jueves, 20 de agosto de 2009

TOP 7 – LOVE IS A SHIELD / CAMOUFLAGE


“El amor es un escudo, para esconderse detrás”, decía en su canción el grupo tecno alemán que todos confunden con Depeche y que le fascinaba a la Fran. En esa época para mi el amor era más bien una trampa, el medio para obtener satisfacción renunciando a un poco de libertad.

La Fran fue la persona más libre que me tocara conocer a los 21 años. Iba dos promociones más arriba en la Escuela de teatro y era de esa clase de mujeres independientes, con carácter, entregada cien por ciento al arte de la actuación, a toda esa onda de Stanislavski sobre usar los sentimientos y experiencias propias para construir un personaje (algo que yo nunca compartí).

Ella había creado su propio personaje rebelde y no de cartón, como el de las que se creen independientes porque salen solas, pero andan buscando príncipes azules con los que casarse a la vuelta de la esquina. La Fran era un espíritu sin ataduras, que además estaba contenido en un cuerpo muy bien proporcionado, con cabello negro azabache y ojos verdes insinuantes.

Nos conocimos por casualidad en una fiesta de la Escuela de teatro. Ella se acercó a mi sin decir nada, mirándome como si fuera la presa que había buscado durante toda la noche. Nos besamos sin siquiera habernos presentado, a lo cual contribuyó un poco el bar abierto en cerveza. Yo apenas la ubicaba de vista en algunas pausas entre clases y cuando la busqué excitadísimo el Lunes siguiente a la fiesta, ella me dijo que no me conocía, que si bien había pasado algo entre nosotros, eso no nos hacía amigos ni nada por el estilo. Un golpe bajo para mi ego, no acostumbrado a esos embates.

Durante dos meses ni nos saludamos, hasta que coincidimos en un taller optativo de Expresión corporal, dictado por uno de esos profesores que sólo hicieron un par de papeles secundarios en teleseries y sin embargo se consideran autoridades pedagógicas en cualquier materia teatral. Ahí nos “reencontramos”, discutiendo sobre el método de Stanislavski, en trincheras opuestas. La discusión siguió después del taller y la sobrecarga de adrenalina e intercambio de palabras hizo, no sé cómo, que termináramos teniendo sexo en el baño.

A esas alturas de mi vida ya había tenido varias amantes, mi primera vez fue estando ebrio con una adolescente que conocí una noche y nunca volví a ver, por lo que apenas tengo memoria del hecho. Después vinieron otras pololas o amigas con ventaja, todas más bien recatadas y de ponerse de espaldas en la cama mirando el techo o esperando a que uno las ubique en una postura específica.... La Fran en comparación era un animal incontenible.

Desde nuestro encuentro en el baño nos volvimos amantes intermitentes, sin control. Nos escabullíamos en las salas vacías, en el ascensor, en el parque que hay cerca, en el estacionamiento (a bordo de la “bala” con los vidrios empañados) y en todo lugar que se prestara para una caricia íntima. Ella tomaba la iniciativa y me hacía todas esas cosas que mis ex ejercían sin muy buena técnica y medio obligadas después de prometerles amor eterno.

Mi gran error con la Francisca fue hacerme adicto a ella, llegué incluso un día a pedirle pololeo y ella se rió en mi cara, diciéndome que yo era un burgués acomodado y conservador en el fondo, aunque no contara con el apoyo de mi familia, y que ella no quería ninguna relación seria con un hombre. Que no se iba a casar nunca y toda esa clase de cosas que en otras habrían sonado falsas, pero que a ella le salían sumamente naturales.

Aún así seguimos siendo compañeros de pasiones. Aunque a veces ella se metía con otros tipos, incluso estando yo presente. Lo aceptaba porque sabía que era parte del juego, pero en el fondo me dolía ver a otro abrazándola y besándola como yo lo hacía a escondidas, porque siempre me mantuvo en tinieblas para el resto, como un amigo más con el que a veces pasaba algo. Dejando en claro que ella no pertenecía a nadie.

