martes, 16 de febrero de 2010

LA HUIDA


- ¡Wallace! ¡Debemos huir! – Gritó Rex, blandiendo una espada bañada en sangre en su mano derecha y un revolver humeante en la izquierda. - ¡Ya no podemos hacer nada por el doctor Seymor! ¡Está muerto! –

 

El doctor Seymor yacía de espaldas en el piso, con su smoking bañado en sangre, la mirada fija en un punto alejado del techo y su cuello destrozado como si lo hubieran abierto desde adentro hacia afuera con una sierra.

Se escuchaban los gritos de una multitud de ellos aproximándose con violencia, profiriendo palabras ininteligibles que más bien parecían chirridos metálicos de engranajes mal aceitados o graznidos de bestias imaginarias. Las cortinas ardían al costado del pasillo e inflamaban la techumbre donde se formaba una especie de gusano de humo que se retorcía inquieto como si estuviera hambriento por devorar toda la mansión. Los cuadros y el papel de las paredes se desgarraban al interior de las lenguas de fuego. Un espejo grande se resistía a ser consumido por el incendio fuera de control y en él se reflejaban como fantasmas las volutas de humo al elevarse.

Rex sujetó de la solapa de la chaqueta a Wallace, con la misma mano con que empuñaba la espada. En la guerra civil se había acostumbrado a dejar las emociones a un lado. Después habría tiempo para llorar y recordar a los muertos, él había constatado en carne propia que un instante de duda resultaba fatal la mayoría de las veces. Jaló a Wallace como si fuera un muñeco, un monigote que estuvo a punto de trastabillar pero logró enderezarse y continuar hasta el fondo del pasillo. Allí estaba el dormitorio principal, que recientemente había sido transformado en santuario. El mismo lugar donde Wallace probablemente había pasado los mejores momentos de su vida, antes de que todo se viera sumido en tinieblas.

En la que había sido su alcoba nupcial estaba el balcón con terraza que daba al patio. La única vía de escape de las llamas que consumían la mansión y el camino hacia una huida incierta por el jardín en medio de la oscuridad.

Rex derribó la puerta de una patada. Debían actuar con premura antes de que la humareda y la falta de oxígeno los hiciera sucumbir. Entraron en la habitación en penumbras, la cual inmediatamente se vio iluminada en sus paredes por las flamas danzantes del pasillo. Ellas prontamente empezaron a acariciar el marco de la puerta, como señalando que el carácter sagrado del cuarto ya no era tal.

Ambos hombres se dirigieron al ventanal que les abriría paso a la terraza, cuando los vidrios de éste estallaron en mil pedazos, haciendo que cayeran de espaldas por la onda expansiva de un viento huracanado que entró desde afuera. Rex trató de levantarse pero una sombra que había penetrado a través de los cristales, pateó su mano haciendo que su espada cayera lejos de su alcance y lo empujó hacia atrás con rudeza.

Natasha, la ayudante del doctor Seymor, los miraba en pie, con su cuerpo más atlético y esbelto que antes, si es que aquello era posible, como invitándolos a la lujuria. Más allá de su vestido desgarrado que dejaba entrever sus pechos duros como rocas y una sonrisa llena de dientes afilados que parecían deformarle el rostro.

Un hedor dulzón llenó el cuarto, mientras la mujer caminaba hacia Rex abriendo y cerrando sus dedos larguiruchos con las uñas llenas de sangre. Sus ojos relucían y su cabello parecía flotar en el aire, como si fueran las serpientes de una medusa mitológica que es capaz de trasformar en piedra a un hombre con sólo mirarlo.

Rex sintió como sus músculos se ponían rígidos ante la mirada de la arpía, dejando de obedecer sus órdenes. No obstante, antes de que quedaran inmovilizados logró ejecutar un disparo con su revolver y la bala con agua bendita fue a incrustarse en el hombro de Natasha, haciendo que ésta retrocediera un par de pasos y se pusiera a gritar como un animal al que estuvieran degollando. Su chillido fue tan agudo que los ventanales que no estaban rotos se trizaron. De la herida brotaba un líquido negruzco como queriendo abandonar urgentemente el físico de la mujer, acompañado por un vapor amarillento con olor a azufre.

 

- ¡Wallace¡ ¡Ahora! -  

 

La mujer se repuso furiosa, echando baba por entremedio de los dientes, dispuesta a hacer pedazos a ese pequeño sujeto con su juguete de pólvora. Se preparaba a brincar sobre él, pero antes de que pudiera hacerlo, Wallace le asestó un golpe seco en la nuca con la espada de Rex.

La cabeza de Natasha se retorció hacia delante y atrás como si fuera una especie de autómata que experimenta un corto circuito. Sus brazos lanzaban latigazos desesperados a su alrededor, sin embargo no pudo evitar que Wallace completara su tarea con otro certero machetazo sobre el costado de su cuello que arrancó de cuajo la cabeza y la hizo caer dando tumbos a un costado de la muralla. Allí siguió sacudiéndose, mascando el aire con los dientes, mientras sus pupilas brillantes se iban apagando de a poco.

 

- ¡Vamos! Es nuestra oportunidad – Lo azuzó Rex, que retiró la espada de las manos temblorosas de Wallace y salió al balcón.

 

El forajido saltó con agilidad sobre la baranda de mármol, miró hacia abajo en el jardín, que para su consuelo parecía despejado, por lo que se dejó caer y fue a aterrizar rodando sobre el pasto. Se puso en pie de prisa y le gritó a Wallace que saltara.

Wallace se lanzó al patio desde arriba de la baranda tal y como lo había hecho Rex, pero sus pies nunca alcanzaron a tocar el suelo. Una sombra pasó surcando rauda el cielo en medio de la noche y lo absorbió adentro de una nube espesa. Un manchón negro del que salieron dos garras firmes y poderosas que lo agarraron del pecho y las solapas de la chaqueta, dejándolo casi sin respiración mientras lo subían cada vez más alto. 

 

- Si ella no era tuya no podías dejar que fuera mía... – Susurró una voz grave y metálica que parecía tener un eco propio que causaba escalofríos al escucharla, como si hubiera unos vidrios rechinando unos con otros en el fondo de ella.

- Tengo planes especiales para tu final, Wallace... – Agregó expeliendo un hedor de muerte y descomposición que mareaba a los sentidos. El momento de enfrentar su peor pesadilla había llegado, el objeto de su venganza estaba tan próximo como había deseado tenerlo, pero Wallace ni siquiera trató de zafarse de sus garras. Todavía una parte de él se aferraba a la vida a decenas de metro sobre el piso. Tenía un cuchillo purificado en el bolsillo interior de su chaqueta, pero no puedo moverse, sólo expulsó un par de lágrimas mientras un viento encolerizado lo sacudía con desprecio, sin que ni siquiera pudiera llegar a gritar.

La mansión incendiándose por completo ya no era más que una chispa puesta como un punto olvidado sobre la tierra. 

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