viernes, 28 de agosto de 2009

AVISO Obra de Teatro: “¿EN QUÉ PIENSAS CUANDO NO QUIERES PENSAR?”®


Ofrezco presentaciones en:
· Salas de teatro
· Privadas (a empresas, instituciones de todo tipo, particulares, etc.)

Sinopsis:
Un personaje misterioso tiene un mensaje para un psiquiatra absorto por su rutina. El mensaje sería de un amor del pasado... una mujer fallecida hace cincuenta años. Esta situación sirve para que el psiquiatra y el público se cuestionen sobre los alcances de la existencia del ser humano.

video

A destacar:

· El privilegio de contar con el aclamado y conocido actor uruguayo Walter Kliche, de larga trayectoria en Chile y Sudamérica, figura principal de Teatro y Televisión, en producciones como “La Madrastra”, “Secreto de familia”, “Villa Nápoli”, “Simplemente María”, entre muchas más, y en Cine, trabajando junto a artistas como Sandro.

· La obra es muy innovadora y plantea aspectos esenciales del ser humano, que son particularmente actuales, a través de libros super-ventas como; "El secreto", "La llave", "El método", etc. Lo cual la convierte en una pieza absolutamente inédita y original, respecto al panorama teatral del último tiempo.

· La presentación no requiere de un escenario formal, ni utilería. Está centrada en los diálogos, siendo su fortaleza la interacción entre los personajes, lo que la hace sumamente flexible, de tal forma que puede ser presentada prácticamente en cualquier lugar, con un mínimo de espacio para los desplazamientos.


Para solicitar información sobre las condiciones comerciales, escribir a: vilm3e@hotmail.com

miércoles, 26 de agosto de 2009

TOP 6 – DON’T GO NOW / RAT CAT


Mientras la mayoría de mis compañeros se masturbaban con Chejov, yo me embarqué en el proyecto teatral de montar; “El zoológico de cristal” de Tennessee Williams, donde hacía el papel de Jim, el tipo ganador con quién el protagonista trata de emparejar a su hermana lisiada. La presentación fue todo un éxito y marcaría algunos hitos importantes en mi vida.


El estreno se realizó en un galpón perdido, hasta el que llegaron la Coté con mi mamá (que debe haber limpiado con un pañuelo la butaca antes de sentarse), el Emilio con los hermanos Roberts (Iván y Raúl, los rugbystas) y la Jess, una fotógrafa gringa con la que estaba saliendo por ese entonces.


La función resultó mucho mejor de lo que esperaba, incluso el viejo Gutiérrez, mi profesor guía en mi proyecto de egreso, dijo que había estado “sen-sa-cio-nal”, siendo que en los ensayos no paraba de criticarme. El resto del elenco lo completaba la Charo, que se juraba actriz dramática porque levantaba la voz a cada rato, el negro Gastón, que se pasaba todo el día muerto de la risa y la Nata (Natalia), una mina blanca y bajita de tercero, que no era mi tipo, pero tenía ojos alegres y una sonrisa de esas que dan cosquillas en el alma.


La sala estaba repleta y si bien me había presentado en otras obras antes, esta era la más importante. Me gustaba el papel y por primera vez mi madre me iba a ver. Que mi padre y hermano fueran era mucho pedir.


No hay mejor sensación que vivir el aplauso del público después de haber terminado la obra conforme, sin haber olvidado el texto entremedio o haberme equivocado en alguna frase, lo cual era frecuente en los ensayos. No importa que el noventa y cinco por ciento de los asistentes hayan sido familiares, alumnos y amigos. Recién ahí pude sentir que estaba efectivamente haciendo lo que debía, que como nefrólogo a lo más recibiría una palmada en la espalda, mientras que actuando no existían límites.


