miércoles, 23 de diciembre de 2009

QUIERO QUE SEAS FELIZ


Quiero que seas feliz,
que tu risa sea el testimonio
del cielo en la tierra,
que tus juegos sean
una nueva forma de comprensión
sobre cómo funciona el mundo,
que tus pasos sean libres
como el viento en la playa
y que tu alegría se contagie
a todos los que te rodeen.

Quiero que seas feliz,
que tu inocencia
sea como el resplandor de las estrellas
en el firmamento,
que tu vitalidad sea la sangre
que corre por las venas del universo,
que en tus manos esté el futuro
que imagines
y la realización de todos tus sueños
y que tu dicha sea un tesoro heredado
hasta el fin de los tiempos
haciendo de este un mejor lugar para vivir
aunque ya ni tú ni yo estemos en él.

martes, 22 de diciembre de 2009

CAMINANDO HACIA EL OCASO


- Por favor cuídate... tal vez esto te ayude – le murmuró Anne mientras le pasaba disimuladamente una botellita con alcohol.
Abrazó a Isidro como si no lo fuera a ver nunca más y se apartó presurosa para no causar más revuelo entre los hombres que la miraban con ojos inquisidores.
El grupo estaba compuesto por cuatro miembros; Jurgen, Mathias, Adolf y él.
Jurgen era el mayor y el más grande, una especie de oso, de barba abundante y músculos delineados gracias a su trabajo bruto con metales. Tenía el cabello castaño oscuro, con un rostro serio como la mayoría de los pobladores, que se había endurecido aún más después de la desaparición de su hija Kay, la primera víctima de la bestia.
Mathias era prácticamente un albino, con los ojos muy celestes. Un sujeto de pocas palabras y aspecto atlético que resultaba difícil de descifrar, aunque claramente tenía toda la confianza del hombre alto. A pesar de ser supuestamente un agricultor, no era la clase de tipos que dudan cuando tienen que hacer algo. Su frialdad blanquecina sugería también una gran frialdad a la hora de actuar.
Adolf era el más hablador de los tres. Su cabello colorín y su mirada inquieta, parecían advertir que quien se metiera con él encontraría un torrente de energía destructiva esperándolo. Era la clase de personaje que sin ser muy alto (apenas un metro ochenta), ni muy musculoso, posee un cuerpo espigado y energético que pareciera necesitar descargar en forma física su sobreproducción de adrenalina. Como cazador no hacía más que explotar provechosamente su instinto asesino.
Partieron antes del mediodía, ante la mirada atenta del resto de los habitantes del poblado. Hans Fliege estaba de mejor humor que de costumbre, lo cual era un mal presagio más que un motivo de confianza. El padre Michael hizo la señal de la cruz como bendiciéndolos cuando pasaron por afuera de la capilla. La lluvia había cesado su ataque a esa hora o probablemente se había replegado para volver con más fuerza.
Junto con las provisiones requeridas para el trayecto, cada lugareño llevaba una escopeta, un cuchillo de cacería y con seguridad alguna otra arma de fuego oculta. Cuando Isidro les pidió una pistola sólo le entregaron un pequeño cuchillo que más parecía un abrecartas, diciéndole que él estaba a cargo sólo de cooperar en la búsqueda de indicios para rastrear a la criatura, pero ellos estaban encargados de su aniquilación.
A Isidro le llamó la atención una caja rectangular de madera que cargaba Jurgen sobre su hombro como si no pesara. Al preguntar sobre el contenido de la caja simplemente no obtuvo más respuesta que un; “la curiosidad mató al gato”, por parte de Adolf, que no le contestó cuando le volvió a preguntar; “¿Qué quería saber el gato?”.
Se internaron en la espesura del bosque, donde el frío era más intenso y traspasaba fácilmente su chaqueta de cuero. Sus acompañantes caminaban a paso firme, como si supieran donde se dirigían, mientras cada cierto rato intercambiaban breves conversaciones en alemán y Adolf largaba unas risotadas que resonaban entre los árboles gracias al eco, como si un demonio invisible las replicara.
El grupo siguió avanzando en el bosque durante horas, sin encontrar ningún rastro del monstruo. Isidro les consultó a los otros si estaban siguiendo algún esquema de rastreo, pero Adolf se limitó a decir que sabían lo que hacían. El cielo estaba muy gris y caía una lluvia fina pero persistente que impregnaba las ropas y el paisaje, haciendo que resaltaran los tonos verdes y cafés que los rodeaban.
Poco antes de que anocheciera llegaron a un remanso de campo abierto junto a un lago de aguas plateadas, donde se detuvieron. La extensión de terreno sin árboles discrepaba del bosque frondoso que cubría todo como si fuera un lunar de un par de hectáreas en plena arboleda. A Isidro la superficie rectangular descampada le dio la impresión de algo similar a una pista de aterrizaje, aunque inmediatamente descartó ese pensamiento como si fuera una jugarreta de su mente para preocuparlo. Por lo demás; ¿Para qué querrían los pobladores una pista de aterrizaje si ni siquiera tenían luz eléctrica?.
