viernes, 30 de octubre de 2009

EL HOMBRE DE LOS OJOS TRISTES


Las lluvias volvieron a la villa con ferocidad desde la aparición del forastero. Los pobladores en vez de ver en él a un salvador, lo consideraban otro peligro que se venía a sumar al de la bestia. ¿Cómo podría ese hombre de aspecto descuidado y ojos tristes ayudarlos?

En la villa había unas treinta casas que albergaban a casi un centenar de habitantes. Las construcciones eran de tipo colonial, con un marcado estilo extranjero, sin signos de modernidad en ellas. No había luz eléctrica, agua potable, ni se veían vehículos o pavimento en las calles, sin embargo a diferencia de un villorrio cualquiera todo estaba obsesivamente ordenado. No se atisbaba basura ni animales sueltos, las casas eran todas idénticas salvo mínimas variaciones, gruesas maderas color gris, como si quisieran fundirse con el terreno oscuro.

El paisaje resultaba sombrío, aunque estuviera de día. Pocas veces salía el sol y éste recorría los senderos del poblado durante escasas horas, porque se encontraba rodeada por bosque con árboles altos, que proyectaban su sombra en rededor.

El aire era fresco y gélido, generaba una sensación de quietud exterior, esa clase de calma que es sólo latente. Una especie de resorte contraído que puede extenderse violentamente en cualquier instante. Las penumbras de la naturaleza, como siempre, no se comparaba con las penumbras de la naturaleza humana, que se insinuaban hasta abismos insondables tras las miradas desconfiadas de los habitantes del lugar.

Todos eran de tez blanca y rasgos arios, de descendencia alemana. La excepción era Pedro Armijo, un hombre moreno de unos cincuenta años, de baja estatura y rasgos angulosos. Claramente el pertenecía a la villa, por un asunto funcional probablemente, como su representante en el mundo exterior. Sin embargo no era parte de la “casta”. A Isidro le recordó esas películas antiguas de vampiros, en las que contrastaba el glamour europeo de los chupasangres con la vulgaridad de sus asistentes terrenales. Aunque Armijo no era jorobado ni se llamaba Igor, algo de eso había. Podría decirse que tenía derecho a voz pero no a voto y su opinión poco o nada importaba.

Las mujeres tenían un rol claramente secundario en la micro-sociedad. No se les veía mucho por los senderos, menos aún después de los hechos del último tiempo, y sus labores eran principalmente domésticas. Entre todas ellas, sumisas y abnegadas, brillaba con luz propia Anne, tal vez amparada por su padre, y su ceguera, que la aislaba del mundo pero al mismo tiempo la hacía ser más audaz e independiente. Sin contar con sus raros (y temidos) poderes extrasensoriales.

 

Hans Fliege lo escrutó de arriba abajo con la mirada. Le pareció esa clase de hombres que engañan con su apariencia, sugiriendo ser fáciles de quebrar, pero terminan aguantando estoicos los embates del destino. El tipo de sujetos emparentados con las cucarachas, capaces de sobrevivir a caídas, resistir sobre sí objetos que multiplican su peso y soportar incluso un holocausto nuclear. No obstante, con las cucarachas era cosa de saber aplastarlas para hacer crujir sus apéndices como pan recién horneado. Y eso él lo sabía muy bien.

Isidro Blanco no se dejó intimidar por el hombre alto, ni por encontrarse perdido en ese rincón aislado del mundo. Más bien le producía cierta gracia, cierta curiosidad sobre lo que le depararía la vida en esta ocasión y la secreta esperanza de que quizá esta vez podría llegar hasta la mujer que le hablaba en sus sueños y amaba hasta con la última partícula de su ser. Quizá al fin podría descubrir su verdadera identidad, oculta tras tenebrosas capas de amnesia, en tiempos perdidos.

 

Recordó que estaba bebiendo una botella de vodka mientras caminaba junto a una carretera. Hizo dedo sin éxito, hasta que lo pilló la noche y se vio obligado a buscar refugio, no encontrando nada mejor que un paradero oxidado, con un banquillo duro donde tenderse y un techo que serviría como protección ante una eventual lluvia. Amadeo, como siempre cuando bebía, iba junto a él, largando su perorata interminable de reflexiones humanistas. Evitaba caer en su juego y reducía al mínimo sus respuestas, para que los automovilistas no creyeran que era un loco que hablaba solo mientras caminaba. No importaba, de igual forma nadie quiso llevarlo y no estaba muy seguro de su cordura.

Al dormir escuchó la voz de una mujer, pero no era la voz de ella, su amada, sino que parecía la de una adolescente, recitando algo en alemán. Aunque no sabía ni una pizca de alemán, su cerebro entendía cada palabra como si las estuviese diciendo en su lengua nativa olvidada:

 

Sangre de nuestra sangre / libera los miedos y las culpas / devuélvenos la luz allí dónde se ha escondido / los hombres ya no estarán abandonados y ciegos / en las entrañas del bosque / enterrarán el corazón de los justos / la furia doblará su arco / el cielo se llevará sus lágrimas / hacia sus ojos tristes.

 

Lo siguiente fue la inconsciencia. El abrazo de la noche y el silencio con su manto soporífero, hasta que sintió un ardor en los pulmones propio de la falta de aire y el polvo. No sabía cómo, pero estaba encerrado adentro de una caja.

