martes, 22 de diciembre de 2009

CAMINANDO HACIA EL OCASO


- Por favor cuídate... tal vez esto te ayude – le murmuró Anne mientras le pasaba disimuladamente una botellita con alcohol.
Abrazó a Isidro como si no lo fuera a ver nunca más y se apartó presurosa para no causar más revuelo entre los hombres que la miraban con ojos inquisidores.
El grupo estaba compuesto por cuatro miembros; Jurgen, Mathias, Adolf y él.
Jurgen era el mayor y el más grande, una especie de oso, de barba abundante y músculos delineados gracias a su trabajo bruto con metales. Tenía el cabello castaño oscuro, con un rostro serio como la mayoría de los pobladores, que se había endurecido aún más después de la desaparición de su hija Kay, la primera víctima de la bestia.
Mathias era prácticamente un albino, con los ojos muy celestes. Un sujeto de pocas palabras y aspecto atlético que resultaba difícil de descifrar, aunque claramente tenía toda la confianza del hombre alto. A pesar de ser supuestamente un agricultor, no era la clase de tipos que dudan cuando tienen que hacer algo. Su frialdad blanquecina sugería también una gran frialdad a la hora de actuar.
Adolf era el más hablador de los tres. Su cabello colorín y su mirada inquieta, parecían advertir que quien se metiera con él encontraría un torrente de energía destructiva esperándolo. Era la clase de personaje que sin ser muy alto (apenas un metro ochenta), ni muy musculoso, posee un cuerpo espigado y energético que pareciera necesitar descargar en forma física su sobreproducción de adrenalina. Como cazador no hacía más que explotar provechosamente su instinto asesino.
Partieron antes del mediodía, ante la mirada atenta del resto de los habitantes del poblado. Hans Fliege estaba de mejor humor que de costumbre, lo cual era un mal presagio más que un motivo de confianza. El padre Michael hizo la señal de la cruz como bendiciéndolos cuando pasaron por afuera de la capilla. La lluvia había cesado su ataque a esa hora o probablemente se había replegado para volver con más fuerza.
Junto con las provisiones requeridas para el trayecto, cada lugareño llevaba una escopeta, un cuchillo de cacería y con seguridad alguna otra arma de fuego oculta. Cuando Isidro les pidió una pistola sólo le entregaron un pequeño cuchillo que más parecía un abrecartas, diciéndole que él estaba a cargo sólo de cooperar en la búsqueda de indicios para rastrear a la criatura, pero ellos estaban encargados de su aniquilación.
A Isidro le llamó la atención una caja rectangular de madera que cargaba Jurgen sobre su hombro como si no pesara. Al preguntar sobre el contenido de la caja simplemente no obtuvo más respuesta que un; “la curiosidad mató al gato”, por parte de Adolf, que no le contestó cuando le volvió a preguntar; “¿Qué quería saber el gato?”.
Se internaron en la espesura del bosque, donde el frío era más intenso y traspasaba fácilmente su chaqueta de cuero. Sus acompañantes caminaban a paso firme, como si supieran donde se dirigían, mientras cada cierto rato intercambiaban breves conversaciones en alemán y Adolf largaba unas risotadas que resonaban entre los árboles gracias al eco, como si un demonio invisible las replicara.
El grupo siguió avanzando en el bosque durante horas, sin encontrar ningún rastro del monstruo. Isidro les consultó a los otros si estaban siguiendo algún esquema de rastreo, pero Adolf se limitó a decir que sabían lo que hacían. El cielo estaba muy gris y caía una lluvia fina pero persistente que impregnaba las ropas y el paisaje, haciendo que resaltaran los tonos verdes y cafés que los rodeaban.
Poco antes de que anocheciera llegaron a un remanso de campo abierto junto a un lago de aguas plateadas, donde se detuvieron. La extensión de terreno sin árboles discrepaba del bosque frondoso que cubría todo como si fuera un lunar de un par de hectáreas en plena arboleda. A Isidro la superficie rectangular descampada le dio la impresión de algo similar a una pista de aterrizaje, aunque inmediatamente descartó ese pensamiento como si fuera una jugarreta de su mente para preocuparlo. Por lo demás; ¿Para qué querrían los pobladores una pista de aterrizaje si ni siquiera tenían luz eléctrica?.
Los hombres se dispusieron a acampar, aunque Isidro advirtió que tramaban algo más a juzgar por sus disimulados gestos y sus breves charlas en alemán mirándolo de reojo.
- Voy al baño – Dijo, desentendiéndose de ellos.
