martes, 29 de septiembre de 2009

LA CAMA (de "Dormir, soñar y tal vez morir")


Aquí está toda la magia que anhelo.
La sábana que nos cubre
es lo más parecido al cielo que he visto.
En este colchón gastado
residen los cimientos del mundo.

Aquí descansa el tiempo
y la vida pareciera eterna
y me embriaga la mezcla de tu mirada
con tus labios
y tu sudor de hembra.

Aquí tu risa es mi alegría y mi sustento
y tu desnudez
una manifestación divina
a la que mis manos se aferran.

Aquí adentro nuestros cuerpos
son un par de puentes que se cruzan
para que dos almas reencuentren
el camino hacia su verdadera morada.

jueves, 24 de septiembre de 2009

TOP 2 – CAN’T HARDLY WAIT / THE REPLACEMENTS


Señoras y Señores... ¡He vuelto! Soy el malvado de la teleserie nocturna que revienta el rating, interpreto a Pedro de Valdivia en una miniserie histórica y me preparo para el Oscar dándole vida a Vicente Huidobro en una coproducción Francesa – Chilena.

Después de un año sabático, en el que me dediqué a vagabundear por Europa, regresé al país con un nuevo brío. Tras el fallecimiento de la Coté, no le avisé a nadie sobre mi paradero exacto y me autodesterré a Taormina, en Sicilia (Italia), un pueblo costero donde había estado de vacaciones con Beatrice y del que me enamoré al instante.

Bastaron solo unos meses de vida pueblerina para que echara de menos el movimiento de la metrópolis. Necesitaba agitación en mis venas, así que me fui a Barcelona, donde me alojé una semana en la casa de la española que era amiga de la Coté. Y sí, volví a tener sexo con ella, pero esta vez en el dormitorio, mientras su marido estaba en el estadio.

El resto del año sabático transcurrió entre Amsterdam, donde viví un tiempo con una hermosa prostituta húngara. Viena, donde estuve una noche detenido por disturbios públicos. Lisboa, donde me hice pasar por poeta en bares plagados de chocolate y oporto. Estocolmo, donde me casé un Viernes y me separé el Domingo (me quedó un ángel tatuado de recuerdo). Y un listado enorme de lugares y sucesos que fueron pasando, sin dejar mayor huella en mi alma.

Durante ese período sólo estuve en contacto con mi madre telefónicamente, lo justo y necesario para decirle cada cierto tiempo que estaba bien, algo así como buscando mi destinto, pero sin moto. No revisé las noticias de Chile, no volví a leer mis e-mails, no tuve celular ni paradero fijo por más de unos días, no hice más que desconectarme del mundo y de la gente que conocía. Aunque extrañaba a Beatrice y a la Nata, no hice nada por saber algo de ellas o darles alguna señal sobre mi existencia.

Una noche en Londres, mientras estaba dormido en una residencial con dos turistas alemanas con las que había ido a ver a Placebo, tuve un sueño que me hizo regresar. En él, la Coté, alegre como siempre, me felicitaba por mi actuación y me decía que se sentía orgullosa de que su hermano era uno de los mejores actores del país, su favorito y estaba feliz de tenerme de vuelta.

Al día siguiente contacté a mi representante en Chile, o a mi ex representante, a quien había evitado desde Cannes, arruinando todos los compromisos que tenía agendados por irme a vivir con Beatrice. Dicho y hecho, la suerte estuvo de mi parte y al llegar me ofrecieron los tres proyectos. La teleserie nocturna porque el actor que tenían se bajó a última hora, la miniserie gracias a que el negro Gastón estaba ligado al proyecto y la película de Huidobro por mi dominio del francés (y mi nominación en Cannes, por supuesto).

Inicié el proceso de rearmar mi vida. Arrendé un departamento de un ambiente, en un sector bullicioso y bohemio, de buen nivel en la ciudad. Me compré una moto (la Bala II) y un poco de ropa, con los últimos ahorros que tenía en el banco.

En el trabajo me vi enfrentado al cambio generacional, el medio estaba lleno de actores más jóvenes y por otra parte en los círculos sociales que frecuentaba, mis últimos amigos ya tenían una vida familiar que les demandaba gran parte de su tiempo, sin posibilidades de acompañarme en aventuras, más que esporádicamente algunos fines de semana. Aún así, aunque pasé a ser una especie de extranjero en mi patria, me sentí liberado y una de las primeras cosas que hice al volver, fue ir a un viejo galpón donde exhibían la obra de teatro “La pérdida”.

Me senté al fondo de la salita medio vacía, entre los susurros de quienes me habían reconocido a pesar de la barba incipiente y el sombrero. Al terminar aplaudí de pie y grité varios bravos a la actriz que interpretaba a la hermana mayor; Natalia Villar.

Cuando la busqué tras camerinos me recibió con los siguientes “regalos”: una cachetada, un abrazo apretado y un escueto; “Supongo que ahora quieres hablar”.

En un café cercano, la Nata me recriminó por haberme marchado sin avisar, por no haberme dignado a dar signos de vida durante un año, por haber tenido que llamar a mi madre para saber que estaba bien y por sobre todo, porque creía que nos íbamos a dar una oportunidad y una serie de alegatos más, que terminé de la forma en que suelo hacerlo en casos así. Besándola, para acallar las palabras en sus labios.

