miércoles, 26 de agosto de 2009

TOP 6 – DON’T GO NOW / RAT CAT


Mientras la mayoría de mis compañeros se masturbaban con Chejov, yo me embarqué en el proyecto teatral de montar; “El zoológico de cristal” de Tennessee Williams, donde hacía el papel de Jim, el tipo ganador con quién el protagonista trata de emparejar a su hermana lisiada. La presentación fue todo un éxito y marcaría algunos hitos importantes en mi vida.


El estreno se realizó en un galpón perdido, hasta el que llegaron la Coté con mi mamá (que debe haber limpiado con un pañuelo la butaca antes de sentarse), el Emilio con los hermanos Roberts (Iván y Raúl, los rugbystas) y la Jess, una fotógrafa gringa con la que estaba saliendo por ese entonces.


La función resultó mucho mejor de lo que esperaba, incluso el viejo Gutiérrez, mi profesor guía en mi proyecto de egreso, dijo que había estado “sen-sa-cio-nal”, siendo que en los ensayos no paraba de criticarme. El resto del elenco lo completaba la Charo, que se juraba actriz dramática porque levantaba la voz a cada rato, el negro Gastón, que se pasaba todo el día muerto de la risa y la Nata (Natalia), una mina blanca y bajita de tercero, que no era mi tipo, pero tenía ojos alegres y una sonrisa de esas que dan cosquillas en el alma.


La sala estaba repleta y si bien me había presentado en otras obras antes, esta era la más importante. Me gustaba el papel y por primera vez mi madre me iba a ver. Que mi padre y hermano fueran era mucho pedir.


No hay mejor sensación que vivir el aplauso del público después de haber terminado la obra conforme, sin haber olvidado el texto entremedio o haberme equivocado en alguna frase, lo cual era frecuente en los ensayos. No importa que el noventa y cinco por ciento de los asistentes hayan sido familiares, alumnos y amigos. Recién ahí pude sentir que estaba efectivamente haciendo lo que debía, que como nefrólogo a lo más recibiría una palmada en la espalda, mientras que actuando no existían límites.


Cuando bajé a saludar al público la primera que vino corriendo a recibirme fue la Coté. Me abrazó como si no me hubiera visto en años y me dijo una de sus típicas frases para revitalizar mi ánimo: “las dejaste a todas loquitas hermanito, pronto voy a tener que comprar tu póster en un kiosko”.
Después mi madre me felicitó con cara de pez fuera del agua y sin haber entendido mucho de la obra. Para contribuir a la escena, la gringa se me colgó del cuello eufórica (como siempre) y me murmuró unas palabras sucias en inglés al oído, mientras me agarraba el trasero ante la mirada espantada de mi vieja.


Una vez terminado el protocolo me fui con mis amigotes y la gringa a celebrar. También había invitado al negro Gastón y a la Nata. El negro aceptó encantado y la Nata se negó porque tenía que volver a su departamento al cumpleaños de una compañera. Aunque no nos acompañó, antes de irnos aproveché de susurrarle algo...


En la 4x4 doble-cabina del Raúl nos tomamos una botella de Johnny Walker, mezclado con agua mineral a falta de hielo. Yo y la Jess íbamos atrás, en la pick up cerrada, aprovechando que Raúl tenía un colchón para “eventualidades”, aunque no llegamos a esa eventualidad con tantos ojos adelante.


La gringa era bonita, con estampa de modelo, cabello rubio y chaqueta de jeans, pero tenía tres grandes problemas: cuando hablaba no paraba de referirse a sí misma, su boca no tenía muy buen aliento y carreteaba como un hombre. Lo último es divertido al comienzo, pero uno se termina aburriendo de competir con una mujer sobre quién bebe más rápido un schop o eructa más fuerte. En la cama era fogosa como la Fran, pero donde ella sacaba melodías la gringa desafinaba. El placer frecuentemente era sustituido por momentos de incomodidad producto de su brusquedad. Aún así, como decía el Emilio: “es mejor con sexo, aunque sea incompleto, que sin sexo”.


Llegamos a un nuevo pub-discoteque del sector oriente y una vez adentro bailamos todos juntos, antes de que comenzáramos a dispersarnos. El negro se hacía el simpático con mis amigos, quienes lo veían como un bicho raro teatral, pero aún así lo invitaban a unos tragos. Yo y la gringa íbamos y veníamos entre la pista de baile y la barra del bar. Nuestros bailes eran cada vez más candentes y desarticulados. La Jess levantaba los brazos y entraba en una especie de trance místico-etílico y la pista parecía moverse un poco más de la cuenta bajo nuestros pies.


