martes, 7 de julio de 2009

LISBOA (de "Dormir, soñar y tal vez morir")


Una vez que hayas conseguido aquellos ansiados millones de pesos
y los tengas entre tus guantes, radiantes como un pedazo de cielo,
hermosos como la cordillera nevada en un día de invierno.
Tomarás el primer taxi que el destino cruce en tu camino
y le pedirás al chofer que te lleve al aeropuerto sin importar el costo.
Le explicarás que quieres llegar lo antes posible, como si en ello se te fuera la vida, 
y le dejarás una propina que será la envidia de sus colegas
y le permitirá volver a su casa en los suburbios
sin necesidad de completar su turno.
En el aeropuerto comprarás un pasaje de ida sin retorno
en el primer avión que salga a la entrañable Lisboa.
En primerísima clase, donde puedas tener grandes sueños cuando te duermas,
beber whisky hasta ahogar todos los temores que lleves como equipaje de mano
allá donde las nubes parezcan mecerte plácidamente hacia un futuro mejor.
Una vez que llegues a la querida Lisboa irás hasta una caja de cambios pequeña,
cambiarás todo el dinero que llevas a Euros y tomarás otro taxi hasta el centro.
Irás a esa tienda de ropa de moda, de la cual no recuerdas el nombre
y te comprarás una tenida nueva de pies a cabeza,
tal vez una camisa estampada a rayas, unos jeans gastados y unas zapatillas de lona
que te hagan parecer menos turista de lo que eres realmente.
Botarás la ropa antigua en un basurero como si fuera una piel vieja
y después alquilarás un auto convertible para viajar al sur con la capota abajo,
a la paradisiaca ciudad de Nazaré, donde el mar se extiende calmo entre los acantilados
y un perfume a emociones en reposo flota en el aire cálido y fresco.
Allá buscarás a Esperanza Mejías, la mujer más bella que has conocido en tu vida
y la invitarás a pasear descalzos por la playa mientras el mar se repliega
como una alfombra inmensa bajo los pies de ambos, demarcando un camino espumoso.
Si ella no te reconoce, dile que eres el adolescente que conoció un verano furtivo
hace siete años y once días. Cántale una estrofa de su canción favorita,
esa que bailaban tomados de la mano en la playa, bajo una gran corona de estrellas.
Y pase lo que pase, no le digas que ahora eres un tipo solitario y aburrido,
que nunca fue el pintor famoso que prometía llegar a ser,
que no hace más que trabajar para seguir alimentando sus miserias
y que cada vez que se acuesta, antes de dormirse, se acuerda de la risa de Esperanza Mejías,
bajo un sol casi en llamas, correteando como brisa marina hasta llenar su boca…
Así que ahora no lo pienses más, no eches un pie atrás como siempre,
prepara la pistola, los guantes y el pasamontañas que guardas hace meses en el ropero
y ve hacia el banco de la esquina, donde te esperan aquellos ansiados millones de pesos,
que harán tu sueño posible y te llevarán a la amada Lisboa, donde la conociste
aquel verano que hizo que todos los otros palidecieran para siempre en tu memoria.
Y si terminas con una bala en el pecho, ten por seguro de que volverás a ella,
sin necesidad de esperar a que la jornada se acabe, sin necesidad de usar la mente
para enhebrar su presencia, porque así es como has imaginado el cielo.
Y si tienes éxito, dentro de un par de días estarás conduciendo camino a Nazaré,
(donde pasaron el último fin de semana antes de despedirse llorando,
donde ella se enamoró del paisaje y decidió quedarse a vivir hasta la muerte)
con la capota del auto abajo, tarareando la canción que te llevará de vuelta
al pasado que nunca pudiste dejar en el pasado,
ya que el mundo una vez en Lisboa, dejó para siempre de ser el mismo.

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