viernes, 30 de octubre de 2009

EL HOMBRE DE LOS OJOS TRISTES


Las lluvias volvieron a la villa con ferocidad desde la aparición del forastero. Los pobladores en vez de ver en él a un salvador, lo consideraban otro peligro que se venía a sumar al de la bestia. ¿Cómo podría ese hombre de aspecto descuidado y ojos tristes ayudarlos?

En la villa había unas treinta casas que albergaban a casi un centenar de habitantes. Las construcciones eran de tipo colonial, con un marcado estilo extranjero, sin signos de modernidad en ellas. No había luz eléctrica, agua potable, ni se veían vehículos o pavimento en las calles, sin embargo a diferencia de un villorrio cualquiera todo estaba obsesivamente ordenado. No se atisbaba basura ni animales sueltos, las casas eran todas idénticas salvo mínimas variaciones, gruesas maderas color gris, como si quisieran fundirse con el terreno oscuro.

El paisaje resultaba sombrío, aunque estuviera de día. Pocas veces salía el sol y éste recorría los senderos del poblado durante escasas horas, porque se encontraba rodeada por bosque con árboles altos, que proyectaban su sombra en rededor.

El aire era fresco y gélido, generaba una sensación de quietud exterior, esa clase de calma que es sólo latente. Una especie de resorte contraído que puede extenderse violentamente en cualquier instante. Las penumbras de la naturaleza, como siempre, no se comparaba con las penumbras de la naturaleza humana, que se insinuaban hasta abismos insondables tras las miradas desconfiadas de los habitantes del lugar.

Todos eran de tez blanca y rasgos arios, de descendencia alemana. La excepción era Pedro Armijo, un hombre moreno de unos cincuenta años, de baja estatura y rasgos angulosos. Claramente el pertenecía a la villa, por un asunto funcional probablemente, como su representante en el mundo exterior. Sin embargo no era parte de la “casta”. A Isidro le recordó esas películas antiguas de vampiros, en las que contrastaba el glamour europeo de los chupasangres con la vulgaridad de sus asistentes terrenales. Aunque Armijo no era jorobado ni se llamaba Igor, algo de eso había. Podría decirse que tenía derecho a voz pero no a voto y su opinión poco o nada importaba.

Las mujeres tenían un rol claramente secundario en la micro-sociedad. No se les veía mucho por los senderos, menos aún después de los hechos del último tiempo, y sus labores eran principalmente domésticas. Entre todas ellas, sumisas y abnegadas, brillaba con luz propia Anne, tal vez amparada por su padre, y su ceguera, que la aislaba del mundo pero al mismo tiempo la hacía ser más audaz e independiente. Sin contar con sus raros (y temidos) poderes extrasensoriales.

 

Hans Fliege lo escrutó de arriba abajo con la mirada. Le pareció esa clase de hombres que engañan con su apariencia, sugiriendo ser fáciles de quebrar, pero terminan aguantando estoicos los embates del destino. El tipo de sujetos emparentados con las cucarachas, capaces de sobrevivir a caídas, resistir sobre sí objetos que multiplican su peso y soportar incluso un holocausto nuclear. No obstante, con las cucarachas era cosa de saber aplastarlas para hacer crujir sus apéndices como pan recién horneado. Y eso él lo sabía muy bien.

Isidro Blanco no se dejó intimidar por el hombre alto, ni por encontrarse perdido en ese rincón aislado del mundo. Más bien le producía cierta gracia, cierta curiosidad sobre lo que le depararía la vida en esta ocasión y la secreta esperanza de que quizá esta vez podría llegar hasta la mujer que le hablaba en sus sueños y amaba hasta con la última partícula de su ser. Quizá al fin podría descubrir su verdadera identidad, oculta tras tenebrosas capas de amnesia, en tiempos perdidos.

 

Recordó que estaba bebiendo una botella de vodka mientras caminaba junto a una carretera. Hizo dedo sin éxito, hasta que lo pilló la noche y se vio obligado a buscar refugio, no encontrando nada mejor que un paradero oxidado, con un banquillo duro donde tenderse y un techo que serviría como protección ante una eventual lluvia. Amadeo, como siempre cuando bebía, iba junto a él, largando su perorata interminable de reflexiones humanistas. Evitaba caer en su juego y reducía al mínimo sus respuestas, para que los automovilistas no creyeran que era un loco que hablaba solo mientras caminaba. No importaba, de igual forma nadie quiso llevarlo y no estaba muy seguro de su cordura.

Al dormir escuchó la voz de una mujer, pero no era la voz de ella, su amada, sino que parecía la de una adolescente, recitando algo en alemán. Aunque no sabía ni una pizca de alemán, su cerebro entendía cada palabra como si las estuviese diciendo en su lengua nativa olvidada:

 

Sangre de nuestra sangre / libera los miedos y las culpas / devuélvenos la luz allí dónde se ha escondido / los hombres ya no estarán abandonados y ciegos / en las entrañas del bosque / enterrarán el corazón de los justos / la furia doblará su arco / el cielo se llevará sus lágrimas / hacia sus ojos tristes.

