jueves, 26 de noviembre de 2009

DECLARACION


Me gusta estar contigo
aun cuando sea a ratos breves
espaciados en el tiempo.
No importa que en el intertanto
se oxiden las fechas,
cambien las personas
que gobiernan el mundo,
se mueran los artistas,
se alternen las modas
y evolucionen las ficciones
de la tecnología
y siga la rutina de la vida,
con el protocolo de los años,
con los roles
que esta sociedad insiste en asignarnos
y aunque a veces no estés
una parte de ti para mi
sigue estando presente
en la risa de los árboles,
en la contemplación del cielo,
en la algarabía de las calles,
en la textura suave e ingrávida del aire,
en los matices de quienes conozco,
en el canto alegre de la existencia
y aunque avancen las edades
yo no tengo apuro,
no me estresa la sombra que la muerte
imprime en cada segundo,
no me interesa cuestionarme
ni definir lo que siento,
ni crear sueños
sobre espejos de agua,
ni partir el corazón en pedazos
porque dicen que todo debe ser
inmediato, presuroso y conveniente
cuando a mi simplemente
me gusta declarar algo tan sencillo
y tan hermosamente directo
como que me gusta
estar contigo.

lunes, 23 de noviembre de 2009

DISPAROS Y SUSURROS


Los dos disparos paralizaron sus corazones. Anne se aferró a él como si fuera un salvavidas humano. Su cuerpo desnudo y mojado dejó en evidencia sus curvas a través de la toalla.
- ¿Te hizo algo? - Le preguntó Hans.
- No - Respondió ella cobijándose más en él.
- Acompáñeme - Le dijo sin perder tiempo el hombre alto a Isidro y luego le dio instrucciones a Franz para que cuidara de Anne.
Los hombres bajaron presurosos la escalera y se dirigieron a la parte posterior de la casona, desde dónde provenían los disparos. Allá se encontraron con Adolf, que se les acercó excitado como si hubiera sido sobrecargado por un golpe de adrenalina y lo disfrutara profundamente.
- ¡Thomas le disparó! – Exclamó.
- ¿Dónde está? – Inquirió Hans.
- Lo siguieron hasta el bosque con Mathias y Jurgen.
- ¡Llévanos con ellos! – Contestó.
Isidro y Hans siguieron a Adolf varios metros hasta llegar casi al inicio del espesor del bosque. Allí estaba Thomas sentado en el suelo apoyado en su escopeta. Merrill le revisaba el costado de su rodilla, cumpliendo su rol de médico del poblado, aunque se desconocía si tenía realmente los estudios de tal. Thomas tenía el pantalón roto como si hubiera sido rajado por una rama y a través de él se distinguía una marca rojiza sobre su piel blanquecina.
- ¿Qué ocurrió?
- ¡Le disparé al maldito!... Estoy seguro de que le di. Lo vi descolgándose del muro y pasó corriendo junto a mí. Debe estar herido porque a esa distancia no pude haber fallado. – Explicó Thomas entusiasmado.
El sujeto era colorín y si bien seguramente tenía como treinta y tantos años, aún conservaba un cierto aire infantil que no quería borrarse de su rostro, en contradicción con su cuerpo grande de boxeador peso pesado.
- Mathias y Jurgen lo siguieron al bosque para tratar de cazarlo. - Agregó Merill, mientras tanteaba el rasguño rojizo en la pierna.
Ante la mirada inquisitiva de Hans, Thomas les explicó que todo pasó muy rápido, que el ser medía un metro, se movía a una velocidad sobrehumana y había sido capaz de saltar desde lo alto de la pared de la casona como si nada. Sus ojos eran como habían dicho las muchachas, amarillos, brillantes e hipnóticos, como unas joyas preciosas que piden ser contempladas.
Siguió hablando de cómo la criatura dio un giro inesperado luego de una de sus descargas de escopeta y pasó junto a él rasgándole la pierna con su garra encorvada sin que haya alcanzado a lastimarlo, para luego proseguir con su huida y desaparecer entre los árboles.
Isidro supuso que el entusiasmo de Thomas por haberle disparado a la bestia, sintiéndose como un héroe al respecto, pasaba por un tema de ansias de venganza. Había escuchado que su hermano menor nunca volvió del bosque buscando al ser, luego de que éste raptara a su esposa.
El hombre alto le pidió a Merrill que le hiciera las curaciones correspondientes a Thomas y a Isidro le pareció como si con sutileza le hubiera dicho que no lo perdiera de vista. Claramente Hans Fliege era un hombre racional, que no era partidario de los impulsos emocionales a la hora de actuar.
Por su parte el aspecto de Merrill era el de un hombre de acción más que de un médico, su cabello espeso y negro y su porte atlético recordaba a esos gimnastas de películas mudas, con rostro de constante preocupación en el cual parecían pesar los secretos del lugar. Secretos que empezaban e exigir ser descubiertos por alguien, pensó Isidro.