Cuando bajé a saludar al público la primera que vino corriendo a recibirme fue la Coté. Me abrazó como si no me hubiera visto en años y me dijo una de sus típicas frases para revitalizar mi ánimo: “las dejaste a todas loquitas hermanito, pronto voy a tener que comprar tu póster en un kiosko”.
Después mi madre me felicitó con cara de pez fuera del agua y sin haber entendido mucho de la obra. Para contribuir a la escena, la gringa se me colgó del cuello eufórica (como siempre) y me murmuró unas palabras sucias en inglés al oído, mientras me agarraba el trasero ante la mirada espantada de mi vieja.


Una vez terminado el protocolo me fui con mis amigotes y la gringa a celebrar. También había invitado al negro Gastón y a la Nata. El negro aceptó encantado y la Nata se negó porque tenía que volver a su departamento al cumpleaños de una compañera. Aunque no nos acompañó, antes de irnos aproveché de susurrarle algo...


En la 4x4 doble-cabina del Raúl nos tomamos una botella de Johnny Walker, mezclado con agua mineral a falta de hielo. Yo y la Jess íbamos atrás, en la pick up cerrada, aprovechando que Raúl tenía un colchón para “eventualidades”, aunque no llegamos a esa eventualidad con tantos ojos adelante.


La gringa era bonita, con estampa de modelo, cabello rubio y chaqueta de jeans, pero tenía tres grandes problemas: cuando hablaba no paraba de referirse a sí misma, su boca no tenía muy buen aliento y carreteaba como un hombre. Lo último es divertido al comienzo, pero uno se termina aburriendo de competir con una mujer sobre quién bebe más rápido un schop o eructa más fuerte. En la cama era fogosa como la Fran, pero donde ella sacaba melodías la gringa desafinaba. El placer frecuentemente era sustituido por momentos de incomodidad producto de su brusquedad. Aún así, como decía el Emilio: “es mejor con sexo, aunque sea incompleto, que sin sexo”.


Llegamos a un nuevo pub-discoteque del sector oriente y una vez adentro bailamos todos juntos, antes de que comenzáramos a dispersarnos. El negro se hacía el simpático con mis amigos, quienes lo veían como un bicho raro teatral, pero aún así lo invitaban a unos tragos. Yo y la gringa íbamos y veníamos entre la pista de baile y la barra del bar. Nuestros bailes eran cada vez más candentes y desarticulados. La Jess levantaba los brazos y entraba en una especie de trance místico-etílico y la pista parecía moverse un poco más de la cuenta bajo nuestros pies.


Bastó que la gringa fuera al baño para que empezaran a tocar los temas que más me gustan. Me di unas vueltas por la disco hasta que pusieron: “Don’t go now”, el one hit wonder del grupo Australiano Rat Cat y se dio la mezcla perfecta de alcohol y una buena canción, que había esperado para poder canalizar toda mi energía en el baile. Fui a merodear cerca del baño hasta que divisé a la Jess en medio de la multitud. La agarré de la mano y la llevé a la pista de baile sin decirle nada.


Me prendí de su cintura y traté de besarla un poco excitado por la música, pero ella corrió su cara. Pensé que estaba molesta porque seguramente no me vio y creyó que la había abandonado. No estaba para juegos así que insistí y tuve éxito parcial al segundo intento. Un beso breve, pero con algo extrañamente agradable. No sentí su gusto a licor en la boca ni el mal aliento. En eso me empujó alejándome y me dijo: “¿No crees que vas un poco rápido, Romeo?”.


Estaba contrariado, su pelo rubio, la chaqueta de jeans, el porte de modelo... pero no era la gringa. Sólo tenía un aire a ella, acentuado por la escasa luz. Me quedé sin saber que decirle y ante mi vacilación, la doble fantasma dijo que se tenía que ir y acto seguido me dejó solo.


La seguí por el pasillo como un condenado. Al verla mejor podría decirse que me enamoré de ella, de sus rasgos armoniosos, de su fineza de movimientos. “¿Cuál es tu nombre?” Le grité antes de que saliera evitándome y se subiera a un auto que conducía al parecer una amiga. “Lidia” me respondió. “¡Dame tu teléfono!” alcancé a agregar, pero el auto ya había partido.