 

El hombre alto relató los hechos con una lejanía emocional propia de un cirujano. Todo había comenzado un mes antes aproximadamente, una noche de lluvia y luna llena. La primera persona en verlo fue Kay, la segunda hija de Jurgen, mientras cortaba cetas en las cercanías de la villa. Les contó a todos que sintió una ráfaga de aire frío, con un olor nauseabundo y un silbido extraño que provenía del bosque. Se acercó para mirar de qué se trataba y se encontró con la bestia a unos diez metros de ella, apoyada en un árbol. Según su descripción era una especie de hombre con piel morena, de un metro de estatura, al parecer desnudo pero con la piel cubierta completamente por una fina capa de pelos negros, abundantes en algunas zonas de su cuerpo, como su ingle y su pecho. Sus ojos eran saltones y tenían un tomo amarillento que resaltaba en su cara deforme, incitando a observarlos. Los rasgos de su rostro estaban chuecos como si  fuera una escultura mal armada, según la muchacha. La baja estatura del ser y sus anomalías físicas inspiraban repulsión y miedo, pero a la vez producían una extraña fascinación, como si alimentaran la curiosidad del alma, le contó Kay a su hermana mayor. Su respiración era agitada como la de un animal grande enfadado y su boca se movía como si estuviera masticando tabaco, dejando caer hilos de baba entremedio de unos labios hinchados y resecos.

Cuando el ser llevó su mano de gigante en miniatura a su entrepierna, Kay dejó tirada las setas y corrió con todas sus fuerzas hacia la villa, con la sensación constante de que esa mano horrible la agarraría por la espalda. No podía sacarse sus ojos amarillentos de la cabeza. Esa misma noche tuvo fiebre y mientras su madre iba al pozo a conseguir agua fresca para unas compresas, la muchacha desapareció de su cuarto sin que Jurgen ni su madre, ni sus hermanos la vieran. En la habitación de ella, encontraron lodo negro en el piso y en las sábanas de la cama, además de un olor asqueroso que les recordó su relato de la tarde.

La buscaron durante días en los bosques cercanos, pero no encontraron ninguna señal de ella. Era como si se hubiera esfumado de la faz de la tierra...

La segunda fue Zelma. Ella a diferencia de Kay no se encontró con la criatura, pero le contó a otras muchachas que todas las noches soñaba con un príncipe muy apuesto, moreno de cabellos azabache, que la visitaba en sus sueños y del cual estaba perdidamente enamorada. Una noche desapareció de la misma forma que Kay, como si algo hubiera entrado a su cuarto sin ser visto y se la hubiera llevado como por arte de magia.

Henrietta fue la tercera. Tendría unos dieciséis años, cuando fue a buscar agua al pozo y nunca más volvió. Junto al balde tirado encontraron huellas extrañas, de pies descalzos como del tamaño de un niño, pero profundas, como si fueran de alguien sumamente pesado.

Emma siguió su mismo destino fatídico dos días después, tras haber divisado desde su ventana, a la criatura merodeando. Desapareció del dormitorio, a pesar de que su hermano mayor hacía vigilia en la puerta y ya se habían organizado grupos de guardias nocturnos que recorrían armados la villa. El muchacho se quedó dormido cuando su hermana simplemente se desvaneció y para colmo de males al buscarla en las afueras de la casa, sintiéndose culpable, pisó un extraño excremento de color amarillento, al que muchos le atribuyen el que haya sufrido un ataque al sistema nervioso que lo dejó con una parálisis en la mitad derecha de su cuerpo (curiosamente con el pie derecho había pisado el excremento).

El último caso fue el de Berta, recién casada con Karl, el hermano menor de Thomas, que desapareció mientras tomaba un baño de tina. Karl en su desesperación la fue a buscar al bosque solo, armado como si fuera de cacería, y nunca más se supo de él. Se borró del mapa tragado por unas fauces invisibles al igual que las muchachas.

Todos nuestros esfuerzos de búsqueda y de protección de nuestras mujeres parecen insuficientes o fútiles. Nadie que haya visto a la criatura ha subsistido para contarlo, afirmó Hans y sintió la gravedad de sus palabras recordando que Anne se le había aproximado estando en trance. Era indispensable actuar rápido.

- Dígame forastero. ¿Qué es lo que supuestamente debiéramos hacer para acabar con esta maldición que azota nuestra villa? – Culminó con seriedad.

Isidro se tomo un tiempo en reflexionar sobre lo que había escuchado. Miró los rostros asustados y expectantes del grupo de cinco hombres: Adolf, Merill, Jurgen, Thomas y Hans, el hombre alto.

- Sinceramente... no tengo idea.

martes, 27 de octubre de 2009

EL AMOR ES ACCION


Te digo que te amo
en mi propio lenguaje
lo dicen mis ojos al parpadear
como si quisieran volar
hacia los tuyos
y los pelos de mi piel al erizarse
cuando te aproximas.

Te lo digo
a través de trivialidades
como gastar contigo
el dinero que no tengo
hacerte regalos
sin tener motivos
cocinar algo especial
aunque no tenga hambre
inventar excusas y hacer trámites
para poder estar más tiempo
junto a ti.

Te lo digo
cuando te imagino
empapada en la ducha
sentada en el metro
contando las estaciones que faltan
posada en la acera
como un cisne salvaje
aburrida en la fila de un banco
comprando golosinas
caminando hacia el trabajo
observando la lluvia caer
pensando en el mañana
que nunca llegará.

Te digo que te amo
cuando te escribo estas cosas
que no digo
y así lo expreso
en pequeños actos cotidianos
como recoger la basura
que se junta en el día
grabarte canciones
llamarte por teléfono
ordenar tu ropa
tirada en el piso
sacarte fotografías
y descubrirte como
el componente misterioso
que hace más bello
el entorno en que vivo...
te lo digo
cuando pronuncio tu nombre
con profundo cariño
y lo subrayo en mi alma
y reúno tus piezas
y te armo en silencio
para recordarte cuando no estás.