***


Ven a mi / como el amanecer viene tras la noche / con la promesa de disipar las sombras / toma mi alma / y llévala contigo / limpia las heridas de mi cuerpo / hasta que de mi / ya no quede nada.

Se encontró caminando sobre la arena húmeda. El día estaba nublado y el mar parecía estirarse más lento que de costumbre a través de las olas. Ella estaba sentada sobre una roca, mirando el horizonte, con un vestido azul sacado de otra época lejana. Esta vez tenía el cabello rojizo y la piel dorada, sin embargo era ella, solo ella podía acelerar su corazón de esa manera. Solo ella podía constituirse en un atisbo tan rotundo e indefinible de la belleza divina.

Cada vez que te encuentro / no es más que la ilusión de encontrarte / porque eres tu siempre la que me ha encontrado / es el universo entero / el que ha llegado a mi encuentro a través de ti.

Anotó mentalmente las frases venidas de la nada. Los poemas escritos por el silencio, como le gustaba llamarlos y se fue a sentar junto a ella en la roca. Después de unos minutos en calma se atrevió a tocar su rostro, que al tacto era frío como la muerte, pero sin embargo le producía una sensación de calidez interior. Ella sonrió, con una sonrisa que sobrepasa cualquier expresión humana de afecto, haciendo que Isidro se sintiera bendecido y que todas las peculiaridades de su vida volvieran a tener sentido.
Ella se le acercó, como un ángel caído, y le susurró algo al oído, haciendo que todo su cuerpo se estremeciera. En el mismo momento una ola enorme se hizo trizas contra la roca donde estaban sentados, sacudiéndolo con firmeza.
Cuando logró recomponerse ella ya no estaba. Su cuerpo ardía como si la ola lo hubiera quemado y en lo que parecía una respuesta a su ardor, empezó a llover. Una lluvia gélida y desesperanzadora. Su tiempo con ella había terminado por ahora. Sólo le quedaban sus palabras al oído, dándole vueltas en su cabeza.
Volvió a la playa. La lluvia se había transformado en un aguacero que hacía que la arena se convirtiera en arena movediza. Sus pies se hundían y parecía que todo, incluso él, terminaría siendo arrastrado por la lluvia hacia el mar. Se tuvo que esforzar al máximo para poder llegar a unos árboles cerca de la costa, en los que había tierra firme. Una vez a salvo los árboles se multiplicaron a su alrededor formando un bosque espeso. Eran tan altos que casi no permitían ver el cielo. Estaba rodeado por la misma clase de bosque que rodeaba el poblado. El territorio de la bestia.
Caminó durante algunos minutos hasta encontrarse con unas deposiciones amarillentas y fétidas, que cuidó no pisar. Un poco más allá estaban los cuerpos de varias muchachas sin nada de ropa, tendidas de espalda en la tierra como si estuvieran durmiendo plácidamente, esperando ser despertadas por su príncipe encantado. Todas ellas tenían la barriga hinchada, como si fueran a dar a luz dentro de poco.
Unos gemidos dirigieron su atención hacia un rincón sombrío. En él vio a Anne completamente desnuda y de rodillas con los brazos apoyados en el suelo, mirándolo a través de sus ojos ciegos, mientras la criatura la penetraba babeante por atrás.
Las pupilas resplandecientes y biliosas de la bestia parecían girar en sus cuencas. El rostro de dolor de Anne se transfiguró en una mueca de placer, largándose a reír como si fuera un demonio, mientras a su alrededor los vientres de las mujeres eran desgarrados desde adentro por unas garras inhumanas de uñas negras y retorcidas.
Cuando volvió la vista hacia la joven y la criatura, se topó con que ella estaba de pie frente a él, casi rozándolo, sonriendo insinuante con sus pezones alargados apuntando firmemente hacia su pecho. Se llevó la mano hasta su cara y se arrancó de un tirón la piel del rostro, dejando en evidencia una calavera negra.
Despertó gritando en la cama. La puerta de su habitación estaba abierta y le pareció sentir el olor del perfume que usaba Anne. Necesitaba con urgencia un poco de alcohol, pero antes de eso debía ir a hablar con alguien.

