lunes, 7 de diciembre de 2009

DOS DIAS PARA MORIR


El padre Michael terminó de rezar un padrenuestro y se preparaba para cerrar la capilla cuando se percató de que había alguien en el confesionario.
Sigilosamente fue hasta el altar y extrajo la pistola que ocultaba en el púlpito. Gotas de sudor se asomaron en su frente y en su calva rodeada por cabello blanco. Se acercó con lentitud al pequeño compartimiento, como si le angustiara dar cada paso, mientras rezaba mentalmente un ave maría. Corrió de golpe la cortina, tratando a la vez de sujetar firme la pistola con su mano humedecida por la transpiración.
- ¡¿Qué está haciendo acá?!
- He venido a confesarme padre – Afirmó Isidro, echado para atrás en el asiento del confesionario.
- ¡Váyase inmediatamente! – Exclamó el padre Michael guardando el arma entre sus ropas.
- ¿Por qué está armado padre? ¿Es la forma de escuchar la confesión en este rincón del mundo? – Ironizó.
- ¡Retírese de mi confesionario antes que lo vean! – Insistió el sacerdote.
- Estimado padre, si se niega a hablar conmigo me veré en la obligación de decirle a Anne que me amenazó con una pistola – Le dijo con tono arrogante, escrutando la reacción del hombre - Y sinceramente... No creo que a ella le guste.
El padre Michael pareció temblar, como si lo hubiera recorrido un escalofrío por dentro de su traje negro. Miró hacia la puerta cerciorándose de que nadie lo viera y entró en el que era su lado dentro del confesionario.
- ¿Qué es lo que quiere?
- Solamente hacerle unas preguntas – Respondió Isidro a través de los agujeros de la rejilla de madera que comunicaba los dos cubículos.
- Yo no sé nada que usted no sepa respecto a la bestia maligna que nos ataca – Recalcó.
- Me gustaría creerle, pero hay muchas cosas extrañas en sus feligreses.
- No sé a qué se refiere.
- ¿No?... Mire padre, podré ser un poeta bebedor de mala muerte, pero no soy tonto. Dígame usted; ¿Cómo explica que Hans Fliege, que me dobla en edad, puede alcanzarme corriendo incluso teniendo yo varios metros de ventaja? o ¿Por qué pareciera que todos los hombres dispusieran de armas del siglo pasado?
El clérigo se movió incómodo en su asiento de madera y susurró finalmente en voz baja.
- Aléjese de la muchacha.
- ¿Por qué habría de hacerlo? – Respondió Isidro aproximándose a la mirilla.
- Porque ella no es lo que parece – Dijo el sacerdote temiendo ser escuchado por un oído invisible.
- Ella es solamente una chica ciega e incomprendida, con una capacidad de percepción de la realidad más desarrollada. La clase de mujeres inocentes que quemaban hace unos siglos...
- No siga por este camino... no lo conduce más que a la perdición de su alma – Lo interrumpió afligido.
Isidro recibió con indiferencia la advertencia y en vez de reparar en ella, le hizo una pregunta:
- ¿Y qué me puede contar de la criatura?
El padre Michael dio un respiro largo y se tomó varios segundos antes de contestar.
- La criatura es una especie de íncubo, como los que describen los relatos medievales. Su poder es desconocido. Que no lo engañe su tamaño, tiene más fuerza que muchos hombres juntos. Su sola mirada significa un maleficio.
- ¿Y cómo llegó hasta acá?
- Tal vez nosotros llegamos hasta él y no al revés...
Esa frase quedó flotando en el aire cuando un tipo irrumpió en la capilla preguntando con apuro por el sacerdote, éste le hizo unas señas a Isidro para que permaneciera callado adentro del confesionario. A través de la cortina pudo escuchar como el sujeto le pedía al sacerdote que lo acompañara en forma urgente a ver a Thomas porque se había enfermado. El padre Michael y el otro hombre (Kurt, el constructor, haciendo de mensajero del hombre alto), abandonaron la pequeña capilla. Unos minutos más tarde Isidro salió y los siguió discretamente. Había vuelto a llover.

