jueves, 24 de septiembre de 2009

TOP 2 – CAN’T HARDLY WAIT / THE REPLACEMENTS


Señoras y Señores... ¡He vuelto! Soy el malvado de la teleserie nocturna que revienta el rating, interpreto a Pedro de Valdivia en una miniserie histórica y me preparo para el Oscar dándole vida a Vicente Huidobro en una coproducción Francesa – Chilena.

Después de un año sabático, en el que me dediqué a vagabundear por Europa, regresé al país con un nuevo brío. Tras el fallecimiento de la Coté, no le avisé a nadie sobre mi paradero exacto y me autodesterré a Taormina, en Sicilia (Italia), un pueblo costero donde había estado de vacaciones con Beatrice y del que me enamoré al instante.

Bastaron solo unos meses de vida pueblerina para que echara de menos el movimiento de la metrópolis. Necesitaba agitación en mis venas, así que me fui a Barcelona, donde me alojé una semana en la casa de la española que era amiga de la Coté. Y sí, volví a tener sexo con ella, pero esta vez en el dormitorio, mientras su marido estaba en el estadio.

El resto del año sabático transcurrió entre Amsterdam, donde viví un tiempo con una hermosa prostituta húngara. Viena, donde estuve una noche detenido por disturbios públicos. Lisboa, donde me hice pasar por poeta en bares plagados de chocolate y oporto. Estocolmo, donde me casé un Viernes y me separé el Domingo (me quedó un ángel tatuado de recuerdo). Y un listado enorme de lugares y sucesos que fueron pasando, sin dejar mayor huella en mi alma.

Durante ese período sólo estuve en contacto con mi madre telefónicamente, lo justo y necesario para decirle cada cierto tiempo que estaba bien, algo así como buscando mi destinto, pero sin moto. No revisé las noticias de Chile, no volví a leer mis e-mails, no tuve celular ni paradero fijo por más de unos días, no hice más que desconectarme del mundo y de la gente que conocía. Aunque extrañaba a Beatrice y a la Nata, no hice nada por saber algo de ellas o darles alguna señal sobre mi existencia.

Una noche en Londres, mientras estaba dormido en una residencial con dos turistas alemanas con las que había ido a ver a Placebo, tuve un sueño que me hizo regresar. En él, la Coté, alegre como siempre, me felicitaba por mi actuación y me decía que se sentía orgullosa de que su hermano era uno de los mejores actores del país, su favorito y estaba feliz de tenerme de vuelta.

Al día siguiente contacté a mi representante en Chile, o a mi ex representante, a quien había evitado desde Cannes, arruinando todos los compromisos que tenía agendados por irme a vivir con Beatrice. Dicho y hecho, la suerte estuvo de mi parte y al llegar me ofrecieron los tres proyectos. La teleserie nocturna porque el actor que tenían se bajó a última hora, la miniserie gracias a que el negro Gastón estaba ligado al proyecto y la película de Huidobro por mi dominio del francés (y mi nominación en Cannes, por supuesto).

Inicié el proceso de rearmar mi vida. Arrendé un departamento de un ambiente, en un sector bullicioso y bohemio, de buen nivel en la ciudad. Me compré una moto (la Bala II) y un poco de ropa, con los últimos ahorros que tenía en el banco.

En el trabajo me vi enfrentado al cambio generacional, el medio estaba lleno de actores más jóvenes y por otra parte en los círculos sociales que frecuentaba, mis últimos amigos ya tenían una vida familiar que les demandaba gran parte de su tiempo, sin posibilidades de acompañarme en aventuras, más que esporádicamente algunos fines de semana. Aún así, aunque pasé a ser una especie de extranjero en mi patria, me sentí liberado y una de las primeras cosas que hice al volver, fue ir a un viejo galpón donde exhibían la obra de teatro “La pérdida”.

Me senté al fondo de la salita medio vacía, entre los susurros de quienes me habían reconocido a pesar de la barba incipiente y el sombrero. Al terminar aplaudí de pie y grité varios bravos a la actriz que interpretaba a la hermana mayor; Natalia Villar.

Cuando la busqué tras camerinos me recibió con los siguientes “regalos”: una cachetada, un abrazo apretado y un escueto; “Supongo que ahora quieres hablar”.

En un café cercano, la Nata me recriminó por haberme marchado sin avisar, por no haberme dignado a dar signos de vida durante un año, por haber tenido que llamar a mi madre para saber que estaba bien y por sobre todo, porque creía que nos íbamos a dar una oportunidad y una serie de alegatos más, que terminé de la forma en que suelo hacerlo en casos así. Besándola, para acallar las palabras en sus labios.

Más tarde la Nata recapacitó planteándome que en realidad sus reclamos no correspondían, después de todo sólo éramos amigos, “compañeros de la vida” como le gustaba decir. Aunque siempre estábamos al filo de dejar de serlos y convertirnos en pareja. ¿Quién sabe si algún día?... solía reflexionar. Quizá el problema era que en el fondo creía que si iniciaba algo con ella ya no nos separaríamos más. Y la verdad es que me asustaba que la Nata dependiera de mí y en un determinado momento me aburriera y la terminara lastimando...