El Emilio se acercó y me pidió que nos fuéramos porque los habían echado. La gringa y el negro estaban absolutamente ebrios durmiendo la mona en el colchón de la 4x4 y los hermanos Roberts nos llevaron a rematar la jornada a su casa, que estaba cerca y sin sus padres.


No pude sacarme de la cabeza a esa mujer casi mágica, que en cierta forma determinó lo que pasó más tarde... En la casa de los Roberts, Iván sacó unos pitos y yo le pedí que me dejara montar a “Galápago”, uno de los caballos que tenía la familia, dedicada al Polo. Iván accedió, aunque Raúl se opuso cuando ya estaba todo listo y me había subido, pero estaba demasiado ebrio para detenerme.


Le pegué una buena palmada a “Galápago” y huí, literalmente. Me fui por las avenidas, aún no sé cómo no me interceptaron las fuerzas del orden público. Cosas del destino. Afortunadamente a esas horas de la madrugada circulaban pocos autos, los que me tocaban la bocina al pasar junto a mi, como celebrando la hazaña. Mis conocimientos de equitación en vacaciones familiares me ayudaron a equilibrarme, aunque igual estuve a punto de caerme dos veces al galope.


Llegué hasta la ventana del departamento de la Nata y empecé a recitar a viva voz parte de mis diálogos: “¿Qué le parece si bailáramos un poco, señorita Wingfield? ¿Usted sabe... que es... distinta de todas las muchachas que he conocido? ¿Le molesta que se lo diga? Hablo en serio. Me siento algo así como... ¡No sé cómo decirlo! Generalmente, expreso bastante bien las cosas, pero... ¡esto es algo inexplicable! ¿Le dijo alguna vez alguien que era linda?”


La Natalia se asomó por la ventana riendo. Amarré a “Galápago” a un poste y subí al departamento. Sus compañeras estaban muertas de la risa y aplaudieron mi gesto (o mi idiotez). Esa noche me acosté con la Nata y nos hicimos amigos, amigos de verdad diría yo, aunque tal vez ella me llegó a querer más de la cuenta.


El Emilio y los Roberts le bajaron la ropa de la cintura para abajo al negro y lo pusieron abrazándole la espalda a la gringa. Cuando se despertó se espantó pensando que se la había tirado. Al pobre negro Gastón le vino un ataque de pánico y confesó entre lágrimas que era gay. La gringa después anduvo con el Emilio y los dos hermanos (al mismo tiempo), antes que la deportaran a Estados Unidos cuando la arrestaron bañándose desnuda y borracha en una pileta.


El nombre Lidia se quedó grabado en mi mente y en mis labios como una utopía efímera.


Si te preguntaste, ¿Qué le susurré a la Nata antes de irme de juerga? Fue esta línea: “¿Acaso no se han extinguido los unicornios en el mundo moderno?... Alguien debiera besarla, Natalia.”. Realmente fui un buen Jim esa noche, en medio del zoológico humano.

martes, 25 de agosto de 2009

RETIRO ESPIRITUAL (de "Ideas para escapar de la distancia")


Cuando tenga todo listo,
ordenado y empacado
y haya resuelto
una lista de problemas frecuentes
y ya no tenga
preguntas por hacer
y haya concluido
la estrecha programación
de mi agenda:

Volveré a mi hogar
y dejaré un letrero de
“no molestar”
puesto en la puerta.

Apagaré la alarma de incendios,
desconectaré el reloj
y arrancaré el teléfono.

Sintonizaré el televisor
en un canal que no tenga señal
y pondré sin volumen
el disco de siempre.

Me tomaré de un solo sorbo
los últimos remanentes
de dulce y agraz,
desenchufaré mis sentidos,
desensamblaré cualquier clase
de preocupación
y me tenderé en la cama
mientras el mundo
desaparece paulatinamente
suspendido en el tiempo,
incendiándose a cada instante,
deshaciéndose ante
mis ojos cerrados.

