miércoles, 23 de diciembre de 2009

QUIERO QUE SEAS FELIZ


Quiero que seas feliz,
que tu risa sea el testimonio
del cielo en la tierra,
que tus juegos sean
una nueva forma de comprensión
sobre cómo funciona el mundo,
que tus pasos sean libres
como el viento en la playa
y que tu alegría se contagie
a todos los que te rodeen.

Quiero que seas feliz,
que tu inocencia
sea como el resplandor de las estrellas
en el firmamento,
que tu vitalidad sea la sangre
que corre por las venas del universo,
que en tus manos esté el futuro
que imagines
y la realización de todos tus sueños
y que tu dicha sea un tesoro heredado
hasta el fin de los tiempos
haciendo de este un mejor lugar para vivir
aunque ya ni tú ni yo estemos en él.

martes, 22 de diciembre de 2009

CAMINANDO HACIA EL OCASO


- Por favor cuídate... tal vez esto te ayude – le murmuró Anne mientras le pasaba disimuladamente una botellita con alcohol.
Abrazó a Isidro como si no lo fuera a ver nunca más y se apartó presurosa para no causar más revuelo entre los hombres que la miraban con ojos inquisidores.
El grupo estaba compuesto por cuatro miembros; Jurgen, Mathias, Adolf y él.
Jurgen era el mayor y el más grande, una especie de oso, de barba abundante y músculos delineados gracias a su trabajo bruto con metales. Tenía el cabello castaño oscuro, con un rostro serio como la mayoría de los pobladores, que se había endurecido aún más después de la desaparición de su hija Kay, la primera víctima de la bestia.
Mathias era prácticamente un albino, con los ojos muy celestes. Un sujeto de pocas palabras y aspecto atlético que resultaba difícil de descifrar, aunque claramente tenía toda la confianza del hombre alto. A pesar de ser supuestamente un agricultor, no era la clase de tipos que dudan cuando tienen que hacer algo. Su frialdad blanquecina sugería también una gran frialdad a la hora de actuar.
Adolf era el más hablador de los tres. Su cabello colorín y su mirada inquieta, parecían advertir que quien se metiera con él encontraría un torrente de energía destructiva esperándolo. Era la clase de personaje que sin ser muy alto (apenas un metro ochenta), ni muy musculoso, posee un cuerpo espigado y energético que pareciera necesitar descargar en forma física su sobreproducción de adrenalina. Como cazador no hacía más que explotar provechosamente su instinto asesino.
Partieron antes del mediodía, ante la mirada atenta del resto de los habitantes del poblado. Hans Fliege estaba de mejor humor que de costumbre, lo cual era un mal presagio más que un motivo de confianza. El padre Michael hizo la señal de la cruz como bendiciéndolos cuando pasaron por afuera de la capilla. La lluvia había cesado su ataque a esa hora o probablemente se había replegado para volver con más fuerza.
Junto con las provisiones requeridas para el trayecto, cada lugareño llevaba una escopeta, un cuchillo de cacería y con seguridad alguna otra arma de fuego oculta. Cuando Isidro les pidió una pistola sólo le entregaron un pequeño cuchillo que más parecía un abrecartas, diciéndole que él estaba a cargo sólo de cooperar en la búsqueda de indicios para rastrear a la criatura, pero ellos estaban encargados de su aniquilación.
A Isidro le llamó la atención una caja rectangular de madera que cargaba Jurgen sobre su hombro como si no pesara. Al preguntar sobre el contenido de la caja simplemente no obtuvo más respuesta que un; “la curiosidad mató al gato”, por parte de Adolf, que no le contestó cuando le volvió a preguntar; “¿Qué quería saber el gato?”.
Se internaron en la espesura del bosque, donde el frío era más intenso y traspasaba fácilmente su chaqueta de cuero. Sus acompañantes caminaban a paso firme, como si supieran donde se dirigían, mientras cada cierto rato intercambiaban breves conversaciones en alemán y Adolf largaba unas risotadas que resonaban entre los árboles gracias al eco, como si un demonio invisible las replicara.
El grupo siguió avanzando en el bosque durante horas, sin encontrar ningún rastro del monstruo. Isidro les consultó a los otros si estaban siguiendo algún esquema de rastreo, pero Adolf se limitó a decir que sabían lo que hacían. El cielo estaba muy gris y caía una lluvia fina pero persistente que impregnaba las ropas y el paisaje, haciendo que resaltaran los tonos verdes y cafés que los rodeaban.
Poco antes de que anocheciera llegaron a un remanso de campo abierto junto a un lago de aguas plateadas, donde se detuvieron. La extensión de terreno sin árboles discrepaba del bosque frondoso que cubría todo como si fuera un lunar de un par de hectáreas en plena arboleda. A Isidro la superficie rectangular descampada le dio la impresión de algo similar a una pista de aterrizaje, aunque inmediatamente descartó ese pensamiento como si fuera una jugarreta de su mente para preocuparlo. Por lo demás; ¿Para qué querrían los pobladores una pista de aterrizaje si ni siquiera tenían luz eléctrica?.