Con el tiempo, tras mi regreso me volví más mediático que nunca. Programas de televisión, eventos, invitaciones a realities, lanzamientos, cocktails, modelos y todo lo que fuera circo y luces. Mi ego tenía un apetito feroz después de años de abstinencia en Europa. Todo era transitorio, efímero, el amor duraba una semana y las amistades una noche. Empecé a emplear todo mi tiempo y esfuerzo para acumular dinero y fama. Sin embargo mientras más tenía, más sentía que me faltaba.

Un día llegó a la productora con la que gravaba la miniserie, una carta certificada de París. Adentro de ella venía una foto de Beatrice y yo, tomando sopa sentados en la cocina de nuestro departamento. Esa foto era especial. Siempre le dije que parecía sacada de un spot de televisión, con la típica pareja feliz y cursi, sólo que lo nuestro era real.

Junto con la foto había una extensa carta de Beatrice, en la que me contaba que supo de mí buscando noticias del espectáculo en Chile. Me explicaba la tremenda pena que sintió al ver que no volvía. Incluso pensó en venir a buscarme, pero no sabía si estaba acá. Hasta cierto punto comprendía que la abandonara, porque ella se había vuelto adicta a su trabajo, siendo que los mejores momentos de su vida los había pasado conmigo. Y lo más importante, se había dado cuenta de que me amaba profundamente y le costaba mucho estar sin mi. Quería que volviéramos a estar juntos y me aseguraba que cambiaría para que esta vez todo funcionara. Por último me pedía que recordara la magia de nuestro amor a primera vista en Cannes y la química entre nuestros cuerpos amándose.

La verdad es que la carta me llegó muy hondo, en ese momento en que nada parecía satisfacerme, la extrañé más que nunca. Curiosamente mi estado me facilitaba interpretar (a lo Stanislavski), las ansias de aventura de Valdivia y la inconformidad de Huidobro. Cuando llegué a mi departamento esa noche, miré los muebles modernos y me pareció todo tan vacío, a diferencia del departamento destartalado en París, los objetos que había acumulado desde mi regreso eran falsos. No decían nada de mi persona, no tenían historias que contar, sólo cumplían con la función de llenar espacio. Un espacio que también faltaba completar en mi vida.

Respondiendo mis reflexiones existenciales, sonó en mi equipo nuevo de seis parlantes, “Can’t hardly wait”, de los Replacements, con su: “Hurry up, hurry up, ain't you had enough of this stuff... See you're high and lonesome. Try and try and try... I'll be home when I'm sleeping. I can't hardly wait...”. La música me mostraba el camino, una vez más, como buena guía espiritual. Llegaba la hora de sentar cabeza, de dejar caer las barreras que durante tantos años había sostenido adentro.

La posterior semana, mientras estaba en Cartagena, esperando a que tuvieran listo el equipo para filmar las últimas escenas de la película, miraba la foto de Beatrice y yo, haciendo con afecto algo tan cotidiano como tomar sopa. Por otra parte también se repetían en mi cabeza las palabras de la Nata; “Somos compañeros de la vida”.

Mi concentración se vio interrumpida cuando una niñita de unos seis años, muy rubia y con una carita pícara, me zamarreó el pantalón y me dijo: “¿Usted es el amigo actor de mi mamá?”. Unos metros más allá se acercaba Lidia, que lucía un poco mayor desde la última vez que la vi, pero seguía teniendo esa sonrisa capaz de sobrecogerme el alma.

Como dice la canción: “Necesito establecerme, tomar una decisión y difícilmente puedo seguir esperando...”. Ya prácticamente no queda nada.

3 comentarios:

  1. Ante nada me tomo la libertad de recomendar a Lidia un antioxidante natural, claro, natural como el té o el tocoferol, por ejemplo; pues el deterioro de sus celulas amenaza por aplacar luego la clara luz de su sonrisa (como ocurre implacablemente con todos los seres humanos que habitan este planeta perecible ¿Y a mi, por qué no me pasa eso? R: bueno porque simplemente yo no soy uno de ustedes aun así lo parezca, ni tampoco como el ridiculo Highlander, no, por favor, creeme...), y continue siendo capaz de llanar tu alma, ojalá todo el tiempo que ella -tu alma- necesita para al fin poder cerrar los ojos y sentir... sentir profundo, solo sentir.

    Anima

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  2. una vida extraña para mi, quizas la misma seria si estubiese sola, pero el ser humano no puede habitar este extenso pedazo de tierra en la que DIOS nos dio para habitarla y procrear, formar familia, cuidarnos entre nosotros, que lamentablemente no siempre es asi, vivimos rodeados de maravillas y a la vez de cosas inservibles, pero debemos vivir y luchar para dejar aunque sea una pequeña huella de que estubimos aqui, en este mundo, en el que debemos elegir entre el bien y el mal, y cuan mas armonioso y tranquilizador es elegir el bien...
    saludos sureños y chilenos
    vivi.

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