Más tarde la Nata recapacitó planteándome que en realidad sus reclamos no correspondían, después de todo sólo éramos amigos, “compañeros de la vida” como le gustaba decir. Aunque siempre estábamos al filo de dejar de serlos y convertirnos en pareja. ¿Quién sabe si algún día?... solía reflexionar. Quizá el problema era que en el fondo creía que si iniciaba algo con ella ya no nos separaríamos más. Y la verdad es que me asustaba que la Nata dependiera de mí y en un determinado momento me aburriera y la terminara lastimando...

Con el tiempo, tras mi regreso me volví más mediático que nunca. Programas de televisión, eventos, invitaciones a realities, lanzamientos, cocktails, modelos y todo lo que fuera circo y luces. Mi ego tenía un apetito feroz después de años de abstinencia en Europa. Todo era transitorio, efímero, el amor duraba una semana y las amistades una noche. Empecé a emplear todo mi tiempo y esfuerzo para acumular dinero y fama. Sin embargo mientras más tenía, más sentía que me faltaba.

Un día llegó a la productora con la que gravaba la miniserie, una carta certificada de París. Adentro de ella venía una foto de Beatrice y yo, tomando sopa sentados en la cocina de nuestro departamento. Esa foto era especial. Siempre le dije que parecía sacada de un spot de televisión, con la típica pareja feliz y cursi, sólo que lo nuestro era real.

Junto con la foto había una extensa carta de Beatrice, en la que me contaba que supo de mí buscando noticias del espectáculo en Chile. Me explicaba la tremenda pena que sintió al ver que no volvía. Incluso pensó en venir a buscarme, pero no sabía si estaba acá. Hasta cierto punto comprendía que la abandonara, porque ella se había vuelto adicta a su trabajo, siendo que los mejores momentos de su vida los había pasado conmigo. Y lo más importante, se había dado cuenta de que me amaba profundamente y le costaba mucho estar sin mi. Quería que volviéramos a estar juntos y me aseguraba que cambiaría para que esta vez todo funcionara. Por último me pedía que recordara la magia de nuestro amor a primera vista en Cannes y la química entre nuestros cuerpos amándose.

La verdad es que la carta me llegó muy hondo, en ese momento en que nada parecía satisfacerme, la extrañé más que nunca. Curiosamente mi estado me facilitaba interpretar (a lo Stanislavski), las ansias de aventura de Valdivia y la inconformidad de Huidobro. Cuando llegué a mi departamento esa noche, miré los muebles modernos y me pareció todo tan vacío, a diferencia del departamento destartalado en París, los objetos que había acumulado desde mi regreso eran falsos. No decían nada de mi persona, no tenían historias que contar, sólo cumplían con la función de llenar espacio. Un espacio que también faltaba completar en mi vida.

Respondiendo mis reflexiones existenciales, sonó en mi equipo nuevo de seis parlantes, “Can’t hardly wait”, de los Replacements, con su: “Hurry up, hurry up, ain't you had enough of this stuff... See you're high and lonesome. Try and try and try... I'll be home when I'm sleeping. I can't hardly wait...”. La música me mostraba el camino, una vez más, como buena guía espiritual. Llegaba la hora de sentar cabeza, de dejar caer las barreras que durante tantos años había sostenido adentro.

La posterior semana, mientras estaba en Cartagena, esperando a que tuvieran listo el equipo para filmar las últimas escenas de la película, miraba la foto de Beatrice y yo, haciendo con afecto algo tan cotidiano como tomar sopa. Por otra parte también se repetían en mi cabeza las palabras de la Nata; “Somos compañeros de la vida”.

Mi concentración se vio interrumpida cuando una niñita de unos seis años, muy rubia y con una carita pícara, me zamarreó el pantalón y me dijo: “¿Usted es el amigo actor de mi mamá?”. Unos metros más allá se acercaba Lidia, que lucía un poco mayor desde la última vez que la vi, pero seguía teniendo esa sonrisa capaz de sobrecogerme el alma.

Como dice la canción: “Necesito establecerme, tomar una decisión y difícilmente puedo seguir esperando...”. Ya prácticamente no queda nada.

martes, 22 de septiembre de 2009

EL CONTEXTO


Este es el contexto:
Juntos marchamos hacia el sol.
El rol de cada uno
mientras tanto
es ir desatando nudos.
Identificar las posibilidades
que otorga la existencia,
hacer simple lo complejo
con delicadeza
y saber aprender
cada vez que falles,
manteniendo inamovibles
los fundamentos siderales
de tu origen.

Estás expuesto en público
y solo a la vez.
Compartes la gran misión
de vivir la vida a tu manera
pero eres vulnerable
mientras no tengas paz
en tu interior,
mientras el gasto
que haces día a día
no ayude a mejorar el mundo
o si ves el tiempo
como una vía sin retorno,
como si fuera algo que se pierde
cada vez que respiras.
Tienes que asumir que
convives con lo orgánico,
que fuiste nombrado
en el ámbito del territorio
hasta que produzcas
un cambio radical en ti.
Ese es el tema
que nos hace humanos.

Este es el contexto:
Despertar del sueño
que te interrumpe.
Tomar la iniciativa
en la protección de la divinidad
del espíritu.
Gestar el cielo adentro.
Imitar a los ángeles
dándote la oportunidad de volar.
Tratar de ser como el amor
que todo lo limpia.
Tener siempre algo bueno
que ofrecer al universo.
Darle un vuelco interno a la mirada.
Enredar el corazón
en el firmamento
y finalmente sobreponerte a la pobreza
de lo material y lo corrompible
con la riqueza del alma.

jueves, 17 de septiembre de 2009

TOP 3 – I’LL BE THERE / ESCAPE CLUB


“Over mountains, over trees, over oceans, across the deserts, in a whisper on the wind, on the smile of a new friend... Just think of me and I'll be there”. Dice parte de la letra de la balada de Escape Club, que me gustaba a mi y a la Coté, siendo que en gustos musicales pocas veces coincidíamos.


