martes, 4 de agosto de 2009

TOP 9 - TURN UP THE RADIO / AUTOGRAPH


¿Hay algo más profundo, satisfactorio y emocionante que el sexo? Tal vez sí, pero cuando hay sexo de por medio se me olvida...

Autograph lanzó al mundo su gran (y único) éxito, una composición de guitarras monocordes sobrepuestas, con un dejo de ritmo marcial, que más de una década después capitalizarían bandas como Rammstein.

“Turn up the radio” fue el climax de la fiesta en la casa del Nacho, mi mejor amigo desde los doce años, aprovechando que sus viejos habían ido al casino de Viña y lo dejaron solo. Yo fui con la Rosario, mi polola de ese entonces, una rubia flaca y linda, de colegio de monjas, que se sentía incómoda cada vez que la tocaba, por lo que me dejaba solamente experimentar con ropa y de la cintura para arriba. Nada que ver con la Catalina, la polola del Nacho, una cuasi-mujer de avanzados dieciséis, que no tenía empacho en contar que ya no era virgen a sus más cercanos.

En esos tiempos nos encontrábamos a tomar onces o íbamos los tres (a veces los cuatro) al cine, a la pista de patinaje o a la piscina. La Cata detestaba a la Rosario, tal vez porque se sentía muy madura para sus cosas, le irritaba su actitud de niñita de bien. Cada vez que podía ironizaba con ella y yo me reía para mis adentros disfrutando como se burlaba de su inocencia.

Cuando sonó Autograph, la Cata y yo habíamos bebido coñac, la clase de licor que uno toma sólo cuando es adolescente o senil. La Rosario estaba en el baño y el Nacho se había ido a la cocina, porque le avisaron que estaban tratando de sacar de la despensa el Chivas de su padre.

Nos quedamos bailando, saltando entremedio de todos los otros niñitos queriendo parecer jóvenes desbandados. La fiesta se había salido de control y tal vez eso (y el alcohol) hizo que nuestras miradas se encontraran. El coqueteo que sutilmente compartíamos, afloró sin tapujos a flor de piel. Mientras el tema causaba estragos, se produjo ese instante mágico en que sin que dijéramos nada, me vi corriendo con ella de la mano a la pieza de la nana, la más apartada de la casa.

Era la misma habitación en la que nos escabullíamos con el Nacho a fumar y a registrarle las cosas a la Clarita (la nana), una gordita que venía de Arica. Una vez le robamos un calzón y se lo metimos, sin que se diera cuenta, en la chaqueta al profe de historia, un viejo fascista que tenía una bruja por esposa. O en otra ocasión le sacamos unas pastillas anticonceptivas, que disolvimos en la Coca-Cola que el guatón Campos se tomaba todos los recreos, como experimento “científico”, para comprobar si le crecían más las tetas.

Ahí estábamos en la pieza, de pie abrazándonos y besándonos, pasándonos la lengua por la cara y esa clase de cosas que uno sólo hace muy excitado. Metí las manos por debajo de su polerón rosado y mientras recorría sus pechos puntiagudos, le susurré que lo hiciéramos. Ella repentinamente perdió la confianza, como si se le hubiera ido el efecto del alcohol. Me confesó que la verdad era que nunca había hecho el amor, que estuvo cerca pero seguía siendo virgen. Yo por mi parte les confieso a ustedes, que tampoco lo había hecho, tener catorce años hace más de veinte años es como tener doce actualmente... Le contesté que no importaba y deslicé mi mano adentro de sus jeans apretados. Al menos palparía su sexo, algo que tampoco había logrado aún, un campo sin explorar para mis dedos ansiosos. Llegué hasta su vagina mojada y escurridiza, como una especie de marisco babeante, similar al de las palabrotas que repetía sin conocimiento de causa, para no ser menos, con mis amigotes.

Todo se interrumpió cuando tocaron a la puerta, que por precaución habíamos cerrado con llave. “¿Estás ahí Cata?”, dijo el Nacho del otro lado de la puerta. “Sí... espera”, contesto ella toda nerviosa, apoyándose contra la puerta mientras se arreglaba el sostén. El Nacho sacó el pasador desde afuera, aplicando la técnica que usábamos para entrar a intrusearle a la Clarita. Fui raudo hacia la ventana, la abrí y salté al patio, justo en el momento en que el Nacho irrumpía en la habitación gritando; “¡¿Con quién estás?!”

Corrí por el patio y entré de nuevo a la casa por la terraza interior. Cuando llegué a la fiesta me encontré con el pelotudo del Marco Ferrer bailando con la Rosario, que estaba muerta de la risa.

Después vinieron las peleas. El Nacho echó a la Cata, que en todo momento negó haber estado con alguien en el dormitorio, pero el pelambre subsistió por varios meses. Saqué a la Rosario y la fui a dejar a su casa haciéndome el ofendido. Al regreso le di mi apoyo al Nacho, incluso puse mi mano en su hombro en un gesto de amistad (así es, la misma mano aún impregnada con el líquido vaginal de la Cata, de cuyo olor hipnótico me empapé hasta acabar antes de acostarme).

Desvié las sospechas hacia Marco Ferrer, con el que el Nacho terminaría peleando a combos un par de semanas después. Aunque creo que en el fondo intuía que fui yo, prefería culpar a otro imbécil, porque valoraba nuestra amistad. Amistad que terminó un año más tarde, cuando se le ocurrió enamorarse de mi floreciente y hermosa hermanita, la Coté.

Perdí el contacto con la Cata. Ella me llamó un par de veces para que intercediera con el Nacho, pero no quise. Después supe que se había transformado en una “soyeca” (sociedad de yeguas cadeteras), pololeó y se casó joven con un cadete de la Escuela Naval y los años se le vinieron encima... La Rosario terminó conmigo un par de meses después, aburrida de mis locuras e insistencias sexuales, más tarde tuvo un breve pololeo con Marco Ferrer (que finalmente resulto ser bisexual). Lo último que supe de ella, es que se casó con un Ingeniero Opus Dei y parece que tiene como seis hijos.

A pesar de todo, recuerdo con cariño esa noche de excitación y como habrás notado, ya hay cuatro nuevos sospechosos de mi muerte o siete, si contamos al viejo de historia, la nana Clarita y el guatón Campos. Asi es... perdón, asi fue mi vida.

1 comentario:

  1. HAAAAAAAAAAAAAAA! BUENA HISTORIA, BUENA, BUENA, SALUDINES... somos contactos en fcb..

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