jueves, 12 de noviembre de 2009

EL TIEMPO, EL SILENCIO Y LA SOLEDAD


Cuando se nuble tu vista y no sepas a dónde ir

ven y abrázame aunque sea sólo en pensamientos.

Si no hay más que lluvia en tu camino

recuerda que he cobijado tu forma de reír y de llorar

más allá del olvido,

que mis manos te dieron el abrigo que necesitabas

y mi cuerpo ha sostenido el tuyo

sin ninguna clase de adorno encima

como la noche sostiene a las estrellas.

Si no ves salvación alguna

recuerda que tu alegría me dio esperanza

y en agradecimiento te he guardado

el dulce fruto de las emociones más bellas

para que cuando te sientas perdida y sin valor

recuerdes que yo fijé mis ojos en ti

porque pude distinguir

los destellos del firmamento que hay en tu alma

y aunque yo no soy más que otro ser humano

que en algún momento compartió tu vida,

un espíritu más en este viaje, un tonto en un reino de locos...

Aunque no soy más que

una lágrima flotando en el océano de la existencia

puedes volver a mi

como las olas del mar regresan a la arena,

ese soñador que llevo dentro

te estará esperando siempre

para regalarte el amor que te haga falta para continuar

y aunque cuando llegue ese día quizá yo ya no esté

te dejo estas palabras como si fueran un mapa

hacia la virtud que hay en cada corazón,

para que sepas que

nuestros destinos no se han cruzado en vano

y te dejo mi presencia grabada en tu memoria

repitiéndote cuánto te amo

más allá del tiempo, el silencio y la soledad.