Después de dos años viviendo en París y tan sólo un par de visitas esporádicas a Chile, me encontraba de vuelta con motivo del nacimiento de mi tercer sobrino, que tenía la particularidad de ser el primer bebé de la Coté y el mecánico, con quién se casó escandalosamente embarazada de tres meses. Los otros dos niños eran hijos de Agustín, con quién había perdido el contacto y no veía hace tiempo.


A diferencia de mis otras visitas, que no alcanzaron a durar una semana, esta vez venía con el plan secreto de quedarme y no volver a Francia (donde además no poseía nada material que valorara). Quería dejar todo tirado y huir en busca de algo que no sabía que era, pero que permitiría que se reencausara el rumbo de mi vida, que el último tiempo se había vuelto más confuso que de costumbre.


Después de nuestro encuentro en Cannes, con Beatrice terminamos viviendo juntos en París. Nos volvimos inseparables, como si nos moviera un huracán de pasión que ambos sintonizábamos perfectamente. Recorríamos la ciudad, yo conociéndola y ella redescubriéndola en mi compañía. Íbamos a bares, nos juntábamos con sus amigos bohemios, teníamos sexo cada vez que podíamos, en lugares públicos y privados, llenos de un flujo de energía que parecía inagotable.

Lo único negativo de esa época fue su ex-novio celoso, un DJ llamado Maurice, que la seguía acosando. Con él terminé peleando a golpes dos veces, una de ellas porque trató de atropellarme con su motocicleta a la salida de un cine. Un verdadero drama francés, aguantable gracias a las caricias y cuidados de Beatrice al final del día.


¿Que pasó? El tiempo y la cotidianeidad empezaron a hacer un trabajo minucioso, menoscabando nuestra mutua atracción. Eso sumado a nuestros caracteres que empezaron a aflorar en discrepancias simples, como el volumen de la música que pongo a casi toda hora, hasta llegar a cosas más serias, como su rechazo absoluto a deteriorar su hermoso cuerpo con la maternidad.

No es que yo quisiera tener hijos, pero lentamente me empecé a dar cuenta que cada uno imaginaba como sería su vida en el futuro, en forma muy distinta. Ella quería ser una periodista reconocida, de esas que dirigen programas de actualidad en televisión y ganan premios. Me la imaginaba a los cuarenta, tomándose una copa de vino mientras revisaba notas en un café, fumando sin parar. Su trabajo era parte sustancial de su identidad y lentamente la balanza de sus horas del día empezó a inclinarse hacia él.


Yo pasé de ser un actor de cierto nombre a un completo desconocido. Lo cual me agradaba en un comienzo, poder comer, caminar y hasta tirar en las calles sin nadie que te saque fotos o te interrumpa con preguntas y comentarios. Después me di cuenta de que no era más que otro de los muchos extranjeros en esa ciudad mágica, pero con otro idioma, otra cultura, otra forma de entender el mundo distinta a la mía. En un comienzo luché por adaptarme, aprendí a hablar francés y gracias a eso pude empezar a buscar papeles como actor.

En París abunda el cine y el teatro, pero también los actores y más aún los que no lo son pero creen serlo. Dispuestos a dejar su sangre (literalmente), en un proyecto que no va a tener más espectadores que otros de su misma clase, todo con tal de “aportar al arte”. No era el ambiente al que estaba acostumbrado, donde un día grabas un episodio de una teleserie, en la noche animas en una discoteque, al otro día te vas a hacer un corto y te encuentras siempre con la mismas personas.


Empecé a encontrar a la gente a mi alrededor demasiado seria, incluida Beatrice, como que se creían demasiado el cuento, eché de menos a mis amigotes nihilistas, a mi familia de miembros autistas pero entrelazados gracias a la Coté, y dentro de todo ese proceso de nostalgia, apareció de nuevo como un fantasma la sombra de Lidia. Aunque no volví a llamarla, no pude evitar volver a pensar en ella.


Mi falta de adaptación hizo que con la Nata iniciáramos una relación bien particular, a la distancia. Ella se había casado y separado del Juancho al poco tiempo, como parte de su relación amor - odio. En el intertanto empezamos a chatear durante las noches de Chile y las mañanas francesas, cuando Beatrice estaba trabajando en la revista. Las conversaciones subieron de tono rápidamente, tal vez porque Beatrice me obligaba prácticamente a hablarle sólo en francés y echaba de menos otro tipo de contacto en mi idioma. Fantaseábamos con la Nata sobre volver a hacerlo, nos mandábamos fotos desnudos y toda esa clase de cosas que le dan sentido a la tecnología.


La Nata era importante para mí, se había mantenido cercana prácticamente desde que fui a caballo hasta su departamento. Por eso cuando las cosas empezaron a apagarse en París, cuando el huracán de pasión pasó y los estragos empezaron a evidenciarse, me replantee mis miedos respecto a tener una relación con ella. Después de todo ella me entendía mejor que nadie, tenía ese poder femenino de saber la forma como pensaba y actuaba, lo que podía esperarse de mi, la libertad que necesitaba para vivir en paz y lo más importante, me aceptaba tal cual era. Compartíamos además la misma profesión, con distintos resultados profesionales, pero conocíamos las exigencias del medio y sin duda nos queríamos de verdad.

Sólo la Nata conocía mis planes de no volver a París. La apuesta era dejar todo botado y juntarnos a hacerlo en su departamento para celebrar mi regreso.