Los hombres se dispusieron a acampar, aunque Isidro advirtió que tramaban algo más a juzgar por sus disimulados gestos y sus breves charlas en alemán mirándolo de reojo.
- Voy al baño – Dijo, desentendiéndose de ellos.
Se dirigió hacia el otro extremo boscoso, siendo seguido de cerca por Mathias como si fuera su guardia penitenciario. Isidro se volteó y lo encaró luego de unos pasos, afirmando que ya era mayor de edad como para ir solo a hacer sus necesidades. Mathias se quedó observándolo desafiante, como si no entendiera su idioma pero sí su desafío. Finalmente Adolf le habló algo en alemán y volvió a reunirse con los otros. Su cabello blanco parecía fulgurar en medio de la vegetación de tonos oscuros.
Isidro siguió encaminándose hacia los árboles cercanos, sintiendo que le quedaba poco tiempo antes de que se cumpliera la predicción de ella en el sueño. Tenía un presentimiento espeso y sombrío que a cada instante parecía palpitar con más fuerza.
Aprovechó de tomarse casi de una vez el contenido de la botella que le había entregado Anne. El alcohol tenía un sabor extraño, que no le sabía a ningún otro que hubiera probado antes, sin embargo cumplía con el hecho de hacerle arder la garganta como si estuviera hirviendo. No obstante algo raro había en él, ya que Amadeo no se materializó como siempre ocurría cuando bebía.
Más atrás sin que Isidro lo notara, Jurgen procedió a abrir con cuidado la caja que había cargado todo el camino mientras Mathias sonreía en un gesto atípico a su gelidez habitual y Adolf soltaba otra de sus risotadas siniestras.
Isidro se internó entre los árboles apurando el tranco. Se sentía raro, como agitado por una especie de energía desconocida. La lluvia suave le abrió paso a otra más ruidosa y de gruesas gotas de agua. Orinó en un árbol, con el corazón latiéndole acelerado, su instinto le decía que debía huir de ese lugar maldito. Para empeorar las cosas en vez de orina creyó botar sangre, la que rápidamente se disolvió en la tierra con la lluvia, como si ésta se hubiera alimentado de ella.
Un objeto de color azul entremedio de los arbustos llamó su atención. El azul era un color completamente ajeno al paisaje. Fue hasta él y lo tomó. Era un pasaporte, con la mitad quemada y la mayoría de las hojas raídas por la lluvia, pero algunas aún estaban conservadas gracias a una suave película plástica que las cubría. Se alcanzaba a ver el trozo de una fotografía de un hombre de color, su nombre inscrito más abajo decía John Carrington, junto a un sello con una hoja de parra como el de Canadá.
Isidro recordó una conversación que tuvo con Anne, en la que le preguntó si llegaban forasteros a esa villa aislada del mundo. Ella le contó que muy rara vez aparecía alguno y que el último caso que recordaba había ocurrido dos años antes, cuando recibieron la visita de unos sujetos que hablaban inglés, que eran algo así como deportistas de aventura y se habían extraviado explorando el bosque. Se quedaron un tiempo en la villa y después regresaron a la ciudad ayudados por Pedro Armijo.
Guardó el pedazo de pasaporte en su chaqueta y ayudado por su intuición empezó a inspeccionar en los alrededores. No tenía mucho tiempo antes de que viniera alguno de los hombres a buscarlo. La lluvia copiosa le impedía ver bien, sin embargo su olfato notó un olor nauseabundo. Quizá sin quererlo estaba cerca de los dominios del monstruo.
Siguió el hedor hasta llegar junto a un árbol grande a varios metros de distancia. Apoyados en el tronco había unas figuras indefinibles, de color negro, que daban la impresión de estar sujetadas por una especie de alambre. De ellas emanaba el olor nauseabundo que podía olerse a pesar de la lluvia y el aroma propio de la naturaleza. Claramente había algo en descomposición junto a ellas o en ellas. Al acercarse más identificó lo que parecía un cráneo destrozado en una de las figuras. Las volvió a mirar como tratando de darle forma a un manchón negro y su mente pudo imaginar después de un rato tres cuerpos que algún día fueron humanos.
- Mucho gusto... John Carrington. – Dijo para sus adentros.
Las extremidades de los cuerpos estaban desechas, aunque parecían tener un poco de vida, como si tiritaran con el roce de la lluvia sintiendo un frío póstumo. Pequeños escarabajos las recorrían desde el interior de los huesos, al igual que larvas blancas, que habían encontrado un hogar propicio para sobrevivir.
Estaban calcinados completamente... ¿Cómo era posible quemarse bajo constantes lluvias como esa? Optó por no pensar en la respuesta.
Estaba embelesado por el constante ir y venir de los bichos en la materia irreconocible de los que fueron personas, cuando sus sentidos aguzados le hicieron sentir un siseo a sus espaldas y luego un gruñido ronco. Apenas alcanzó a girarse para ver a Jurgen disparando la flama mortal del lanzallamas hacia él.