Los hombres se dispusieron a acampar, aunque Isidro advirtió que tramaban algo más a juzgar por sus disimulados gestos y sus breves charlas en alemán mirándolo de reojo.
- Voy al baño – Dijo, desentendiéndose de ellos.
Se dirigió hacia el otro extremo boscoso, siendo seguido de cerca por Mathias como si fuera su guardia penitenciario. Isidro se volteó y lo encaró luego de unos pasos, afirmando que ya era mayor de edad como para ir solo a hacer sus necesidades. Mathias se quedó observándolo desafiante, como si no entendiera su idioma pero sí su desafío. Finalmente Adolf le habló algo en alemán y volvió a reunirse con los otros. Su cabello blanco parecía fulgurar en medio de la vegetación de tonos oscuros.
Isidro siguió encaminándose hacia los árboles cercanos, sintiendo que le quedaba poco tiempo antes de que se cumpliera la predicción de ella en el sueño. Tenía un presentimiento espeso y sombrío que a cada instante parecía palpitar con más fuerza.
Aprovechó de tomarse casi de una vez el contenido de la botella que le había entregado Anne. El alcohol tenía un sabor extraño, que no le sabía a ningún otro que hubiera probado antes, sin embargo cumplía con el hecho de hacerle arder la garganta como si estuviera hirviendo. No obstante algo raro había en él, ya que Amadeo no se materializó como siempre ocurría cuando bebía.
Más atrás sin que Isidro lo notara, Jurgen procedió a abrir con cuidado la caja que había cargado todo el camino mientras Mathias sonreía en un gesto atípico a su gelidez habitual y Adolf soltaba otra de sus risotadas siniestras.
Isidro se internó entre los árboles apurando el tranco. Se sentía raro, como agitado por una especie de energía desconocida. La lluvia suave le abrió paso a otra más ruidosa y de gruesas gotas de agua. Orinó en un árbol, con el corazón latiéndole acelerado, su instinto le decía que debía huir de ese lugar maldito. Para empeorar las cosas en vez de orina creyó botar sangre, la que rápidamente se disolvió en la tierra con la lluvia, como si ésta se hubiera alimentado de ella.
Un objeto de color azul entremedio de los arbustos llamó su atención. El azul era un color completamente ajeno al paisaje. Fue hasta él y lo tomó. Era un pasaporte, con la mitad quemada y la mayoría de las hojas raídas por la lluvia, pero algunas aún estaban conservadas gracias a una suave película plástica que las cubría. Se alcanzaba a ver el trozo de una fotografía de un hombre de color, su nombre inscrito más abajo decía John Carrington, junto a un sello con una hoja de parra como el de Canadá.
Isidro recordó una conversación que tuvo con Anne, en la que le preguntó si llegaban forasteros a esa villa aislada del mundo. Ella le contó que muy rara vez aparecía alguno y que el último caso que recordaba había ocurrido dos años antes, cuando recibieron la visita de unos sujetos que hablaban inglés, que eran algo así como deportistas de aventura y se habían extraviado explorando el bosque. Se quedaron un tiempo en la villa y después regresaron a la ciudad ayudados por Pedro Armijo.
Guardó el pedazo de pasaporte en su chaqueta y ayudado por su intuición empezó a inspeccionar en los alrededores. No tenía mucho tiempo antes de que viniera alguno de los hombres a buscarlo. La lluvia copiosa le impedía ver bien, sin embargo su olfato notó un olor nauseabundo. Quizá sin quererlo estaba cerca de los dominios del monstruo.
Siguió el hedor hasta llegar junto a un árbol grande a varios metros de distancia. Apoyados en el tronco había unas figuras indefinibles, de color negro, que daban la impresión de estar sujetadas por una especie de alambre. De ellas emanaba el olor nauseabundo que podía olerse a pesar de la lluvia y el aroma propio de la naturaleza. Claramente había algo en descomposición junto a ellas o en ellas. Al acercarse más identificó lo que parecía un cráneo destrozado en una de las figuras. Las volvió a mirar como tratando de darle forma a un manchón negro y su mente pudo imaginar después de un rato tres cuerpos que algún día fueron humanos.
- Mucho gusto... John Carrington. – Dijo para sus adentros.
Las extremidades de los cuerpos estaban desechas, aunque parecían tener un poco de vida, como si tiritaran con el roce de la lluvia sintiendo un frío póstumo. Pequeños escarabajos las recorrían desde el interior de los huesos, al igual que larvas blancas, que habían encontrado un hogar propicio para sobrevivir.
Estaban calcinados completamente... ¿Cómo era posible quemarse bajo constantes lluvias como esa? Optó por no pensar en la respuesta.
Estaba embelesado por el constante ir y venir de los bichos en la materia irreconocible de los que fueron personas, cuando sus sentidos aguzados le hicieron sentir un siseo a sus espaldas y luego un gruñido ronco. Apenas alcanzó a girarse para ver a Jurgen disparando la flama mortal del lanzallamas hacia él.

