martes, 10 de noviembre de 2009

EL OSCURO ARCO DEL SILENCIO


Anne lo observaba en la puerta del baño mientras se afeitaba. Aunque no podía verlo debido a su ceguera, había soñado con él y podía imaginárselo fácilmente con la navaja en la mano, la espuma en la cara y el torso desnudo.
- ¿Te puedo rasurar? – Preguntó la muchacha.
Isidro la miró a través del espejo. Ella era alta y delgada, muy rubia, con el cabello largo, tendría unos dieciséis años y le devolvía la mirada a través de sus ojos blanquecinos, coronados por una aureola celeste deslavada, como si fuera una pintura que hubieran tratado de borrar con diluyente.
Al no tener respuesta del hombre, Anne agregó tímidamente:
- He afeitado a mi padre muchas veces y nunca lo he lastimado.
El la volvió a mirar. Si bien aún conservaba rasgos de niña, la sexualidad de mujer se abría paso en sus poros como un animal en estado salvaje, que ya no podía ser domesticado por más tiempo. Vestía un vestido con falda ancha verde, una blusa blanca y un chaleco gris que parecía resbalar sobre sus hombros espigados y frágiles.
- Por qué no... en el peor de los casos me terminas rebanando el cuello un poco antes que tu gente.- Le contestó extendiéndole la navaja de afeitar cerrada.
Anne se acercó sonriendo con los brazos estirados y sus manos tanteando el aire buscándolo. Hizo contacto con el brazo de Isidro y sus dedos lo empezaron a explorar como si fueran pequeñas criaturas con vida propia. Tomó la navaja de afeitar de su mano y siguiendo la orientación del brazo se paró a su costado, para posteriormente palmar su cuello con delicadeza y luego su cara espumada.
- Mi gente le teme a lo desconocido, no es que tengan algo en contra tuyo en particular.- Dijo mientras pasaba con precisión milimétrica la hoja de la navaja por su garganta, para después limpiarla en el agua del recipiente que estaba bajo el espejo. – Se ponen impacientes esperando a que hagas algo para detener al monstruo y se niegan a creer en ti...
- ¿Y tú crees en mi? – Inquirió mientras el filo besaba su mejilla.
- Absolutamente – Afirmó ella con seguridad – No creer en ti sería como no creer en la lluvia que caerá dentro de unos momentos.- Su rostro se iluminó con una sonrisa angelical.
No alcanzó a pasar ni un minuto cuando en la ventanilla del baño y en el techo, empezó a retumbar el repiqueteo de la lluvia, anidada con fuerza sobre la casona como si una nube gris hubiera aterrizado en su techo.
Isidro se cuestionó cómo sabía la muchacha que se reanudaría el azote de la llovia, pero en realidad su duda era sólo un detalle, considerando el hecho de que ella lo estaba afeitando perfectamente sin que pudiera ver su rostro.
- No sé como puedes estar tan segura. Ni siquiera me conoces... ¿Y si fuera un fraude?– Dijo como liberando un pensamiento en voz alta.
- No lo eres, aunque a veces pierdas la fe. Puedo sentirlo en tu presencia. – Le susurró apoyando su mano con gracia sobre su hombro descubierto. – La gente se deja engañar por los ojos. Tú lo sabes más que nadie, tú que la buscas como un vagabundo en el fondo de tu corazón. Ella lo sabe y por eso te encuentra en sueños, para que no lo olvides.- Y volvió a sonreír con su sonrisa celestial.
- ¿La conoces? – Exclamó Isidro, volteando su cara peligrosamente, olvidando por completo la navaja que circulaba por su rostro. Anne apartó el filo de la hoja una fracción de segundos antes, como si hubiera adivinado su movimiento.
- La he visto hablándote, sentada frente al mar, acompañada por una sensación de paz y nostalgia. – Sus ojos blanquecinos parecieron brillar con más intensidad que de costumbre.
- ¡Anne! Es suficiente. Deja a nuestro invitado tranquilo.- Vociferó el hombre alto desde el marco de la puerta.
La muchacha inmediatamente se retiró de su lado, dejando la navaja en el recipiente con agua.
- No le hagas caso.- Le susurró al oído a Isidro cuando pasó a su lado y salió del baño.
Hans estaba visiblemente molesto y hacía esfuerzos por contenerse. Miró con severidad al forastero unos segundos y luego le dijo que lo esperaban en la casa de Pedro Armijo. Tenían temas importantes que tratar con él. Acto seguido cerró la puerta del baño de un portazo que hizo que se salpicara un poco del agua de la batea.

