lunes, 27 de julio de 2009

TOP 10 – PRETTY VACANT / SEX PISTOLS


Tara – tára – tara – tán… Tara – tára – tara – tán… Cómo olvidar la primera vez que escuché a Glen Matlock interpretando ese riff endemoniadamente pegadizo, que a mis doce años, sonaba como algo sacado de otro mundo, un mundo nuevo que se abría ante mis ojos.


Mi padre había viajado a Londres para un simposio de medicina y como hacía habitualmente en esa época, se compró algunos vinilos de música clásica, entre ellos venía como un lunar la bomba titulada “Never mind the bollocks”. Nunca creí el supuesto de que se lo entregaron por error con los otros discos, seguramente el vendedor era un punk obligado a trabajar para el sistema y al ver a ese tipo pomposo y un poco arrogante, tan establishment, decidió protestarle a su manera introduciendo tamaña joya en su compra.


Por supuesto el disco terminó en mis manos, como si fuera una pieza inofensiva de basura. Yo en ese entonces no tenía ningún apego por la música, a mi viejo le encantaba escuchar música “docta” y yo la detestaba, tal vez como una forma más de revelarme hacia él. Mi hermano mayor, Agustín, se dedicaba a los deportes y tenía uno que otro cassette que le habían grabado sus amigotes, pero él escuchaba sólo lo que estuviera de moda para conquistar compañeras de colegio. Su pasión de la entrepierna no alcanzaba a llegar a sus oídos.


En esa época mi vida se podía definir en una sola palabra: aburrimiento. Estaba en un momento en el que todas las cosas que me habían gustado a la fecha (jugar destruyendo cosas, mirar caricaturas locas, etc, etc), ya no me interesaban y por otra parte el mundo “adulto” de relacionarse con el prójimo (incluyendo el sexo opuesto), tratando de parecer amable, civilizado y simpático… me parecía patético. Hasta que llegaron los Pistols y me mostraron una vía de escape.


Escuchaba el disco casi hasta dejarlo rayado. Se acrecentaron los conflictos con mis padres por la bulla infernal y la actitud rebelde. Hasta rompí mi cama saltando sobre ella mientras tocaba una guitarra imaginaria. El LP fue una llave, la madriguera que me condujo al país de las maravillas, lamentablemente esa llave terminó destruida en una ocasión en que lo llevé al colegio. El matón del curso, Sandro Lifangui, lo lanzó como frisbee sobre la cancha de baby-fútbol donde se hizo mil pedazos. Lo hubiera matado a patadas, si no fuera porque era una montaña a la que le bastó un empujón para deshacerse de mí.


Guardé mi odio por ese episodio durante diez años. Cuando ya era un tipo más fornido, adicto a las pesas y las proteínas, conseguí la dirección del idiota (al que no había visto desde primero medio), me puse una camiseta de los Pistols que me había comprado para la ocasión, bebí un litro de cerveza y fui hasta su casa para golpearlo. Al llegar me encontré con una casa extremadamente humilde, de la que salió un tipo gordo, mal vestido y desaseado, que parecía diez años mayor que yo, con una bebé en sus brazos que no paraba de llorar y lo tenía evidentemente molesto. Aunque me quedó mirando como si sospechara algo raro, no me reconoció y yo terminé preguntándole por una dirección falsa. La verdad es que me dio pena el sujeto, la vida ya lo había aporreado bastante... Me di cuenta de que lo importante en verdad no había sido el disco, ni la música, sino el efecto liberador que produjo en mí.


Supongo que tomaste nota de lo siguiente: ¿Habrá sido acaso Sandro Lifangui mi asesino?

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