miércoles, 3 de febrero de 2010

LA CACERIA


Limpió el barro de su cara con el agua del lago. Le ardían la espalda y el costado del brazo derecho, pero en general estaba bien, con el pelo chamuscado y todo sucio, pero vivo. Por ahora siquiera.
Volvió al sitio del altercado y recogió la chaqueta de cuero que luego de carbonizarse con las llamas había recobrado su forma original. Ojalá su piel se regenerara misteriosamente con esa rapidez que nunca dejaba de asombrarlo. Incluso los cierres metálicos de los puños volvían a estar intactos.
Miró el cuerpo grandote de Jurgen tendido sobre una poza como un árbol caído y pensó en llevarse el lanzallamas con él, pero parecía pesar como una tonelada y no llegaría muy lejos con semejante carga y la piel ardiéndole por las quemaduras. Tenía que darse prisa, pronto los otros dos hombres vendrían tras él armados con sus escopetas de cacería.
Adolf afilaba su cuchillo pensando en que le hubiera gustado abrir la piel rosada del forastero como lo hacía con los jabalíes, pero el hombre alto había sido bastante específico en sus instrucciones: El fuego purificador en vez del filo acerado. Mientras tanto Mathias limpiaba los cañones de la escopeta con la rigurosidad de un soldado. La lluvia había hecho una pausa, pero seguía respirándose en el aire como un manto húmedo.
Adolf cruzó una mirada con Mathias, que éste supo interpretar como una declaración tácita de que algo no estaba en su lugar. Se irguió y levantó un poco su nariz para oler mejor. Entremedio del olor del napalm que alimentaba el lanzallamas y el de las hojas quemadas, llegaba hasta su olfato de cazador el inconfundible olor de la sangre fresca, en vez del olor dulzón de la carne humana quemada.
Adolf sonrió, con la convicción íntima de que al fin tendría la oportunidad de cazar que había estado esperando. Mathias sabía lo que esa sonrisa significaba, alistó inmediatamente su arma de fuego y se marchó corriendo al encuentro de Isidro. Adolf lo dejó avanzar sabiéndose más rápido y ágil. Después de un minuto largó un aullido como el de un lobo y corrió entre los árboles con la velocidad de un animal hambriento que está próximo a su presa.
Isidro también había iniciado una carrera contra el tiempo tratando de ganar ventaja contra los otros. Necesitaba encontrar un escondite pronto, ya que adolorido y sin conocimientos del territorio, tenía poco que hacer contra sus perseguidores. Aparte de esos simples hechos, estaba el misterioso presentimiento de que esos sujetos, al igual que el gigantón que había derribado con algo de suerte, tendrían capacidades físicas por sobre lo normal.
La lluvia regresó dificultando su huida por el bosque, un bosque que a cada tranco parecía volverse más espeso y oscuro. La tierra resbaladiza y las raíces de los árboles ponían trabas a sus pies como queriendo arrastrarlo hacia su cieno lóbrego. El repiqueteo furibundo del agua hacía volar su mente y se imaginaba a Adolf y Mathias como dos demonios saltando entremedio de los troncos de los cipreses. Sentía que no pasaría mucho tiempo antes de que lo alcanzaran y sin que pudiera evitarlo cayó de bruces sobre el suelo con un pie aprisionado por una argolla de acero.
Afortunadamente no se trataba de una trampa de caza, sino de una manilla conectada a una placa metálica que apenas se distinguía entre el barrial. Jaló con todas sus fuerzas del aro hasta que consiguió abrir la puerta que se ocultaba tras la placa, ésta conducía a una escalera subterránea hacia lo que parecía ser una habitación escondida bajo tierra.
Se introdujo en el cuarto oscuro, lleno de un frío de ultratumba que le llegaba hasta los huesos. Un olor rancio se introdujo en sus pulmones, dándole la sensación de que el aire era demasiado pesado para ser respirado por un ser humano. Cerró con cuidado la puerta tras de sí, creyendo haber encontrado un buen escondite, esperanzado en que la lluvia torrencial se encargaría de borrar sus huellas.