jueves, 10 de diciembre de 2009

BALADA DE UN HOMBRE Y UNA MUJER OLVIDADOS


Ella le gustaba a él
y él le gustaba a ella
pero gustarse no basta
porque es muy común gustarse
tener patrones de belleza metidos en la cabeza
disfrutar aspectos de la propia personalidad en el otro
hacer contacto en forma fisiológica
como cuando se come algo que a uno le agrada
o se huele un perfume exquisito
es tan primitivo que a veces
no requiere ni siquiera tener que comunicarse
basta con unas miradas cruzándose
o con dejarse llevar como una cometa por una sonrisa
para gustarse.

El la quería a ella
y probablemente ella lo quería a él
pero querer a alguien no es suficiente
porque los seres humanos terminan queriendo
a las personas con las que comparten cosas directamente
está en la naturaleza del hombre
encariñarse como con las mascotas
por el sólo hecho de estar cerca cuando se les necesita
o con los amigos por su compañerismo
o con quienes nos ayudan o nos protegen
o al menos nos hacen pasar un buen rato
por eso no hay nada de especial
en querer a alguien con quién se haya tenido cercanía.

El tal vez la amaba
y ella tal vez creía que podía llegar a amarlo
pero tampoco alcanzaba
porque hay mucha gente que dice que ama
aunque no sea cierto
porque para todos amar es una fórmula casi científica
de tiempo, dedicación, formalidades y afecto
un terreno fértil en el cual sembrar proyectos para el mañana
o para construir sueños sólidos como si eso existiera
relaciones seguras como si fueran un edificio
o un monumento a la autorrealización interior
más que lealtad y amor
hay una búsqueda de exclusividad completa
de que se la jueguen y hagan sacrificios por uno
para recién ahí poder llegar a sentirnos únicos y amados
porque el puro hecho de amar es insustentable
si no hay un buen acuerdo entre las partes.

Pensar en el futuro pone muchas exigencias
plantea tantos desafíos falsos
tantos espejismos a los que aferrarse
habiendo tanta gente buscando exactamente lo mismo
que él y ella siguieron su camino
hasta que los dos desaparecieron para siempre
en el olvido.

Si tan sólo de corazón entendieran los seres humanos que
el amor no correspondido es un engaño
y el amor correspondido
también es un engaño
toda transacción sentimental
en la que se espera correspondencia
es un engaño
simplemente porque no vive en el ahora
porque hasta cosas tan simples como dar un beso
se ven opacadas por el hecho de estar esperando
una retribución posterior a cambio
las personas porfían en negociar
hasta cuando supuestamente aman
dicen implícitamente
dame lo que tienes y yo veré lo que te doy después
siendo que en un abrazo consciente
hay más querer que en cualquier promesa ulterior
en una caricia estando presentes
hay más compromiso que en cualquier compromiso verbal
en no pedir absolutamente nada
hay una franca declaración de amor
aceptando al otro con todos sus defectos
puesto que el único amor que verdaderamente existe
es el amor sin condiciones
y así es aquí, ahora y para siempre.