Estaba sentado en la mesa, rodeado por el grupo reunido en la casa de Armijo. Ya se había tomado tres vasos de vodka y en consecuencia Amadeo se había materializado, manteniéndose como siempre invisible para el resto. Su garganta ardía con el revitalizador efecto del alcohol. Ya no le importaba la desconfianza de los habitantes, ni que su vida estuviera en peligro. Era su última oportunidad para demostrar que podía ayudarlos. Todos creían que se burlaba de ellos pidiendo alcohol para poder hacer su “magia”.
- ¿En qué te puedo ayudar mi buen amigo? Ha pasado una eternidad desde la última vez que nos vimos... – Canturreó Amadeo sentado sobre una estantería junto al comedor.
- Necesito encontrar a la criatura que ataca a esta villa.
- Vaya manía la tuya de meterte en líos. Te dejo solo un par de días y te encuentro lleno de nuevos amigos con cara de poco amigos.
Los hombres creyeron que estaba inventando ese diálogo imaginario, que se estaba riendo en sus narices como si estuviera tratando con unos campesinos analfabetos e incrédulos. Franz, Jurgen y Mathias, empezaron susurrar en alemán indignados, pero fueron silenciados con un gesto por el hombre alto. Aunque éste para sus adentros sentía más indignación que el resto, pero la palabra de Anne estaba en juego y una vez que el saltimbanqui misterioso hiciera el mínimo acto que justificara su presencia, se volvería desechable y el personalmente se encargaría de devolverlo, adentro de una botella de vodka si era necesario, al mismo lugar del que provino.
- El monstruo está aquí.- Confirmó Amadeo sonriendo.
- ¿Dónde?
- Con tu amiga de ojos claros y mirada oscura.- Respondió seriamente esta vez.
Isidro saltó de la mesa como poseído, gritando: “¡Vino por Anne!”. Los sujetos se paralizaron en sus lugares y miraron al hombre alto, sin saber cómo reaccionar. Hans al segundo les gritó instrucciones a Thomas, Adolf y Merrill, que corrieron a buscar unos rifles que estaban escondidos en el interior de un mueble antiguo. Al resto de los hombres, Pedro Armijo les entregó unos cuchillos grandes de cacería. Sus manos temblaban como si hubiera visto al mismísimo demonio. Hans corrió tras Isidro con una pistola en su mano y lo alcanzó al poco rato, a pesar de que al menos lo doblaba en edad.
Adolf fue hasta la parte posterior de la casa, mientras Merrill y Thomas flanquearon los dos costados, acompañados por Jurgen y Mathias respectivamente. Franz Uber siguió al hombre alto, armado también con una pistola de similares características (cañón delgado y largo, con mango oblicuo).
Justo cuando estaban en el pórtico de la casa escucharon el grito de Anne, proveniente del segundo piso. Isidro entró corriendo al caserón y trepó por la escalera seguido de cerca por el hombre alto. Los gritos de Anne provenían del baño. El mismo lugar donde se había estado afeitándose momentos antes.
La puerta estaba cerrada por dentro. Isidro forcejeaba con la cerradura cuando se escuchó otro grito de Anne, esta vez más agudo. Pateó la puerta en un acto desesperado, pero la madera era demasiado sólida y no cedió. “¡Apártese!” Gritó Hans y luego de tomar distancia, reventó los engranajes de la puerta embistiéndola con su hombro.
El baño estaba completamente a oscuras y de él saltó una figura con sus brazos agitándose en medio de la negrura, directamente hacia el cuello de Isidro. La figura era Anne, desnuda y mojada, cubierta apenas por una toalla. Isidro sólo atinó a abrazarla con suavidad y preguntarle: “¿Estás bien?” A lo que ella respondió alterada “¡Estaba ahí! ¡Espiándome en la ventana! Pude sentir su aliento horrible, frío y...” No alcanzó a terminar su frase cuando un par de disparos sonaron en medio la noche y todos se quedaron paralizados bajo el oscuro arco del silencio.

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