo juro!
- Frank... Frank... Frank... ¿Por qué tan mentiroso? No se debe jurar en vano.
- ¡Es verdad! Sólo te quiero a ti, a nadie más... – De sus ojos empezaron a caer lágrimas. Su cara estaba roja como ciruela y un hilo de sangre brotaba de la herida. - ¡Por qué! ¡Por qué me acostaría con ella teniéndote a ti! – Bufó sin articular bien las palabras, salpicando baba por la comisura de sus labios, atemorizado como un animal a punto de ser faenado en el matadero.
- ¿Por qué? ¿Por qué? Esa es una muy buena pregunta.- Reflexionó Ursula irguiendo su cuerpo como un mástil sobre el de Frank. – Lo mismo me he preguntado yo... ¿Por qué mi hermana gemela, si es idéntica a mi? Su cuerpo es prácticamente una copia del mío. ¿Por qué habiendo mujeres por todas partes tenías que elegirla a ella? Primero pensé que se trataba de un desquite por algo que te había hecho, pero no, eso era muy simple, racional. Luego me imaginé que sencillamente lo hiciste porque no debías hacerlo. Tu instinto primitivo de competencia te hizo tratar de tener lo que no podías tener. Pero no, eso sería culpar a tu naturaleza humana y no hay nada humano en esto. Finalmente concluí que no era el instinto del macho inseguro, ni la ambición de un hombre mezquino... La respuesta es mucho más simple... ¿Quieres saber cuál es? – Dijo con sensualidad acercando su boca a la de él, mientras la navaja subía peligrosamente por su cuello.
- ¡¿Quieres saber por qué?! – Le gritó al oído. - ¡Contesta!
- Si... – Musitó balbuceando tímidamente Frank, sintiendo el filo de la hoja haciendo contacto por sobre su yugular.
- ¡Porque eres un cerdo! – Contestó con una gran sonrisa en la cara como si hubiera contado el final de un chiste buenísimo. - ¡Un cerdo Frank! – Volvió a aseverar riéndose a carcajadas mientras la navaja se agitaba amenazante en su mano.
- Te quiero Ursula. – Dijo sollozando. - ¿Por qué me haces esto?
- A los únicos que eres capaz de querer son a tus cerdos favoritos y con ellos te dejaré para te revuelques en el mismo lodo. – Arguyó poniéndose en pie, furiosa como nunca antes la había visto.

Los cerdos de los que hablaba ella, eran Rómulo y Remo. Dos animales de más de ciento veinte kilos de peso cada uno, hermanos, famosos en las ferias agrícolas por su porte descomunal. Pero no sólo por eso. Los cerdos eran semi-salvajes y frecuentemente le daban dolores de cabeza a Frank. Su inteligencia era superior a la de un perro y tenían una predilección por la carne y la sangre, que los hacía enloquecer.
Eran los sobrevivientes de una camada de cerdos proveniente de la famosa chancha Seis, que fue muy querida por la familia de Frank. A pesar de que entre los dos devoraron a la mayoría de sus hermanos, su astucia y buenos resultados en concursos, terminó haciendo que también se ganaran su favoritismo.
Las anécdotas de los hermanos porcinos no eran pocas. El invierno pasado se escaparon del corral, abriendo cuidadosamente un boquete en la cerca metálica. Como consecuencia de la fuga, mataron un caballo del vecino y despedazaron a su perro, por lo que Frank tuvo que compensarlo económicamente en forma muy generosa para comprar su silencio y no tener que sacrificarlos. Se podría decir que estaba encariñado con ellos, sobre todo desde que vivía solo en la casa de campo. Los cuidaba y los protegía como mascotas desde hacía ocho años. Siempre manteniendo las debidas precauciones.
Es un dicho muy conocido en las granjas que cuando un animal prueba la sangre, se hace adicto a ella y así ocurría con Rómulo y Remo. Ellos le agradecían refunfuñando con alegría, el que de vez en cuando les regalara en su jaula una gallina vieja o un conejo molesto.
“La sangre llama a la Sangre”, solía decir su padre.