martes, 10 de noviembre de 2009

EL OSCURO ARCO DEL SILENCIO


Anne lo observaba en la puerta del baño mientras se afeitaba. Aunque no podía verlo debido a su ceguera, había soñado con él y podía imaginárselo fácilmente con la navaja en la mano, la espuma en la cara y el torso desnudo.
- ¿Te puedo rasurar? – Preguntó la muchacha.
Isidro la miró a través del espejo. Ella era alta y delgada, muy rubia, con el cabello largo, tendría unos dieciséis años y le devolvía la mirada a través de sus ojos blanquecinos, coronados por una aureola celeste deslavada, como si fuera una pintura que hubieran tratado de borrar con diluyente.
Al no tener respuesta del hombre, Anne agregó tímidamente:
- He afeitado a mi padre muchas veces y nunca lo he lastimado.
El la volvió a mirar. Si bien aún conservaba rasgos de niña, la sexualidad de mujer se abría paso en sus poros como un animal en estado salvaje, que ya no podía ser domesticado por más tiempo. Vestía un vestido con falda ancha verde, una blusa blanca y un chaleco gris que parecía resbalar sobre sus hombros espigados y frágiles.
- Por qué no... en el peor de los casos me terminas rebanando el cuello un poco antes que tu gente.- Le contestó extendiéndole la navaja de afeitar cerrada.
Anne se acercó sonriendo con los brazos estirados y sus manos tanteando el aire buscándolo. Hizo contacto con el brazo de Isidro y sus dedos lo empezaron a explorar como si fueran pequeñas criaturas con vida propia. Tomó la navaja de afeitar de su mano y siguiendo la orientación del brazo se paró a su costado, para posteriormente palmar su cuello con delicadeza y luego su cara espumada.
- Mi gente le teme a lo desconocido, no es que tengan algo en contra tuyo en particular.- Dijo mientras pasaba con precisión milimétrica la hoja de la navaja por su garganta, para después limpiarla en el agua del recipiente que estaba bajo el espejo. – Se ponen impacientes esperando a que hagas algo para detener al monstruo y se niegan a creer en ti...
- ¿Y tú crees en mi? – Inquirió mientras el filo besaba su mejilla.
- Absolutamente – Afirmó ella con seguridad – No creer en ti sería como no creer en la lluvia que caerá dentro de unos momentos.- Su rostro se iluminó con una sonrisa angelical.
No alcanzó a pasar ni un minuto cuando en la ventanilla del baño y en el techo, empezó a retumbar el repiqueteo de la lluvia, anidada con fuerza sobre la casona como si una nube gris hubiera aterrizado en su techo.
Isidro se cuestionó cómo sabía la muchacha que se reanudaría el azote de la llovia, pero en realidad su duda era sólo un detalle, considerando el hecho de que ella lo estaba afeitando perfectamente sin que pudiera ver su rostro.
- No sé como puedes estar tan segura. Ni siquiera me conoces... ¿Y si fuera un fraude?– Dijo como liberando un pensamiento en voz alta.
- No lo eres, aunque a veces pierdas la fe. Puedo sentirlo en tu presencia. – Le susurró apoyando su mano con gracia sobre su hombro descubierto. – La gente se deja engañar por los ojos. Tú lo sabes más que nadie, tú que la buscas como un vagabundo en el fondo de tu corazón. Ella lo sabe y por eso te encuentra en sueños, para que no lo olvides.- Y volvió a sonreír con su sonrisa celestial.
- ¿La conoces? – Exclamó Isidro, volteando su cara peligrosamente, olvidando por completo la navaja que circulaba por su rostro. Anne apartó el filo de la hoja una fracción de segundos antes, como si hubiera adivinado su movimiento.
- La he visto hablándote, sentada frente al mar, acompañada por una sensación de paz y nostalgia. – Sus ojos blanquecinos parecieron brillar con más intensidad que de costumbre.
- ¡Anne! Es suficiente. Deja a nuestro invitado tranquilo.- Vociferó el hombre alto desde el marco de la puerta.
La muchacha inmediatamente se retiró de su lado, dejando la navaja en el recipiente con agua.
- No le hagas caso.- Le susurró al oído a Isidro cuando pasó a su lado y salió del baño.
Hans estaba visiblemente molesto y hacía esfuerzos por contenerse. Miró con severidad al forastero unos segundos y luego le dijo que lo esperaban en la casa de Pedro Armijo. Tenían temas importantes que tratar con él. Acto seguido cerró la puerta del baño de un portazo que hizo que se salpicara un poco del agua de la batea.

