martes, 23 de febrero de 2010

LA AMADA (Nueva entrega de "Lágrimas negras en ojos ciegos")


Una mañana de primavera Alfred se encontraba sumido en otro de sus experimentos, esta vez relacionado con la botánica. El sol brillaba alto en el cielo, propiciando la absorción de los preciados rayos solares por parte de los vegetales, lo cual era vital para el proceso de fotosíntesis que potenciaría los efectos de su mezcla química.
Había preferido usar en sus experimentos las rosas del parque público, ya que si bien contaba con muchos especimenes en el jardín de su mansión, era importante evaluar improbables pero posibles, efectos secundarios en los seres humanos. Por eso necesitaba plantas que tuvieran un continuo flujo de gente a su alrededor y no esporádico, como ocurría en su jardín.
Estaba rociando los capullos de unas moschatas rosadas, cuando ella lo interrumpió hablándole a sus espaldas.
- Señor. ¿Tendría la bondad de explicarme qué es lo que está haciendo?
- Estimada señorita, soy un científico y creo que aunque se lo explicara, usted no sería capaz de entender... – Dijo mientras terminaba de rociar la rosa y se volteaba, esperando encontrar a una vieja solterona, obesa y ociosa. En su lugar estaba la mujer más linda que recordara haber visto en su vida, con los ojos fijos en él y el seño fruncido en señal de enojo, lo cual aún así, le daba un aspecto encantador.
- ¿Usted cree que por ser mujer no podría entender? – Argumentó a modo de reproche y prosiguió – Claramente no se trata de un tratamiento fitosanitario, porque en vez del olor amargo de los funguicidas usados para dicho procedimiento, usted está echando una sustancia de aroma más bien cítrico. Lo he visto aplicándosela a las rosas portland y a las noisettianas, antes de venir hasta las moschatas, con una meticulosidad que no es propia de los gorilas que el gobierno contrata para mantener los rosales.
- ¿Es usted botánica señorita? – Atinó a contestar, mientras sentía que sus manos y su frente empezaban a transpirar, de una forma que no pasaba cuando medía de cerca los reflejos de un tigre de más de cien kilos, pero sí cuando conversaba con ejemplares atractivos del sexo opuesto.
- Soy una simple profesora si es eso lo que quiere saber... y como residente de esta ciudad, al ser las rosas un bien público, soy co-propietaria de ellas. Y no me gusta que las hagan sufrir o que las manipulen de forma indebida.
- Perdóneme si la he ofendido con mi torpeza – Dijo Alfred sonrojado – De ningún modo he puesto en duda su inteligencia, no existe nada que científicamente demuestre que los cerebros del hombre y la mujer difieran en su capacidad de procesamiento y análisis... aunque en términos prácticos a veces parecieran operar de manera opuesta. – Sonrió, buscando su aprobación a la pequeña broma, pero su rostro se mantuvo imperturbable aunque su ceño fruncido había dado paso a un gesto igualmente hermoso, pero menos amenazante.
- Por otra parte... – Prosiguió más nervioso que cuando hablaba ante auditorios repletos de eminencias intelectuales – El químico con el que estoy rociando las rosas no les producirá ningún daño, al contrario, las inmunizaría contra los hongos, la botritis, el virus del mosaico, la mancha negra, etcétera, aumentando su margen de vida hasta plazos insospechados. – Añadió con entusiasmo, dejando en evidencia que esto último era lo que estaba testeando.
Ella caminó un poco a su alrededor observándolo. Por su vestimenta se notaba que era un hombre culto y adinerado, con una libreta de anotaciones colgando del bolsillo de un traje cómodo pero elegante. Su barba rojiza y su cabello desordenado le daban un cierto aire infantil y solitario.
- ¿Y qué le hace creer que las rosas desean vivir más tiempo del que viven? – Creo entender lo que trata de hacer, pero lo que usted parece no comprender es que las flores son seres vivos, que sienten, que respiran, que son capaces de estar tristes o alegres como las personas. No son solamente un adorno que expele un aroma agradable en ciertas estaciones del año.
Lo que esa mujer salida de un universo de belleza irreal le decía, parecía sumamente cuestionable intelectualmente, difícil de probar. Pero una parte muy honda dentro de sí la escuchaba embelesada, como si estuviera recibiendo una verdad mayor que la de los libros, saliendo de esos labios rojizos, de ese rostro angelical, enmarcado por una cabellera frondosa y un talle de pura femineidad adentro de un vestido largo azul, bastante común, pero que al cubrir su cuerpo cobraba el vigor del traje de una emperatriz.
- Pero piense en los usos medicinales de la fitoterapia, se podrían salvar muchas vidas...
- Y se podría prolongar innecesariamente las de quienes no necesitan ser salvados físicamente o las de quienes puedan pagar por ello – dijo con formalidad - ¿No le parece doctor Frankenstein? – Agregó riéndose al ver su cara de preocupación, peor que la de los niños a los que reprochaba en la escuela.
Alfred se largó a reír con ella y rió tanto que sus barreras de timidez cedieron por un momento y fue capaz de invitarla a tomar una taza de té, aunque ella prefirió finalmente un jugo fresco. ¿Qué había de malo en que un hombre y una mujer recién conociéndose bebieran algo juntos? Después de todo, ya estaban en el siglo XX, el siglo de la modernidad.
Se presentó formalmente como Alfred Wallace. Ella le comentó que ubicaba su nombre e incluso había leído publicaciones suyas, pero pensaba que se trataba de un ancianito que vivía como ermitaño en su mansión extravagante sobre la colina.
Lo más raro de esa primera cita, fue que ella recordó un sueño que tuvo en un momento triste de su vida, en el que se le aparecía un hombre con el pelo más oscuro y desordenado, vestido con una chaqueta de cuero negra y brillante, pero corta y con una forma extraña que nunca había visto. El hombre en sus sueños se había presentado como científico, tal y como Alfred se había presentado, además de poeta. El la aconsejó sobre varias cosas de su vida que finalmente la ayudaron a salir adelante y le dijo también que volverían a verse, porque sus destinos estaban irremediablemente entrecruzados.
Si bien Alfred no parecía ser físicamente el tipo con el que ella había soñado, la sensación cálida que sentía con su presencia, era exactamente la misma que había vivenciado varios años atrás con el hombre de su sueño, la sensación de sentirse amada. Para Alfred a su vez, ella representaba la materialización de algo en lo que no creía, acostumbrado a ver las relaciones humanas en forma abstracta, como un vínculo de conveniencia, con efectos orgánicos originados en una forma primitiva de atracción biológica y necesidad social, más que emocional. Sin embargo a pesar de todos sus análisis, de sus hipótesis, sin saber por qué, al verla sonreír presentía que nunca podría dejar de amarla.