Te digo que te amo
cuando tomo tus manos y sonrío
sin ningún propósito
cuando te beso de improviso
cuando recorro con mis dedos
tu cuerpo
cuando me preocupo
de que tengas un orgasmo
antes que yo
cuando me fijo en tus gestos
para saber si estás alegre o cansada
fascinada o triste
preocupada o recelosa
dispersa o presente
te estoy amando
cuando trato de adivinar
qué es lo que necesitas
para sentirte bien.

Las horas se aceleran
estando cerca tuyo
y te digo que te amo
(aunque no te des cuenta)
cada vez que puedo
sin decirlo en voz alta
porque a pesar de que tu cabeza
está llena de dudas
se que tu corazón me escucha
y entiende que la mayoría
de las veces
el amor es acción
más que palabras.

jueves, 22 de octubre de 2009

LAGRIMAS NEGRAS EN OJOS CIEGOS


PROLOGO

 

- ¿Qué es lo que ves?

- El bosque, frío, oscuridad, la bruma abriéndose paso entre los árboles, la tierra rezumando lágrimas, más negra que de costumbre, tristeza, un silencio de cementerio, animales pudriéndose en sus madrigueras...

- ¿Está mi niña? Emma... – Exclamó exaltado un hombre entre lágrimas.

- Shhh – Lo hizo callar el otro – No interrumpas el trance.

- Algo se acerca... – prosiguió ella – Escucho un gruñido inhumano, pasos pesados pero ágiles, ramas rotas... ¡Se acerca! Sopla un viento helado como de desgracia, siento su furia, sabe que estoy merodeando en sus dominios.

- Vuelve antes de que llegue hasta ti – Le dijo el hombre manteniendo la voz calma aunque por dentro el corazón le golpeaba el pecho.

La muchacha se empezó a retorcer sobre en el sillón como si estuviera aprisionada por una telaraña gigante en una pesadilla.

- ¡Tiró un árbol! ¡Puedo sentir su odio! ¡Su rabia! Me observa a través de las sombras... sus ojos amarillentos pasan sobre mi piel como caracoles...

La muchacha se rascó los brazos y los pechos, quitándose unos gusanos imaginarios. El hombre alto no pudo seguir conservando la calma y la zamarreó apretando firmemente sus hombros.

- ¡Despierta Anne! ¡Despierta!

La joven estaba sudando hiel, fácilmente la temperatura de su cuerpo alcanzaba los cuarenta grados. El hombre asustado la remecía cada vez con más fuerza, mientras imploraba en voz baja con un padre nuestro en alemán. Finalmente Anne se incorporó abriendo sus ojos celestes y blanquecinos en forma desorbitada. Tomó una bocanada de aire como si hubiera estado un tiempo considerable debajo del agua y se desmayó en los brazos del hombre alto.

 

- Hans, tenemos que hacer algo o perderemos a todas nuestras hijas y madres... – Dijo con voz suplicante Pedro Armijo, el dueño de la única tienda de víveres del pueblo. Si es que se le podía llamar tienda al cuarto anexado a su casa, en donde intercambiaba o vendía las cosas que compraba cuando iba a la ciudad.

- Mi Emma... - Se lamentó lloriqueando Franz Uber. El encargado del ganado.

El hombre alto, Hans Fliegel, a pesar de tener muchos años encima se mantenía adusto y firme como un roble. Era el líder natural de la villa, desde que la fundara hace muchas décadas.

- Deberíamos tratar de nuevo con el padre Michael – Insinuó Kurt, el encargado de supervisar los arreglos en las construcciones.

- Creo que ya agotamos esa posibilidad... Debemos buscar a la criatura y exterminarla, cueste lo que cueste.- Dijo Hans, con ese tono de mando y determinación que los otros sujetos conocían perfectamente. El respeto hacia su persona era tal, que nadie se atrevía a contradecir sus órdenes.

- No – Dijo enfática Anne, que se había recuperado del desmayo, después de dormir varias horas y se asomaba bajo el arco de la puerta, vestida con un camisón blanco, ante todos los hombres reunidos. – Su poder es inimaginable... si lo buscan no hallarán más que un destino bañado de sangre. Al mal no se le puede combatir con fuerza bruta.- Argumentó la muchacha, y su dulce voz desesperanzada hizo que se erizara la piel de varios de los presentes.

- ¿Que debiéramos hacer? ¿Tuviste una visión? – Le preguntó el hombre alto, con esa comprensión que sólo reservaba para Anne, su adorada hija.

Media hora más tarde los hombres entraron armados con palas y picotas a la capilla. El padre Michael se opuso, pero sólo de palabra y sintiéndose vencido ante el grupo de quince hombres encabezados por Hans Fliege, les entregó su posesión más preciada, la sangre inmaculada y sin coagular por siglos de San Johan de Laar. 

 

Anne dibujó sobre la tumba, con polvo de cal, la figura similar a un pentagrama que había visualizado mientras ardía en fiebre. Esa era la tumba más antigua del pequeño cementerio de la villa (dónde sólo habían trece sepulturas) y curiosamente pertenecía a su abuela.

El cielo estaba amenazante y cargado de nubes negras como la mayor parte del año. Debían de apresurarse antes de que llegara la noche. El hombre alto le pasó el frasco de sangre a la muchacha, ella abrió con cuidado el recipiente y empezó a distribuir la sangre en el centro de la figura, para dolor del padre Michael que miraba la escena un poco más atrás del grupo de hombres. Paganismo, pensaba para sus adentros y le preocupó la idea de que el monstruo estuviera alcanzando con su influencia maléfica a todos los habitantes del lugar, sin que estos se dieran cuenta.