Ese día me fui directo del aeropuerto a ver a la Coté, entusiasmado por la idea de que mi hermanita tendría su primera hija (era niñita, Esperanza la iba a llamar). A pesar de las discusiones pasadas, ella seguía siendo mi persona favorita. Más tarde me juntaría a tomar unos tragos con el Emilio, como en los viejos tiempos. El se había casado con una pintora y tenía una parcela enorme en las afueras de la ciudad. El Iván prometió que iría, aunque no podía beber porque había salido hace poco de un tratamiento de rehabilitación de alcohol y drogas. Hasta su hermano Raúl trataría de asistir, si la bruja de su esposa se lo permitía. Al Juancho preferí que no lo invitaran por varias razones, una de ellas era que más tarde pasaría la noche con la Nata y seguramente me preguntaría por ella.


Cuando llegué a la clínica me encontré con todos un poco preocupados, porque habían unas leves complicaciones con el parto. Estaba mi papá, tan circunspecto como siempre, mi mamá que me abrazó como si fuera una aparición y mi hermano Agustín, a quién noté mucho más viejo de lo que recordaba. También se paseaba nervioso el mecánico, con disfraz de cirujano, al que le habían pedido que saliera de la sala.


No me caía mal el mecánico, Jorge, pero seguía pensando que mi hermana podría haber elegido a alguien con más futuro para enamorarse. Si estaba en la clínica era porque me sentía un poco culpable de no haber ido al matrimonio de la Coté, ella me pidió que fuera, pero me excusé diciendo que tenía que actuar, lo cual era mentira.


Hay momentos que quedan marcados en nuestras vidas y nos replanteamos las cosas que hicimos o dejamos de hacer. Como nos gustaría volver el tiempo atrás y dedicarle a alguien un par de palabras de corazón.


A las cinco y media de la tarde, el médico de la Coté nos informó que la bebé estaba bien bajo cuidados, pero la Coté, mi hermanita la bella, la que jugaba con mis vinilos cuando era niña, la mejor persona que me tocó conocer en la vida, el alma de mi sentido de familia, había fallecido de una insuficiencia cardiaca durante el parto... Tenía veintiocho años.


No puedo expresar la pena que sentí en ese instante. Es verdad lo que dicen de que hay gente que es demasiado hermosa para vivir en este mundo. Cuando a uno el vacío lo traga irremediablemente no queda más que tratar de sostenerse en los demás.


Mi padre, el hombre serio, tenía el rostro desencajado y lloraba como un niño, con una fragilidad y vulnerabilidad que nunca había visto en él. Recién entonces pude asimilar cuánto nos amaba mi padre y que nosotros, sus hijos, éramos lo más importante para él, que todos sus esfuerzos, su dedicación al trabajo, eran para darnos una vida mejor. Nunca antes lo pude ver con tanta claridad.


Mi madre estaba en shock, no era capaz de administrar palabras. Agustín mantuvo la compostura y empezó a pedir explicaciones de mala manera al médico tratante, mientras en sus ojos no cesaban de caer lágrimas. Fue Jorge, el mecánico, quién supo darnos palabras de consuelo a pesar del sufrimiento que sentía. El tipo que yo había criticado por no tener la misma educación ni clase social que nosotros, tenía la misma pureza de espíritu que la Coté, esa pureza que nosotros no supimos abrazar lo suficiente.


Curiosamente la Coté al morir consiguió lo que nunca pudo lograr en vida, unir a la familia. De ahí en adelante nunca dejaron de reunirse cada cierto tiempo. Mi padre y mi madre se hicieron amigos con la familia de Jorge, aunque no tenían nada en común, y siempre estuvieron pendientes de Esperanza.


Yo, en el tiempo que transcurrió hasta mi muerte, cada vez que me sentía perdido y solo, con esa sensación como de que el mundo había perdido el rumbo, bastaba con que cerrara los ojos y sintiera la risa de la Coté, para saber de que siempre habría esperanza y cosas hermosas por las que vivir. Cada vez que la tristeza se acercaba mi, bastaba para ahuyentarla con repetir mentalmente la letra de Escape Club, que a ella tanto le gustaba: “Sobre las montañas, sobre los árboles, sobre los océanos, a través de los desiertos, en un susurro en el viento, en la sonrisa de una nueva amistad... Sólo piensa en mi y ahí estaré.”

martes, 15 de septiembre de 2009

SIN DISTRACCIONES


Al estar contigo sólo quiero saber de ti
lo que un árbol quiere saber del viento.
No me interesan tu edad ni tu ascendencia,
me basta con verte como si fueras un paisaje.
No me importa de dónde eres, tu estado civil,
ni cuántos años de estudio has cursado,
ni el sector en que vives, ni tu tendencia política,
ni cuánto ganas, ni cuánto debes,
no necesito definiciones sociales ni referencias
para poder estar a tu lado.
No quiero alejarme de ti pensando en el futuro
mientras estamos frente a frente
ni imaginar otras vidas posibles
teniéndote al alcance de mis manos.
No deseo explicaciones sobre tu pasado
ni justificaciones sobre tu conducta.
Me basta con conocerte
a través de pequeñas anécdotas
como los chistes que te causan gracia,
la última película que fuiste a ver al cine,
la comida que cocinas,
las canciones que cantas en la ducha,
los colores que llevas como si fueras
un cuadro viviente, tus matices sutiles
como la forma en que pestañeas,
el gusto de tu piel por las tardes,
la manera en que te mueves al bailar
o el gesto de tus labios
cuando tienes un orgasmo.
No necesito formalidades ni esquemas
para disfrutar cada uno de nuestros encuentros
como si fuera el último.
No quiero que ninguna clase de duda
o condicionante
perturbe la atención que te rindo.
Me basta con sentir que en este instante
nuestros destinos se entrecruzan como dos ríos.
Prefiero regalarte mi dedicación a tu persona
sin ninguna clase de adorno,
prefiero llegar a ti no con la mente
sino con los sentidos,
sin las falsedades del orgullo,
sin ningún prejuicio posible
y es porque creo que resulta
más fácil alcanzar el alma
con una sonrisa que con preguntas,
así como la lluvia llega a impregnar la tierra
gota a gota, sin distracciones,
hundiéndose en la autenticidad del presente...
toda la verdad que necesito saber de ti
la encuentro en la forma
en que tus ojos me miran
cuando te acercas.

