jueves, 8 de octubre de 2009

TOP 1 – I MELT WITH YOU / MODERN ENGLISH


La mañana del veinte de Julio del 2009, era una mañana como cualquier otra, de no ser porque después de una noche en vela, había tomado la decisión de redireccionar el rumbo de mi vida.

Mi encuentro con Lidia en Cartagena había tenido lugar una semana antes. Nuevamente todo se debió a una casualidad. Ella estaba con su hija visitando a un familiar en Algarrobo, cuando supo que filmaba cerca de allí y se animó a ir a ver si es que me encontraba. Aunque hacía años que no tenía noticias mías, salvo por la prensa.

Nuestra conversación fue un poco extraña. Frases corteses del tipo: “¿Qué ha sido de tu vida”, “¿Cómo has estado?”, “Tanto tiempo”, etc. Palabras que quedaron flotando en la playa como si no tuvieran importancia alguna, mientras nuestras miradas se juntaron como dos amantes invisibles que extrañaban sus caricias luego de separarse.

Lidia seguía viviendo en Aysén, trabajando como veterinaria, pero la gran novedad era que se había separado hacía un año. No quise preguntarle mayores detalles y contuve mis ganas de abrazarla cuando me contó. Era como si el destino se burlara. Las únicas palabras que quería escuchar hace tres años llegaron a mí absolutamente desfasadas, como un eco perdido, en un momento en el que ya no las esperaba.

Como era usual en ella, al poco rato se disculpó diciendo que tenía que irse, con ese nerviosismo típico de quien hace lo que debe y no lo que quiere. La abracé y la besé en la comisura de sus labios. Tomó de la mano a su hija que jugaba en la arena, pero antes de irse se volteó, quedando con su bella figura contrapuesta al sol que se hundía en el océano y me preguntó por qué la había dejado de llamar.

Lo único que se me ocurrió decirle fue un verso de Huidobro, que me había quedado dando vueltas del guión: “Una tarde como ésta / Te busqué en vano / Sobre la niebla de todos los caminos / Me encontraba a mí mismo”. Ella sonrió con los ojos llorosos y se despidió haciendo una seña con la mano mientras la niña le preguntaba: “¿Estás triste mamá?”.

Cuando la vi marcharse una parte de mí quiso correr hacia ella y detenerla, mientras la otra no paraba de decir que su época ya había pasado, que un animal citadino y licencioso como yo, nunca podría estar tranquilo en una ciudad como Aysén. Que ser padre sustituto no iba conmigo.

Mi corazón se aceleró mientras desaparecía en el horizonte, pero mis piernas permanecieron firmemente asentadas en la arena. Después de unos minutos volví a sentarme, a mirar la fotografía con Beatrice y a releer su carta.

 

La mañana del veinte de Julio del 2009, ella había resuelto que no llegaría a vivir otra primavera sintiéndose infeliz. Ya había renunciado a la esperanza de encontrar un hombre decente que la quisiera como ella era capaz de querer y le aterraba la idea de quedarse sola.

Ese día le pondría fin a todos sus miedos de una buena vez.

 

Hay opciones que al elegirlas determinan nuestro futuro y sin saberlo desencadenan una serie de acontecimientos aparentemente fortuitos que conducen a un resultado inevitable.

Esa tarde tomé mi motocicleta y me dirigí hacia el sur. Por primera vez en mucho tiempo sabía lo que debía hacer, aunque para serte sincero, no era nada de fácil. Recordé el libro “El arte de Amar” de Fromm, específicamente la parte en la que decía que más importante que la persona que uno decidiera amar, era el hecho de tener la voluntad de amar, la madurez suficiente para entregarse por completo al verbo por sobre el sujeto.

Me bajé de la Bala II y entré al café alternativo dónde me encontraría con ella. Estaba nervioso e inquieto, como si una especie de sexto sentido me hubiera indicado que no me quedaba suficiente tiempo. Algo que en el momento asocié a la urgencia por empezar una nueva vida.

