jueves, 3 de septiembre de 2009

TOP 5 – SNAP YOUR FINGERS, SNAP YOUR NECK / PRONG


Por fin había vuelto al continente, después de filmar durante tres intensas semanas una serie de suspenso en Rapa Nui. La adaptación local de la exitosa serie yankee, sobre un avión que cae en una isla misteriosa, en la que encarné al reo prófugo de la justicia con buen corazón. En esa ocasión, mis amigos me tenían preparada una fiesta de recibimiento que sería difícil de olvidar.

El Emilio, el Juancho (el último fichaje del grupo, compañero de trabajo del Emilio en la Compañía de seguros que gerenciaba) y el Iván, habían organizado un fin de semana en una cabaña en Maitencillo. Raúl ya estaba casado y con dos hijas, por lo que ya no se juntaba con nosotros.

Nadie esperaba que llegara a mi fiesta de recibimiento en la playa con Julia Serrano, a bordo de mi Audi hatchback nuevo. El último tiempo me había ido bien, ya no era el miembro de la familia “que se iba a morir de hambre en el futuro”, sino el “que se gana la vida en forma extravagante”.
Después de tres teleseries y unos papeles secundarios en cine, podría decirse que tenía algo parecido a un ingreso estable. El auto lo conseguí gracias al Iván, que tenía un tío que era dueño de la representación en Chile y gracias a mi vieja que hizo de aval (cosa que no le gustó para nada a mi padre). La Julia Serrano, actriz famosa en el medio, once años mayor que yo, era la fantasía sexual de muchos. A ella la conocí en la serie, haciendo el papel de la mujer reprimida por su esposo extranjero y machista.

En la cabaña me recibieron como un héroe que vuelve de la guerra, todos quedaron boquiabiertos al ver a la Julia en persona, salvo las mujeres; Blanca (la alta, una modelo amiga de Iván), Bernarda (amante de Emilio, ejecutiva de la Compañía de seguros) y la Amara (la rubia alegre, amiga de la Blanca). La honrosa excepción fue la Nata, que también estaba, y admiraba a la Julia como actriz.

En medio del típico acoso con preguntas sobre las grabaciones, los pelambres del medio sobre quién anda con quién y quién es o no es gay, logré escabullirme para llamar a la Coté con lo último en tecnología, mi teléfono portátil celular. Como era de esperar la señal era pésima, incluso con la antena, pero fue reconfortante escuchar durante menos de un minuto su voz enviándome los saludos familiares, aunque seguramente ella hablaba en nombre del resto.

Tuve que rescatar a la Julia del grupito que no la dejaba tranquila, como si fuera un extraterrestre y creo que así se sentía ella, en medio de tipos que se comportaban como seguramente lo hacía su hijo de veinte años.

No encontré nada mejor que ir a encerrarnos al baño con una botella de bourbon (deseos heredados de la época de la Fran). La Julia estaba más mareada por la situación que por los pisco sours que se había tomado. Supongo que esperaba que mis amigos fueran más intelectuales, tomando vino de reserva en copa, acompañado por una tabla de quesitos, mientras discuten sobre la última adaptación de Chejov.

“¿Por qué quieres hacerlo ahora y más encima en el baño?”. Ante una pregunta como esa uno puede responder sólo con otra pregunta: “¿Por qué no?”... Nuestra diferencia de edad, que había pasado desapercibida en la isla, como que nos cayó encima en ese momento. Aún así terminé convenciéndola y haciéndolo aparatosamente en el borde de la tina.

No puede dejar de sentirme extraño al acabar en las caderas de esa tremenda actriz, una de mis fantasías sexuales de adolescente. En el fondo Julia era una mujer como cualquier otra, algo tímida incluso, llena de trancas sobre la edad, inseguridades y obsesiones que día a día parecían aflorar cada vez más. Apuré unos sorbos de bourbon mientras ella se duchaba, ansiosa por limpiar mí rastro de su cuerpo, y me fui a compartir con mis amigos.

El Iván no conforme con todo el alcohol y la yerba que habían regados por el lugar, sacó unas líneas de cocaína y se puso a jalar con las modelos. El Emilio por su parte, no paraba de abrazarme y recordarme lo buen amigo que era, mientras la Nata, el Juancho y la Bernarda saltaban en la terraza al ritmo de Prong, con su colosal canción “Snap your fingers, snap your neck”, una obra maestra de guitarras sampleadas.

Me metí al grupo y estuve saltando con la Nata un rato. Ella había florecido desde cuando nos conocimos montando el “Zoológico de cristal”, se dejó el pelo largo y tenía una bonita figura gracias a la natación. Seguía en teatro y no le gustaba el mundillo de la tv, tal vez porque sus puertas no se le abrieron de par en par como a mí. Participaba en una compañía de teatro de renombre, que dirigía el negro Gastón, quién se había convertido en un respetado director teatral.

