martes, 23 de febrero de 2010

LA AMADA (Nueva entrega de "Lágrimas negras en ojos ciegos")


Una mañana de primavera Alfred se encontraba sumido en otro de sus experimentos, esta vez relacionado con la botánica. El sol brillaba alto en el cielo, propiciando la absorción de los preciados rayos solares por parte de los vegetales, lo cual era vital para el proceso de fotosíntesis que potenciaría los efectos de su mezcla química.
Había preferido usar en sus experimentos las rosas del parque público, ya que si bien contaba con muchos especimenes en el jardín de su mansión, era importante evaluar improbables pero posibles, efectos secundarios en los seres humanos. Por eso necesitaba plantas que tuvieran un continuo flujo de gente a su alrededor y no esporádico, como ocurría en su jardín.
Estaba rociando los capullos de unas moschatas rosadas, cuando ella lo interrumpió hablándole a sus espaldas.
- Señor. ¿Tendría la bondad de explicarme qué es lo que está haciendo?
- Estimada señorita, soy un científico y creo que aunque se lo explicara, usted no sería capaz de entender... – Dijo mientras terminaba de rociar la rosa y se volteaba, esperando encontrar a una vieja solterona, obesa y ociosa. En su lugar estaba la mujer más linda que recordara haber visto en su vida, con los ojos fijos en él y el seño fruncido en señal de enojo, lo cual aún así, le daba un aspecto encantador.
- ¿Usted cree que por ser mujer no podría entender? – Argumentó a modo de reproche y prosiguió – Claramente no se trata de un tratamiento fitosanitario, porque en vez del olor amargo de los funguicidas usados para dicho procedimiento, usted está echando una sustancia de aroma más bien cítrico. Lo he visto aplicándosela a las rosas portland y a las noisettianas, antes de venir hasta las moschatas, con una meticulosidad que no es propia de los gorilas que el gobierno contrata para mantener los rosales.
- ¿Es usted botánica señorita? – Atinó a contestar, mientras sentía que sus manos y su frente empezaban a transpirar, de una forma que no pasaba cuando medía de cerca los reflejos de un tigre de más de cien kilos, pero sí cuando conversaba con ejemplares atractivos del sexo opuesto.
- Soy una simple profesora si es eso lo que quiere saber... y como residente de esta ciudad, al ser las rosas un bien público, soy co-propietaria de ellas. Y no me gusta que las hagan sufrir o que las manipulen de forma indebida.
- Perdóneme si la he ofendido con mi torpeza – Dijo Alfred sonrojado – De ningún modo he puesto en duda su inteligencia, no existe nada que científicamente demuestre que los cerebros del hombre y la mujer difieran en su capacidad de procesamiento y análisis... aunque en términos prácticos a veces parecieran operar de manera opuesta. – Sonrió, buscando su aprobación a la pequeña broma, pero su rostro se mantuvo imperturbable aunque su ceño fruncido había dado paso a un gesto igualmente hermoso, pero menos amenazante.
- Por otra parte... – Prosiguió más nervioso que cuando hablaba ante auditorios repletos de eminencias intelectuales – El químico con el que estoy rociando las rosas no les producirá ningún daño, al contrario, las inmunizaría contra los hongos, la botritis, el virus del mosaico, la mancha negra, etcétera, aumentando su margen de vida hasta plazos insospechados. – Añadió con entusiasmo, dejando en evidencia que esto último era lo que estaba testeando.
Ella caminó un poco a su alrededor observándolo. Por su vestimenta se notaba que era un hombre culto y adinerado, con una libreta de anotaciones colgando del bolsillo de un traje cómodo pero elegante. Su barba rojiza y su cabello desordenado le daban un cierto aire infantil y solitario.
- ¿Y qué le hace creer que las rosas desean vivir más tiempo del que viven? – Creo entender lo que trata de hacer, pero lo que usted parece no comprender es que las flores son seres vivos, que sienten, que respiran, que son capaces de estar tristes o alegres como las personas. No son solamente un adorno que expele un aroma agradable en ciertas estaciones del año.
Lo que esa mujer salida de un universo de belleza irreal le decía, parecía sumamente cuestionable intelectualmente, difícil de probar. Pero una parte muy honda dentro de sí la escuchaba embelesada, como si estuviera recibiendo una verdad mayor que la de los libros, saliendo de esos labios rojizos, de ese rostro angelical, enmarcado por una cabellera frondosa y un talle de pura femineidad adentro de un vestido largo azul, bastante común, pero que al cubrir su cuerpo cobraba el vigor del traje de una emperatriz.
- Pero piense en los usos medicinales de la fitoterapia, se podrían salvar muchas vidas...
- Y se podría prolongar innecesariamente las de quienes no necesitan ser salvados físicamente o las de quienes puedan pagar por ello – dijo con formalidad - ¿No le parece doctor Frankenstein? – Agregó riéndose al ver su cara de preocupación, peor que la de los niños a los que reprochaba en la escuela.
Alfred se largó a reír con ella y rió tanto que sus barreras de timidez cedieron por un momento y fue capaz de invitarla a tomar una taza de té, aunque ella prefirió finalmente un jugo fresco. ¿Qué había de malo en que un hombre y una mujer recién conociéndose bebieran algo juntos? Después de todo, ya estaban en el siglo XX, el siglo de la modernidad.
Se presentó formalmente como Alfred Wallace. Ella le comentó que ubicaba su nombre e incluso había leído publicaciones suyas, pero pensaba que se trataba de un ancianito que vivía como ermitaño en su mansión extravagante sobre la colina.
Lo más raro de esa primera cita, fue que ella recordó un sueño que tuvo en un momento triste de su vida, en el que se le aparecía un hombre con el pelo más oscuro y desordenado, vestido con una chaqueta de cuero negra y brillante, pero corta y con una forma extraña que nunca había visto. El hombre en sus sueños se había presentado como científico, tal y como Alfred se había presentado, además de poeta. El la aconsejó sobre varias cosas de su vida que finalmente la ayudaron a salir adelante y le dijo también que volverían a verse, porque sus destinos estaban irremediablemente entrecruzados.
Si bien Alfred no parecía ser físicamente el tipo con el que ella había soñado, la sensación cálida que sentía con su presencia, era exactamente la misma que había vivenciado varios años atrás con el hombre de su sueño, la sensación de sentirse amada. Para Alfred a su vez, ella representaba la materialización de algo en lo que no creía, acostumbrado a ver las relaciones humanas en forma abstracta, como un vínculo de conveniencia, con efectos orgánicos originados en una forma primitiva de atracción biológica y necesidad social, más que emocional. Sin embargo a pesar de todos sus análisis, de sus hipótesis, sin saber por qué, al verla sonreír presentía que nunca podría dejar de amarla.