El recuerdo del parque y las rosas desapareció de su cabeza.
Despertó jadeante. El aire escaseaba a juzgar por las dificultades que tenía para poder respirar con normalidad. Estaba de espaldas rodeado por la más absoluta oscuridad. Se sentía asfixiado. Trató de incorporarse pero su frente se topó con un techo firme, unos veinte centímetros más arriba de su nariz.
Tanteó a su alrededor con ambas manos. Paredes sólidas lo rodeaban, a juzgar por las dimensiones que separaban su cuerpo de los bordes, se encontraba adentro de un ataúd o una caja similar.
Gritó con fuerza hasta quedar exhausto. Su voz parecía extinguirse adentro de la caja sin poder salir a través de sus paredes, por lo que seguramente se encontraba bajo tierra. Enterrado como un cadáver o esperando a que lo vinieran a buscar las criaturas del mal para un destino peor.
El tiempo se le agotaba irremediablemente. Sacó de su chaqueta la pócima que con tanto esmero había preparado. Le seguían preocupando los efectos colaterales, como la pérdida de memoria y posibles dependencias fisiológicas, pero ya no tenía oportunidades para más experimentos.
Bebió el contenido antes de que la falta de aire le hiciera perder la conciencia y mientras su mente se entregaba lentamente a la muda negrura, recitó el poema de Lord Byron que tanto le recordaba a ella, “She walks in beauty”:

Camina bella, como la noche / De climas despejados y cielos estrellados; / Y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz / Se reúne en su aspecto y en sus ojos: / Enriquecida así por esa tierna luz / Que el cielo niega al vulgar día.


