domingo, 24 de enero de 2010

LA VERDAD DE LOS AMANTES


La verdad de los amantes
está en los instantes que comparten
en constituir su amor
por la vida misma
en una energía indivisible.
 
La verdad de los amantes
es ser la manifestación viviente
de la esperanza por un mundo más pleno
está en crecer juntos
incluso cuando no están juntos
en madurar hasta morir
manteniéndose jóvenes
para seguir amándose
después de la muerte.
 
La verdad de los amantes
es no tener dudas
y entregarse entre ellos
como si conformaran un oasis mutuo
es crear un vínculo mágico
e íntimo como ninguno
es saber expresarse
con los mínimos recursos
e ignorar el tiempo,
las dificultades y las desavenencias.
 
La verdad de los amantes
es sentirse parte de algo mayor
que no pueden explicar
es desearse aún más
después de desnudar sus sentidos
después del sexo
después de agotarse ambos
y no tener aparentemente
nada más por entregar.
 
La verdad de los amantes
es no entender razones
es sobrevivir para seguir acogiéndose
aunque los tiente la suerte
aunque no tengas chances para seguir
está en saber que ya no están solos
porque sus espíritus
se han conocido realmente
está en ser capaces de continuar
aunque hayan llegado al final del camino.
 
La verdad de los amantes
está en crear momentos inolvidables
en volverse luminosos y etéreos
hasta disolverse en el universo
está en la alegría
con la que sostienen su amor
ante las vacilaciones
como si fuera un puente hacia el más allá.
 
La verdad de los amantes
está en la fuerza de sus almas combinadas
está en quererse
sin que nada más importe
porque al amarse el uno al otro
están amando íntegramente al orbe.
 
La verdad de los amantes
es ser inmortales
y ampararse en su amor recíproco
completamente ajenos
a los problemas que los rodeen
es tener la capacidad de perdonarse
y vivir siempre en el presente.
 
La verdad de los amantes
está en agradecer por lo que tienen
y aceptar su amor
como una bendición
como una riqueza invaluable
y sentirse poseedores de la clave
capaz de abrir las puertas de todos lo reinos
capaz de vencer los límites terrenales
 
La verdad de los amantes
es algún día llegar a transformarse
en lo mismo
en nada más que puro e infinito amor
y estar unidos en paz
para siempre.

lunes, 18 de enero de 2010

EL ENIGMATICO SEÑOR WALLACE (nueva entrega de “LAGRIMAS NEGRAS EN OJOS CIEGOS”)


Visualizó el rostro de ella, justo antes de que fuera consumido por el fuego como una fotografía…