lunes, 7 de diciembre de 2009

DOS DIAS PARA MORIR


El padre Michael terminó de rezar un padrenuestro y se preparaba para cerrar la capilla cuando se percató de que había alguien en el confesionario.
Sigilosamente fue hasta el altar y extrajo la pistola que ocultaba en el púlpito. Gotas de sudor se asomaron en su frente y en su calva rodeada por cabello blanco. Se acercó con lentitud al pequeño compartimiento, como si le angustiara dar cada paso, mientras rezaba mentalmente un ave maría. Corrió de golpe la cortina, tratando a la vez de sujetar firme la pistola con su mano humedecida por la transpiración.
- ¡¿Qué está haciendo acá?!
- He venido a confesarme padre – Afirmó Isidro, echado para atrás en el asiento del confesionario.
- ¡Váyase inmediatamente! – Exclamó el padre Michael guardando el arma entre sus ropas.
- ¿Por qué está armado padre? ¿Es la forma de escuchar la confesión en este rincón del mundo? – Ironizó.
- ¡Retírese de mi confesionario antes que lo vean! – Insistió el sacerdote.
- Estimado padre, si se niega a hablar conmigo me veré en la obligación de decirle a Anne que me amenazó con una pistola – Le dijo con tono arrogante, escrutando la reacción del hombre - Y sinceramente... No creo que a ella le guste.
El padre Michael pareció temblar, como si lo hubiera recorrido un escalofrío por dentro de su traje negro. Miró hacia la puerta cerciorándose de que nadie lo viera y entró en el que era su lado dentro del confesionario.
- ¿Qué es lo que quiere?
- Solamente hacerle unas preguntas – Respondió Isidro a través de los agujeros de la rejilla de madera que comunicaba los dos cubículos.
- Yo no sé nada que usted no sepa respecto a la bestia maligna que nos ataca – Recalcó.
- Me gustaría creerle, pero hay muchas cosas extrañas en sus feligreses.
- No sé a qué se refiere.
- ¿No?... Mire padre, podré ser un poeta bebedor de mala muerte, pero no soy tonto. Dígame usted; ¿Cómo explica que Hans Fliege, que me dobla en edad, puede alcanzarme corriendo incluso teniendo yo varios metros de ventaja? o ¿Por qué pareciera que todos los hombres dispusieran de armas del siglo pasado?
El clérigo se movió incómodo en su asiento de madera y susurró finalmente en voz baja.
- Aléjese de la muchacha.
- ¿Por qué habría de hacerlo? – Respondió Isidro aproximándose a la mirilla.
- Porque ella no es lo que parece – Dijo el sacerdote temiendo ser escuchado por un oído invisible.
- Ella es solamente una chica ciega e incomprendida, con una capacidad de percepción de la realidad más desarrollada. La clase de mujeres inocentes que quemaban hace unos siglos...
- No siga por este camino... no lo conduce más que a la perdición de su alma – Lo interrumpió afligido.
Isidro recibió con indiferencia la advertencia y en vez de reparar en ella, le hizo una pregunta:
- ¿Y qué me puede contar de la criatura?
El padre Michael dio un respiro largo y se tomó varios segundos antes de contestar.
- La criatura es una especie de íncubo, como los que describen los relatos medievales. Su poder es desconocido. Que no lo engañe su tamaño, tiene más fuerza que muchos hombres juntos. Su sola mirada significa un maleficio.
- ¿Y cómo llegó hasta acá?
- Tal vez nosotros llegamos hasta él y no al revés...
Esa frase quedó flotando en el aire cuando un tipo irrumpió en la capilla preguntando con apuro por el sacerdote, éste le hizo unas señas a Isidro para que permaneciera callado adentro del confesionario. A través de la cortina pudo escuchar como el sujeto le pedía al sacerdote que lo acompañara en forma urgente a ver a Thomas porque se había enfermado. El padre Michael y el otro hombre (Kurt, el constructor, haciendo de mensajero del hombre alto), abandonaron la pequeña capilla. Unos minutos más tarde Isidro salió y los siguió discretamente. Había vuelto a llover.

Thomas yacía de espaldas en la cama de su habitación, respirando con dificultad como si sus pulmones estuvieran rellenos de piedras. Un simple cuadro viral derivado a obstrucción respiratoria, habría pensado Merrill, en su calidad de médico del lugar, si no fuera porque el monstruo lo había rasguñado en la rodilla hacía casi diez horas y porque su cuerpo estaba completamente negro, como si su piel hubiera sido envenenada por una horrorosa oscuridad.
Cuando entró el padre Michael en la habitación se cubrió instintivamente la nariz. El cuarto apestaba con un hedor propio de las bestias agónicas. Fue inmediatamente hacia Merrill a consultarle qué estaba ocurriendo. Hans Fliege conversaba afuera del dormitorio, con el rostro más serio que de costumbre, acompañado por Adolf y Mathias, a los que se unió Kurt.
Isidro llegó a los pocos minutos después, haciendo que los presentes se sorprendieran de verlo. El hombre alto lo recibió y le preguntó qué estaba haciendo ahí, a lo que él respondió con un esquivo; “sólo andaba de paso...”. En eso escucharon unos gruñidos provenientes del dormitorio. Los cuatro entraron y se encontraron con Thomas retorciéndose en la cama como si tuviera unas fuertes convulsiones, mientras Merrill y el padre Michael intentaban en vano sujetarlo de los brazos para que se calmara.
Adolf y Mathias sujetaron las piernas de Thomas, quién a medida que se sacudía exudaba sangre por sus poros, dejando la ropa de la cama totalmente manchada. Hans les ordenó a todos que lo soltaran. Los hombres obedecieron y lo dejaron sacudiéndose con violencia sobre la cama. Su piel ennegrecida brillaba con el reflujo grasoso de la sangre. De sus ojos manaban unos chorros rojos como lágrimas que corrían por sus mejillas y se juntaban con el otro chorro que salía de su nariz y de su boca. Rugía y se retorcía como si fuera un animal. Kurt salió de la habitación haciendo arcadas y el resto se apegó a las murallas tratando de evitar ser alcanzados por la sangre maloliente que salpicaba en todas direcciones.
Repentinamente el cuerpo del tipo se sacudió como si fuera una marioneta rota, lanzó un gemido desesperado y se quedó inmóvil, tirado sobre la cama, en una posición que hacía pensar que varios de sus huesos se habían quebrado durante los espasmos.
Mathias recordó la vez en que cuando niño le cortó la cabeza a una gallina y ésta salió corriendo y aleteando como si estuviera más viva que nunca, sacudiéndose con energía, para luego caer muerta unos metros más allá.
Merill certificó con cuidado lo que era obvio para todos. Thomas había muerto. A continuación les solicitó que se fueran a lavar y cambiar de ropas tratando de tener el menor contacto posible con la sangre, si es que habían sido salpicados, como ocurría con la mayoría. El padre Merrill lanzó un poco de agua bendita sobre el cuerpo y rezó un par de oraciones, antes de partir tembloroso y atemorizado a limpiarse de encima los restos de sangre.
Más tarde Isidro trató de hablar con Merrill, pero este lo esquivó, bajo la atenta mirada del hombre alto y no pudo obtener más de él que un escueto; “nunca había visto algo así... estamos perdidos en manos de Dios”.