Avanzó a tientas ayudado por su encendedor, hasta que logró prender con él una lámpara de aceite que estaba colgada a un costado de la escalera. Inspeccionó el cuarto con la ilusión de encontrar algo con qué defenderse, pero la construcción, que no tendría más de cincuenta metros cuadrados, estaba en gran parte repleta de cajas de madera selladas y apiladas unas sobre otras.
Lo único aparte de las cajas era un viejo escritorio de metal medio oxidado, con una silla frente a él, que parecía no haber sido usada hacía mucho tiempo. Al registrar sus cajones encontró una serie de documentos en alemán escritos a máquina con varios membretes que parecían darles el carácter de confidenciales o privados al menos. Lo más llamativo de todo lo que alcanzó a revisar, fue una vieja fotografía que retrataba a un grupo de soldados vestidos a la usanza de la segunda guerra mundial, con símbolos nazis en sus uniformes. Entre los hombres de la foto pudo distinguir a Hans Fliege, el hombre alto, a un costado junto a una mujer y a casi todos los de la aldea, Franz Uber, Mathias, Merill, Adolf, el padre Michael, estaban todos allí, con la apariencia de tener unos años menos apenas, en una foto que con seguridad tendría unos sesenta años de antigüedad.
En uno de los cajones encontró también una pequeña licorera de oro, que sostuvo en sus manos como un tesoro, justo cuando una ráfaga de aire hizo que se apagara la lámpara de aceite quedando a ciegas. Guardó la licorera en su chaqueta y trató de prender el encendedor pero al hacerlo recibió un culatazo de escopeta en toda la frente, que lo dejó inconsciente en el piso.
Al despertar veía borroso seguramente producto del golpe. Estaba atado al tronco de un árbol, sostenido en pie por las cuerdas y con la sensación tibia -a la que ya estaba acostumbrado- de tener sangre en el rostro. Un dolor intenso subía desde su zona media como una ráfaga de fuego penetrante. Lanzó un alarido de desesperación y trató de recuperar la nitidez en su visión mientras sentía cómo un objeto filoso se adentraba en su cuerpo desgarrándolo.
- Ese fue sólo el comienzo... para divertirme. Cuando a un hombre lo apuñalas en el estómago está condenado a la muerte. Primero su piel se quema con los líquidos gástricos y luego termina desangrándose sin remedio. – Le susurró Adolf a un costado, mostrándole el cuchillo de cazador bañado con su sangre. – Para su suerte, no tenemos el tiempo suficiente para entretenernos con usted. Debemos concluir el asunto de la criatura, por lo que Mathias se hará cargo. – Mathias se aproximó apuntándole entre los ojos con la misma escopeta con la que lo había golpeado momentos antes.
– Por favor despídase de su cabeza – Dijo Adolf y se largó a reír con su risa de hiena endemoniada.
En medio de un dolor insoportable proveniente de la estocada en su estómago, similar a que si le estuviera masticando las tripas un animal, vinieron a su memoria las palabras de ella: “No tengas miedo. Dentro de dos días vas a morir”. Se había cumplido el plazo fatídico que le había anunciado y en vez de tener miedo decidió ponerse a reír junto a Adolf, lo cual no le causó ninguna gracia a éste.
Lo que ocurrió después fue demasiado rápido. Mathias disparó, pero su disparo se fue al cielo, porque mientras apretaba el gatillo la criatura salida de la arboleda le desgarraba la espina dorsal, colgándose de su espalda con sus poderosas garras. Adolf trató de atacar a la bestia con su cuchillo de cazador, pero su mano terminó arrancada de su brazo, a los pies de Isidro, aún empuñando el cuchillo.
Lo último que alcanzó a ver fue al monstruo saltando hacia él, con sus ojos amarillentos abiertos como un par de lunas llenas adornando su rostro desfigurado. El resto fue un océano de negrura y muerte.

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