Por mi parte yo anduve con la Claudia, en un penoso intento por sacarle celos, ella era todo lo opuesto de la Francisca: empalagosamente cariñosa, de las que te dibuja corazoncitos en el cuaderno cada vez que puede, que se preocupa por ti si estás resfriado, que trata de buscar siempre lo bueno en uno, etc. No hubo caso, de hecho la Fran logró que ella terminara conmigo cuando se le ocurrió dejarme de “recuerdo”, la marca de sus dientes en la pieza que más valoro en mi cuerpo. Podría ser inocente la Claudia, pero no era tonta.

Después recuerdo que me involucré con la polola de un tipo alto de Arquitectura, con el que había estado coqueteando la Fran y del que estaba seguro que le gustaba más de la cuenta. Esa venganza terminó en desastre, en una trifulca de proporciones épicas en la que se metieron el Iván y el Raúl, dos amigos míos rugbystas y varios estudiantes de arquitectura, con ventanas y mesas rotas de por medio. La polola del sujeto se llamaba Andrea y yo le inventé que la Fran se había tirado a su pololo para conseguir lo que quería de ella: una relación dentro de mi auto, en la que ella terminó llorando, toda culposa.

En fin, lo mío con la Fran se salió de control. Por más que me creyera abierto de mente, mi atracción por ella empezó a involucrar emociones desconocidas para mí a la fecha. La sensación de querer de ella más que sexo, de poder estar en calma, en paz, sin tener que estar reconciliándonos constantemente, después de nuevos arranques de cólera en nuestras discusiones, que no eran pocas, o luego de los distanciamientos producto de que desatara sus ardorosos encantos con otros.

Todo se terminó el año en que egresó. Mientras escuchábamos la canción de Camouflage, echados en el pasto del parque, me contó seria que se iba a vivir a una comunidad de artistas en Horcón. Había conocido a un artesano que la tenía loca y quería ser su pareja exclusiva. Sin embargo ella me pidió que siguiéramos siendo amigos, pero sin contacto sexual.

En ese momento toda su imagen de mujer autónoma que no cree en relaciones formales, se vino abajo del pedestal donde la tenía puesta. Para fijar el broche de oro a esa especial relación, la más arrolladora y desgastadora que había tenido, la mandé a la cresta por última vez y la dejé hablando sola.

Acá entre nosotros, nunca he tenido facilidad para el tema de las emociones. Por ejemplo, para poder forzar el llanto al actuar tenía que imaginarme a un mamón fracasado llorando y aún así no me resultaba bien. A partir de ese momento pude usar el método, porque bastaba con que recordara sus palabras y su cara mirándome con una seriedad desconocida, para que las lágrimas se asomaran en mis ojos.

Creí que fui débil y puse escudos en mi corazón, para que no lo volvieran a dañar de esa manera.

A la Fran me la topé dos veces varios años después; una en la calle, ocasión en la que crucé para no saludarla. Estaba bronceada y hermosa, aunque se veía un poco cansada. Luego, casi diez años más tarde, me la encontré con dos niños en el supermercado, la saludé, intercambiamos un par de palabras corteses, como si hubiéramos sido solo compañeros de escuela y me fui argumentando que andaba apurado. Como me hubiera gustado decirle: “¿Te acuerdas de esa vez en que lo hicimos en el baño? o cuándo me dejaste la marca de tus dientes en mi...”. Pero ella ya no era ella, sino una dama como diría mi madre. La Fran que físicamente conocí (y amé sin saberlo), se había ido.

También me encontré muchos años después en un pub con la Andrea, la ex-polola del estudiante de arquitectura, y lo hicimos esa misma noche en su departamento. Ella volvió a llorar y al otro día me fui sin despedirme. Hay cosas que no cambian.

Como habrás notado, ya perdí la cuenta de los sospechosos de mi muerte.

3 comentarios:

  1. vivencias,,, creo que a veces exsorcisarlas puede ser contructivo para ver cuanto emos evulucionado ,,ya sea positivamente o negativamente.....me gusto, un beso.chauuuu

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  2. COMO SIEMPRE HE DICHO..TUS ESCRITOS SON MAS QUE VIVENCIAS...ME ENCANTA..

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  3. También me encanto... cuando alguien escribe y logra causar efectos en nuestra memoria como recuerdos, sentimientos o risas..lo encuentro notable creo que te seguiré...

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