***


Las palabras cobraron vida en su cerebro, trayéndolo de vuelta de a poco.

Canjes solares, bestias, sombras / perfume de soledad. / Tú me llamas sin pronunciar palabra / y me recuerdas que algún día seré tuyo / que mi cuerpo bailará la tonada triste / de tu reino enmudecido / y tus ojos acariciarán / mi corazón ya sin ritmo / y al fin seremos amantes / para que me cuentes tus secretos más profundos / y me lleves a mi nuevo hogar / donde el rocío será mi capa / y las flores mi abrigo / y un mar de bella oscuridad me amansará / con el abrazo íntimo del amor / hasta que ya no quiera volver.

Isidro recuperó la conciencia. Estaba tendido sobre una cama, completamente desvestido en medio de las penumbras. Se tocó su estómago en un acto reflejo como para chequear si éste seguía abierto, con las tripas al aire, y había despertado en el esquivo reino del más allá. Unos vendajes cubrían su herida. Todavía le costaba ver bien, pero estaba vivo y al parecer se encontraba en una especie de habitación.
Por una parte se sentía terriblemente cansado, pero otro lado una vitalidad desconocida lo invadía. Se trató de poner en pie, pero una mujer desnuda lo detuvo abrazando su pecho entre la sombras, desde el otro lado de la cama. Lo inclinó con suavidad hacia ella hasta que sus bocas se encontraron en medio de la noche y sus cuerpos se adhirieron el uno al otro en una danza animalesca.
Isidro sentía en su torso la sexualidad palpitante de ella y le pareció que era su amada inalcanzable, al fin entre sus manos, causándole un estado de lujuria que lo embriagaba y lo arrancaba fuera de sí. La apretó firme sujetándola por los muslos, penetrándola como si fuera lo único que le diera sentido a su vida en ese momento. Ella gemía con un mezcla escalofriante de placer y dolor reunidos. Giraron sobre la cama hasta caer en el suelo donde ella quedó montada sobre él retorciéndose como un tentáculo, extrayéndole la vida a través de la transpiración de la piel.
Algo dentro de Isidro aullaba, una señal de peligro que su cuerpo no era capaz de advertir y al contrario seguía y seguía horadando adentro de su vulva con un desenfreno que parecía ilimitado.
Un rayo de luz de luna se escapó de las nubes que la cubrían e iluminó el filo del rostro de ella a través de una ventana. Recién entonces pudo admitir lo que su cuerpo se rehusaba a aceptar, que la mujer con la que lo hacía no era ella. Alcanzó a arrojarla a un costado justo cuando ya sentía que estaba en el clímax y se aproximaba al orgasmo.
Anne se levantó del piso y se puso una bata negra de seda, mientras no paraba de reírse con sus ojos blanquecinos bien abiertos.
- ¿Por qué me rechazas ahora? ¿Acaso ya no soy tu amada? La que te trajo de vuelta desde la muerte.
- ¿Qué pasó? ¿Dónde estamos? Lo último que recuerdo es a la criatura atacando a mis perseguidores...
- No te preocupes amor – Respondió ella con serenidad mientras se abría la bata dejando ver su esbelta desnudez de adolescente – El estará con nosotros... para siempre.
Entre sus dos piernas la horrible criatura lamía un hilo de sangre, que resbalaba por el interior de sus muslos, desde su vagina que recién había perdido la virginidad.

lunes, 22 de febrero de 2010

POEMA SOBRE LAS PLANTAS


Me dijiste un día
que casi siempre escribía
sobre el mismo tema
que debía intentar otras cosas
para no ser tan aburridor y aburrido
que si bien yo tengo ese algo por ti
y tú tienes ese asunto hacia mi
(que no mencionaré para no repetirme)
hay que abordar otras temáticas
aunque me encante evocar
cuando hacemos lo innombrable
o recordar cuando me dices aquello
en vez de mi nombre
sin darte cuenta
o la primera vez que
me dijiste que sentías eso
sin que te lo preguntara
o el saber que eres feliz
con la sensación de tal cosa por mi...
pero para no ser reincidente
es que he decidido no escribir más
sobre el susodicho tema
y por eso es que hice y te dedico
este poema sobre las plantas:

La planta es una forma viviente
cuyo tallo penetra con amor en la tierra
mientras sus hojas abrazan la atmósfera
y esparce sus raíces con cariño bajo el suelo
y ama el sol
ama el anhídrido carbónico
y ama el agua
de su amada naturaleza
y le devuelve con afecto oxígeno al mundo
para que otros seres vivos
respiren de ese amor
de ese vínculo mudo e incorpóreo
de ese diálogo mágico de deseo mutuo
y la naturaleza a su vez acaricia a la planta
con el amor del viento
con el amor del rocío
y con el amor de la lluvia y los minerales
hasta que ésta cumple su ciclo de amor
y desaparece para siempre
en los brazos de su amante
pero hasta que ello ocurre
ambos simplemente se quieren
sin que nada más importe
y la planta mantiene su amor de planta
aunque los insectos y los pájaros la ataquen
como si fueran pensamientos grises
con hambre en sus fauces
porque las plantas únicamente viven
para amar.

¿Y si uno pudiera
regalarle una planta a alguien
para que la pusiera
en su corazón?

martes, 16 de febrero de 2010

LA HUIDA


- ¡Wallace! ¡Debemos huir! – Gritó Rex, blandiendo una espada bañada en sangre en su mano derecha y un revolver humeante en la izquierda. - ¡Ya no podemos hacer nada por el doctor Seymor! ¡Está muerto! –

 

El doctor Seymor yacía de espaldas en el piso, con su smoking bañado en sangre, la mirada fija en un punto alejado del techo y su cuello destrozado como si lo hubieran abierto desde adentro hacia afuera con una sierra.

Se escuchaban los gritos de una multitud de ellos aproximándose con violencia, profiriendo palabras ininteligibles que más bien parecían chirridos metálicos de engranajes mal aceitados o graznidos de bestias imaginarias. Las cortinas ardían al costado del pasillo e inflamaban la techumbre donde se formaba una especie de gusano de humo que se retorcía inquieto como si estuviera hambriento por devorar toda la mansión. Los cuadros y el papel de las paredes se desgarraban al interior de las lenguas de fuego. Un espejo grande se resistía a ser consumido por el incendio fuera de control y en él se reflejaban como fantasmas las volutas de humo al elevarse.

Rex sujetó de la solapa de la chaqueta a Wallace, con la misma mano con que empuñaba la espada. En la guerra civil se había acostumbrado a dejar las emociones a un lado. Después habría tiempo para llorar y recordar a los muertos, él había constatado en carne propia que un instante de duda resultaba fatal la mayoría de las veces. Jaló a Wallace como si fuera un muñeco, un monigote que estuvo a punto de trastabillar pero logró enderezarse y continuar hasta el fondo del pasillo. Allí estaba el dormitorio principal, que recientemente había sido transformado en santuario. El mismo lugar donde Wallace probablemente había pasado los mejores momentos de su vida, antes de que todo se viera sumido en tinieblas.

En la que había sido su alcoba nupcial estaba el balcón con terraza que daba al patio. La única vía de escape de las llamas que consumían la mansión y el camino hacia una huida incierta por el jardín en medio de la oscuridad.

Rex derribó la puerta de una patada. Debían actuar con premura antes de que la humareda y la falta de oxígeno los hiciera sucumbir. Entraron en la habitación en penumbras, la cual inmediatamente se vio iluminada en sus paredes por las flamas danzantes del pasillo. Ellas prontamente empezaron a acariciar el marco de la puerta, como señalando que el carácter sagrado del cuarto ya no era tal.

Ambos hombres se dirigieron al ventanal que les abriría paso a la terraza, cuando los vidrios de éste estallaron en mil pedazos, haciendo que cayeran de espaldas por la onda expansiva de un viento huracanado que entró desde afuera. Rex trató de levantarse pero una sombra que había penetrado a través de los cristales, pateó su mano haciendo que su espada cayera lejos de su alcance y lo empujó hacia atrás con rudeza.