jueves, 10 de septiembre de 2009

TOP 4 – LET ME GO WILD / VIOLENT FAMMES


No había vuelto a Francia desde mi viaje de estudio de cuarto medio, cuando estuve en Paris. Casi veinte años después regresaba esta vez a la ciudad de Cannes, a participar en el festival de cine.


En mi carrera interpreté distintos personajes: héroes, villanos, mujeriegos, pacatos, ladrones, obsesivos, religiosos, etc. Algunos de ellos me dieron fama y reconocimiento entre la gente. Sin embargo el papel al que más cariño le tuve, fue el de Cristóbal Molina, en la película; “10 días para hallar el amor o morir intentándolo”, por la cual fui nominado al premio a la interpretación masculina en Cannes.


La cinta narraba la historia de un poeta, que se gana la vida como profesor de literatura en un pueblo rural, sin haber publicado un libro y sin que nadie conozca sus poemas. El sujeto es absolutamente retraído y vive solo, hasta que tiene una visión de un ángel que le anuncia un plazo de diez días para encontrar el amor que no ha experimentado o de lo contrario morirá. Esta profecía hace que el poeta se vaya a la ciudad, a vivir la vida como no lo había hecho antes, en medio de encuentros con personajes alucinantes y situaciones surrealistas.


Para serte sincero, la película para mi gusto era lenta y con algunos problemas de montaje, pero mi actuación fue muy sólida, sorprendiéndome a mí mismo incluso. Nunca logré ni lograría una conexión emocional y física tan fuerte con un personaje como con el profesor Molina, quien va en busca de su autorrealización y está dispuesto a lograrlo como sea. Al parecer eso se notó y en forma imprevista me vi nominado a ese premio internacional de renombre a la par de súper actores como Javier Bardem y Mickey Rourke.


Nunca imaginé que estaría caminando en el paseo costero de Cannes buscando un teléfono, en vez de disfrutar mi momento de gloria. Estaba preocupado de una sola cosa: llamar a Lidia.


Lidia se había casado hacia cuatro años y tenia una hija de tres. Vivía en Aysén dedicada a ejercer su profesión de veterinaria. En un comienzo no quiso recibir mis llamadas, desde la época de ese amanecer en Maitencillo, pero conseguí convencerla de que habláramos solo una vez por semana. Seguramente ella aceptó pensando que pronto me aburriría de llamarla, pero no fue así porque disfrutaba de sus conversaciones. Las otras condiciones fueron que no le preguntara sobre su matrimonio, ni en general cosas muy personales y podía contactarla solo en cierto horario, cuando su esposo no estaba.


Esa simple llamada se había vuelto un ritual. Un impulso imperativo que seguía semana a semana, como una tácita declaración de amor. El día en que dejara de llamarla, Lidia sabría que desistí de mi interés por ella.


“Mucha suerte esta noche. Estoy emocionada cruzando los dedos por ti” y un beso a la distancia, fue lo que obtuve de su voz un poco entrecortada en la llamada telefónica. Tal vez me había empezado a poner viejo, pero mantener la esperanza de hacerla mía me había bastado durante todo este tiempo. No en el sentido de evitar tener sexo y relacionarme con otras mujeres, sino en tenerla como una especie de punto de referencia. Todas las que llegaban a mi vida eran medidas por su vara, (por su cabello rubio lleno de vida y su sonrisa sobrecogedora), y tarde o temprano no daban el talle. Aún considerando que mi relativa fama hacía que no pudiera salir tranquilo en la noche a divertirme y muchas veces el Emilio, el Iván u otro amigo, terminaban convertidos en mis guardaespaldas.


En la tarde me junté con una periodista francesa que me quería entrevistar; Beatrice, una veinteañera de cabello castaño liso hasta el hombro y piernas de esas que parecieran tener vida propia y no puedes sacarles la vista de encima. Hablaba español porque había estudiado en Málaga un par de años.


Me hizo una serie de preguntas sobre la película, la historia de mi vida (que exageré para que pareciera mas atractiva) y mis proyectos futuros. La típica entrevista que hubiera contestado mecánicamente si no fuera por la motivación especial de sus hermosos ojos verdes concentrados en mí.


Beatrice resulto tan atractiva y sensual, que le hice una apuesta. Si ganaba la palma de oro, ella haría el amor conmigo y si no, la invitaría a cenar. Ella me contestó que tenía un novio en Marsella, pero agregó coquetamente que no ganaba nada con esa apuesta.


Haciendo uso de mi ingenio, le expliqué que al contrario, ella tenía todas las de ganar. Si yo perdía y cenábamos juntos, ella podría elegir un lugar de lujo y yo pagaría, o sea comía gratis. Si yo ganaba, les podría contar a sus nietos que hizo el amor con el mejor actor del festival de Cannes de esa edición. Algo casi tan importante como tirarse al ganador del Oscar.