No había espacio para el remordimiento.
Ursula sujetó el pene de Frank como si fuera una salchicha y le rebanó la punta con dos cortes entrecruzados. El hombre se sacudió ciego de dolor, gritando literalmente como un cerdo siendo sacrificado. Las amarras ya habían dejado laceraciones serias en sus muñecas y talones. De la herida abierta fluyó un chorro de sangre caliente en una especie de eyaculación macabra.

- Acá te dejo amado Frank... pero no te preocupes, pronto tendrás compañía. Dejaré la puerta abierta de la casa y del corral para que tus dos cerditos regalones vengas a visitarte... ¡Oink! ¡Oink! –

Se burló con una última carcajada y lanzó la navaja ensangrentada al suelo, mientras Frank lloraba como un niño a causa del sufrimiento y sentía que las fuerzas se le iban como si fuera a perder el conocimiento.
Ursula se vistió con calma, evitando ser salpicada por la sangre. Cuando terminó salió del dormitorio, tirándole un beso de despedida con la palma de la mano abierta.
Frank transpiraba afiebrado tratando de recuperar la calma. Jadeaba, con la sensación de estar seco y podrido por dentro. Escuchó como el auto arrancaba. Después a los cerdos, con sus gruñidos característicos cuando salen del corral y se sienten libre. Tal vez atacarían en la casa del vecino de nuevo, pero su maldito olfato, era mejor que el de un sabueso.
Un par de minutos después los sintió entrando a la casa, sus pisadas ágiles y resonantes en el piso de madera. Oyó como caía uno de los floreros, debían estar dando vuelta por la sala de estar hacia las escaleras que conducían a los dormitorios.
El gruñido era cada vez más agudo, más hambriento, más embriagado por la intensificación del olor a sangre. Al poco rato los sintió en el pasillo de afuera, respirando con nerviosismo. Se oían sus narices olfateando el aire con ansiedad, expirando con firmeza como pequeñas máquinas de comer.
Un golpe sacudió la pieza del dormitorio y sus patas entraron haciendo ruido al cuarto. Frank podía ver sus lomos robustos rodeando la cama.

- ¡No! ¡Márchense! ¡No es justo! ¡No es justo! – Gritó Frank.

Los animales chillaron y bramaron, como apretando sus dientes preparándose para un festín. Frank recibió de golpe la cabeza pesada de uno de ellos, elevándose sobre la cama, abriendo de par en par su boca para asentarse sobre su miembro bañado en sangre. Lanzó un alarido como nunca antes lo había hecho pero ya era demasiado tarde.

Se incorporó de sopetón sentándose en la cama. Ya había amanecido. Su respiración seguía sobre-revolucionada. Instintivamente levantó la sábana y se miró el pene. Estaba intacto. A su lado en la cama estaba tendida Ursula dándole la espalda. Jamás había tenido una pesadilla tan horrible como esa.
Sería mejor que se levantara, le esperaba un día largo. Desató las amarras de manos y pies del cadáver de Ursula. Su boca se había puesto media púrpura y la lengua, que se le asomaba entre los labios, estaba empezando a adquirir un aspecto amarillento.
Tal vez fue una mala idea dormir un rato junto al cadáver. No repetiría el mismo error en próximas ocasiones. Tenía que apurarse, Rómulo y Remo ya debían estar hambrientos. Tomaba su tiempo descuartizar los cuerpos para darles de comer y no quería llegar atrasado a visitar a Diana.

FIN

domingo, 30 de mayo de 2010

"FRANK Y LOS CERDOS" (parte 2 de 3)


Ursula saltó abajo de la cama y fue hasta su bolso de donde sacó un pañuelo rojo, que sujetó desde los extremos con ambas manos.

- Tiéndete de espaldas en la cama Frank.
- ¿Qué vas a hacer?
- Si te cuento perdería la gracia.

Se recostó un poco renuente en la cama y ella vendó sus ojos con el pañuelo asegurándose de que no podía ver a través de él. Frank se vio sumido en la oscuridad, con una sensación de desconfianza innata a su condición de hombre criado en lugares poco amigables. Escuchaba los pies descalzos de Ursula moviéndose por la habitación buscando otras cosas que lo intrigaban. Prefirió no preguntar de qué se trataba para no romper el misterio del momento y terminar haciéndola enfadar. Ursula podía ser una mujer agradable y comprensiva, pero cuando su carácter estallaba era mejor alejarse de ella.