Se dirigió hacia el otro extremo boscoso, siendo seguido de cerca por Mathias como si fuera su guardia penitenciario. Isidro se volteó y lo encaró luego de unos pasos, afirmando que ya era mayor de edad como para ir solo a hacer sus necesidades. Mathias se quedó observándolo desafiante, como si no entendiera su idioma pero sí su desafío. Finalmente Adolf le habló algo en alemán y volvió a reunirse con los otros. Su cabello blanco parecía fulgurar en medio de la vegetación de tonos oscuros.
Isidro siguió encaminándose hacia los árboles cercanos, sintiendo que le quedaba poco tiempo antes de que se cumpliera la predicción de ella en el sueño. Tenía un presentimiento espeso y sombrío que a cada instante parecía palpitar con más fuerza.
Aprovechó de tomarse casi de una vez el contenido de la botella que le había entregado Anne. El alcohol tenía un sabor extraño, que no le sabía a ningún otro que hubiera probado antes, sin embargo cumplía con el hecho de hacerle arder la garganta como si estuviera hirviendo. No obstante algo raro había en él, ya que Amadeo no se materializó como siempre ocurría cuando bebía.
Más atrás sin que Isidro lo notara, Jurgen procedió a abrir con cuidado la caja que había cargado todo el camino mientras Mathias sonreía en un gesto atípico a su gelidez habitual y Adolf soltaba otra de sus risotadas siniestras.
Isidro se internó entre los árboles apurando el tranco. Se sentía raro, como agitado por una especie de energía desconocida. La lluvia suave le abrió paso a otra más ruidosa y de gruesas gotas de agua. Orinó en un árbol, con el corazón latiéndole acelerado, su instinto le decía que debía huir de ese lugar maldito. Para empeorar las cosas en vez de orina creyó botar sangre, la que rápidamente se disolvió en la tierra con la lluvia, como si ésta se hubiera alimentado de ella.
Un objeto de color azul entremedio de los arbustos llamó su atención. El azul era un color completamente ajeno al paisaje. Fue hasta él y lo tomó. Era un pasaporte, con la mitad quemada y la mayoría de las hojas raídas por la lluvia, pero algunas aún estaban conservadas gracias a una suave película plástica que las cubría. Se alcanzaba a ver el trozo de una fotografía de un hombre de color, su nombre inscrito más abajo decía John Carrington, junto a un sello con una hoja de parra como el de Canadá.
Isidro recordó una conversación que tuvo con Anne, en la que le preguntó si llegaban forasteros a esa villa aislada del mundo. Ella le contó que muy rara vez aparecía alguno y que el último caso que recordaba había ocurrido dos años antes, cuando recibieron la visita de unos sujetos que hablaban inglés, que eran algo así como deportistas de aventura y se habían extraviado explorando el bosque. Se quedaron un tiempo en la villa y después regresaron a la ciudad ayudados por Pedro Armijo.
Guardó el pedazo de pasaporte en su chaqueta y ayudado por su intuición empezó a inspeccionar en los alrededores. No tenía mucho tiempo antes de que viniera alguno de los hombres a buscarlo. La lluvia copiosa le impedía ver bien, sin embargo su olfato notó un olor nauseabundo. Quizá sin quererlo estaba cerca de los dominios del monstruo.
Siguió el hedor hasta llegar junto a un árbol grande a varios metros de distancia. Apoyados en el tronco había unas figuras indefinibles, de color negro, que daban la impresión de estar sujetadas por una especie de alambre. De ellas emanaba el olor nauseabundo que podía olerse a pesar de la lluvia y el aroma propio de la naturaleza. Claramente había algo en descomposición junto a ellas o en ellas. Al acercarse más identificó lo que parecía un cráneo destrozado en una de las figuras. Las volvió a mirar como tratando de darle forma a un manchón negro y su mente pudo imaginar después de un rato tres cuerpos que algún día fueron humanos.
- Mucho gusto... John Carrington. – Dijo para sus adentros.
Las extremidades de los cuerpos estaban desechas, aunque parecían tener un poco de vida, como si tiritaran con el roce de la lluvia sintiendo un frío póstumo. Pequeños escarabajos las recorrían desde el interior de los huesos, al igual que larvas blancas, que habían encontrado un hogar propicio para sobrevivir.
Estaban calcinados completamente... ¿Cómo era posible quemarse bajo constantes lluvias como esa? Optó por no pensar en la respuesta.
Estaba embelesado por el constante ir y venir de los bichos en la materia irreconocible de los que fueron personas, cuando sus sentidos aguzados le hicieron sentir un siseo a sus espaldas y luego un gruñido ronco. Apenas alcanzó a girarse para ver a Jurgen disparando la flama mortal del lanzallamas hacia él.

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