jueves, 10 de diciembre de 2009

BALADA DE UN HOMBRE Y UNA MUJER OLVIDADOS


Ella le gustaba a él
y él le gustaba a ella
pero gustarse no basta
porque es muy común gustarse
tener patrones de belleza metidos en la cabeza
disfrutar aspectos de la propia personalidad en el otro
hacer contacto en forma fisiológica
como cuando se come algo que a uno le agrada
o se huele un perfume exquisito
es tan primitivo que a veces
no requiere ni siquiera tener que comunicarse
basta con unas miradas cruzándose
o con dejarse llevar como una cometa por una sonrisa
para gustarse.

El la quería a ella
y probablemente ella lo quería a él
pero querer a alguien no es suficiente
porque los seres humanos terminan queriendo
a las personas con las que comparten cosas directamente
está en la naturaleza del hombre
encariñarse como con las mascotas
por el sólo hecho de estar cerca cuando se les necesita
o con los amigos por su compañerismo
o con quienes nos ayudan o nos protegen
o al menos nos hacen pasar un buen rato
por eso no hay nada de especial
en querer a alguien con quién se haya tenido cercanía.

El tal vez la amaba
y ella tal vez creía que podía llegar a amarlo
pero tampoco alcanzaba
porque hay mucha gente que dice que ama
aunque no sea cierto
porque para todos amar es una fórmula casi científica
de tiempo, dedicación, formalidades y afecto
un terreno fértil en el cual sembrar proyectos para el mañana
o para construir sueños sólidos como si eso existiera
relaciones seguras como si fueran un edificio
o un monumento a la autorrealización interior
más que lealtad y amor
hay una búsqueda de exclusividad completa
de que se la jueguen y hagan sacrificios por uno
para recién ahí poder llegar a sentirnos únicos y amados
porque el puro hecho de amar es insustentable
si no hay un buen acuerdo entre las partes.

Pensar en el futuro pone muchas exigencias
plantea tantos desafíos falsos
tantos espejismos a los que aferrarse
habiendo tanta gente buscando exactamente lo mismo
que él y ella siguieron su camino
hasta que los dos desaparecieron para siempre
en el olvido.

Si tan sólo de corazón entendieran los seres humanos que
el amor no correspondido es un engaño
y el amor correspondido
también es un engaño
toda transacción sentimental
en la que se espera correspondencia
es un engaño
simplemente porque no vive en el ahora
porque hasta cosas tan simples como dar un beso
se ven opacadas por el hecho de estar esperando
una retribución posterior a cambio
las personas porfían en negociar
hasta cuando supuestamente aman
dicen implícitamente
dame lo que tienes y yo veré lo que te doy después
siendo que en un abrazo consciente
hay más querer que en cualquier promesa ulterior
en una caricia estando presentes
hay más compromiso que en cualquier compromiso verbal
en no pedir absolutamente nada
hay una franca declaración de amor
aceptando al otro con todos sus defectos
puesto que el único amor que verdaderamente existe
es el amor sin condiciones
y así es aquí, ahora y para siempre.