Esa noche llovió con truenos y relámpagos que daban la idea de un tren fuera de control corriendo en el cielo. Isidro tuvo pesadillas en las que se veía ahogándose en un río de sangre apestosa, con serpientes nadando a su alrededor. De ella no tuvo ninguna visión esta vez y por la mañana volvió a sentir el perfume de Anne en su habitación causándole una especie de excitación física. Lentamente empezaba a desearla en una forma un poco extraña.
Al día siguiente Hans Fliege se reunió con él y le contó que había organizado una expedición en el bosque para ir a eliminar al monstruo. Jurgen, Mathías y Adolf, tres de los hombres más fuertes del poblado, irían junto a él, a encargarse de la bestia.
Isidro supo inmediatamente que no tenía la opción de negarse a esa expedición de cacería, que probablemente se había concretado debido a que estaba inmiscuyendo demasiado sus narices en los asuntos del lugar. Tal vez el sacerdote le había contado de su visita al hombre alto, aunque lo dudaba.
Hans le pidió que se prepare, puesto que partirían ese mismo día. Isidro sonrió mientras en su cabeza recordaba al padre Michael decir; “no siga por este camino...” y lo que ella, su amada, le había susurrado al oído, cuando soñó que estaban sentados sobre una roca la otra noche.
- No tengas miedo. Dentro de dos días vas a morir.

jueves, 26 de noviembre de 2009

DECLARACION


Me gusta estar contigo
aun cuando sea a ratos breves
espaciados en el tiempo.
No importa que en el intertanto
se oxiden las fechas,
cambien las personas
que gobiernan el mundo,
se mueran los artistas,
se alternen las modas
y evolucionen las ficciones
de la tecnología
y siga la rutina de la vida,
con el protocolo de los años,
con los roles
que esta sociedad insiste en asignarnos
y aunque a veces no estés
una parte de ti para mi
sigue estando presente
en la risa de los árboles,
en la contemplación del cielo,
en la algarabía de las calles,
en la textura suave e ingrávida del aire,
en los matices de quienes conozco,
en el canto alegre de la existencia
y aunque avancen las edades
yo no tengo apuro,
no me estresa la sombra que la muerte
imprime en cada segundo,
no me interesa cuestionarme
ni definir lo que siento,
ni crear sueños
sobre espejos de agua,
ni partir el corazón en pedazos
porque dicen que todo debe ser
inmediato, presuroso y conveniente
cuando a mi simplemente
me gusta declarar algo tan sencillo
y tan hermosamente directo
como que me gusta
estar contigo.