 

Lo siguiente fue la inconsciencia. El abrazo de la noche y el silencio con su manto soporífero, hasta que sintió un ardor en los pulmones propio de la falta de aire y el polvo. No sabía cómo, pero estaba encerrado adentro de una caja.

 

El hombre alto relató los hechos con una lejanía emocional propia de un cirujano. Todo había comenzado un mes antes aproximadamente, una noche de lluvia y luna llena. La primera persona en verlo fue Kay, la segunda hija de Jurgen, mientras cortaba cetas en las cercanías de la villa. Les contó a todos que sintió una ráfaga de aire frío, con un olor nauseabundo y un silbido extraño que provenía del bosque. Se acercó para mirar de qué se trataba y se encontró con la bestia a unos diez metros de ella, apoyada en un árbol. Según su descripción era una especie de hombre con piel morena, de un metro de estatura, al parecer desnudo pero con la piel cubierta completamente por una fina capa de pelos negros, abundantes en algunas zonas de su cuerpo, como su ingle y su pecho. Sus ojos eran saltones y tenían un tomo amarillento que resaltaba en su cara deforme, incitando a observarlos. Los rasgos de su rostro estaban chuecos como si  fuera una escultura mal armada, según la muchacha. La baja estatura del ser y sus anomalías físicas inspiraban repulsión y miedo, pero a la vez producían una extraña fascinación, como si alimentaran la curiosidad del alma, le contó Kay a su hermana mayor. Su respiración era agitada como la de un animal grande enfadado y su boca se movía como si estuviera masticando tabaco, dejando caer hilos de baba entremedio de unos labios hinchados y resecos.

Cuando el ser llevó su mano de gigante en miniatura a su entrepierna, Kay dejó tirada las setas y corrió con todas sus fuerzas hacia la villa, con la sensación constante de que esa mano horrible la agarraría por la espalda. No podía sacarse sus ojos amarillentos de la cabeza. Esa misma noche tuvo fiebre y mientras su madre iba al pozo a conseguir agua fresca para unas compresas, la muchacha desapareció de su cuarto sin que Jurgen ni su madre, ni sus hermanos la vieran. En la habitación de ella, encontraron lodo negro en el piso y en las sábanas de la cama, además de un olor asqueroso que les recordó su relato de la tarde.

La buscaron durante días en los bosques cercanos, pero no encontraron ninguna señal de ella. Era como si se hubiera esfumado de la faz de la tierra...

La segunda fue Zelma. Ella a diferencia de Kay no se encontró con la criatura, pero le contó a otras muchachas que todas las noches soñaba con un príncipe muy apuesto, moreno de cabellos azabache, que la visitaba en sus sueños y del cual estaba perdidamente enamorada. Una noche desapareció de la misma forma que Kay, como si algo hubiera entrado a su cuarto sin ser visto y se la hubiera llevado como por arte de magia.

Henrietta fue la tercera. Tendría unos dieciséis años, cuando fue a buscar agua al pozo y nunca más volvió. Junto al balde tirado encontraron huellas extrañas, de pies descalzos como del tamaño de un niño, pero profundas, como si fueran de alguien sumamente pesado.

Emma siguió su mismo destino fatídico dos días después, tras haber divisado desde su ventana, a la criatura merodeando. Desapareció del dormitorio, a pesar de que su hermano mayor hacía vigilia en la puerta y ya se habían organizado grupos de guardias nocturnos que recorrían armados la villa. El muchacho se quedó dormido cuando su hermana simplemente se desvaneció y para colmo de males al buscarla en las afueras de la casa, sintiéndose culpable, pisó un extraño excremento de color amarillento, al que muchos le atribuyen el que haya sufrido un ataque al sistema nervioso que lo dejó con una parálisis en la mitad derecha de su cuerpo (curiosamente con el pie derecho había pisado el excremento).

El último caso fue el de Berta, recién casada con Karl, el hermano menor de Thomas, que desapareció mientras tomaba un baño de tina. Karl en su desesperación la fue a buscar al bosque solo, armado como si fuera de cacería, y nunca más se supo de él. Se borró del mapa tragado por unas fauces invisibles al igual que las muchachas.

Todos nuestros esfuerzos de búsqueda y de protección de nuestras mujeres parecen insuficientes o fútiles. Nadie que haya visto a la criatura ha subsistido para contarlo, afirmó Hans y sintió la gravedad de sus palabras recordando que Anne se le había aproximado estando en trance. Era indispensable actuar rápido.

- Dígame forastero. ¿Qué es lo que supuestamente debiéramos hacer para acabar con esta maldición que azota nuestra villa? – Culminó con seriedad.

Isidro se tomo un tiempo en reflexionar sobre lo que había escuchado. Miró los rostros asustados y expectantes del grupo de cinco hombres: Adolf, Merill, Jurgen, Thomas y Hans, el hombre alto.

- Sinceramente... no tengo idea.

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