- Estira tus brazos. – Le dijo.

Frank le hizo caso con cierta desconfianza. Ella sujetó sus muñecas y las amarró con firmeza al respaldo de la cama, un arco tallado en roble tan antiguo como sólido. El se dejó atar aunque estuvo a punto de decir; “basta, detén este juego que más que excitarme, está haciendo que me den ganas de salir huyendo del dormitorio”.
Movió sus brazos. Estaban atados lo suficientemente bien como para que no pudieran soltarse. Acto seguido hizo lo mismo con sus pies. Una sensación de angustia invadió su cuerpo al sentirse inmovilizado y trató de combatirla imaginando que ese sería el preludio al mejor sexo oral de su vida o al polvo que le haría recordar para siempre a Ursula. Aunque no lograba convencerse del todo.
Se sacudió con fuerza, pero ya era tarde, estaba atado a la cama de pies y manos, sin poder hacer otra cosa que esperar a que ella lo desatara.
Ursula le quitó la venda de los ojos. Ya no sonreía.

- ¿Qué se siente Frank?
- ¿Qué cosa? Aparte de estar amarrado como un animal.
- Estar inmovilizado en una cama en el campo, a casi un kilómetro de la casa más cercana.
- No es algo muy agradable hasta ahora.
- ¿Te das cuenta de que si gritaras nadie te escucharía?- Dijo con seriedad.
- ¿Si gritara de placer te refieres? – Bromeó, sin lograr hacer que Ursula parpadeara siquiera. - ¿Qué es lo que quieres hacer?
- Jugar un juego... Espérame acá. No te muevas.

A Frank fue ahora al que no le hizo ninguna gracia el comentario.
Ursula salió del dormitorio. Se percató de que si ella no volvía, la única persona que iría hasta la casa (su casa), sería la mujer del aseo, que iba dos veces al mes. Pero eso ocurriría dentro de quince días, por lo que lo encontraría muerto por inanición. Ursula no sería capaz de hacerle algo así... ¿O sí?
Ella volvió a la pieza paseando su escultural desnudez. En sus manos llevaba un pequeño objeto que Frank identificó inmediatamente: La vieja y eficiente navaja de afeitar que había heredado de su padre. Una base de hueso de ballena que albergaba una hoja replegable cuidadosamente afilada.

- ¿Qué quieres hacer con mi navaja? – Preguntó Frank ya molesto con el juego.

Ursula no le respondió y se subió encima de él sentándose pesadamente sobre sus testículos.

- Este juego se llama el juego de la verdad, Frank. Las reglas son muy simples, tú me dices la verdad y yo te acaricio, tú me mientes y te acaricia el filo de la navaja. – Desplegó la hoja afilada que fulguró al hacer contacto con la débil luz que entraba por la ventana.
- ¿Es una broma? ¿Estás interpretando un personaje psicópata o algo por el estilo? – Dijo Frank, apostando a que todo era parte del juego.

Ursula apoyó el lado filoso de la navaja sobre el pecho del sujeto y empezó a describir movimientos circulares que le arañaban la piel.

- Te recomiendo mantenerte muy quieto y responder, porque la navaja es sensible a los movimientos bruscos. Yo que tú incluso respiraría con lentitud. -

Frank se inclinó a un costado ignorando la advertencia e inmediatamente un pequeño surco rojizo se abrió en su pecho. Ella estaba hablando muy en serio. Por primera vez desde hacía mucho tiempo en su vida, tuvo miedo.

- Empezaremos con una pregunta simple.- Aseveró con un tono malicioso en su voz - ¿Desde hace cuánto tiempo que te tiras a Diana?- ¿Qué?... No sé de qué me estás hablando... ¿Tu herman...? – No alcanzó a terminar la frase antes de que la navaja patinara con severidad por el costado de sus costillas, cortándole la piel más profundo que antes, como si fuera un trozo de mantequilla.


(Continuará...)

jueves, 27 de mayo de 2010

"FRANK Y LOS CERDOS" (parte 1 de 3)


- Pégame Frank...
- ¿Cómo? – Preguntó Frank jadeante y lleno de estupor.
- ¡Pégame atrás! – Aulló Ursula, mientras restregaba su cuerpo húmedo y desnudo sobre el de él.