Anne recitó unas palabras en alemán que había escuchado durante su visión y levantó sus brazos hacia las nubes gritando “Amén”, mientras permanecía arrodillada sobre la tumba. En respuesta a su grito las nubes empezaron a gruñir con el estruendo del trueno que precede a la tormenta.

El padre Michael retrocedió unos pasos. El solía ser un hombre religioso tradicional, pero con el paso de los años le tocó ver cosas que escapaban de la mano de Dios. No obstante, nunca había podido asimilar del todo manifestaciones tan extrañas como los poderes de la muchacha.

- Hay que abrir la tumba... La respuesta a nuestra plegaría está adentro del ataúd.- Dijo Anne con absoluta seguridad en sus palabras.

Inmediatamente el grupo de hombres miró a Hans, esperando su aprobación. El hombre alto temía para sus adentros lo que pudieran encontrar, pero por otra parte debía creer en ella. Porque ella nunca lo había defraudado.

Bastó un pequeño movimiento afirmativo de su cabeza, para que cuatro sujetos empezaran a cavar la tierra sobre la tumba. Justo debajo del dibujo ensangrentado.

No les fue difícil completar la excavación hasta llegar al ataúd metálico, gracias a que la tierra se conservaba húmeda y blanda durante todo el año, por las frecuentes lluvias. Lo cual obligaba a descartar la madera para la elaboración de los ataúdes, ya que después de unas semanas se consumían por completo, reblandecidos en el légamo negro como si fueran de cartón.

Una vez descubierto el ataúd metálico, los hombres procedieron a sacarlo de la fosa por medio de cuerdas. Cuando lo arrastraban por el costado de la tumba, Jurgen, el artesano en hierro, saltó espantado vociferando que había sentido algo moverse adentro de él. Los otros hombres miraron atemorizados, pero como siempre Hans impuso la calma:

- Mathias, rompe el sello con la picota.- Sentenció.

Mathias, el agricultor, obedeció y con un golpe seco rompió el engranaje oxidado por la humedad. Esta vez se hizo evidente para todos que algo se movía adentro.

- ¿Qué está pasando? – Preguntó Anne, a un costado del espectáculo, sumida en su mundo de tinieblas, privada del don de la vista desde que nació.

- Nada cariño... – Respondió el hombre alto.

Hans hizo un gesto a Thomas, que alzó su escopeta apuntando hacia el ataúd. Con otra señal le indicó a Adolf, el cazador de la villa, que lo abriera.

Adolf se acercó con temor a la caja y jaló la tapa con fuerza hasta que cayó abierta al otro costado. Del interior del ataúd salió un tremendo cúmulo de polvo como si fuera una neblina, ocultando el interior del mismo.    

Como un fantasma se levantó una figura en medio del polvo. La escopeta temblaba en los brazos de Thomas, mientras le apuntaba, esperando la instrucción para disparar.

Al despejarse el polvo pudieron ver a un hombre delgado con el pelo largo y revuelto, de unos treinta años, vestido como si viniera de la ciudad.

- ¿Quién es usted? – Le preguntó Hans con dureza.

El sujeto se sacudió el polvo de la chaqueta negra de motociclista, y contestó:

- ¿Alguien tiene un trago que me convide?... Mi nombre es Isidro Blanco.

En ese mismo momento se largó a llover.

  

martes, 20 de octubre de 2009

PROPIEDAD PRIVADA



No soy dueño de nadie ni nada
pasan por mis dedos monedas y billetes
sin pagar mis verdaderas deudas
pasan por mis dedos lápices y llaves
sin dejar registro de mis ideas
ni abrir las puertas
que son importantes para avanzar,
pasan por mis manos saludos y gestos
sin tener memoria absoluta
de con quienes se han comunicado,
sin querer llegar a transformarse en puños
como el chanchito de tierra cuando huye
con temor a ser devorado,
chispazos de lucidez
pasan por mis manos
cuando su baile se transforma en caricias
cuando expresan apoyo y consuelo
y dejan de aferrarse a las apariencias.

No soy dueño de nada ni nadie
pasa por mis huesos el pulso de la materia,
las sensaciones como ánimas
buscando un cementerio dónde descansar,
pasa por mi estómago el alimento
sin revelarme su bendita epopeya
de crecimiento y muerte,
pasa por mis pies el camino
que voy recorriendo sin rumbo
los pasos que dejé abandonados
al no saber que ya estaba
a donde quiero llegar.

No soy dueño de ningún lugar
sube por mi espalda el amor
como un sol infinito
trepan los colores de la realidad
y no me encuentran
porque mi cabeza tal vez sea un espectro
que viaja solo adentro de un tren,
un sepulcro viviente
al que rozan los matices del día,
insiste en iluminar mis sombras
la luz de más allá del alma
pero mis ojos se resisten
y en sus retinas acostumbradas a no ver
se fijan los adornos del mundo exterior.

No tengo propiedad privada
heredé estos sueños rotos
esta conciencia partida a cincelazos
y esta criatura inquieta
que se viste con mi pellejo
buscando saciar sus ansias de vida.
Aún reinan en mis dominios los deseos
naciones vecinas en conflicto
que miran a través de un mismo foco
bajo una corona de cielo.
No soy dueño de nadie ni nada
simplemente dejo que todo pase
que todo gire
para que algún día
en algún tiempo
tras alguna ida y vuelta por el cosmos
llegar a ser dueño de mi mismo.

miércoles, 14 de octubre de 2009

BONUS TRACK - ALL I WANT / U2


Nunca me han interesado los funerales, pero... ¿Quién no ha fantaseado alguna vez imaginando cómo sería su propio funeral?