lunes, 7 de diciembre de 2009

DOS DIAS PARA MORIR


El padre Michael terminó de rezar un padrenuestro y se preparaba para cerrar la capilla cuando se percató de que había alguien en el confesionario.
Sigilosamente fue hasta el altar y extrajo la pistola que ocultaba en el púlpito. Gotas de sudor se asomaron en su frente y en su calva rodeada por cabello blanco. Se acercó con lentitud al pequeño compartimiento, como si le angustiara dar cada paso, mientras rezaba mentalmente un ave maría. Corrió de golpe la cortina, tratando a la vez de sujetar firme la pistola con su mano humedecida por la transpiración.
- ¡¿Qué está haciendo acá?!
- He venido a confesarme padre – Afirmó Isidro, echado para atrás en el asiento del confesionario.
- ¡Váyase inmediatamente! – Exclamó el padre Michael guardando el arma entre sus ropas.
- ¿Por qué está armado padre? ¿Es la forma de escuchar la confesión en este rincón del mundo? – Ironizó.
- ¡Retírese de mi confesionario antes que lo vean! – Insistió el sacerdote.
- Estimado padre, si se niega a hablar conmigo me veré en la obligación de decirle a Anne que me amenazó con una pistola – Le dijo con tono arrogante, escrutando la reacción del hombre - Y sinceramente... No creo que a ella le guste.
El padre Michael pareció temblar, como si lo hubiera recorrido un escalofrío por dentro de su traje negro. Miró hacia la puerta cerciorándose de que nadie lo viera y entró en el que era su lado dentro del confesionario.
- ¿Qué es lo que quiere?
- Solamente hacerle unas preguntas – Respondió Isidro a través de los agujeros de la rejilla de madera que comunicaba los dos cubículos.
- Yo no sé nada que usted no sepa respecto a la bestia maligna que nos ataca – Recalcó.
- Me gustaría creerle, pero hay muchas cosas extrañas en sus feligreses.
- No sé a qué se refiere.
- ¿No?... Mire padre, podré ser un poeta bebedor de mala muerte, pero no soy tonto. Dígame usted; ¿Cómo explica que Hans Fliege, que me dobla en edad, puede alcanzarme corriendo incluso teniendo yo varios metros de ventaja? o ¿Por qué pareciera que todos los hombres dispusieran de armas del siglo pasado?
El clérigo se movió incómodo en su asiento de madera y susurró finalmente en voz baja.
- Aléjese de la muchacha.
- ¿Por qué habría de hacerlo? – Respondió Isidro aproximándose a la mirilla.
- Porque ella no es lo que parece – Dijo el sacerdote temiendo ser escuchado por un oído invisible.
- Ella es solamente una chica ciega e incomprendida, con una capacidad de percepción de la realidad más desarrollada. La clase de mujeres inocentes que quemaban hace unos siglos...
- No siga por este camino... no lo conduce más que a la perdición de su alma – Lo interrumpió afligido.
Isidro recibió con indiferencia la advertencia y en vez de reparar en ella, le hizo una pregunta:
- ¿Y qué me puede contar de la criatura?
El padre Michael dio un respiro largo y se tomó varios segundos antes de contestar.
- La criatura es una especie de íncubo, como los que describen los relatos medievales. Su poder es desconocido. Que no lo engañe su tamaño, tiene más fuerza que muchos hombres juntos. Su sola mirada significa un maleficio.
- ¿Y cómo llegó hasta acá?
- Tal vez nosotros llegamos hasta él y no al revés...
Esa frase quedó flotando en el aire cuando un tipo irrumpió en la capilla preguntando con apuro por el sacerdote, éste le hizo unas señas a Isidro para que permaneciera callado adentro del confesionario. A través de la cortina pudo escuchar como el sujeto le pedía al sacerdote que lo acompañara en forma urgente a ver a Thomas porque se había enfermado. El padre Michael y el otro hombre (Kurt, el constructor, haciendo de mensajero del hombre alto), abandonaron la pequeña capilla. Unos minutos más tarde Isidro salió y los siguió discretamente. Había vuelto a llover.