Frank le dio un palmetazo tímido, pero ella se quejó excitada diciendo: “¡Más fuerte!”. El la volvió a nalguear, esta vez con más firmeza. El golpe hizo eco en la habitación en penumbras como un latigazo.
Ursula movía sus caderas sobre el sexo de Frank. Cabalgaba con un ímpetu que nunca antes le había demostrado. Giraba su cabeza sacudiendo su cabellera esponjosa y espesa. Su columna se retorcía como un tentáculo electrizado por una energía calórica y sexual.

- Pégame una cachetada... – Musitó después de un gemido prolongado.
- ¿Una cachetada? – Espetó Frank, sintiéndose como si estuviera con otra mujer que se había apoderado de la dulce Ursula.
- Sí... dame una cachetada en la cara. – Repitió con los ojos brillantes y los labios entreabiertos, mojados con saliva.

Frank puso su mano en el costado de su rostro, la separó un par de centímetros y palmoteó su mejilla con mucho cuidado.

- ¡Pégame bien! – Se quejó sonriendo con lujuria.

Para que le quedara claro que hablaba en serio, Ursula apretó sus rodillas contra las costillas de Frank, azuzándolo para que perdiera los estribos y se volviera perversamente salvaje.
Frank le pegó otra cachetada, esta vez más cargada de ímpetu y resonancia. Ella le respondió ampliando su sonrisa y apretando aún más sus piernas jabonosas.
Acomodó su cuerpo escurridizo sobre Frank y aceleró su movimiento pélvico con un ritmo endemoniado, haciendo que el contacto de sus órganos sexuales formara un verdadero horno de secreciones que parecía tener vida propia.
Sus gimoteos fueron en aumento hasta convertirse en aullidos. Frank usaba una de sus manos para azotarle las caderas rítmicamente, como si fuera una fusta, mientras que con la otra le daba bofetadas cortas en las mejillas. Los pechos de Ursula saltaban en todas direcciones como si quisieran abandonar su tronco. Su cabello largo aumentaba de volumen, al encresparse más agitándose al aire, empapado por pequeñas gotas de transpiración.
La espalda de la mujer se puso rígida de improviso, en su boca hizo erupción un lamento ronco y sostenido, que manifestaba guturalmente el orgasmo que le sacudía con contracciones musculares la vagina. Sus uñas pintadas de rojo se clavaron en los brazos de Frank, mientras su humanidad se contraía como un caracol, terminando con su boca babeante posada sobre el hombro de él, en reposo, hasta que en un arranque de pasión oscura lo mordió con todas sus fuerzas.
Frank, que aún sentía las costillas adoloridas, lanzó un alarido y se sacó de encima a Ursula con brusquedad. Su hombro tenía pequeñas marcas rojizas de sus dientes, en torno a la cual, se empezó a extender un manchón morado.

- ¡Pero qué diablos te pasa! – Se quejó Frank poniéndose en pie, habiendo perdido cualquier atisbo de erección drásticamente.

Ursula soltó una carcajada y se tendió de espaldas en la cama, completamente exhausta.