Lo pensó un rato y se fue sin responder ni sí ni no, como buena mujer (y además francesa).


En la noche me junté con el Director y los productores para ir a la gala. Estábamos alojados en un hotel barato, donde hospedaban también unos Checos y unos Chinos, que competían por el mejor documental, y algunos sujetos de la productora Troma, promocionando sus películas clase Z.


Me habría gustado que la Coté me hubiera acompañado a la premiación (con Lidia no había caso, aparte de las llamadas semanales, apenas la veía una vez al año durante una hora para tomar un café). Lamentablemente había discutido recientemente con la Coté, porque estaba pololeando con un mecánico. A mi juicio ella, con su belleza y posición social, podía aspirar a cualquier profesional con futuro que le diera mayor estabilidad económica, sobre todo considerando que ella había estudiado Educación parvularia. Pero no me hizo caso. Mi padre decía que había sacado el mismo gen de oveja negra que yo.


Estaba en la premiación más importante de mi vida, junto a la otra gente del film, que no eran mis amigos ni nada y que solamente estaban preocupados por vender el largometraje. Caminé por la alfombra roja con mi smoking y a pesar de la multitud y los aplausos, me sentí completamente solo, solo como jamás antes me había sentido.


Bardem se llevo la palma de oro, acrecentando mis inseguridades respecto a que todo había sido una especie de error y tal vez ni siquiera debía estar ahí.


En la fiesta de gala posterior, Beatrice me encontró antes de que me fuera derrotado a mi habitación. Me cobró la cena esa misma noche, en un restaurante elegante frente a la playa, que me costo un ojo de la cara, pero no me importó con tal de volver a estar con ella.

Luego de una agradable cena, cuando la fui a dejar de vuelta a su hotel (mucho mejor que el mío), hicimos el amor en el ascensor. Recuerdo claramente, como si pudiera volver a vivirlo, que mientras sujetaba sus piernas entrelazadas en mí, en vez de escucharse la típica música clásica, en los parlantes dentro del elevador, sonó: “Let me go wild” de “Violent femmes”, un tremendo tema de susurros y cambios de ritmos alucinantes, que me encantó desde la primera vez que lo escuché. Tal y como me encantó Beatrice, desde la primera vez que la vi.

Al preguntarle por qué lo había hecho conmigo, siendo que no gané el premio, me dijo con su tono andaluz afrancesado y erótico; “Porque vi las dos pelis y estabas mejor que Bardem...”


El día siguiente me fui con ella a Niza y después a Paris, donde estuvimos encerrados en un departamento similar al de “El ultimo tango en Paris”, durante tres días, desnudos, haciendo el amor a cada rato.


Esa semana, por primera vez en más de cuatro años, se me olvidó completamente hacer la llamada telefónica de siempre.

Mirándolo con la perspectiva que otorga la muerte, tal vez en ese punto de mi vida se precipitaron una serie de hechos que terminarían desencadenando mi asesinato.

martes, 8 de septiembre de 2009

LOS OBJETOS


La almohada que amparó tus sueños.

Las ropas que cubrieron tu cuerpo desnudo.

Los perfumes que desaparecieron en tu piel.

Los libros y revistas que sintieron

el cosquilleo de tu mirada.

Los Cds que sonaron para ti.

Los interruptores, manillas y llaves

que recibieron la calidez de tus dedos.

Los muebles en los que hiciste cosas tan cotidianas

como sentarte, dormir y comer,

mientras el día se marchaba.

Los aparatos que te dieron calor y frescura,

que te entretuvieron, que te ayudaron a alimentarte

y te comunicaron con quienes estaban lejos.

Las cañerías que proveyeron de agua

a tu ser.

Los pequeños utensilios

que hicieron tu vida más fácil.

Los espejos que se deleitaron con tu reflejo.

Las superficies por las que transitaste.

Las puertas que te facilitaron el paso.

Las ventanas que te proporcionaron luz.

El techo que te protegió de la lluvia.

Las paredes que fueron bendecidas

con el eco de tu risa y de tu llanto.

El sentir que fuiste impregnando a todo a tu alrededor.

¿Qué objeto es capaz de contener

lo que el corazón si puede?

jueves, 3 de septiembre de 2009

TOP 5 – SNAP YOUR FINGERS, SNAP YOUR NECK / PRONG


Por fin había vuelto al continente, después de filmar durante tres intensas semanas una serie de suspenso en Rapa Nui. La adaptación local de la exitosa serie yankee, sobre un avión que cae en una isla misteriosa, en la que encarné al reo prófugo de la justicia con buen corazón. En esa ocasión, mis amigos me tenían preparada una fiesta de recibimiento que sería difícil de olvidar.

El Emilio, el Juancho (el último fichaje del grupo, compañero de trabajo del Emilio en la Compañía de seguros que gerenciaba) y el Iván, habían organizado un fin de semana en una cabaña en Maitencillo. Raúl ya estaba casado y con dos hijas, por lo que ya no se juntaba con nosotros.

Nadie esperaba que llegara a mi fiesta de recibimiento en la playa con Julia Serrano, a bordo de mi Audi hatchback nuevo. El último tiempo me había ido bien, ya no era el miembro de la familia “que se iba a morir de hambre en el futuro”, sino el “que se gana la vida en forma extravagante”.
Después de tres teleseries y unos papeles secundarios en cine, podría decirse que tenía algo parecido a un ingreso estable. El auto lo conseguí gracias al Iván, que tenía un tío que era dueño de la representación en Chile y gracias a mi vieja que hizo de aval (cosa que no le gustó para nada a mi padre). La Julia Serrano, actriz famosa en el medio, once años mayor que yo, era la fantasía sexual de muchos. A ella la conocí en la serie, haciendo el papel de la mujer reprimida por su esposo extranjero y machista.