Aflojaré todos mis músculos,
liberaré todos mis
centros nerviosos,
dejaré de comer,
de dormir,
de respirar,
de necesitar algo,
de sentir calor, frío, soledad,
completaré mi evanescencia
y me transformaré
en un objeto inanimado,
una naturaleza muerta
emplazada
entre luces y sombras
que no me llegan,
y allá en medio de la nada
colgaré en mi mente
un cartel que diga:

“Aquí ya no se hace otra cosa
más que pensar en ti.”

jueves, 20 de agosto de 2009

TOP 7 – LOVE IS A SHIELD / CAMOUFLAGE


“El amor es un escudo, para esconderse detrás”, decía en su canción el grupo tecno alemán que todos confunden con Depeche y que le fascinaba a la Fran. En esa época para mi el amor era más bien una trampa, el medio para obtener satisfacción renunciando a un poco de libertad.

La Fran fue la persona más libre que me tocara conocer a los 21 años. Iba dos promociones más arriba en la Escuela de teatro y era de esa clase de mujeres independientes, con carácter, entregada cien por ciento al arte de la actuación, a toda esa onda de Stanislavski sobre usar los sentimientos y experiencias propias para construir un personaje (algo que yo nunca compartí).

Ella había creado su propio personaje rebelde y no de cartón, como el de las que se creen independientes porque salen solas, pero andan buscando príncipes azules con los que casarse a la vuelta de la esquina. La Fran era un espíritu sin ataduras, que además estaba contenido en un cuerpo muy bien proporcionado, con cabello negro azabache y ojos verdes insinuantes.

Nos conocimos por casualidad en una fiesta de la Escuela de teatro. Ella se acercó a mi sin decir nada, mirándome como si fuera la presa que había buscado durante toda la noche. Nos besamos sin siquiera habernos presentado, a lo cual contribuyó un poco el bar abierto en cerveza. Yo apenas la ubicaba de vista en algunas pausas entre clases y cuando la busqué excitadísimo el Lunes siguiente a la fiesta, ella me dijo que no me conocía, que si bien había pasado algo entre nosotros, eso no nos hacía amigos ni nada por el estilo. Un golpe bajo para mi ego, no acostumbrado a esos embates.

Durante dos meses ni nos saludamos, hasta que coincidimos en un taller optativo de Expresión corporal, dictado por uno de esos profesores que sólo hicieron un par de papeles secundarios en teleseries y sin embargo se consideran autoridades pedagógicas en cualquier materia teatral. Ahí nos “reencontramos”, discutiendo sobre el método de Stanislavski, en trincheras opuestas. La discusión siguió después del taller y la sobrecarga de adrenalina e intercambio de palabras hizo, no sé cómo, que termináramos teniendo sexo en el baño.

A esas alturas de mi vida ya había tenido varias amantes, mi primera vez fue estando ebrio con una adolescente que conocí una noche y nunca volví a ver, por lo que apenas tengo memoria del hecho. Después vinieron otras pololas o amigas con ventaja, todas más bien recatadas y de ponerse de espaldas en la cama mirando el techo o esperando a que uno las ubique en una postura específica.... La Fran en comparación era un animal incontenible.

Desde nuestro encuentro en el baño nos volvimos amantes intermitentes, sin control. Nos escabullíamos en las salas vacías, en el ascensor, en el parque que hay cerca, en el estacionamiento (a bordo de la “bala” con los vidrios empañados) y en todo lugar que se prestara para una caricia íntima. Ella tomaba la iniciativa y me hacía todas esas cosas que mis ex ejercían sin muy buena técnica y medio obligadas después de prometerles amor eterno.

Mi gran error con la Francisca fue hacerme adicto a ella, llegué incluso un día a pedirle pololeo y ella se rió en mi cara, diciéndome que yo era un burgués acomodado y conservador en el fondo, aunque no contara con el apoyo de mi familia, y que ella no quería ninguna relación seria con un hombre. Que no se iba a casar nunca y toda esa clase de cosas que en otras habrían sonado falsas, pero que a ella le salían sumamente naturales.