- No seas mojigato... Pensé que te gustaba.
- Una cosa es ser mojigato y otra es terminar así. – Argumentó mientras se revisaba el moretón con las huellas de dientes frente al espejo.
- Vamos Frank, no seas un bebé. En un par de días esa pequeña marca de amor habrá desaparecido.- Afirmó girándose sobre la cama, quedando de guata con los pies desnudos entrecruzados sobre su culo perfectamente redondo y reluciente con el sudor.
- Además, así te acordará de mi cuando te mires al espejo por las mañanas. – Agregó.
- Preferiría acordarme de ti de otras maneras.
- Pero Frank... – Dijo con tono de niña traviesa, incorporándose para sentarse con las piernas entrecruzadas. - ¿No te parece emocionante hacer algo distinto para escapar a la rutina en la cama?
- Tal vez, pero no sé si ésta sea la forma – Refutó señalando la mordida.
- Todos necesitamos hacer cosas diferentes de vez en cuando, para mantener el interés. Aparte que unos golpecitos, una mordida, un arañazo, es algo sumamente común. Mucho más de lo que imaginas.
- Pues no te imaginaba a ti haciendo esas cosas...
- ¿No? ¿Y quién crees que las hace?
- Parejas de adolescentes de esos que andan todos vestidos de negro o gente que ve mucha pornografía... que se yo, personas distintas a nosotros.
- ¿Ah sí?... Para que sepas mi hermana también lo hace.
- ¿Diana? – Preguntó incrédulo Frank. Imaginándose a la hermana gemela de Ursula recibiendo cachetadas de un tipo robusto y mal parecido.
- Sí. Diana.
- Bueno, pero ella siempre ha sido más liberal que tú.
- ¿O sea que crees que yo no soy capaz de disfrutar las misma cosas que ella? – Dijo con cierto enfado en el rostro.
- No. No, me refiero a eso, quiero decir que ustedes son iguales físicamente pero son muy distintas en la forma de ser.- Aseveró tratando de enmendarse, a sabiendas de que no le convenía proseguir ese camino que llevaba a una discusión segura.
- ¿O sea que yo no puedo ser audaz como ella?
- Claro que puedes y si quieres podemos probar formas nuevas... – Se excusó, tratando de bajar el tono al debate.
- Muy bien. Entonces me gustaría probar algo.

(Continuará...)

jueves, 20 de mayo de 2010

LA AUDACIA DE RENDIRSE


Hay veces en las que me desprendo de mi cuerpo inservible
y dejo atrás a ese tipo que se aproblema
y se la pasa luchando por evadir las adversidades
como si algo le estuviera jugando en contra.

Hay veces en las que rejuvenezco negando el mañana
y dejándome seducir por los sueños sin dudar de ellos
ocasiones en las que ignoro dónde están los límites
y me permito zarpar rumbo a la aventura.

En medio de la tempestad disfruto del agua y el viento
en el fondo del desierto dejo que el sol me acaricie
y en el centro de la noche me entrego a la oscuridad
para que me envuelva sin temerle.

Hay veces en las que en vez de decir basta
prefiero abrazar con compasión lo que va llegando
y darle la bienvenida como si fuera una visita aguardada
que siempre alguna cosa valiosa me trae.

Hay veces en las que la vida
entiende más de nosotros
de lo que nosotros entendemos de la vida.

Así parado en el centro de la nada
acá te espero rendido
más que para darte respuestas
más que para ganar o perder
simplemente para tomarte y quererte
tal cual eres.

viernes, 14 de mayo de 2010

"EL QUINCE" (parte 3 de 3)


Hizo un pedido a una tienda de antigüedades para poder hacer lo que quería hacer. Apenas quince minutos después, estuvo el paquete cubierto por su sello protector automático en la cabina de recepción de su departamento.

Todo estaba listo, debía abrigarse porque decían que en el exterior-exterior hacía frío. No salía de su departamento al exterior primitivo hacía varios años. La mayoría de la gente no lo hacía ya que para ir a los centros comerciales u otros lugares públicos, había vía directa, sin necesidad de pasar por las calles dónde sólo había gente pobre y extraña. El exterior real era solo el destino de los locos, los neo-ecologistas o los que no tenían otra opción. Las construcciones modernas estaban enlazadas entre sí con vías de transportación directa.

Ajustó su dispositivo rastreador con la voz, era un modelo antiguo, no como los que funcionaban con pensamientos.

 

- Cementerio sur oriente torre ocho... Jolo, compañero de colegio... Reny, hijo... –

 

Los destinos quedaron registrados en el dispositivo, que inmediatamente estableció las rutas más cortas y eficientes para llegar. Se puso un chaquetón y guardó en él el paquete que había recibido. Fue hasta su computadora y sin pensarlo borró todos los archivos antes de irse. Sus recuerdos desaparecerían con él cuando llegara su retiro.

Abrió la puerta y descendió de su apartamento en el piso 103. Un espíritu de aventura inundaba su cuerpo, similar al que tuvo muchas décadas antes al salir a la cancha a jugar la final, como si este fuera el desafío culmine de su vida.

La gente de la cámara transportadora lo quedó mirando como un viejo senil, cuando se detuvo en el nivel de la calle y descendió. Un taxi blindado lo esperaba, previamente llamado gracias a su navegador.