Mi muerte causó un tremendo impacto en el país. Tengo el dudoso honor de ser la primera “figura del espectáculo” asesinada a plena luz del día en la vía pública. Como todos los sucesos que atraen poderosamente la atención de la gente, mi asesinato captó además los intereses de una serie de personajes: políticos con propuestas legislativas sobre la seguridad de los famosos, actores con los que apenas me crucé hablando de mi como si hubiéramos sido amigos íntimos, periodistas de distintos medios especulando con las historias pasionales que se escondían tras mi deceso, etc. Entre muchos más que vieron en la popularidad de mi muerte una oportunidad de beneficiarse con el tacto efímero de la fama.

El cortejo fúnebre fue multitudinario, un verdadero caos debido a la muchedumbre que se aglomeró. La carroza terminó repleta de pétalos de rosas rojas y blancas. Aunque yo valoré más la ropa interior que arrojaron algunas escolares y la cerveza que derramaron a mi paso unos universitarios.

La ceremonia en sí fue mi show final y contó con la presencia de la mayoría de mis seres queridos. Ahí estaban mis padres y mi hermano Agustín con Jorge (el mecánico) y la pequeña Esperanza. Emilio, la Nata, Raúl, Iván, el Juancho, el negro Gastón, mis compañeros de la teleserie, de la miniserie, de las últimas películas y un montón de personas más que en algún momento se cruzaron en mi camino. Incluso Beatrice, radiante como nunca a pesar del llanto, cruzó el océano para darme un último beso de despedida a través del envase vacío que era mi cuerpo sin vida.

Mi historia había llegado a su término, no obstante seguí presente en el recuerdo de muchos ellos y en el inconsciente colectivo mediante mis obras.

Andrea Fernández fue juzgada y condenada a ser recluida en un Centro para el tratamiento de enfermedades mentales. La jueza, en un polémico fallo que algunos tildaron de feminista, consideró que había actuado sin discernimiento debido a sus antecedentes de trastornos psicológicos. Después de dos años internada fue liberada y rehizo su vida en Argentina, donde se casó y tuvo un hijo que curiosamente llegó a ser un terapeuta de renombre. Jamás le recriminé el que hubiera puesto fin a mi vida, más bien sentí una profunda compasión por ella y por el papel de villana que le asignó el destino.

Emilio prosperó en sus negocios y llegó a ser dueño de un conglomerado de empresas, ligadas a seguros, isapres, afps y otras entidades financieras. Sin embargo, a través de los años nunca logró apaciguar esa búsqueda exterior de satisfacción, búsqueda que también me movía a mi y nos hermanaba. Solamente encontraría paz, a avanzada edad, cuando el dinero, las mujeres y las distracciones del mundo dejaron de ser relevantes. Gracias al contacto y la sincera preocupación por su familia (al igual como lo hicieran mis padres).

Iván siguió con sus adicciones y un año y medio después de mi muerte, durante la noche de año nuevo, fallecería en un accidente de tránsito causado por conducir imprudentemente a exceso de velocidad. Raúl, luego de la pérdida de su hermano y una fuerte crisis matrimonial, se hizo evangélico y encontró consuelo en la religión.

La pequeña Esperanza se transformó en una nueva Coté, llena de vida y hermosura, hasta el fin de sus días con más de noventa años, en una parcela en San Fernando, rodeada por siete hijos y decenas de nietos que la adoraban.

La Nata logró tener éxito en el cine. En parte tuvo su oportunidad gracias a hacerse tristemente conocida como mi gran e inseparable amiga actriz. Incluso trabajó en algunas producciones televisivas, como forma de acceder póstumamente a mis insistencias al respecto. Casi una década más tarde, apoyada por el negro Gastón y gracias a su activismo político, llegaría a ser nombrada Ministra de la Cultura. Tuvo varios amantes, pero nunca más se volvió a casar. Algunas noches (“las noches más bellas”, como diría ella), soñaba con ese hombre al que amó como a ningún otro, llegando a caballo hasta su balcón, para recitarle unas estrofas de “El zoológico de cristal”. Antes de subir y tomarla en sus brazos para hacerle el amor.

La dulce Beatrice, la única mujer con la que llegué a constituir una verdadera relación de pareja, ya anciana, les contaría a sus dos nietas la historia del encuentro romántico en un ascensor, con uno de los actores nominados en Cannes. Las muchachas nunca llegarían a entender bien por qué la abuela se ponía triste, recordando la última vez que habló conmigo, en esa llamada telefónica de larga distancia del veinte de Julio.

Uno de los misterios que quedó sin explicación tras mi muerte, fue el pasaje de ida sin retorno hacia Aysén, que encontraron adentro de mi chaqueta...

Quizá fui un idiota en muchos aspectos de mi vida y actué la mayoría de las veces guiado por mis impulsos egocentristas. Busqué placeres intensos de todo tipo; fama, mujeres, dinero, status y de nada me arrepiento. Pero con el tiempo pude llegar a entender los designios del universo y darme cuenta de que era lo que realmente quería, como dice la única canción que me agrada de U2: “Todo lo que quiero... eres tú”. Y ese tú, a quien verdaderamente deseé desde que la conocí, fue a Lidia, la incomparable, la que podía llegar a mi alma con su sola presencia, con sus gestos más simples o con tan sólo sus palabras. Con Lidia nunca hubo sexo propiamente tal, ni compartimos mucho más que instantes fragmentados en el tiempo, pero bastaba con que se encontraran nuestras miradas, para que mi pulso se acelerara como sabiendo que había algo más profundo entre nosotros, cosa que con ninguna otra mujer me ocurría, siquiera de esa manera.