Aún así seguimos siendo compañeros de pasiones. Aunque a veces ella se metía con otros tipos, incluso estando yo presente. Lo aceptaba porque sabía que era parte del juego, pero en el fondo me dolía ver a otro abrazándola y besándola como yo lo hacía a escondidas, porque siempre me mantuvo en tinieblas para el resto, como un amigo más con el que a veces pasaba algo. Dejando en claro que ella no pertenecía a nadie.

Por mi parte yo anduve con la Claudia, en un penoso intento por sacarle celos, ella era todo lo opuesto de la Francisca: empalagosamente cariñosa, de las que te dibuja corazoncitos en el cuaderno cada vez que puede, que se preocupa por ti si estás resfriado, que trata de buscar siempre lo bueno en uno, etc. No hubo caso, de hecho la Fran logró que ella terminara conmigo cuando se le ocurrió dejarme de “recuerdo”, la marca de sus dientes en la pieza que más valoro en mi cuerpo. Podría ser inocente la Claudia, pero no era tonta.

Después recuerdo que me involucré con la polola de un tipo alto de Arquitectura, con el que había estado coqueteando la Fran y del que estaba seguro que le gustaba más de la cuenta. Esa venganza terminó en desastre, en una trifulca de proporciones épicas en la que se metieron el Iván y el Raúl, dos amigos míos rugbystas y varios estudiantes de arquitectura, con ventanas y mesas rotas de por medio. La polola del sujeto se llamaba Andrea y yo le inventé que la Fran se había tirado a su pololo para conseguir lo que quería de ella: una relación dentro de mi auto, en la que ella terminó llorando, toda culposa.

En fin, lo mío con la Fran se salió de control. Por más que me creyera abierto de mente, mi atracción por ella empezó a involucrar emociones desconocidas para mí a la fecha. La sensación de querer de ella más que sexo, de poder estar en calma, en paz, sin tener que estar reconciliándonos constantemente, después de nuevos arranques de cólera en nuestras discusiones, que no eran pocas, o luego de los distanciamientos producto de que desatara sus ardorosos encantos con otros.

Todo se terminó el año en que egresó. Mientras escuchábamos la canción de Camouflage, echados en el pasto del parque, me contó seria que se iba a vivir a una comunidad de artistas en Horcón. Había conocido a un artesano que la tenía loca y quería ser su pareja exclusiva. Sin embargo ella me pidió que siguiéramos siendo amigos, pero sin contacto sexual.

En ese momento toda su imagen de mujer autónoma que no cree en relaciones formales, se vino abajo del pedestal donde la tenía puesta. Para fijar el broche de oro a esa especial relación, la más arrolladora y desgastadora que había tenido, la mandé a la cresta por última vez y la dejé hablando sola.

Acá entre nosotros, nunca he tenido facilidad para el tema de las emociones. Por ejemplo, para poder forzar el llanto al actuar tenía que imaginarme a un mamón fracasado llorando y aún así no me resultaba bien. A partir de ese momento pude usar el método, porque bastaba con que recordara sus palabras y su cara mirándome con una seriedad desconocida, para que las lágrimas se asomaran en mis ojos.

Creí que fui débil y puse escudos en mi corazón, para que no lo volvieran a dañar de esa manera.

A la Fran me la topé dos veces varios años después; una en la calle, ocasión en la que crucé para no saludarla. Estaba bronceada y hermosa, aunque se veía un poco cansada. Luego, casi diez años más tarde, me la encontré con dos niños en el supermercado, la saludé, intercambiamos un par de palabras corteses, como si hubiéramos sido solo compañeros de escuela y me fui argumentando que andaba apurado. Como me hubiera gustado decirle: “¿Te acuerdas de esa vez en que lo hicimos en el baño? o cuándo me dejaste la marca de tus dientes en mi...”. Pero ella ya no era ella, sino una dama como diría mi madre. La Fran que físicamente conocí (y amé sin saberlo), se había ido.

También me encontré muchos años después en un pub con la Andrea, la ex-polola del estudiante de arquitectura, y lo hicimos esa misma noche en su departamento. Ella volvió a llorar y al otro día me fui sin despedirme. Hay cosas que no cambian.