Estaba sentado en la mesa, rodeado por el grupo reunido en la casa de Armijo. Ya se había tomado tres vasos de vodka y en consecuencia Amadeo se había materializado, manteniéndose como siempre invisible para el resto. Su garganta ardía con el revitalizador efecto del alcohol. Ya no le importaba la desconfianza de los habitantes, ni que su vida estuviera en peligro. Era su última oportunidad para demostrar que podía ayudarlos. Todos creían que se burlaba de ellos pidiendo alcohol para poder hacer su “magia”.
- ¿En qué te puedo ayudar mi buen amigo? Ha pasado una eternidad desde la última vez que nos vimos... – Canturreó Amadeo sentado sobre una estantería junto al comedor.
- Necesito encontrar a la criatura que ataca a esta villa.
- Vaya manía la tuya de meterte en líos. Te dejo solo un par de días y te encuentro lleno de nuevos amigos con cara de poco amigos.
Los hombres creyeron que estaba inventando ese diálogo imaginario, que se estaba riendo en sus narices como si estuviera tratando con unos campesinos analfabetos e incrédulos. Franz, Jurgen y Mathias, empezaron susurrar en alemán indignados, pero fueron silenciados con un gesto por el hombre alto. Aunque éste para sus adentros sentía más indignación que el resto, pero la palabra de Anne estaba en juego y una vez que el saltimbanqui misterioso hiciera el mínimo acto que justificara su presencia, se volvería desechable y el personalmente se encargaría de devolverlo, adentro de una botella de vodka si era necesario, al mismo lugar del que provino.
- El monstruo está aquí.- Confirmó Amadeo sonriendo.
- ¿Dónde?
- Con tu amiga de ojos claros y mirada oscura.- Respondió seriamente esta vez.
Isidro saltó de la mesa como poseído, gritando: “¡Vino por Anne!”. Los sujetos se paralizaron en sus lugares y miraron al hombre alto, sin saber cómo reaccionar. Hans al segundo les gritó instrucciones a Thomas, Adolf y Merrill, que corrieron a buscar unos rifles que estaban escondidos en el interior de un mueble antiguo. Al resto de los hombres, Pedro Armijo les entregó unos cuchillos grandes de cacería. Sus manos temblaban como si hubiera visto al mismísimo demonio. Hans corrió tras Isidro con una pistola en su mano y lo alcanzó al poco rato, a pesar de que al menos lo doblaba en edad.
Adolf fue hasta la parte posterior de la casa, mientras Merrill y Thomas flanquearon los dos costados, acompañados por Jurgen y Mathias respectivamente. Franz Uber siguió al hombre alto, armado también con una pistola de similares características (cañón delgado y largo, con mango oblicuo).
Justo cuando estaban en el pórtico de la casa escucharon el grito de Anne, proveniente del segundo piso. Isidro entró corriendo al caserón y trepó por la escalera seguido de cerca por el hombre alto. Los gritos de Anne provenían del baño. El mismo lugar donde se había estado afeitándose momentos antes.
La puerta estaba cerrada por dentro. Isidro forcejeaba con la cerradura cuando se escuchó otro grito de Anne, esta vez más agudo. Pateó la puerta en un acto desesperado, pero la madera era demasiado sólida y no cedió. “¡Apártese!” Gritó Hans y luego de tomar distancia, reventó los engranajes de la puerta embistiéndola con su hombro.
El baño estaba completamente a oscuras y de él saltó una figura con sus brazos agitándose en medio de la negrura, directamente hacia el cuello de Isidro. La figura era Anne, desnuda y mojada, cubierta apenas por una toalla. Isidro sólo atinó a abrazarla con suavidad y preguntarle: “¿Estás bien?” A lo que ella respondió alterada “¡Estaba ahí! ¡Espiándome en la ventana! Pude sentir su aliento horrible, frío y...” No alcanzó a terminar su frase cuando un par de disparos sonaron en medio la noche y todos se quedaron paralizados bajo el oscuro arco del silencio.

martes, 3 de noviembre de 2009

UN DESPROPOSITO


¿Habrá algo mal en mí?

No me interesan las campañas políticas
ni los comentarios de farándula.
No sigo con fanatismo
a ningún club de fútbol
ni busco centros comerciales
para comprar a cada rato.
No quiero conocer el mundo entero viajando
ni me preocupa ganar más dinero
que mis vecinos.
No tengo ninguna opinión en particular
sobre los conflictos armados actuales
ni proyectos para salvar a la humanidad
del fin de los tiempos.
No busco la fama
ni tener alguna clase de poder sobre la gente
ni llegar muy alto en el trabajo.
No vendo ideas.
No exijo nada.

¿Será una especie de enfermedad?
Un despropósito.

Mientras la sociedad
sufre cambios
supuestamente cada vez más trascendentales
a mi sólo me interesan
cosas como el sabor de tus besos
y adivinar el color
de tu ropa interior.
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