Aunque no creí en almas gemelas y cosas por el estilo, poco antes de morir tuve la visión de que nuestros espíritus estaban irreversiblemente unidos por un manto de amor invisible, o siquiera fue lo que yo sentí con una certeza absoluta a pesar de que ella nunca me lo ratificara verbalmente.

A la distancia, sin el valor de asistir a mi funeral, ella sufrió enormemente con mi deceso y el haber perdido por siempre la oportunidad de llegar a estar juntos. Jamás sabría que mi última intención en vida fue ir a buscarla, abrazarla como a un sueño y renunciar a todo lo demás en sus brazos. En la que sería mi empresa desquiciada final, luego de haberle deseado lo mejor telefónicamente a mi querida Beatrice.

Ya llegando a los cuarenta Lidia se volvería a casar, con un guardabosque, un buen sujeto con el que tendría un hijo, el que dependiendo de ciertas circunstancias que no puedo explicar, podría ser yo. Sin embargo, si así ocurre, apenas alcanzaríamos a compartir cinco años, tras los cuales ella moriría de cáncer, un cáncer que empezó a germinar en su pecho lentamente, sin que lo supiera, en el momento mismo de mi muerte.

Así es el ciclo de la existencia del que todos somos parte.

Antes de despedirme, quiero dar un reconocimiento especial a todas aquellas bandas que llenaron de gozo musical mi vida y que no tuvieron cabida en este ranking: los smashing, killers, radiohead, ac/dc, massive, blur, jet, suede, rem, halen, rage, pulp, ramones, cure, depeche, weezer, doors, keane, clash, cardigans, cult, metallica, pixies, queen, smiths, bowie, sabath, idol, zeppelin, lenny, chemicals y un innumerable etcétera.

También quiero darte las gracias a ti, por haber revisado mi historia y antes de despedirme me gustaría solicitarte, humildemente, que si alguna vez vas a Aysén y te encuentras con la veterinaria más bonita del lugar, la que tiene los ojos más maravillosamente cálidos que hayas visto, sin importar cuantos años pasen por su cuerpo. Dile que lo intenté, que en medio de mi corazón oscuro y confuso, a la única persona que amé sin dudar, de principio a fin, fue a ella.

Me despido con un fuerte y eterno abrazo. Ojala mi historia te sirva de algo en tu experiencia en el mundo. Ha llegado la hora de partir.

 

Saludos,

Alex.

martes, 13 de octubre de 2009

HIMNO DE DESPEDIDA


Los relojes se detuvieron denegando el paso de las horas.
Los perros aullaron sin saber por qué.
Al cantante del bar de la esquina se le olvidó la letra
y la banda perdió el ritmo.
Las mariposas se volvieron capullo.
Las raíces de los árboles temblaron de pena.
Las baldosas crepitaron
como clamando misericordia.
Brotó agua de la tierra sin ninguna explicación.
Las lombrices se retorcieron en la ciénaga que quedó
pero ninguna ave quiso devorarlas
como si estuvieran malditas.
El aire dejó de ser puro aunque no había smog.
La brisa no supo si soplar
con aliento templado o frío.
Los niños abandonaron los juegos del parque.
Replicaron las campanas de la iglesia
sin que nadie las tañera.
Las revistas del kiosko
se vinieron abajo.
El vino se avinagró en la botillería.
El pan recién amasado se puso duro como piedra
en la panadería del barrio.
Los frutos del almacén del frente se pudrieron.
Las nubes se negaron a quedarse en el cielo
y se fueron a toda prisa.
El libro que llevaba en mi bolso
dobló todas sus páginas.
Los celulares perdieron la señal.
Las calles dejaron de tener salida.
Se activaron las alarmas de los autos.
Los semáforos se quedaron en rojo.
Un borracho lloró en la acera
mientras el mendigo devolvía sus limosnas.
Las flores dejaron caer sus pétalos uno a uno
para saber si me amabas o no.
Las sábanas de la cama siguieron palpitando
y sudando lágrimas.
Un incendio consumió hasta los cimientos del hotel
apenas unos minutos más tarde.
Es hora de marcharnos dijiste
y desde esa tarde
en la aurora se quedó impregnada nuestra ausencia.

jueves, 8 de octubre de 2009

TOP 1 – I MELT WITH YOU / MODERN ENGLISH


La mañana del veinte de Julio del 2009, era una mañana como cualquier otra, de no ser porque después de una noche en vela, había tomado la decisión de redireccionar el rumbo de mi vida.

Mi encuentro con Lidia en Cartagena había tenido lugar una semana antes. Nuevamente todo se debió a una casualidad. Ella estaba con su hija visitando a un familiar en Algarrobo, cuando supo que filmaba cerca de allí y se animó a ir a ver si es que me encontraba. Aunque hacía años que no tenía noticias mías, salvo por la prensa.

Nuestra conversación fue un poco extraña. Frases corteses del tipo: “¿Qué ha sido de tu vida”, “¿Cómo has estado?”, “Tanto tiempo”, etc. Palabras que quedaron flotando en la playa como si no tuvieran importancia alguna, mientras nuestras miradas se juntaron como dos amantes invisibles que extrañaban sus caricias luego de separarse.