***

Se paseaba por el salón con una sensación de angustia encima que no sentía desde que era niño, cuando Ferrand, su hermano dos años menor, se cayó al pozo de la servidumbre y él corrió como nunca antes lo había hecho en busca de ayuda.
El lugar era magnífico, una especie de museo ambientado a fines del siglo XIX, con estanterías majestuosas, repletas de adornos que representaban lo más exquisito y refinado del viejo mundo.
Su memoria estaba confusa, pero aún así no podía evitar pasearse como un recluso esperando a que lo liberen. ¿Por qué su mente caía en esas lagunas momentáneas que parecían distorsionar el tiempo, pero a la vez le resultaban ser más reales que su vida misma?
La habitación medía unos cien metros cuadrados al menos, en lo que seguramente era una mansión o un palacio victoriano. Continuaba con su paseo frenético entre los muebles sin saber qué era exactamente lo que esperaba y que lo mantenía inquieto como un león enjaulado, en una jaula de oropel en su caso.
Interrumpió su ir y venir cuando vio su reflejo en un espejo grande con marco dorado. Fue como si se descubriera a sí mismo: un tipo sobrio de barba rojiza y con traje de etiqueta, que le resultaba muy familiar y lejano a la vez, devolviéndole la mirada desde el fondo del espejo. Más que su imagen reflejada, era como si fuera un retrato de un antepasado pomposo, que daba la impresión de estar apegado a costumbres y modas olvidadas.
La espera llegó a su fin cuando entró en el cuarto un hombre elegantemente vestido con smoking y sombrero de copa, de unos cincuenta años, acompañado por dos mujeres voluptuosas ataviadas enteramente de blanco, con vestidos ajustados pletóricos de recovecos bordados.
- Malas noticias mi buen amigo – Exclamó mirándolo a los ojos con cara de preocupación.
- ¿Y el bebé? – Se encontró preguntando aturdido, sin saber bien a qué se refería como si la pregunta fuera una respuesta robótica surgida de su boca.
- Mi amigo. Era un niño… Hicimos todo lo posible para retenerlo, pero ha emprendido el viaje de regreso – Dijo el hombre, como escogiendo palabras de consuelo que no eran habituales en él. Luego prosiguió hablándole con premura:
- Debemos apegarnos al plan y no dejar que nuestra pena nos impida actuar con claridad… Ambos sabemos lo que hay que hacer.
- Por supuesto que lo sabemos – Dijo un hombre fornido que se asomó desde un pasillo aledaño. El sujeto tenía aspecto de forajido, con un chaquetón negro de cuero, acompañado por otro de rostro inseguro, que lucía un poco nervioso y oprimía contra su pecho una escopeta de cacería. Ambos entraron al salón dando pasos firmes. El sujeto agregó:
- Me parece que nuestro amigo Wallace merece un tiempo a solas con ella y el angelito, antes de hacer lo que tenemos que hacer.
- Pero por supuesto – corroboró el tipo del smoking – No debemos olvidarnos que antes que nada somos hombres civilizados. Natasha por favor acompaña al señor Wallace a la habitación, mientras nosotros iniciamos los preparativos. Aún faltan tres horas para que anochezca.
El tipo de la escopeta los siguió hasta el segundo piso a través de una escalera interminable forrada en una alfombra roja y con pasamanos de caoba perfectamente tallados, como si fuera una gran boa asentada sobre unas bases de mármol.
Al llegar a una de las muchas habitaciones del piso, el hombre de la escopeta se quedó a un lado, tenso como si estuviera montando guardia. La mujer lo acompañó adentro de la pieza, un dormitorio saturado de luz por lámparas de petróleo y velas ubicadas por todos lados como evitando la formación de cualquier clase de sombra en las paredes o en el piso.
- Recuerde que no tiene más de cinco minutos - Le susurró ella al oído, apoyando levemente su pecho comprimido en su brazo, como si alguna vez hubieran sido amantes o como si siquiera así lo hubiera deseado.
Se halló sólo en esa pieza saturada de luz falsa, una pieza que le producía estertores en su memoria, pero en la forma de algo cotidiano, no en la especia de altar en la que estaba transformada ahora.
Todo parecía converger hacia el centro del cuarto, donde había una cama y algo o alguien sobre ella, cubierto con una sábana de seda blanca y cruces doradas bordadas a mano.
Se aproximó con el miedo inexpresable de quién tienta a lo prohibido. Jaló con suavidad la sábana, que se deslizó a un costado como si fuera un líquido blanco. Frente a él quedó el que seguramente era uno de los espectáculos más maravilloso de la creación. Una mujer de una belleza tal que causaba dolor espiritual, yacía sobre la cama, vestida con una especie de camisón blanco. En sus brazos había una criatura recién nacida sin ningún indicio de vida, recostada de lado, dejando entrever que se trataba de un niño y que le hizo recordar por su postura cuando recuperaron el cuerpo rígido de Ferrand desde adentro del pozo.
El rostro de ella estaba impregnado por una palidez perfecta que realzaba el color rubí de sus labios. Un hálito de muerte llenaba la habitación oprimiendo su pecho, tentándolo a abrazar aquella diosa caída y tratar de revivirla a fuerza de besos. Sin embargo algo lo detenía y lo único que su cuerpo le permitió fue acercarse y acariciar al bebé sin vida, aún salpicado por algunas gotas de sangre propias de un parto prematuro. Parecía estar dormido, en el plácido sueño de la inocencia, a diferencia de Ferrand que cuando lo contempló por última vez, ya sin vida, tenía sus ojos muy abiertos y llenos de sangre.
Aunque su memoria no respondía sus pupilas se llenaron de lágrimas. Fue hacia ella y acarició su mejilla. Su cabello florecía junto a su cabeza con un esplendor que nunca antes había visto. En la yema de sus dedos percibió una descarga eléctrica al hacer contacto con su piel.
Le pareció que una voz le decía adentro de su cabeza: “¡Tómame!” “¡Llévame de aquí antes de que hagan daño!” “La eternidad nos aguarda”. Sintió una punzada justo detrás de su frente como si algo la taladrara. Sus pulmones inhalaban y exhalaban con prisa. La sangre le hinchó las venas del cuello y fluyó con furia en él haciendo que tuviera una erección como si estuviera recién despertando de un sueño erótico.
La puerta se abrió tras él, en el instante en que varias velas se empezaban a apagar, como si hubieran sido alcanzadas por una especie de soplido mágico. El hombre elegante entró acompañado por el resto del grupo y dijo:
- ¡Vamos! Debemos proceder de inmediato. Natasha por favor acompaña a Wallace mientras cumplimos con nuestro deber –
La mujer lo condujo con delicadeza de vuelta al salón, sujetándolo del brazo como si fuera un paciente en un estado de salud frágil. Una vez allá fue hasta una de las vitrinas, sacó una licorera de plata y le sirvió un trago en una copa.
Un anciano ataviado con una sotana irrumpió con frenesí en el cuarto, acompañado por una sirvienta gorda y mayor que no paraba de gimotear.
- ¡Emil! Deben detener esta locura inmediatamente. ¡Estos hombres son unos sacrílegos de intenciones abominables! La pobre señora Candice me contó de sus extrañas compañías y las cosas horribles que han pasado.
- Será mejor que no intervenga anciano… - Dijo la otra mujer de traje blanco asomándose en la puerta de la habitación, yendo a reunirse con Natasha mientras hacía malabares con un cuchillo plateado en su mano.
- ¡Estas arpías no hacen más que atraer las tinieblas hacia su alma! – Farfulló el anciano aferrándose a su crucifijo.
- Por favor recapacite señor… He visto lo que han hecho esos hombres en el jardín y por eso me atreví a desobedecer sus órdenes e ir a buscar ayuda con el padre Cardigan – Le rogó entre sollozos la señora Candice.
Todo le daba vueltas en la cabeza a Wallace, las palabras, las sensaciones que desgastaban aún más su espíritu. Era como si fuera un buzo que sufre una descompresión acelerada después de estar sumergido durante mucho tiempo. Su nariz empezó a manar sangre y se sintió tremendamente débil. Unos segundos más tarde cayó desmayado mientras su copa golpeaba la alfombra e iba a parar rodando a los pies del sacerdote.
Si hubiera permanecido consciente un minuto más, habría visto como Rex, el sujeto con aspecto de forajido, le volaba la cabeza de un disparo al padre Cardigan luego de que éste sacara una pistola entre sus ropas y le disparara de muerte a Candice y a la mujer del cuchillo.