Natasha, la ayudante del doctor Seymor, los miraba en pie, con su cuerpo más atlético y esbelto que antes, si es que aquello era posible, como invitándolos a la lujuria. Más allá de su vestido desgarrado que dejaba entrever sus pechos duros como rocas y una sonrisa llena de dientes afilados que parecían deformarle el rostro.

Un hedor dulzón llenó el cuarto, mientras la mujer caminaba hacia Rex abriendo y cerrando sus dedos larguiruchos con las uñas llenas de sangre. Sus ojos relucían y su cabello parecía flotar en el aire, como si fueran las serpientes de una medusa mitológica que es capaz de trasformar en piedra a un hombre con sólo mirarlo.

Rex sintió como sus músculos se ponían rígidos ante la mirada de la arpía, dejando de obedecer sus órdenes. No obstante, antes de que quedaran inmovilizados logró ejecutar un disparo con su revolver y la bala con agua bendita fue a incrustarse en el hombro de Natasha, haciendo que ésta retrocediera un par de pasos y se pusiera a gritar como un animal al que estuvieran degollando. Su chillido fue tan agudo que los ventanales que no estaban rotos se trizaron. De la herida brotaba un líquido negruzco como queriendo abandonar urgentemente el físico de la mujer, acompañado por un vapor amarillento con olor a azufre.

 

- ¡Wallace¡ ¡Ahora! -  

 

La mujer se repuso furiosa, echando baba por entremedio de los dientes, dispuesta a hacer pedazos a ese pequeño sujeto con su juguete de pólvora. Se preparaba a brincar sobre él, pero antes de que pudiera hacerlo, Wallace le asestó un golpe seco en la nuca con la espada de Rex.

La cabeza de Natasha se retorció hacia delante y atrás como si fuera una especie de autómata que experimenta un corto circuito. Sus brazos lanzaban latigazos desesperados a su alrededor, sin embargo no pudo evitar que Wallace completara su tarea con otro certero machetazo sobre el costado de su cuello que arrancó de cuajo la cabeza y la hizo caer dando tumbos a un costado de la muralla. Allí siguió sacudiéndose, mascando el aire con los dientes, mientras sus pupilas brillantes se iban apagando de a poco.

 

- ¡Vamos! Es nuestra oportunidad – Lo azuzó Rex, que retiró la espada de las manos temblorosas de Wallace y salió al balcón.

 

El forajido saltó con agilidad sobre la baranda de mármol, miró hacia abajo en el jardín, que para su consuelo parecía despejado, por lo que se dejó caer y fue a aterrizar rodando sobre el pasto. Se puso en pie de prisa y le gritó a Wallace que saltara.

Wallace se lanzó al patio desde arriba de la baranda tal y como lo había hecho Rex, pero sus pies nunca alcanzaron a tocar el suelo. Una sombra pasó surcando rauda el cielo en medio de la noche y lo absorbió adentro de una nube espesa. Un manchón negro del que salieron dos garras firmes y poderosas que lo agarraron del pecho y las solapas de la chaqueta, dejándolo casi sin respiración mientras lo subían cada vez más alto. 

 

- Si ella no era tuya no podías dejar que fuera mía... – Susurró una voz grave y metálica que parecía tener un eco propio que causaba escalofríos al escucharla, como si hubiera unos vidrios rechinando unos con otros en el fondo de ella.

- Tengo planes especiales para tu final, Wallace... – Agregó expeliendo un hedor de muerte y descomposición que mareaba a los sentidos. El momento de enfrentar su peor pesadilla había llegado, el objeto de su venganza estaba tan próximo como había deseado tenerlo, pero Wallace ni siquiera trató de zafarse de sus garras. Todavía una parte de él se aferraba a la vida a decenas de metro sobre el piso. Tenía un cuchillo purificado en el bolsillo interior de su chaqueta, pero no puedo moverse, sólo expulsó un par de lágrimas mientras un viento encolerizado lo sacudía con desprecio, sin que ni siquiera pudiera llegar a gritar.

La mansión incendiándose por completo ya no era más que una chispa puesta como un punto olvidado sobre la tierra. 

viernes, 5 de febrero de 2010

CD "FRAGMENTOS" poesía interpretada por WALTER KLICHE


A la venta aquí:

LA SOLUCION


No hay medicamento
que lo consiga
ni un proyecto político
ni siquiera las naciones
del globo unidas pueden
ni las mejores terapias
ni las rutinas de ejercicios
científicamente probadas
ni los más finos licores
ni las comidas más deliciosas
ni el entretenimiento más gozoso
puede lograrlo.