Lidia seguía viviendo en Aysén, trabajando como veterinaria, pero la gran novedad era que se había separado hacía un año. No quise preguntarle mayores detalles y contuve mis ganas de abrazarla cuando me contó. Era como si el destino se burlara. Las únicas palabras que quería escuchar hace tres años llegaron a mí absolutamente desfasadas, como un eco perdido, en un momento en el que ya no las esperaba.

Como era usual en ella, al poco rato se disculpó diciendo que tenía que irse, con ese nerviosismo típico de quien hace lo que debe y no lo que quiere. La abracé y la besé en la comisura de sus labios. Tomó de la mano a su hija que jugaba en la arena, pero antes de irse se volteó, quedando con su bella figura contrapuesta al sol que se hundía en el océano y me preguntó por qué la había dejado de llamar.

Lo único que se me ocurrió decirle fue un verso de Huidobro, que me había quedado dando vueltas del guión: “Una tarde como ésta / Te busqué en vano / Sobre la niebla de todos los caminos / Me encontraba a mí mismo”. Ella sonrió con los ojos llorosos y se despidió haciendo una seña con la mano mientras la niña le preguntaba: “¿Estás triste mamá?”.

Cuando la vi marcharse una parte de mí quiso correr hacia ella y detenerla, mientras la otra no paraba de decir que su época ya había pasado, que un animal citadino y licencioso como yo, nunca podría estar tranquilo en una ciudad como Aysén. Que ser padre sustituto no iba conmigo.

Mi corazón se aceleró mientras desaparecía en el horizonte, pero mis piernas permanecieron firmemente asentadas en la arena. Después de unos minutos volví a sentarme, a mirar la fotografía con Beatrice y a releer su carta.

 

La mañana del veinte de Julio del 2009, ella había resuelto que no llegaría a vivir otra primavera sintiéndose infeliz. Ya había renunciado a la esperanza de encontrar un hombre decente que la quisiera como ella era capaz de querer y le aterraba la idea de quedarse sola.

Ese día le pondría fin a todos sus miedos de una buena vez.

 

Hay opciones que al elegirlas determinan nuestro futuro y sin saberlo desencadenan una serie de acontecimientos aparentemente fortuitos que conducen a un resultado inevitable.

Esa tarde tomé mi motocicleta y me dirigí hacia el sur. Por primera vez en mucho tiempo sabía lo que debía hacer, aunque para serte sincero, no era nada de fácil. Recordé el libro “El arte de Amar” de Fromm, específicamente la parte en la que decía que más importante que la persona que uno decidiera amar, era el hecho de tener la voluntad de amar, la madurez suficiente para entregarse por completo al verbo por sobre el sujeto.

Me bajé de la Bala II y entré al café alternativo dónde me encontraría con ella. Estaba nervioso e inquieto, como si una especie de sexto sentido me hubiera indicado que no me quedaba suficiente tiempo. Algo que en el momento asocié a la urgencia por empezar una nueva vida.

Me senté en un sofá, escuchando música en mi Ipod, creo que algo de The Strokes. En mi memoria empezaron a flotar aquellos momentos especiales que había compartido con ella. Sus palabras, su silueta, sus gestos, como si viera una película. Por momentos dudé, pero como me dijo un profesor una vez, hay que jugársela por el personaje como si fuera uno mismo. Y mi personaje conocía perfectamente su misión cuando la Nata entró al café.

Ella se sentó junto a mi luego de saludarnos y bastó que viera mi cara para saber de qué se trataba. Si había alguien a quién no podía ocultarle mis emociones, era a la Nata. Le tomé las manos y me enredé por completo empezando a hablar sobre nosotros, sobre las cosas que habíamos compartido desde que nos conocimos, etc. Traté de ordenar mis planteamientos sin mucho éxito, hasta que ella puso su dedo índice en mis labios para que guardara silencio y me dijo que no era necesario que le explicara nada. Que todo lo que debía saber lo podía leer en mis ojos.

“Qué no hubiera dado por ser esa mujer que te deja sin aliento”, dijo y sonrió mientras por sus mejillas empezaban a caer lágrimas. “Ve con ella... no te preocupes por mi. Yo siempre te querré aunque sea como amiga”.

Puse mi cabeza en su pecho, mientras ella me acariciaba el cabello con la mano. Me hubiera quedado ahí para siempre, si la Nata no se hubiera incorporado replicando después de un suspiro: “Mejor no me quedo a tomar café... Tengo muchos ensayos y la verdad es que tú sabes que ya tienes que irte lejos de aquí”.

Nos despedimos con un beso, como esos de película de los años sesenta y después de abrazarme con mucha fuerza, ella siguió su camino hacia la salita de teatro que estaba a un par de cuadras de ahí.

Todas las frases que había pensado decirle no fueron necesarias. Ni siquiera alcancé a expresarle todo el cariño y amor que sentía por ella, aunque finalmente no haya optado por que nos diéramos una oportunidad para estar juntos.

Nunca estuve de acuerdo con Fromm. Para mí si importaba quién fuera a quien uno decidiera amar.   

Esa fue la última vez que vi a la Nata.

 

Ella estaba saliendo de la farmacia, cuando lo divisó en la calle. Recién había comprado un frasco de Neurolépticos, más comúnmente conocidos como pastillas (fuertes) para dormir, con las que esa misma noche daría fin a su miserable vida.

¿Cómo puede ser tan pequeño el mundo?, se preguntó. Justo, en plena ciudad, tenía que encontrarse con él saliendo de una agencia aérea. No hacía ni cinco minutos había visto su rostro en la portada de una revista y se preguntaba el por qué de tantas coincidencias.

Lo siguió unas cuadras, a la distancia suficiente para que no la reconociera. Andaba con el mismo apuro que tenía la última vez que se costó con él.