Me senté en un sofá, escuchando música en mi Ipod, creo que algo de The Strokes. En mi memoria empezaron a flotar aquellos momentos especiales que había compartido con ella. Sus palabras, su silueta, sus gestos, como si viera una película. Por momentos dudé, pero como me dijo un profesor una vez, hay que jugársela por el personaje como si fuera uno mismo. Y mi personaje conocía perfectamente su misión cuando la Nata entró al café.

Ella se sentó junto a mi luego de saludarnos y bastó que viera mi cara para saber de qué se trataba. Si había alguien a quién no podía ocultarle mis emociones, era a la Nata. Le tomé las manos y me enredé por completo empezando a hablar sobre nosotros, sobre las cosas que habíamos compartido desde que nos conocimos, etc. Traté de ordenar mis planteamientos sin mucho éxito, hasta que ella puso su dedo índice en mis labios para que guardara silencio y me dijo que no era necesario que le explicara nada. Que todo lo que debía saber lo podía leer en mis ojos.

“Qué no hubiera dado por ser esa mujer que te deja sin aliento”, dijo y sonrió mientras por sus mejillas empezaban a caer lágrimas. “Ve con ella... no te preocupes por mi. Yo siempre te querré aunque sea como amiga”.

Puse mi cabeza en su pecho, mientras ella me acariciaba el cabello con la mano. Me hubiera quedado ahí para siempre, si la Nata no se hubiera incorporado replicando después de un suspiro: “Mejor no me quedo a tomar café... Tengo muchos ensayos y la verdad es que tú sabes que ya tienes que irte lejos de aquí”.

Nos despedimos con un beso, como esos de película de los años sesenta y después de abrazarme con mucha fuerza, ella siguió su camino hacia la salita de teatro que estaba a un par de cuadras de ahí.

Todas las frases que había pensado decirle no fueron necesarias. Ni siquiera alcancé a expresarle todo el cariño y amor que sentía por ella, aunque finalmente no haya optado por que nos diéramos una oportunidad para estar juntos.

Nunca estuve de acuerdo con Fromm. Para mí si importaba quién fuera a quien uno decidiera amar.   

Esa fue la última vez que vi a la Nata.

 

Ella estaba saliendo de la farmacia, cuando lo divisó en la calle. Recién había comprado un frasco de Neurolépticos, más comúnmente conocidos como pastillas (fuertes) para dormir, con las que esa misma noche daría fin a su miserable vida.

¿Cómo puede ser tan pequeño el mundo?, se preguntó. Justo, en plena ciudad, tenía que encontrarse con él saliendo de una agencia aérea. No hacía ni cinco minutos había visto su rostro en la portada de una revista y se preguntaba el por qué de tantas coincidencias.

Lo siguió unas cuadras, a la distancia suficiente para que no la reconociera. Andaba con el mismo apuro que tenía la última vez que se costó con él.

De pronto en su cabeza surgió una idea: ¿Y si ese encuentro no era mera casualidad? ¿Si en realidad se trataba de una señal? Tal vez ella no tenía que poner fin a su vida, sino lo que debía hacer era acabar con la de él. Porque él, bajo su aspecto encantador y amable, simbolizaba todo lo que una mujer detesta en un hombre. Era el típico sujeto adorable, pero que en el fondo es frío y manipulador, y hace todo por su conveniencia personal.

La idea fue girando en su mente, como una bola de nieve.

Lo esperó en la esquina. El había entrado a una central de llamadas telefónicas. Seguramente para llamar a otra mujer y mentirle.

Cuando salió de la central, lo siguió unos metros más atrás por la calle, hasta que decidió encararlo. Lo llamó por su nombre, pero él no volteó. Le gritó, pero nada. Entonces la ira se apoderó de su cuerpo. Recordó que andaba con un abrecartas en la cartera, regalo de su ex-pololo. Lo buscó impulsivamente. Esta vez no lo dejaría escapar.