Pongo mis labios
en tu mejilla
acaricio tu cuello
y así desaparecen
todas las dificultades
del mundo.

miércoles, 3 de febrero de 2010

LA CACERIA


Limpió el barro de su cara con el agua del lago. Le ardían la espalda y el costado del brazo derecho, pero en general estaba bien, con el pelo chamuscado y todo sucio, pero vivo. Por ahora siquiera.
Volvió al sitio del altercado y recogió la chaqueta de cuero que luego de carbonizarse con las llamas había recobrado su forma original. Ojalá su piel se regenerara misteriosamente con esa rapidez que nunca dejaba de asombrarlo. Incluso los cierres metálicos de los puños volvían a estar intactos.
Miró el cuerpo grandote de Jurgen tendido sobre una poza como un árbol caído y pensó en llevarse el lanzallamas con él, pero parecía pesar como una tonelada y no llegaría muy lejos con semejante carga y la piel ardiéndole por las quemaduras. Tenía que darse prisa, pronto los otros dos hombres vendrían tras él armados con sus escopetas de cacería.
Adolf afilaba su cuchillo pensando en que le hubiera gustado abrir la piel rosada del forastero como lo hacía con los jabalíes, pero el hombre alto había sido bastante específico en sus instrucciones: El fuego purificador en vez del filo acerado. Mientras tanto Mathias limpiaba los cañones de la escopeta con la rigurosidad de un soldado. La lluvia había hecho una pausa, pero seguía respirándose en el aire como un manto húmedo.
Adolf cruzó una mirada con Mathias, que éste supo interpretar como una declaración tácita de que algo no estaba en su lugar. Se irguió y levantó un poco su nariz para oler mejor. Entremedio del olor del napalm que alimentaba el lanzallamas y el de las hojas quemadas, llegaba hasta su olfato de cazador el inconfundible olor de la sangre fresca, en vez del olor dulzón de la carne humana quemada.
Adolf sonrió, con la convicción íntima de que al fin tendría la oportunidad de cazar que había estado esperando. Mathias sabía lo que esa sonrisa significaba, alistó inmediatamente su arma de fuego y se marchó corriendo al encuentro de Isidro. Adolf lo dejó avanzar sabiéndose más rápido y ágil. Después de un minuto largó un aullido como el de un lobo y corrió entre los árboles con la velocidad de un animal hambriento que está próximo a su presa.
Isidro también había iniciado una carrera contra el tiempo tratando de ganar ventaja contra los otros. Necesitaba encontrar un escondite pronto, ya que adolorido y sin conocimientos del territorio, tenía poco que hacer contra sus perseguidores. Aparte de esos simples hechos, estaba el misterioso presentimiento de que esos sujetos, al igual que el gigantón que había derribado con algo de suerte, tendrían capacidades físicas por sobre lo normal.
La lluvia regresó dificultando su huida por el bosque, un bosque que a cada tranco parecía volverse más espeso y oscuro. La tierra resbaladiza y las raíces de los árboles ponían trabas a sus pies como queriendo arrastrarlo hacia su cieno lóbrego. El repiqueteo furibundo del agua hacía volar su mente y se imaginaba a Adolf y Mathias como dos demonios saltando entremedio de los troncos de los cipreses. Sentía que no pasaría mucho tiempo antes de que lo alcanzaran y sin que pudiera evitarlo cayó de bruces sobre el suelo con un pie aprisionado por una argolla de acero.
Afortunadamente no se trataba de una trampa de caza, sino de una manilla conectada a una placa metálica que apenas se distinguía entre el barrial. Jaló con todas sus fuerzas del aro hasta que consiguió abrir la puerta que se ocultaba tras la placa, ésta conducía a una escalera subterránea hacia lo que parecía ser una habitación escondida bajo tierra.
Se introdujo en el cuarto oscuro, lleno de un frío de ultratumba que le llegaba hasta los huesos. Un olor rancio se introdujo en sus pulmones, dándole la sensación de que el aire era demasiado pesado para ser respirado por un ser humano. Cerró con cuidado la puerta tras de sí, creyendo haber encontrado un buen escondite, esperanzado en que la lluvia torrencial se encargaría de borrar sus huellas.