lunes, 23 de noviembre de 2009

DISPAROS Y SUSURROS


Los dos disparos paralizaron sus corazones. Anne se aferró a él como si fuera un salvavidas humano. Su cuerpo desnudo y mojado dejó en evidencia sus curvas a través de la toalla.
- ¿Te hizo algo? - Le preguntó Hans.
- No - Respondió ella cobijándose más en él.
- Acompáñeme - Le dijo sin perder tiempo el hombre alto a Isidro y luego le dio instrucciones a Franz para que cuidara de Anne.
Los hombres bajaron presurosos la escalera y se dirigieron a la parte posterior de la casona, desde dónde provenían los disparos. Allá se encontraron con Adolf, que se les acercó excitado como si hubiera sido sobrecargado por un golpe de adrenalina y lo disfrutara profundamente.
- ¡Thomas le disparó! – Exclamó.
- ¿Dónde está? – Inquirió Hans.
- Lo siguieron hasta el bosque con Mathias y Jurgen.
- ¡Llévanos con ellos! – Contestó.
Isidro y Hans siguieron a Adolf varios metros hasta llegar casi al inicio del espesor del bosque. Allí estaba Thomas sentado en el suelo apoyado en su escopeta. Merrill le revisaba el costado de su rodilla, cumpliendo su rol de médico del poblado, aunque se desconocía si tenía realmente los estudios de tal. Thomas tenía el pantalón roto como si hubiera sido rajado por una rama y a través de él se distinguía una marca rojiza sobre su piel blanquecina.
- ¿Qué ocurrió?
- ¡Le disparé al maldito!... Estoy seguro de que le di. Lo vi descolgándose del muro y pasó corriendo junto a mí. Debe estar herido porque a esa distancia no pude haber fallado. – Explicó Thomas entusiasmado.
El sujeto era colorín y si bien seguramente tenía como treinta y tantos años, aún conservaba un cierto aire infantil que no quería borrarse de su rostro, en contradicción con su cuerpo grande de boxeador peso pesado.
- Mathias y Jurgen lo siguieron al bosque para tratar de cazarlo. - Agregó Merill, mientras tanteaba el rasguño rojizo en la pierna.
Ante la mirada inquisitiva de Hans, Thomas les explicó que todo pasó muy rápido, que el ser medía un metro, se movía a una velocidad sobrehumana y había sido capaz de saltar desde lo alto de la pared de la casona como si nada. Sus ojos eran como habían dicho las muchachas, amarillos, brillantes e hipnóticos, como unas joyas preciosas que piden ser contempladas.
Siguió hablando de cómo la criatura dio un giro inesperado luego de una de sus descargas de escopeta y pasó junto a él rasgándole la pierna con su garra encorvada sin que haya alcanzado a lastimarlo, para luego proseguir con su huida y desaparecer entre los árboles.
Isidro supuso que el entusiasmo de Thomas por haberle disparado a la bestia, sintiéndose como un héroe al respecto, pasaba por un tema de ansias de venganza. Había escuchado que su hermano menor nunca volvió del bosque buscando al ser, luego de que éste raptara a su esposa.
El hombre alto le pidió a Merrill que le hiciera las curaciones correspondientes a Thomas y a Isidro le pareció como si con sutileza le hubiera dicho que no lo perdiera de vista. Claramente Hans Fliege era un hombre racional, que no era partidario de los impulsos emocionales a la hora de actuar.
Por su parte el aspecto de Merrill era el de un hombre de acción más que de un médico, su cabello espeso y negro y su porte atlético recordaba a esos gimnastas de películas mudas, con rostro de constante preocupación en el cual parecían pesar los secretos del lugar. Secretos que empezaban e exigir ser descubiertos por alguien, pensó Isidro.

***


Ven a mi / como el amanecer viene tras la noche / con la promesa de disipar las sombras / toma mi alma / y llévala contigo / limpia las heridas de mi cuerpo / hasta que de mi / ya no quede nada.

Se encontró caminando sobre la arena húmeda. El día estaba nublado y el mar parecía estirarse más lento que de costumbre a través de las olas. Ella estaba sentada sobre una roca, mirando el horizonte, con un vestido azul sacado de otra época lejana. Esta vez tenía el cabello rojizo y la piel dorada, sin embargo era ella, solo ella podía acelerar su corazón de esa manera. Solo ella podía constituirse en un atisbo tan rotundo e indefinible de la belleza divina.

Cada vez que te encuentro / no es más que la ilusión de encontrarte / porque eres tu siempre la que me ha encontrado / es el universo entero / el que ha llegado a mi encuentro a través de ti.