Thomas yacía de espaldas en la cama de su habitación, respirando con dificultad como si sus pulmones estuvieran rellenos de piedras. Un simple cuadro viral derivado a obstrucción respiratoria, habría pensado Merrill, en su calidad de médico del lugar, si no fuera porque el monstruo lo había rasguñado en la rodilla hacía casi diez horas y porque su cuerpo estaba completamente negro, como si su piel hubiera sido envenenada por una horrorosa oscuridad.
Cuando entró el padre Michael en la habitación se cubrió instintivamente la nariz. El cuarto apestaba con un hedor propio de las bestias agónicas. Fue inmediatamente hacia Merrill a consultarle qué estaba ocurriendo. Hans Fliege conversaba afuera del dormitorio, con el rostro más serio que de costumbre, acompañado por Adolf y Mathias, a los que se unió Kurt.
Isidro llegó a los pocos minutos después, haciendo que los presentes se sorprendieran de verlo. El hombre alto lo recibió y le preguntó qué estaba haciendo ahí, a lo que él respondió con un esquivo; “sólo andaba de paso...”. En eso escucharon unos gruñidos provenientes del dormitorio. Los cuatro entraron y se encontraron con Thomas retorciéndose en la cama como si tuviera unas fuertes convulsiones, mientras Merrill y el padre Michael intentaban en vano sujetarlo de los brazos para que se calmara.
Adolf y Mathias sujetaron las piernas de Thomas, quién a medida que se sacudía exudaba sangre por sus poros, dejando la ropa de la cama totalmente manchada. Hans les ordenó a todos que lo soltaran. Los hombres obedecieron y lo dejaron sacudiéndose con violencia sobre la cama. Su piel ennegrecida brillaba con el reflujo grasoso de la sangre. De sus ojos manaban unos chorros rojos como lágrimas que corrían por sus mejillas y se juntaban con el otro chorro que salía de su nariz y de su boca. Rugía y se retorcía como si fuera un animal. Kurt salió de la habitación haciendo arcadas y el resto se apegó a las murallas tratando de evitar ser alcanzados por la sangre maloliente que salpicaba en todas direcciones.
Repentinamente el cuerpo del tipo se sacudió como si fuera una marioneta rota, lanzó un gemido desesperado y se quedó inmóvil, tirado sobre la cama, en una posición que hacía pensar que varios de sus huesos se habían quebrado durante los espasmos.
Mathias recordó la vez en que cuando niño le cortó la cabeza a una gallina y ésta salió corriendo y aleteando como si estuviera más viva que nunca, sacudiéndose con energía, para luego caer muerta unos metros más allá.
Merill certificó con cuidado lo que era obvio para todos. Thomas había muerto. A continuación les solicitó que se fueran a lavar y cambiar de ropas tratando de tener el menor contacto posible con la sangre, si es que habían sido salpicados, como ocurría con la mayoría. El padre Merrill lanzó un poco de agua bendita sobre el cuerpo y rezó un par de oraciones, antes de partir tembloroso y atemorizado a limpiarse de encima los restos de sangre.
Más tarde Isidro trató de hablar con Merrill, pero este lo esquivó, bajo la atenta mirada del hombre alto y no pudo obtener más de él que un escueto; “nunca había visto algo así... estamos perdidos en manos de Dios”.

Esa noche llovió con truenos y relámpagos que daban la idea de un tren fuera de control corriendo en el cielo. Isidro tuvo pesadillas en las que se veía ahogándose en un río de sangre apestosa, con serpientes nadando a su alrededor. De ella no tuvo ninguna visión esta vez y por la mañana volvió a sentir el perfume de Anne en su habitación causándole una especie de excitación física. Lentamente empezaba a desearla en una forma un poco extraña.
Al día siguiente Hans Fliege se reunió con él y le contó que había organizado una expedición en el bosque para ir a eliminar al monstruo. Jurgen, Mathías y Adolf, tres de los hombres más fuertes del poblado, irían junto a él, a encargarse de la bestia.
Isidro supo inmediatamente que no tenía la opción de negarse a esa expedición de cacería, que probablemente se había concretado debido a que estaba inmiscuyendo demasiado sus narices en los asuntos del lugar. Tal vez el sacerdote le había contado de su visita al hombre alto, aunque lo dudaba.
Hans le pidió que se prepare, puesto que partirían ese mismo día. Isidro sonrió mientras en su cabeza recordaba al padre Michael decir; “no siga por este camino...” y lo que ella, su amada, le había susurrado al oído, cuando soñó que estaban sentados sobre una roca la otra noche.
- No tengas miedo. Dentro de dos días vas a morir.
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