El taxi lo llevó hasta un bloque de edificios antiguos y toscos, donde se dirigió hasta la torre 8 y ascendió hasta el piso 43. Una vez en la sección que buscaba, caminó por el pasillo solitario y lóbrego, hasta que el rastreador ubicó el punto exacto: un pequeño cuadrado de loza sintética de veinte centímetros cuadrados en la muralla.

Se sentó en el suelo, estaba cansado. Hacía mucho tiempo que no caminaba tanto. Ya no reconocía la ciudad. Todo había cambiado mientras que ese era un cementerio a la antigua, sencillo, gris y silencioso, al estilo de los viejos mausoleos, solamente que reducido en espacio y superficie, aprovechando la altura, como todas las construcciones. Ni comparado con los cementerios estándares de hoy, con salas de cine, tiendas, restaurantes y todo lo que hiciera más cómodo el contacto con la muerte.

¡Cómo se sorprendería el Jolo al verlo aparecer en su casa! Sería incómodo, porque las visitas cara a cara ya no se estilaban, pero tenía ganas de decirle personalmente: “¡Lo hicimos! No fuimos campeones... ¡Pero lo hicimos! Luchamos en la final nacional, aunque nadie daba un peso por nosotros”.

Con Renato, quién fuera a la postre su único hijo, quería revivir la sensación del abrazo, un abrazo real, no virtual con proyección sensorial, después de todo aún cuando lo veía convertido en hombre mayor, para él seguía siendo el Reny... A través de los videos cuatridimensionales seguía apareciéndosele en el fondo, ese niño alegre con el que jugaba fútbol.

Se puso de pie frente a la tumba. Pasó sus dedos gastados por el nombre grabado en la placa: Ana. Se preguntó por qué había sido tan idiota en el pasado, tan bruto e incapaz de darse cuenta de lo feliz que fue, aunque sus mundos fueran tan distintos, tan diferentes como para que ella nunca aceptara manipular su cuerpo para frenar el deterioro del tiempo.

Sin embargo, no estaba ahí para quejarse, sino para perdonarse a sí mismo, despedirse y dar gracias por los recuerdos.

 

- Acá está tu quince, amor, tu preferido. –

 

Sacó el paquete de su bolsillo y desactivó su envoltorio haciendo que éste se replegara automáticamente. En sus manos quedó el libro impreso en papel. Hacía muchas décadas que no sostenía uno, en particular uno escrito hace ya varios siglos por un tal Pablo Neruda. Inseguro, pero con el ímpetu de estar jugando una final de fútbol, empezó a leer:

 

- Poema Quince: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca...”

(Acá está tu quince, amor)

 

FIN

jueves, 13 de mayo de 2010

"EL QUINCE" (parte 2 de 3)


Continuó revisando archivos en forma táctil. A pesar de las drogas que revertían los efectos de los años, sus dedos eran torpes, sabía muy bien cuáles eran las imágenes digitales que estaba buscando pero le costaba encontrarlas.
Agregó la siguiente foto a visualizar, una que sacó el mismo. Volvió a ver a Renato, su hijo, en la celebración de su cumpleaños número cuatro. Estaba frente a él, manoseando la caja sintética cuadrada en busca del botón de apertura que dejara al descubierto el regalo.

- ¿Qué e papito? - Le dijo con su vocecita infantil y una gran sonrisa iluminándole la cara.
- Ah... tienes que accionar el sello de apertura para verlo, Reny - Se oyó decir – Mira, por acá está. -

Los dedos del niños apretaron el interruptor táctil rojo y la caja se plegó dejando al descubierto una bolita del porte de un puño, que al tocarla se infló hasta adquirir la forma de un balón de fútbol.

- ¿Te gustó?- Le preguntó.

Reny lo abrazó y volvió a sentir sus brazos de niño rodeando su cuerpo con cariño. Más allá su esposa-contractual se preocupaba de los invitados, de la fiesta y de que todo estuviera en su lugar como solía hacer.

- Déjame tomarte una foto con la pelota - Le dijo.