Thomas yacía de espaldas en la cama de su habitación, respirando con dificultad como si sus pulmones estuvieran rellenos de piedras. Un simple cuadro viral derivado a obstrucción respiratoria, habría pensado Merrill, en su calidad de médico del lugar, si no fuera porque el monstruo lo había rasguñado en la rodilla hacía casi diez horas y porque su cuerpo estaba completamente negro, como si su piel hubiera sido envenenada por una horrorosa oscuridad.
Cuando entró el padre Michael en la habitación se cubrió instintivamente la nariz. El cuarto apestaba con un hedor propio de las bestias agónicas. Fue inmediatamente hacia Merrill a consultarle qué estaba ocurriendo. Hans Fliege conversaba afuera del dormitorio, con el rostro más serio que de costumbre, acompañado por Adolf y Mathias, a los que se unió Kurt.
Isidro llegó a los pocos minutos después, haciendo que los presentes se sorprendieran de verlo. El hombre alto lo recibió y le preguntó qué estaba haciendo ahí, a lo que él respondió con un esquivo; “sólo andaba de paso...”. En eso escucharon unos gruñidos provenientes del dormitorio. Los cuatro entraron y se encontraron con Thomas retorciéndose en la cama como si tuviera unas fuertes convulsiones, mientras Merrill y el padre Michael intentaban en vano sujetarlo de los brazos para que se calmara.
Adolf y Mathias sujetaron las piernas de Thomas, quién a medida que se sacudía exudaba sangre por sus poros, dejando la ropa de la cama totalmente manchada. Hans les ordenó a todos que lo soltaran. Los hombres obedecieron y lo dejaron sacudiéndose con violencia sobre la cama. Su piel ennegrecida brillaba con el reflujo grasoso de la sangre. De sus ojos manaban unos chorros rojos como lágrimas que corrían por sus mejillas y se juntaban con el otro chorro que salía de su nariz y de su boca. Rugía y se retorcía como si fuera un animal. Kurt salió de la habitación haciendo arcadas y el resto se apegó a las murallas tratando de evitar ser alcanzados por la sangre maloliente que salpicaba en todas direcciones.
Repentinamente el cuerpo del tipo se sacudió como si fuera una marioneta rota, lanzó un gemido desesperado y se quedó inmóvil, tirado sobre la cama, en una posición que hacía pensar que varios de sus huesos se habían quebrado durante los espasmos.
Mathias recordó la vez en que cuando niño le cortó la cabeza a una gallina y ésta salió corriendo y aleteando como si estuviera más viva que nunca, sacudiéndose con energía, para luego caer muerta unos metros más allá.
Merill certificó con cuidado lo que era obvio para todos. Thomas había muerto. A continuación les solicitó que se fueran a lavar y cambiar de ropas tratando de tener el menor contacto posible con la sangre, si es que habían sido salpicados, como ocurría con la mayoría. El padre Merrill lanzó un poco de agua bendita sobre el cuerpo y rezó un par de oraciones, antes de partir tembloroso y atemorizado a limpiarse de encima los restos de sangre.
Más tarde Isidro trató de hablar con Merrill, pero este lo esquivó, bajo la atenta mirada del hombre alto y no pudo obtener más de él que un escueto; “nunca había visto algo así... estamos perdidos en manos de Dios”.

Esa noche llovió con truenos y relámpagos que daban la idea de un tren fuera de control corriendo en el cielo. Isidro tuvo pesadillas en las que se veía ahogándose en un río de sangre apestosa, con serpientes nadando a su alrededor. De ella no tuvo ninguna visión esta vez y por la mañana volvió a sentir el perfume de Anne en su habitación causándole una especie de excitación física. Lentamente empezaba a desearla en una forma un poco extraña.
Al día siguiente Hans Fliege se reunió con él y le contó que había organizado una expedición en el bosque para ir a eliminar al monstruo. Jurgen, Mathías y Adolf, tres de los hombres más fuertes del poblado, irían junto a él, a encargarse de la bestia.
Isidro supo inmediatamente que no tenía la opción de negarse a esa expedición de cacería, que probablemente se había concretado debido a que estaba inmiscuyendo demasiado sus narices en los asuntos del lugar. Tal vez el sacerdote le había contado de su visita al hombre alto, aunque lo dudaba.
Hans le pidió que se prepare, puesto que partirían ese mismo día. Isidro sonrió mientras en su cabeza recordaba al padre Michael decir; “no siga por este camino...” y lo que ella, su amada, le había susurrado al oído, cuando soñó que estaban sentados sobre una roca la otra noche.
- No tengas miedo. Dentro de dos días vas a morir.

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