De pronto en su cabeza surgió una idea: ¿Y si ese encuentro no era mera casualidad? ¿Si en realidad se trataba de una señal? Tal vez ella no tenía que poner fin a su vida, sino lo que debía hacer era acabar con la de él. Porque él, bajo su aspecto encantador y amable, simbolizaba todo lo que una mujer detesta en un hombre. Era el típico sujeto adorable, pero que en el fondo es frío y manipulador, y hace todo por su conveniencia personal.

La idea fue girando en su mente, como una bola de nieve.

Lo esperó en la esquina. El había entrado a una central de llamadas telefónicas. Seguramente para llamar a otra mujer y mentirle.

Cuando salió de la central, lo siguió unos metros más atrás por la calle, hasta que decidió encararlo. Lo llamó por su nombre, pero él no volteó. Le gritó, pero nada. Entonces la ira se apoderó de su cuerpo. Recordó que andaba con un abrecartas en la cartera, regalo de su ex-pololo. Lo buscó impulsivamente. Esta vez no lo dejaría escapar.

 

Esa tarde era maravillosa. No hacía frío y el mundo parecía tener un color distinto, más brillante que de costumbre. Ya estaba casi todo listo. Había comprado el pasaje de ida (sin retorno) y había hecho la llamada telefónica de rigor. Me sentía ligero, contento.

En mi Ipod sonaba una super canción de Bad English, que reflejaba exactamente mi estado de ánimo: “I'll stop the world and melt with you... Dropped in the state of imaginary grace... There's nothing you and I won't do” (“Voy a para el mundo y a derretirme contigo... A caer en un estado imaginario de gracia... No hay nada que tu y yo no podamos hacer”).

Era tal mi alegría que incluso me pareció escuchar que alguien decía con firmeza mi nombre en la calle. Pero daba igual, lo único que quería era volver a mi departamento a preparar las maletas.

Llegué hasta la Bala II y me estaba subiendo, cuando una persona me sujetó del brazo. Al voltearme para ver quién era sentí un golpe en el pecho, como si me hubieran dado una especie de puñetazo. Frente a mi estaba una mujer con cara de histérica que me resulta muy conocida. Seguí su mirada desencajada hacia mi pecho y recién entonces me di cuenta que me había clavado algo.

De un tirón saqué afuera de mi piel el objeto. La sangre empezó a fluir copiosamente de la herida en el pecho. Caminé hacia la esquina buscando alguna clase de ayuda, sin entender lo que estaba pasando. A cada paso me  parecía que las fuerzas me abandonaban, hasta que no pude sostenerme en pie y caí pesadamente al borde de la cuneta. La gente se agrupó junto a mi, miré sus caras horrorizadas y lentamente una tibia oscuridad fue borrando todo a mi alrededor. Había llegado mi hora y la última cosa en la que alcancé a pensar aún con vida, fue en que lo intenté... pero no alcancé a ir hacia ella.

A ocho kilómetros de distancia, la pequeña Esperanza, la hija de la Coté, en ese mismo instante rompía unas fotos mías, mientras jugaba en la casa de sus abuelos.

Unos transeúntes detuvieron a la mujer que estaba con una crisis nerviosa, Andrea Fernández, la ex polola del estudiante de arquitectura. La que cada vez que tuvimos sexo lloró después y que tras varios años de tratamiento, había jurado que nunca más un hombre la ignoraría como yo la había ignorado.

 

(Nota del Autor: La próxima semana habrá un bonus track como cierre definitivo)

martes, 6 de octubre de 2009

jueves, 1 de octubre de 2009

INVITACION: “GRANDES EXITOS”


Los invito a leer la historia en fragmentos “Grandes éxitos”, que finaliza este 8 de Octubre, ocasión en la que será revelado al autor del crimen. Para facilitar la lectura, les doy los links ordenados correlativamente por capítulo (o canción):

  

INTRO – GRANDES EXITOS

http://www.mauricio-smith.com/2009/07/grandes-exitos.html

 

TOP 10 – PRETTY VACANT / SEX PISTOLS

http://www.mauricio-smith.com/2009/07/top-10-pretty-vacant-sex-pistols.html

 

TOP 9 – TURN UP THE RADIO / AUTOGRAPH

http://www.mauricio-smith.com/2009/08/top-9-turn-up-radio-autograph.html

 

TOP 8 – PROMISES / IQ

http://www.mauricio-smith.com/2009/08/top-8-promises-iq.html

 

TOP 7 – LOVE IS A SHIELD / CAMOUFLAGE

http://www.mauricio-smith.com/2009/08/top-7-love-is-shield-camouflage.html

 

TOP 6 – DON’T GO NOW / RAT CAT

http://www.mauricio-smith.com/2009/08/top-6-dont-go-now-rat-cat.html

 

TOP 5 – SNAP YOUR FINGERS, SNAP YOUR NECK / PRONG

http://www.mauricio-smith.com/2009/09/top-5-snap-your-fingers-snap-your-neck.html

 

TOP 4 – LET ME GO WILD / VIOLENT FAMMES

http://www.mauricio-smith.com/2009/09/top-4-let-me-go-wild-violent-fammes.html

 

TOP 3 – I’LL BE THERE / ESCAPE CLUB

http://www.mauricio-smith.com/2009/09/top-3-ill-be-there-escape-club.html

 

TOP 2 – CAN’T HARDLY WAIT / THE REPLACEMENTS

http://www.mauricio-smith.com/2009/09/top-2-cant-hardly-wait-replacements.html

 

TOP 1 - ?

Jueves 8 de Octubre.

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