El recuerdo del parque y las rosas desapareció de su cabeza.
Despertó jadeante. El aire escaseaba a juzgar por las dificultades que tenía para poder respirar con normalidad. Estaba de espaldas rodeado por la más absoluta oscuridad. Se sentía asfixiado. Trató de incorporarse pero su frente se topó con un techo firme, unos veinte centímetros más arriba de su nariz.
Tanteó a su alrededor con ambas manos. Paredes sólidas lo rodeaban, a juzgar por las dimensiones que separaban su cuerpo de los bordes, se encontraba adentro de un ataúd o una caja similar.
Gritó con fuerza hasta quedar exhausto. Su voz parecía extinguirse adentro de la caja sin poder salir a través de sus paredes, por lo que seguramente se encontraba bajo tierra. Enterrado como un cadáver o esperando a que lo vinieran a buscar las criaturas del mal para un destino peor.
El tiempo se le agotaba irremediablemente. Sacó de su chaqueta la pócima que con tanto esmero había preparado. Le seguían preocupando los efectos colaterales, como la pérdida de memoria y posibles dependencias fisiológicas, pero ya no tenía oportunidades para más experimentos.
Bebió el contenido antes de que la falta de aire le hiciera perder la conciencia y mientras su mente se entregaba lentamente a la muda negrura, recitó el poema de Lord Byron que tanto le recordaba a ella, “She walks in beauty”:

Camina bella, como la noche / De climas despejados y cielos estrellados; / Y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz / Se reúne en su aspecto y en sus ojos: / Enriquecida así por esa tierna luz / Que el cielo niega al vulgar día.