Anotó mentalmente las frases venidas de la nada. Los poemas escritos por el silencio, como le gustaba llamarlos y se fue a sentar junto a ella en la roca. Después de unos minutos en calma se atrevió a tocar su rostro, que al tacto era frío como la muerte, pero sin embargo le producía una sensación de calidez interior. Ella sonrió, con una sonrisa que sobrepasa cualquier expresión humana de afecto, haciendo que Isidro se sintiera bendecido y que todas las peculiaridades de su vida volvieran a tener sentido.
Ella se le acercó, como un ángel caído, y le susurró algo al oído, haciendo que todo su cuerpo se estremeciera. En el mismo momento una ola enorme se hizo trizas contra la roca donde estaban sentados, sacudiéndolo con firmeza.
Cuando logró recomponerse ella ya no estaba. Su cuerpo ardía como si la ola lo hubiera quemado y en lo que parecía una respuesta a su ardor, empezó a llover. Una lluvia gélida y desesperanzadora. Su tiempo con ella había terminado por ahora. Sólo le quedaban sus palabras al oído, dándole vueltas en su cabeza.
Volvió a la playa. La lluvia se había transformado en un aguacero que hacía que la arena se convirtiera en arena movediza. Sus pies se hundían y parecía que todo, incluso él, terminaría siendo arrastrado por la lluvia hacia el mar. Se tuvo que esforzar al máximo para poder llegar a unos árboles cerca de la costa, en los que había tierra firme. Una vez a salvo los árboles se multiplicaron a su alrededor formando un bosque espeso. Eran tan altos que casi no permitían ver el cielo. Estaba rodeado por la misma clase de bosque que rodeaba el poblado. El territorio de la bestia.
Caminó durante algunos minutos hasta encontrarse con unas deposiciones amarillentas y fétidas, que cuidó no pisar. Un poco más allá estaban los cuerpos de varias muchachas sin nada de ropa, tendidas de espalda en la tierra como si estuvieran durmiendo plácidamente, esperando ser despertadas por su príncipe encantado. Todas ellas tenían la barriga hinchada, como si fueran a dar a luz dentro de poco.
Unos gemidos dirigieron su atención hacia un rincón sombrío. En él vio a Anne completamente desnuda y de rodillas con los brazos apoyados en el suelo, mirándolo a través de sus ojos ciegos, mientras la criatura la penetraba babeante por atrás.
Las pupilas resplandecientes y biliosas de la bestia parecían girar en sus cuencas. El rostro de dolor de Anne se transfiguró en una mueca de placer, largándose a reír como si fuera un demonio, mientras a su alrededor los vientres de las mujeres eran desgarrados desde adentro por unas garras inhumanas de uñas negras y retorcidas.
Cuando volvió la vista hacia la joven y la criatura, se topó con que ella estaba de pie frente a él, casi rozándolo, sonriendo insinuante con sus pezones alargados apuntando firmemente hacia su pecho. Se llevó la mano hasta su cara y se arrancó de un tirón la piel del rostro, dejando en evidencia una calavera negra.
Despertó gritando en la cama. La puerta de su habitación estaba abierta y le pareció sentir el olor del perfume que usaba Anne. Necesitaba con urgencia un poco de alcohol, pero antes de eso debía ir a hablar con alguien.

jueves, 12 de noviembre de 2009

EL TIEMPO, EL SILENCIO Y LA SOLEDAD


Cuando se nuble tu vista y no sepas a dónde ir

ven y abrázame aunque sea sólo en pensamientos.

Si no hay más que lluvia en tu camino

recuerda que he cobijado tu forma de reír y de llorar

más allá del olvido,

que mis manos te dieron el abrigo que necesitabas

y mi cuerpo ha sostenido el tuyo

sin ninguna clase de adorno encima

como la noche sostiene a las estrellas.

Si no ves salvación alguna

recuerda que tu alegría me dio esperanza

y en agradecimiento te he guardado

el dulce fruto de las emociones más bellas

para que cuando te sientas perdida y sin valor

recuerdes que yo fijé mis ojos en ti

porque pude distinguir

los destellos del firmamento que hay en tu alma

y aunque yo no soy más que otro ser humano

que en algún momento compartió tu vida,

un espíritu más en este viaje, un tonto en un reino de locos...

Aunque no soy más que

una lágrima flotando en el océano de la existencia

puedes volver a mi

como las olas del mar regresan a la arena,

ese soñador que llevo dentro

te estará esperando siempre

para regalarte el amor que te haga falta para continuar

y aunque cuando llegue ese día quizá yo ya no esté

te dejo estas palabras como si fueran un mapa

hacia la virtud que hay en cada corazón,

para que sepas que

nuestros destinos no se han cruzado en vano

y te dejo mi presencia grabada en tu memoria

repitiéndote cuánto te amo

más allá del tiempo, el silencio y la soledad.