Al recuperar la conciencia, unos minutos después, gracias a la droga que le suministró el doctor Seymour (el hombre de smoking y sombrero de copa), recuperó algunos de los recuerdos que evadían su cerebro. Un poco más tarde, el mismo sería quién prendiera fuego a la pira funeraria, observando cómo el cuerpo de ella y el de la criatura se consumían hasta evidenciar sus huesos, con sus carnes danzando entremedio de las llamas.
El vacío profundo que sentía dentro de sí solamente se podía comparar con sus ansias de venganza, una venganza lúgubre que no culminaría ni siquiera con la muerte. Sus tiempos de honrar a la ciencia quedaban en el pasado luego de haber contemplado su mundo racional desmoronarse a pedazos. Llegaba la hora de abrir ríos de sangre en medio de la oscuridad.

***

Isidro giró sobre sí con una velocidad casi sobrehumana arrastrándose por la tierra. Aún así la flama lo alcanzó en la espalda de su chaqueta de cuero, que expulsó un olor a cadáver como si hubiera sido herida de muerte. Se reincorporó unos metros más allá y corrió con agilidad, mientras Jurgen lanzaba una segunda descarga con el lanzallamas, sin lograr alcanzarlo esta vez.
Jurgen trotó persiguiéndolo con celeridad, a pesar de su peso y volumen considerable, asegurándose a sí mismo de que la tercera sería la vencida y algo confundido por la rapidez de la reacción de su presa. Al parecer todo no sería tan fácil como parecía en un comienzo.
Encontró la chaqueta tirada junto a un árbol grande, aún humeando. Seguramente se la había quitado para no seguir quemándose y debía estar por ahí presa del cansancio, atemorizado, lloriqueando al sentirse sin escapatoria.
Rodeó el tronco del árbol esperando encontrarlo, pero para su sorpresa Isidro saltó con todas sus fuerzas sobre su costado golpeándolo en el cuello. Había fallado en su intento de hacerlo caer, pero el grandullón sintió que le había clavado algo en el cuello.
Se sacó furioso de un tirón el abrecartas que le había enterrado, sin saber que al hacerlo estaba liberando un chorro de sangre caliente desde su yugular. Disparó el lanzallamas en todas direcciones. Debía estar escondido tras un arbusto. Bufó como un toro herido de muerte por el torero. En sus hombros empezó a sentir un peso cada vez mayor, que le trajo como última imagen a su memoria a la desparecida Kay cuando era niña y la cargaba a caballo.
Unos cuantos pasos más allá cayó derrumbado sobre sus rodillas y finalmente a un charco de lluvia apozada en el suelo, donde se sacudió hasta desangrarse por completo.

NOTICIAS


¡De regreso este 2010!

Continúan las desventuras de Isidro Blanco en “El enigmático señor Wallace”, continuación del cuento “Lágrimas negras en ojos ciegos”.

Más publicaciones de poesía próximamente.

Pronto habrá información complementaria sobre la venta del CD “Fragmentos”.

Saludos a todos.
MS
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