Como habrás notado, ya perdí la cuenta de los sospechosos de mi muerte.

martes, 18 de agosto de 2009

UN MUNDO (IN)COMPLETO


La cama a medio hacer.

El vino a medio tomar.

Un cigarrillo fumado a medias.

Una parte del sol entrando

por la persiana entreabierta.

Y tu medio desnuda.

Media muerta de la risa.

Y mi corazón tan completo.

Tan rebosantemente

lleno de algo

que en palabras

no se puede explicar.

miércoles, 12 de agosto de 2009

TOP 8 – PROMISES / IQ


Hay un chiste que preguntaba cuántos elefantes se pueden meter en un Fiat 600… Me acordé de él, al ver a mi padre arriba de mi flamante regalo de cumpleaños de mayoría de edad (un Renault 5 usado), todo incómodo por la estrechez del asiento, recordándome compromisos del pasado, mientras sonaba IQ con su temazo sobre falsas promesas.


Les contaré más sobre mí. Soy de lo que algunos llaman “clase acomodada”. Lo suficiente como para ir de vacaciones a Miami unos días, pero no tanto como para unas semanas en Ibiza. Bastante como para recibir un auto de regalo, pero no tanto como para que fuera el Renault Fuego cero kilómetro que esperaba.


No tenía el futuro asegurado como muchos compañeros de colegio, que ocuparían el lugar de sus padres, a cargo de sus negocios. No, yo tendría que estudiar en la Universidad de Chile como lo hizo mi padre, como lo hizo mi abuelo, como lo hacía mi hermano Agustín. Mi sentencia se llamaba Medicina, con especialidad en Nefrología (la del riñón, para que se ahorren la ida al diccionario). Nada glamoroso, como la cirugía plástica o excitante como la ginecología, pero esa era la tradición familiar, el compromiso tácito de los hijos por el sólo hecho de haber sido varón y tener de ascendencia a eminencias en la materia.


Ese día fue especial porque iba con mi padre a bordo de “la bala” (el original nombre con el que bauticé al Renault 5, al que terminé tomándole cariño). Su Volvo estaba en mantención en el taller, una joya que nunca más me quiso prestar desde el episodio del condón extraviado en el asiento de atrás y del cual culpé al Emilio, que había reemplazado al Nacho en mi escala de amistad.


Mi padre tenía el concepto, muy médico, de aprovechar nuestras breves charlas para rectificar las cosas que creía que no marchaban como según él debían marchar. Así que empezó con el discurso de que tenía que subir los puntajes en el preuniversitario, de que debía concentrarme más en preparar la prueba, que no me iba a ser fácil entrar a medicina, bla, bla, bla.


El panorama era el siguiente, como ya sabrás mi pasión es la música, pero un sarcasmo de la vida hacía que mis bastos conocimientos de bandas, canciones, LPs, etc., estuvieran asociados a una falta de sincronía terrible. Probé con la batería, el teclado y la guitarra, pero no hubo caso, las notas, acordes y escalas, eran letras chinas para mis manos y nunca logré coordinar algo que me sonara a música, a lo más melodías infantiles. Y ni hablar de cantar...


En el fondo no me gustaba esforzarme, quería que la gente me aplaudiera como a un rock star, tener grupis y vivir de farra, pero sin tener que trabajar para lograrlo.


El preuniversitario lo había dejado hace meses y no me interesaba dar la prueba, ir a la universidad y todo eso que mis padres daban por supuesto sin preguntarme. Les decía lo que esperaban oír, mientras me dejaran salir a divertirme tranquilo y me dieran mi mensualidad.
A mi padre casi se le cayó la cara cuando le conté que no quería estudiar medicina. El pobre ya iba lo suficientemente preocupado por mi forma imprudente de conducir, como para que además saliera con semejante ataque criminal.