***


Las palabras cobraron vida en su cerebro, trayéndolo de vuelta de a poco.

Canjes solares, bestias, sombras / perfume de soledad. / Tú me llamas sin pronunciar palabra / y me recuerdas que algún día seré tuyo / que mi cuerpo bailará la tonada triste / de tu reino enmudecido / y tus ojos acariciarán / mi corazón ya sin ritmo / y al fin seremos amantes / para que me cuentes tus secretos más profundos / y me lleves a mi nuevo hogar / donde el rocío será mi capa / y las flores mi abrigo / y un mar de bella oscuridad me amansará / con el abrazo íntimo del amor / hasta que ya no quiera volver.

Isidro recuperó la conciencia. Estaba tendido sobre una cama, completamente desvestido en medio de las penumbras. Se tocó su estómago en un acto reflejo como para chequear si éste seguía abierto, con las tripas al aire, y había despertado en el esquivo reino del más allá. Unos vendajes cubrían su herida. Todavía le costaba ver bien, pero estaba vivo y al parecer se encontraba en una especie de habitación.
Por una parte se sentía terriblemente cansado, pero otro lado una vitalidad desconocida lo invadía. Se trató de poner en pie, pero una mujer desnuda lo detuvo abrazando su pecho entre la sombras, desde el otro lado de la cama. Lo inclinó con suavidad hacia ella hasta que sus bocas se encontraron en medio de la noche y sus cuerpos se adhirieron el uno al otro en una danza animalesca.
Isidro sentía en su torso la sexualidad palpitante de ella y le pareció que era su amada inalcanzable, al fin entre sus manos, causándole un estado de lujuria que lo embriagaba y lo arrancaba fuera de sí. La apretó firme sujetándola por los muslos, penetrándola como si fuera lo único que le diera sentido a su vida en ese momento. Ella gemía con un mezcla escalofriante de placer y dolor reunidos. Giraron sobre la cama hasta caer en el suelo donde ella quedó montada sobre él retorciéndose como un tentáculo, extrayéndole la vida a través de la transpiración de la piel.
Algo dentro de Isidro aullaba, una señal de peligro que su cuerpo no era capaz de advertir y al contrario seguía y seguía horadando adentro de su vulva con un desenfreno que parecía ilimitado.
Un rayo de luz de luna se escapó de las nubes que la cubrían e iluminó el filo del rostro de ella a través de una ventana. Recién entonces pudo admitir lo que su cuerpo se rehusaba a aceptar, que la mujer con la que lo hacía no era ella. Alcanzó a arrojarla a un costado justo cuando ya sentía que estaba en el clímax y se aproximaba al orgasmo.
Anne se levantó del piso y se puso una bata negra de seda, mientras no paraba de reírse con sus ojos blanquecinos bien abiertos.
- ¿Por qué me rechazas ahora? ¿Acaso ya no soy tu amada? La que te trajo de vuelta desde la muerte.
- ¿Qué pasó? ¿Dónde estamos? Lo último que recuerdo es a la criatura atacando a mis perseguidores...
- No te preocupes amor – Respondió ella con serenidad mientras se abría la bata dejando ver su esbelta desnudez de adolescente – El estará con nosotros... para siempre.
Entre sus dos piernas la horrible criatura lamía un hilo de sangre, que resbalaba por el interior de sus muslos, desde su vagina que recién había perdido la virginidad.

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