Y con la foto finalizó la proyección. A veces todo se escapa tan rápido, reflexionó.
La madre de Renato, su esposa-contractual Carla, vivió toda la vida obsesionada con la casa, con el orden social y material de las cosas, hasta cuando anularon el vínculo contractual, después de que ella se fuera a vivir con un economista Austriaco que conoció en un seminario virtual.
Renato se fue con ella, y si bien mantenían contacto a través de video conversaciones, un par de veces al año para sus cumpleaños, ya no tenían mucho que decirse. A alguien del pasado le podría resultar increíble que actualmente vivieran en la misma ciudad y no se vieran en persona, pero así eran las cosas hoy en día, la tecnología había solucionado a su manera las distancias para hacerlo todo más cómodo.
Llegó hasta el último archivo que deseaba revivir. Lo activó, como lo había hecho miles de veces antes y se vio a sí mismo sin ropa tendido sobre ella, besándola. Sus manos se estremecían al sentir su cuerpo desnudo bajo las sábanas y su corazón ardía aunque sabía que sólo era un recuerdo, un estímulo químico en su cerebro.

- Dímelo – Le dijo sonriendo mientras forcejeaba por sacarle la sábana que cubría su desnudez y ella luchaba por mantenerse cubierta.
- ¡No! – Respondió ella riéndose.
- ¡Dime que soy tu quince! – Volvió a decir.
- ¡No! – Repitió ella, con coquetería.
- ¡Entonces dime que me amas! ¡Dímelo! – Y empezó a hacerle cosquillas.

Su cuerpo se sacudía debajo de él, riéndose como desatada, dejando en evidencia la plenitud de su hermosura.

- ¡Si te amo! ¡Siempre serás mi quince! – Gritó ella, con una sinceridad y un amor trasluciéndosele en los ojos, en una forma que nunca más vería de nuevo en su vida.
- ¡Sonríe! – Dijo sacando una cámara escondida a un costado de la cama.

Así tomó la fotografía donde ella, Ana, aparecía riéndose, llena de vitalidad, tapándose con la sábana. Cada vez que revivía esa foto, sentía una felicidad, una libertad que pocas veces sintió. Aunque estaban en una cabaña rústica y desordenada, sin que hubiera ni siquiera señal satelital de televisión interactiva o estímulos electrónicos ambientales integrados, como se ya se usaba en muchos lugares. Todo el espacio lo llenaban ellos mismos.
Si no hubiera sentido tanta presión de sus padres, si no le hubieran dicho que hiciera lo correcto y se casara con Carla, con quién había según los tests científicos de potencialidad relacional, una mayor compatibilidad neuro-socio-biológica.
Debido a los medicamentos metabólicos, sus ojos se ponían llorosos, como una respuesta primitiva proveniente del pasado remoto, cuando la gente aún lloraba porque las emociones no estaban reguladas científicamente por un chip intra-encefálico.
Se desconectó del aparato. Eran suficientes recuerdos. De una gaveta sacó la Forma 97.765, que le había llegado hacía dos días, el día de su cumpleaños número ciento veinte. Puso la huella dactilar sobre el sensor y la imagen holográfica de una hermosa funcionaria pública apareció informándole:

“Señor, según la ley 97.765, usted se acaba de acoger al plan de eutanasia voluntaria ofrecido por el estado. Lo felicitamos por su elección que facilita el ahorro de recursos para la generación de avances en nuevas tecnologías al servicio de la humanidad. Próximamente otro funcionario lo contactará para programar la fecha de su retiro. Gracias por confiar en nosotros, estamos siempre preocupados de su bienestar”.
(Continuará...)

miércoles, 12 de mayo de 2010

"EL QUINCE" (parte 1 de 3)