La discusión se prolongó hasta la casa, donde mi hermano aprovechó de expresarse como el sabelotodo que creía ser, diciendo que siempre supo no lograría entrar a la universidad, porque era el flojo de la familia, la mancha en el currículum. Mi madre, como siempre, estaba preocupada por qué diría el abuelo y los otros parientes al enterarse, incluso ahora me causa gracia que ella siempre ponderara todas las cosas de la vida en función de los demás. La única que me apoyó fue la Coté, ella siempre creyó en mí, en mis ideas locas, en mis arranques temperamentales.

La gran pregunta posterior fue: “Si no quieres entrar a medicina... ¿Qué vas a estudiar?”. Yo no tenía clara la respuesta. Lo primero que se me vino a la cabeza, recordando lo que muchas estrellas de rock hicieron (hasta los Pistols), fue actuar. Pasó como pasa con esas ideas que se asoman como un salvavidas oportuno y uno termina aferrándose a ellas.

Así empezó mi “carrera” de actor, tal vez reafirmando mi propensión a vivir disipadamente o como producto de mi rechazo al estudio y al trabajo formal. De igual forma, pagué las consecuencias. De estar rodeado de comodidades tuve que aprender a sobrevivir con lo mínimo, y si no fue nada se debió solo gracias a que mi madre insistió en darme algún dinero para que la gente no hablara y a los préstamos que me hacía mi hermanita.

Si llegué a ser un actor famoso o no, ese es otro cuento.

Como “pista” les puedo decir que la persona que me asesinó, no fue un pariente (ni un desconocido), por si pensaban que mi padre se vengó del pre-infarto que le produje ese día... Mi familia siempre sería una referencia un tanto ausente de mi vida, a excepción de la Coté.

sábado, 8 de agosto de 2009

http://www.facebook.com/Smith.Mauricio

ETERNIDAD (de "Sentido")


amor

el beso de despedida
en la cama
dura una fracción de segundos

el roce de tus labios
es eterno

martes, 4 de agosto de 2009

TOP 9 - TURN UP THE RADIO / AUTOGRAPH


¿Hay algo más profundo, satisfactorio y emocionante que el sexo? Tal vez sí, pero cuando hay sexo de por medio se me olvida...

Autograph lanzó al mundo su gran (y único) éxito, una composición de guitarras monocordes sobrepuestas, con un dejo de ritmo marcial, que más de una década después capitalizarían bandas como Rammstein.

“Turn up the radio” fue el climax de la fiesta en la casa del Nacho, mi mejor amigo desde los doce años, aprovechando que sus viejos habían ido al casino de Viña y lo dejaron solo. Yo fui con la Rosario, mi polola de ese entonces, una rubia flaca y linda, de colegio de monjas, que se sentía incómoda cada vez que la tocaba, por lo que me dejaba solamente experimentar con ropa y de la cintura para arriba. Nada que ver con la Catalina, la polola del Nacho, una cuasi-mujer de avanzados dieciséis, que no tenía empacho en contar que ya no era virgen a sus más cercanos.

En esos tiempos nos encontrábamos a tomar onces o íbamos los tres (a veces los cuatro) al cine, a la pista de patinaje o a la piscina. La Cata detestaba a la Rosario, tal vez porque se sentía muy madura para sus cosas, le irritaba su actitud de niñita de bien. Cada vez que podía ironizaba con ella y yo me reía para mis adentros disfrutando como se burlaba de su inocencia.

Cuando sonó Autograph, la Cata y yo habíamos bebido coñac, la clase de licor que uno toma sólo cuando es adolescente o senil. La Rosario estaba en el baño y el Nacho se había ido a la cocina, porque le avisaron que estaban tratando de sacar de la despensa el Chivas de su padre.

Nos quedamos bailando, saltando entremedio de todos los otros niñitos queriendo parecer jóvenes desbandados. La fiesta se había salido de control y tal vez eso (y el alcohol) hizo que nuestras miradas se encontraran. El coqueteo que sutilmente compartíamos, afloró sin tapujos a flor de piel. Mientras el tema causaba estragos, se produjo ese instante mágico en que sin que dijéramos nada, me vi corriendo con ella de la mano a la pieza de la nana, la más apartada de la casa.