Avanzó a tientas ayudado por su encendedor, hasta que logró prender con él una lámpara de aceite que estaba colgada a un costado de la escalera. Inspeccionó el cuarto con la ilusión de encontrar algo con qué defenderse, pero la construcción, que no tendría más de cincuenta metros cuadrados, estaba en gran parte repleta de cajas de madera selladas y apiladas unas sobre otras.
Lo único aparte de las cajas era un viejo escritorio de metal medio oxidado, con una silla frente a él, que parecía no haber sido usada hacía mucho tiempo. Al registrar sus cajones encontró una serie de documentos en alemán escritos a máquina con varios membretes que parecían darles el carácter de confidenciales o privados al menos. Lo más llamativo de todo lo que alcanzó a revisar, fue una vieja fotografía que retrataba a un grupo de soldados vestidos a la usanza de la segunda guerra mundial, con símbolos nazis en sus uniformes. Entre los hombres de la foto pudo distinguir a Hans Fliege, el hombre alto, a un costado junto a una mujer y a casi todos los de la aldea, Franz Uber, Mathias, Merill, Adolf, el padre Michael, estaban todos allí, con la apariencia de tener unos años menos apenas, en una foto que con seguridad tendría unos sesenta años de antigüedad.
En uno de los cajones encontró también una pequeña licorera de oro, que sostuvo en sus manos como un tesoro, justo cuando una ráfaga de aire hizo que se apagara la lámpara de aceite quedando a ciegas. Guardó la licorera en su chaqueta y trató de prender el encendedor pero al hacerlo recibió un culatazo de escopeta en toda la frente, que lo dejó inconsciente en el piso.
Al despertar veía borroso seguramente producto del golpe. Estaba atado al tronco de un árbol, sostenido en pie por las cuerdas y con la sensación tibia -a la que ya estaba acostumbrado- de tener sangre en el rostro. Un dolor intenso subía desde su zona media como una ráfaga de fuego penetrante. Lanzó un alarido de desesperación y trató de recuperar la nitidez en su visión mientras sentía cómo un objeto filoso se adentraba en su cuerpo desgarrándolo.
- Ese fue sólo el comienzo... para divertirme. Cuando a un hombre lo apuñalas en el estómago está condenado a la muerte. Primero su piel se quema con los líquidos gástricos y luego termina desangrándose sin remedio. – Le susurró Adolf a un costado, mostrándole el cuchillo de cazador bañado con su sangre. – Para su suerte, no tenemos el tiempo suficiente para entretenernos con usted. Debemos concluir el asunto de la criatura, por lo que Mathias se hará cargo. – Mathias se aproximó apuntándole entre los ojos con la misma escopeta con la que lo había golpeado momentos antes.
– Por favor despídase de su cabeza – Dijo Adolf y se largó a reír con su risa de hiena endemoniada.
En medio de un dolor insoportable proveniente de la estocada en su estómago, similar a que si le estuviera masticando las tripas un animal, vinieron a su memoria las palabras de ella: “No tengas miedo. Dentro de dos días vas a morir”. Se había cumplido el plazo fatídico que le había anunciado y en vez de tener miedo decidió ponerse a reír junto a Adolf, lo cual no le causó ninguna gracia a éste.
Lo que ocurrió después fue demasiado rápido. Mathias disparó, pero su disparo se fue al cielo, porque mientras apretaba el gatillo la criatura salida de la arboleda le desgarraba la espina dorsal, colgándose de su espalda con sus poderosas garras. Adolf trató de atacar a la bestia con su cuchillo de cazador, pero su mano terminó arrancada de su brazo, a los pies de Isidro, aún empuñando el cuchillo.
Lo último que alcanzó a ver fue al monstruo saltando hacia él, con sus ojos amarillentos abiertos como un par de lunas llenas adornando su rostro desfigurado. El resto fue un océano de negrura y muerte.
clocks for websitecontadores web