La pelota giraba en el aire interponiéndose al sol de la tarde como en un eclipse.
Se abrió paso entre los defensas con determinación. Uno le jaló la camiseta tratando de detenerlo, pero ese era el momento que había esperado con ansias durante todo el partido. Volvía a sentir el presentimiento inequívoco de que algo grande se avecinaba. No eran el mejor equipo del campeonato, pero contra todo pronóstico habían llegado a la gran final gracias a la perseverancia y la suerte. Una mezcla infalible. Ahora caían 0-1, pero eso estaba por verse.
Antes de que el balón con su circularidad perfecta aterrizara sobre la superficie sintética de la cancha, lo pateó con su pierna zurda con todas sus fuerzas. A pesar de que todo era imaginario, de nuevo tenía la sensación de que los músculos de su pierna estaban a punto de acalambrarse, después de estirarlos al máximo en ese chute potentísimo.
La esfera inició a toda velocidad el trayecto de diecinueve metros en diagonal que la separaban del arco. La gente que colmaba el estadio del colegio se puso de pie aguantando la respiración. El arquero estaba cinco metros adelantado y se volvió un mero espectador sabiendo que estaba entregado a su destino. El Jolo, que era el único de su equipo que lo acompañaba corriendo por la banda izquierda, levantó los brazos. El tiempo parecía detenerse.
La pelota se estrelló, como un misil caprichoso, contra el borde inferior de la barra de poliester que daba forma al travesaño superior y cayó al suelo a uno centímetro de la línea fluorescente de gol, mientras todo el arco se sacudía como si estuviera siendo víctima de un terremoto.

- ¡Noooooooooo! – Se escuchó gritando.

Mas allá el Jolo se agarraba la cabeza y el público del estadio ahogaba el grito de euforia. El arquero corrió a sujetar el balón que saltaba semimuerto. Ese fue el momento que había sido captado en la fotografía, por lo que finalizaba la proyección.
Cada vez que revivía ese recuerdo en la máquina, trataba de pegarle distinto a la pelota como si fuera posible hacerla entrar esta vez y llenarse de gloria. Pero así funcionaba el aparato, sólo revivenciaba las cosas tal y cuál como se vivieron, los treinta segundos anteriores al instante en que se sacó la foto. Afortunadamente la máquina rescataba los instantes captados en fotos digitales primitivas bidimensionales. Para las actuales, en 4D, ya no era necesario.
El Jolo, su mejor amigo de esa época, aún lo seguía invitando a las juntas anuales virtuales con los ex-compañeros, pero él se resistía a presentarse, como que aún le dolía haber perdido en la final nacional interescolar. Podía revivir el instante en que casi había tocado el cielo, pero no podía cambiarlo. “Sintámonos orgullosos de ser la última generación que asistió físicamente al colegio y casi gana el nacional de fútbol”, decía el Jolo en las tarjetas de invitación en 3D que enviaba, bailando graciosamente disfrazado de sí mismo cuando era joven.
Siguió hurgando en los archivos. Había tomado una decisión y esperaba que esta fuera la última vez que lo hacía.
Se detuvo en una fiesta de año nuevo particularmente feliz. Proyectó en su cabeza la fotografía y se encontró sentado en la mesa con el tío Klaus vestido de traje azul italiano y corbata dorada, haciendo uno de sus divertidos discursos; “Este año si que se nos casa la bisabuela Sarita así que... ¡Vayan preparándose para la fiesta mierda! ¡Salud!”.
Tendría unos ocho años, estaba toda la familia reunida y alegre de estar junta, como en un comercial de bebida, lo cuál no era frecuente. Cada quién con su mejor traje de fiesta de gala.
Su padre lo sorprendió justo cuando se servía en el vaso un resto de champagne que había dejado la tía Clara. En vez de reprimirlo, lo cuál hacía con frecuencia, le guiño un ojo y le hizo un cariño en la nuca desordenándole el cabello. Luego tomaría la mano de su madre que estaba a su otro costado y sonreirían abrazados para la foto. Ahí terminaba la proyección, con el flash de la fotografía, sin embargo la evocación seguía en su cerebro esta vez a cargo de su mente, a la antigua. El siguiente año murió la bisabuela Sarita a los ochenta y cinco años, eran otros tiempos, las sustentaciones genéticas aún no se aplicaban y las personas vivían menos, ni siquiera se encontraba aún la cura de todas las enfermedades. El tío Klaus fallecería cuatro años después en un bullado accidente, el cual daría paso a la prohibición definitiva del uso de las motocicletas como medio de transporte legal.
Sus padres empezaron a distanciarse con el paso de los años y terminarían separándose, con muchas peleas de por medio, que los llevaría a alterarse artificialmente sus memorias para olvidarse, como estuvo de moda en esa época. Aún así en el recuerdo de ese año nuevo, todo parecía estar lleno de una paz cálida y duradera.
(Continuará...)
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