En la cabaña me recibieron como un héroe que vuelve de la guerra, todos quedaron boquiabiertos al ver a la Julia en persona, salvo las mujeres; Blanca (la alta, una modelo amiga de Iván), Bernarda (amante de Emilio, ejecutiva de la Compañía de seguros) y la Amara (la rubia alegre, amiga de la Blanca). La honrosa excepción fue la Nata, que también estaba, y admiraba a la Julia como actriz.

En medio del típico acoso con preguntas sobre las grabaciones, los pelambres del medio sobre quién anda con quién y quién es o no es gay, logré escabullirme para llamar a la Coté con lo último en tecnología, mi teléfono portátil celular. Como era de esperar la señal era pésima, incluso con la antena, pero fue reconfortante escuchar durante menos de un minuto su voz enviándome los saludos familiares, aunque seguramente ella hablaba en nombre del resto.

Tuve que rescatar a la Julia del grupito que no la dejaba tranquila, como si fuera un extraterrestre y creo que así se sentía ella, en medio de tipos que se comportaban como seguramente lo hacía su hijo de veinte años.

No encontré nada mejor que ir a encerrarnos al baño con una botella de bourbon (deseos heredados de la época de la Fran). La Julia estaba más mareada por la situación que por los pisco sours que se había tomado. Supongo que esperaba que mis amigos fueran más intelectuales, tomando vino de reserva en copa, acompañado por una tabla de quesitos, mientras discuten sobre la última adaptación de Chejov.

“¿Por qué quieres hacerlo ahora y más encima en el baño?”. Ante una pregunta como esa uno puede responder sólo con otra pregunta: “¿Por qué no?”... Nuestra diferencia de edad, que había pasado desapercibida en la isla, como que nos cayó encima en ese momento. Aún así terminé convenciéndola y haciéndolo aparatosamente en el borde de la tina.

No puede dejar de sentirme extraño al acabar en las caderas de esa tremenda actriz, una de mis fantasías sexuales de adolescente. En el fondo Julia era una mujer como cualquier otra, algo tímida incluso, llena de trancas sobre la edad, inseguridades y obsesiones que día a día parecían aflorar cada vez más. Apuré unos sorbos de bourbon mientras ella se duchaba, ansiosa por limpiar mí rastro de su cuerpo, y me fui a compartir con mis amigos.

El Iván no conforme con todo el alcohol y la yerba que habían regados por el lugar, sacó unas líneas de cocaína y se puso a jalar con las modelos. El Emilio por su parte, no paraba de abrazarme y recordarme lo buen amigo que era, mientras la Nata, el Juancho y la Bernarda saltaban en la terraza al ritmo de Prong, con su colosal canción “Snap your fingers, snap your neck”, una obra maestra de guitarras sampleadas.

Me metí al grupo y estuve saltando con la Nata un rato. Ella había florecido desde cuando nos conocimos montando el “Zoológico de cristal”, se dejó el pelo largo y tenía una bonita figura gracias a la natación. Seguía en teatro y no le gustaba el mundillo de la tv, tal vez porque sus puertas no se le abrieron de par en par como a mí. Participaba en una compañía de teatro de renombre, que dirigía el negro Gastón, quién se había convertido en un respetado director teatral.

Le pedí a la Nata que me acompañara a comprar cigarrillos a un negocio que quedaba a un par de cuadras. Caminamos a la luz de la luna y tuvimos una de esas charlas que me encantaba tener con ella. Como siempre le ofrecí ayudarla a entrar al medio televisivo, pero ella se volvió a negar, diciendo que sería terrible trabajar conmigo, que no me dedicaba más que a acosar a actrices indefensas. Siempre me hacía la misma broma, reprochándome en el fondo que nunca le haya dado la oportunidad de ser algo más que amiga (salvo las dos veces que lo hicimos).

La Nata me quería más que a nadie y así me lo demostraba cada vez que podía. Siempre estaba ahí para aconsejarme en mis proyectos, para bajarme los humos de la cabeza, para recordarme que no sólo podemos vivir de nuestros impulsos.

Me sentía agradecido y contento cuando entramos abrazados al almacén a comprar cigarrillos. Al fondo del local, sacando una bebida del aparador, había una mujer muy hermosa que me resultaba vagamente familiar. El destino nuevamente había puesto en mi camino a Lidia.

La abordé inmediatamente, pero ella decía no acordarse de mi, ni de nuestro beso en la disco hace varios años, aunque yo creo que sabía perfectamente de lo que estaba hablando. Andaba con una amiga que por la cara que puso seguramente me reconoció de alguna teleserie.

La Nata compró los cigarrillos y se devolvió a la cabaña enojada, por mi maldita costumbre de romper el magnetismo del momento. Esa noche tuvo algo con el Juancho, en lo que sería el comienzo de una tormentosa relación de amor y odio.

Lidia se quería marchar como la otra vez, pero yo no la dejaría ir así nomás. Estaba alojada con un grupo de amigas, en una cabaña no muy lejos de la que había arrendado el Emilio. La tuve que convencer de que nos juntáramos en la playa en media hora, con la ayuda de su amiga, que estaba bastante entusiasmada de conocerme, y con mi argumento de que de lo contrario tendría que ir a su cabaña a buscarla a gritos, como hizo Stanley en “El tranvía llamado deseo” (otra de Williams). Lidia terminó aceptando, pero me aclaró desde un comienzo que no pasaría nada sexual entre nosotros.