Bastó que la gringa fuera al baño para que empezaran a tocar los temas que más me gustan. Me di unas vueltas por la disco hasta que pusieron: “Don’t go now”, el one hit wonder del grupo Australiano Rat Cat y se dio la mezcla perfecta de alcohol y una buena canción, que había esperado para poder canalizar toda mi energía en el baile. Fui a merodear cerca del baño hasta que divisé a la Jess en medio de la multitud. La agarré de la mano y la llevé a la pista de baile sin decirle nada.


Me prendí de su cintura y traté de besarla un poco excitado por la música, pero ella corrió su cara. Pensé que estaba molesta porque seguramente no me vio y creyó que la había abandonado. No estaba para juegos así que insistí y tuve éxito parcial al segundo intento. Un beso breve, pero con algo extrañamente agradable. No sentí su gusto a licor en la boca ni el mal aliento. En eso me empujó alejándome y me dijo: “¿No crees que vas un poco rápido, Romeo?”.


Estaba contrariado, su pelo rubio, la chaqueta de jeans, el porte de modelo... pero no era la gringa. Sólo tenía un aire a ella, acentuado por la escasa luz. Me quedé sin saber que decirle y ante mi vacilación, la doble fantasma dijo que se tenía que ir y acto seguido me dejó solo.


La seguí por el pasillo como un condenado. Al verla mejor podría decirse que me enamoré de ella, de sus rasgos armoniosos, de su fineza de movimientos. “¿Cuál es tu nombre?” Le grité antes de que saliera evitándome y se subiera a un auto que conducía al parecer una amiga. “Lidia” me respondió. “¡Dame tu teléfono!” alcancé a agregar, pero el auto ya había partido.


El Emilio se acercó y me pidió que nos fuéramos porque los habían echado. La gringa y el negro estaban absolutamente ebrios durmiendo la mona en el colchón de la 4x4 y los hermanos Roberts nos llevaron a rematar la jornada a su casa, que estaba cerca y sin sus padres.


No pude sacarme de la cabeza a esa mujer casi mágica, que en cierta forma determinó lo que pasó más tarde... En la casa de los Roberts, Iván sacó unos pitos y yo le pedí que me dejara montar a “Galápago”, uno de los caballos que tenía la familia, dedicada al Polo. Iván accedió, aunque Raúl se opuso cuando ya estaba todo listo y me había subido, pero estaba demasiado ebrio para detenerme.


Le pegué una buena palmada a “Galápago” y huí, literalmente. Me fui por las avenidas, aún no sé cómo no me interceptaron las fuerzas del orden público. Cosas del destino. Afortunadamente a esas horas de la madrugada circulaban pocos autos, los que me tocaban la bocina al pasar junto a mi, como celebrando la hazaña. Mis conocimientos de equitación en vacaciones familiares me ayudaron a equilibrarme, aunque igual estuve a punto de caerme dos veces al galope.


Llegué hasta la ventana del departamento de la Nata y empecé a recitar a viva voz parte de mis diálogos: “¿Qué le parece si bailáramos un poco, señorita Wingfield? ¿Usted sabe... que es... distinta de todas las muchachas que he conocido? ¿Le molesta que se lo diga? Hablo en serio. Me siento algo así como... ¡No sé cómo decirlo! Generalmente, expreso bastante bien las cosas, pero... ¡esto es algo inexplicable! ¿Le dijo alguna vez alguien que era linda?”


La Natalia se asomó por la ventana riendo. Amarré a “Galápago” a un poste y subí al departamento. Sus compañeras estaban muertas de la risa y aplaudieron mi gesto (o mi idiotez). Esa noche me acosté con la Nata y nos hicimos amigos, amigos de verdad diría yo, aunque tal vez ella me llegó a querer más de la cuenta.


El Emilio y los Roberts le bajaron la ropa de la cintura para abajo al negro y lo pusieron abrazándole la espalda a la gringa. Cuando se despertó se espantó pensando que se la había tirado. Al pobre negro Gastón le vino un ataque de pánico y confesó entre lágrimas que era gay. La gringa después anduvo con el Emilio y los dos hermanos (al mismo tiempo), antes que la deportaran a Estados Unidos cuando la arrestaron bañándose desnuda y borracha en una pileta.


El nombre Lidia se quedó grabado en mi mente y en mis labios como una utopía efímera.


Si te preguntaste, ¿Qué le susurré a la Nata antes de irme de juerga? Fue esta línea: “¿Acaso no se han extinguido los unicornios en el mundo moderno?... Alguien debiera besarla, Natalia.”. Realmente fui un buen Jim esa noche, en medio del zoológico humano.

1 comentario:

  1. Una vez hace tiempo yo vi en pleno Santiago un hombre cabalgando a un corcel, como una flecha a ras de suelo casi levantaba chipas del asfalto y al pasar por mi lado una ráfaga onírica me atravesó el cuerpo y juro que hasta hace un segundo yo te creí apenas una ilusión.

    Salu Dines

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