Le pedí a la Nata que me acompañara a comprar cigarrillos a un negocio que quedaba a un par de cuadras. Caminamos a la luz de la luna y tuvimos una de esas charlas que me encantaba tener con ella. Como siempre le ofrecí ayudarla a entrar al medio televisivo, pero ella se volvió a negar, diciendo que sería terrible trabajar conmigo, que no me dedicaba más que a acosar a actrices indefensas. Siempre me hacía la misma broma, reprochándome en el fondo que nunca le haya dado la oportunidad de ser algo más que amiga (salvo las dos veces que lo hicimos).

La Nata me quería más que a nadie y así me lo demostraba cada vez que podía. Siempre estaba ahí para aconsejarme en mis proyectos, para bajarme los humos de la cabeza, para recordarme que no sólo podemos vivir de nuestros impulsos.

Me sentía agradecido y contento cuando entramos abrazados al almacén a comprar cigarrillos. Al fondo del local, sacando una bebida del aparador, había una mujer muy hermosa que me resultaba vagamente familiar. El destino nuevamente había puesto en mi camino a Lidia.

La abordé inmediatamente, pero ella decía no acordarse de mi, ni de nuestro beso en la disco hace varios años, aunque yo creo que sabía perfectamente de lo que estaba hablando. Andaba con una amiga que por la cara que puso seguramente me reconoció de alguna teleserie.

La Nata compró los cigarrillos y se devolvió a la cabaña enojada, por mi maldita costumbre de romper el magnetismo del momento. Esa noche tuvo algo con el Juancho, en lo que sería el comienzo de una tormentosa relación de amor y odio.

Lidia se quería marchar como la otra vez, pero yo no la dejaría ir así nomás. Estaba alojada con un grupo de amigas, en una cabaña no muy lejos de la que había arrendado el Emilio. La tuve que convencer de que nos juntáramos en la playa en media hora, con la ayuda de su amiga, que estaba bastante entusiasmada de conocerme, y con mi argumento de que de lo contrario tendría que ir a su cabaña a buscarla a gritos, como hizo Stanley en “El tranvía llamado deseo” (otra de Williams). Lidia terminó aceptando, pero me aclaró desde un comienzo que no pasaría nada sexual entre nosotros.

Cuando volví excitado a la cabaña me acordé de la Julia. La fiesta había perdido un poco el control. El Iván se sacó toda la ropa y se tiró al mar a nadar, mientras las mujeres trataban de detenerlo. El Juancho y el Emilio se habían dedicado a lanzar botellas a la calle. Un caos.

La Bernarda me contó a la pasada de que la Julia había huido espantada en mi Audi. Por supuesto que ella tenía una imagen pública que cuidar, o si no el contrato que tenía con una multitienda se podía ir a la cresta, que fue donde ella me mandó al día siguiente cuando la llamé. El Audi lo dejó tirado en el estacionamiento de un supermercado, chocado y con la llave adentro. Para empeorar las cosas, meses más tarde tuvimos que filmar un episodio en el que su personaje le pegaba una cachetada al mío... Me duele la cara de sólo acordarme.

Al Iván lo sacaron del mar entre el Juancho y el Emilio, absolutamente fuera de sí, hablando incoherencias, pero vivo. Una vez pasado el peligro, fui hasta la cabaña a buscar algo para beber en el encuentro con Lidia. Ya había pasado la media hora que habíamos acordado.

Cuando me aprestaba para mi cita, la Blanca y la Amara me tomaron de la mano y me raptaron a una de las piezas para hacerme un ofrecimiento erótico más que generoso. Por un momento pensé en quedarme, hubiera sido lo lógico, pero algo dentro de mí se negó. Les pedí que empezaran ellas para ponerme a tono y mientras se besaban aproveché de huir con una frazada.

Alcancé justo a salir antes de que llegaran los carabineros, que se llevaron al Iván detenido en compañía del Emilio y el Juancho. La Bernarda con la Nata los acompañaron e hicieron las gestiones para que los soltaran al día siguiente.

La Lidia me estaba esperando tal y como había prometido. Me preguntó que tenía en mente cuando me vio llegar con la frazada y nos largamos a reír. Esa noche fue especial porque nos sentamos en la arena a conversar simplemente, tapados con la manta, mirando las estrellas. No nos besamos hasta despedirnos cuatro horas más tarde, cuando estaba amaneciendo, en lo que fue el mejor amanecer que vi en mi vida.

Lidia era alegre, hermosa en estado puro, inteligente y todas esas cosas que a uno le hacen sentir que está con una persona muy especial. Esta vez me dio su teléfono y el mundo parecía sonreírme como nunca antes. Más tarde me enteraría que estaba en la cabaña con sus amigas celebrando su despedida de soltera y que yo no estaba contemplado en su futuro... Ya sin vida empiezo a comprender que la existencia es como tiene que ser, ni más ni menos, las imperfecciones no hacen más que ponernos a prueba.

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