 

Esa tarde era maravillosa. No hacía frío y el mundo parecía tener un color distinto, más brillante que de costumbre. Ya estaba casi todo listo. Había comprado el pasaje de ida (sin retorno) y había hecho la llamada telefónica de rigor. Me sentía ligero, contento.

En mi Ipod sonaba una super canción de Bad English, que reflejaba exactamente mi estado de ánimo: “I'll stop the world and melt with you... Dropped in the state of imaginary grace... There's nothing you and I won't do” (“Voy a para el mundo y a derretirme contigo... A caer en un estado imaginario de gracia... No hay nada que tu y yo no podamos hacer”).

Era tal mi alegría que incluso me pareció escuchar que alguien decía con firmeza mi nombre en la calle. Pero daba igual, lo único que quería era volver a mi departamento a preparar las maletas.

Llegué hasta la Bala II y me estaba subiendo, cuando una persona me sujetó del brazo. Al voltearme para ver quién era sentí un golpe en el pecho, como si me hubieran dado una especie de puñetazo. Frente a mi estaba una mujer con cara de histérica que me resulta muy conocida. Seguí su mirada desencajada hacia mi pecho y recién entonces me di cuenta que me había clavado algo.

De un tirón saqué afuera de mi piel el objeto. La sangre empezó a fluir copiosamente de la herida en el pecho. Caminé hacia la esquina buscando alguna clase de ayuda, sin entender lo que estaba pasando. A cada paso me  parecía que las fuerzas me abandonaban, hasta que no pude sostenerme en pie y caí pesadamente al borde de la cuneta. La gente se agrupó junto a mi, miré sus caras horrorizadas y lentamente una tibia oscuridad fue borrando todo a mi alrededor. Había llegado mi hora y la última cosa en la que alcancé a pensar aún con vida, fue en que lo intenté... pero no alcancé a ir hacia ella.

A ocho kilómetros de distancia, la pequeña Esperanza, la hija de la Coté, en ese mismo instante rompía unas fotos mías, mientras jugaba en la casa de sus abuelos.

Unos transeúntes detuvieron a la mujer que estaba con una crisis nerviosa, Andrea Fernández, la ex polola del estudiante de arquitectura. La que cada vez que tuvimos sexo lloró después y que tras varios años de tratamiento, había jurado que nunca más un hombre la ignoraría como yo la había ignorado.

 

(Nota del Autor: La próxima semana habrá un bonus track como cierre definitivo)

3 comentarios:

  1. NOTABLE.
    Más que la historia de este mujeriego insaciable, notable es tu narrativa, la que podría seguir aquí alando en honor de estas mujeres, pero no se lo merecen... por babosas.

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  2. Amel;
    notable tu Historia,Mauricio maravillosa tu forma de narrar estos hechos ,que de una u otra manera son inspirados en nosotras las mujeres...babosas no somos,solo victimas de esta sociedad machista y castigadoras y de la educacion centrada en moralidades y apegos.
    viva el amor libre...y para eso estamos las mujeres para dejar babosos alos hombres!!!

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  3. "para dejar babosos a los hombres". Yiaa... pero por algún extraño femonemo de naturaleza esencial, resulta que las mas de la veces se da todo lo contrario y son las mujeres las que quedan hilando baba sobre todo por aquellos del estirpe del relato de Mauricio, digamos, del estirpe comandado por sus miembros hiperactivos, del estirpe prisioneros del miembro, subyugados por el miembro, digamos, del estirpe concupiscente de de Israel (Mauricio), de la que sufre el hombre (Israel y los de su estirpe), sufre y padece, porque por mucho que la goce en el momento (Israel), harto que la padece y sufre. A propósito, pasemosle un abrelatas a la Carolina Brethauer y montemosla en esta historia que si no fuera por el "clavo" del Stipicevic, CABE... cabe de sobra.

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