Era la misma habitación en la que nos escabullíamos con el Nacho a fumar y a registrarle las cosas a la Clarita (la nana), una gordita que venía de Arica. Una vez le robamos un calzón y se lo metimos, sin que se diera cuenta, en la chaqueta al profe de historia, un viejo fascista que tenía una bruja por esposa. O en otra ocasión le sacamos unas pastillas anticonceptivas, que disolvimos en la Coca-Cola que el guatón Campos se tomaba todos los recreos, como experimento “científico”, para comprobar si le crecían más las tetas.

Ahí estábamos en la pieza, de pie abrazándonos y besándonos, pasándonos la lengua por la cara y esa clase de cosas que uno sólo hace muy excitado. Metí las manos por debajo de su polerón rosado y mientras recorría sus pechos puntiagudos, le susurré que lo hiciéramos. Ella repentinamente perdió la confianza, como si se le hubiera ido el efecto del alcohol. Me confesó que la verdad era que nunca había hecho el amor, que estuvo cerca pero seguía siendo virgen. Yo por mi parte les confieso a ustedes, que tampoco lo había hecho, tener catorce años hace más de veinte años es como tener doce actualmente... Le contesté que no importaba y deslicé mi mano adentro de sus jeans apretados. Al menos palparía su sexo, algo que tampoco había logrado aún, un campo sin explorar para mis dedos ansiosos. Llegué hasta su vagina mojada y escurridiza, como una especie de marisco babeante, similar al de las palabrotas que repetía sin conocimiento de causa, para no ser menos, con mis amigotes.

Todo se interrumpió cuando tocaron a la puerta, que por precaución habíamos cerrado con llave. “¿Estás ahí Cata?”, dijo el Nacho del otro lado de la puerta. “Sí... espera”, contesto ella toda nerviosa, apoyándose contra la puerta mientras se arreglaba el sostén. El Nacho sacó el pasador desde afuera, aplicando la técnica que usábamos para entrar a intrusearle a la Clarita. Fui raudo hacia la ventana, la abrí y salté al patio, justo en el momento en que el Nacho irrumpía en la habitación gritando; “¡¿Con quién estás?!”

Corrí por el patio y entré de nuevo a la casa por la terraza interior. Cuando llegué a la fiesta me encontré con el pelotudo del Marco Ferrer bailando con la Rosario, que estaba muerta de la risa.

Después vinieron las peleas. El Nacho echó a la Cata, que en todo momento negó haber estado con alguien en el dormitorio, pero el pelambre subsistió por varios meses. Saqué a la Rosario y la fui a dejar a su casa haciéndome el ofendido. Al regreso le di mi apoyo al Nacho, incluso puse mi mano en su hombro en un gesto de amistad (así es, la misma mano aún impregnada con el líquido vaginal de la Cata, de cuyo olor hipnótico me empapé hasta acabar antes de acostarme).

Desvié las sospechas hacia Marco Ferrer, con el que el Nacho terminaría peleando a combos un par de semanas después. Aunque creo que en el fondo intuía que fui yo, prefería culpar a otro imbécil, porque valoraba nuestra amistad. Amistad que terminó un año más tarde, cuando se le ocurrió enamorarse de mi floreciente y hermosa hermanita, la Coté.

Perdí el contacto con la Cata. Ella me llamó un par de veces para que intercediera con el Nacho, pero no quise. Después supe que se había transformado en una “soyeca” (sociedad de yeguas cadeteras), pololeó y se casó joven con un cadete de la Escuela Naval y los años se le vinieron encima... La Rosario terminó conmigo un par de meses después, aburrida de mis locuras e insistencias sexuales, más tarde tuvo un breve pololeo con Marco Ferrer (que finalmente resulto ser bisexual). Lo último que supe de ella, es que se casó con un Ingeniero Opus Dei y parece que tiene como seis hijos.

A pesar de todo, recuerdo con cariño esa noche de excitación y como habrás notado, ya hay cuatro nuevos sospechosos de mi muerte o siete, si contamos al viejo de historia, la nana Clarita y el guatón Campos. Asi es... perdón, asi fue mi vida.
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