Cuando volví excitado a la cabaña me acordé de la Julia. La fiesta había perdido un poco el control. El Iván se sacó toda la ropa y se tiró al mar a nadar, mientras las mujeres trataban de detenerlo. El Juancho y el Emilio se habían dedicado a lanzar botellas a la calle. Un caos.

La Bernarda me contó a la pasada de que la Julia había huido espantada en mi Audi. Por supuesto que ella tenía una imagen pública que cuidar, o si no el contrato que tenía con una multitienda se podía ir a la cresta, que fue donde ella me mandó al día siguiente cuando la llamé. El Audi lo dejó tirado en el estacionamiento de un supermercado, chocado y con la llave adentro. Para empeorar las cosas, meses más tarde tuvimos que filmar un episodio en el que su personaje le pegaba una cachetada al mío... Me duele la cara de sólo acordarme.

Al Iván lo sacaron del mar entre el Juancho y el Emilio, absolutamente fuera de sí, hablando incoherencias, pero vivo. Una vez pasado el peligro, fui hasta la cabaña a buscar algo para beber en el encuentro con Lidia. Ya había pasado la media hora que habíamos acordado.

Cuando me aprestaba para mi cita, la Blanca y la Amara me tomaron de la mano y me raptaron a una de las piezas para hacerme un ofrecimiento erótico más que generoso. Por un momento pensé en quedarme, hubiera sido lo lógico, pero algo dentro de mí se negó. Les pedí que empezaran ellas para ponerme a tono y mientras se besaban aproveché de huir con una frazada.

Alcancé justo a salir antes de que llegaran los carabineros, que se llevaron al Iván detenido en compañía del Emilio y el Juancho. La Bernarda con la Nata los acompañaron e hicieron las gestiones para que los soltaran al día siguiente.

La Lidia me estaba esperando tal y como había prometido. Me preguntó que tenía en mente cuando me vio llegar con la frazada y nos largamos a reír. Esa noche fue especial porque nos sentamos en la arena a conversar simplemente, tapados con la manta, mirando las estrellas. No nos besamos hasta despedirnos cuatro horas más tarde, cuando estaba amaneciendo, en lo que fue el mejor amanecer que vi en mi vida.

Lidia era alegre, hermosa en estado puro, inteligente y todas esas cosas que a uno le hacen sentir que está con una persona muy especial. Esta vez me dio su teléfono y el mundo parecía sonreírme como nunca antes. Más tarde me enteraría que estaba en la cabaña con sus amigas celebrando su despedida de soltera y que yo no estaba contemplado en su futuro... Ya sin vida empiezo a comprender que la existencia es como tiene que ser, ni más ni menos, las imperfecciones no hacen más que ponernos a prueba.

martes, 1 de septiembre de 2009

VISTA PANORAMICA


Te propongo que dejes todo donde está;

no saques más cuentas, no prepares más informes

ni respondas las consultas de siempre.

Abandona tus labores cotidianas

y auséntate hoy de tu puesto en la vida.

Ponle pausa a la rutina diaria sin aviso

y hagamos que este día del calendario

no se marche como los otros.

 

Vamos a pasear por el parque.

Te leeré unos poemas

mientras andamos tranquilamente en bote

por las lagunas del pasado.

Almorcemos juntos al aire libre

y embriaguémonos con soltura

mientras jugamos a adivinar

canciones que ya no se escuchan.

Espantemos a los ancianos con nuestras caricias públicas

y hagamos reír a los niños al besarnos con pasión.

Ajenos al ritmo de la jornada

veamos a los cerros tragarse el sol

con la vista panorámica de la percepción sin ataduras.

 

Que un huracán sacuda de tu cabeza

todos tus pensamientos y se lleve de tu corazón

la sensación de que hay algo irresuelto.

No nos preocupemos de quienes somos,

de la hora que es o sobre qué pasará mañana.

Tornémonos en un par de irresponsables

que no cuestionan sus actos,

vivamos el presente sin empezar a buscarle

algún futuro a nuestro amor,

que todo pase como tenga que pasar sin más apuro

que el de llegar en algún momento del día

a abrazarnos desnudos y unirnos

como nunca antes lo habíamos hecho.

 

Hoy te propongo detener el mundo

con el poder de un sentimiento no previsto,

dejemos nuestros roles en el olvido

y deshagámonos de las costumbres,

de las creencias que nos han ido endureciendo por dentro,

transformemos en besos las preguntas

que quieren brotar de nuestros labios.

Seamos dos amantes desconocidos y amables

que se reencuentran

después de años imaginando ese encuentro.

Volvámonos un hombre y una mujer

entregados el uno al otro en comunión

sin medir las consecuencias.

 

Esa es mi oferta para hoy,

aunque probablemente cuando contestes el teléfono

te vuelva a colgar antes de pronunciar palabra

porque el sólo tono de tu voz cansada y seria

pareciera decirme que no hay tiempo para tonterías,

que las obligaciones son lo primero

en la carrera por ascender en esta existencia,

que todo lo que es importante en tu universo

depende de que estés ahí haciendo lo mismo de siempre...

aun así yo seguiré fantaseando con nuevas propuestas

e insistiré en llamarte de vez en cuando

y quizá en el momento menos pensado huyamos

de la agenda estrecha e inmisericorde

que fuimos llenando en forma inconsciente

y exploremos al fin qué pasa con el orden sideral

si tu y yo simplemente nos esfumamos

un día de estos.

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