martes, 10 de noviembre de 2009

EL OSCURO ARCO DEL SILENCIO


Anne lo observaba en la puerta del baño mientras se afeitaba. Aunque no podía verlo debido a su ceguera, había soñado con él y podía imaginárselo fácilmente con la navaja en la mano, la espuma en la cara y el torso desnudo.
- ¿Te puedo rasurar? – Preguntó la muchacha.
Isidro la miró a través del espejo. Ella era alta y delgada, muy rubia, con el cabello largo, tendría unos dieciséis años y le devolvía la mirada a través de sus ojos blanquecinos, coronados por una aureola celeste deslavada, como si fuera una pintura que hubieran tratado de borrar con diluyente.
Al no tener respuesta del hombre, Anne agregó tímidamente:
- He afeitado a mi padre muchas veces y nunca lo he lastimado.
El la volvió a mirar. Si bien aún conservaba rasgos de niña, la sexualidad de mujer se abría paso en sus poros como un animal en estado salvaje, que ya no podía ser domesticado por más tiempo. Vestía un vestido con falda ancha verde, una blusa blanca y un chaleco gris que parecía resbalar sobre sus hombros espigados y frágiles.
- Por qué no... en el peor de los casos me terminas rebanando el cuello un poco antes que tu gente.- Le contestó extendiéndole la navaja de afeitar cerrada.
Anne se acercó sonriendo con los brazos estirados y sus manos tanteando el aire buscándolo. Hizo contacto con el brazo de Isidro y sus dedos lo empezaron a explorar como si fueran pequeñas criaturas con vida propia. Tomó la navaja de afeitar de su mano y siguiendo la orientación del brazo se paró a su costado, para posteriormente palmar su cuello con delicadeza y luego su cara espumada.
- Mi gente le teme a lo desconocido, no es que tengan algo en contra tuyo en particular.- Dijo mientras pasaba con precisión milimétrica la hoja de la navaja por su garganta, para después limpiarla en el agua del recipiente que estaba bajo el espejo. – Se ponen impacientes esperando a que hagas algo para detener al monstruo y se niegan a creer en ti...
- ¿Y tú crees en mi? – Inquirió mientras el filo besaba su mejilla.
- Absolutamente – Afirmó ella con seguridad – No creer en ti sería como no creer en la lluvia que caerá dentro de unos momentos.- Su rostro se iluminó con una sonrisa angelical.
No alcanzó a pasar ni un minuto cuando en la ventanilla del baño y en el techo, empezó a retumbar el repiqueteo de la lluvia, anidada con fuerza sobre la casona como si una nube gris hubiera aterrizado en su techo.
Isidro se cuestionó cómo sabía la muchacha que se reanudaría el azote de la llovia, pero en realidad su duda era sólo un detalle, considerando el hecho de que ella lo estaba afeitando perfectamente sin que pudiera ver su rostro.
- No sé como puedes estar tan segura. Ni siquiera me conoces... ¿Y si fuera un fraude?– Dijo como liberando un pensamiento en voz alta.
- No lo eres, aunque a veces pierdas la fe. Puedo sentirlo en tu presencia. – Le susurró apoyando su mano con gracia sobre su hombro descubierto. – La gente se deja engañar por los ojos. Tú lo sabes más que nadie, tú que la buscas como un vagabundo en el fondo de tu corazón. Ella lo sabe y por eso te encuentra en sueños, para que no lo olvides.- Y volvió a sonreír con su sonrisa celestial.
- ¿La conoces? – Exclamó Isidro, volteando su cara peligrosamente, olvidando por completo la navaja que circulaba por su rostro. Anne apartó el filo de la hoja una fracción de segundos antes, como si hubiera adivinado su movimiento.
- La he visto hablándote, sentada frente al mar, acompañada por una sensación de paz y nostalgia. – Sus ojos blanquecinos parecieron brillar con más intensidad que de costumbre.
- ¡Anne! Es suficiente. Deja a nuestro invitado tranquilo.- Vociferó el hombre alto desde el marco de la puerta.
La muchacha inmediatamente se retiró de su lado, dejando la navaja en el recipiente con agua.
- No le hagas caso.- Le susurró al oído a Isidro cuando pasó a su lado y salió del baño.
Hans estaba visiblemente molesto y hacía esfuerzos por contenerse. Miró con severidad al forastero unos segundos y luego le dijo que lo esperaban en la casa de Pedro Armijo. Tenían temas importantes que tratar con él. Acto seguido cerró la puerta del baño de un portazo que hizo que se salpicara un poco del agua de la batea.

Estaba sentado en la mesa, rodeado por el grupo reunido en la casa de Armijo. Ya se había tomado tres vasos de vodka y en consecuencia Amadeo se había materializado, manteniéndose como siempre invisible para el resto. Su garganta ardía con el revitalizador efecto del alcohol. Ya no le importaba la desconfianza de los habitantes, ni que su vida estuviera en peligro. Era su última oportunidad para demostrar que podía ayudarlos. Todos creían que se burlaba de ellos pidiendo alcohol para poder hacer su “magia”.
- ¿En qué te puedo ayudar mi buen amigo? Ha pasado una eternidad desde la última vez que nos vimos... – Canturreó Amadeo sentado sobre una estantería junto al comedor.
- Necesito encontrar a la criatura que ataca a esta villa.
- Vaya manía la tuya de meterte en líos. Te dejo solo un par de días y te encuentro lleno de nuevos amigos con cara de poco amigos.
Los hombres creyeron que estaba inventando ese diálogo imaginario, que se estaba riendo en sus narices como si estuviera tratando con unos campesinos analfabetos e incrédulos. Franz, Jurgen y Mathias, empezaron susurrar en alemán indignados, pero fueron silenciados con un gesto por el hombre alto. Aunque éste para sus adentros sentía más indignación que el resto, pero la palabra de Anne estaba en juego y una vez que el saltimbanqui misterioso hiciera el mínimo acto que justificara su presencia, se volvería desechable y el personalmente se encargaría de devolverlo, adentro de una botella de vodka si era necesario, al mismo lugar del que provino.
- El monstruo está aquí.- Confirmó Amadeo sonriendo.
- ¿Dónde?
- Con tu amiga de ojos claros y mirada oscura.- Respondió seriamente esta vez.
Isidro saltó de la mesa como poseído, gritando: “¡Vino por Anne!”. Los sujetos se paralizaron en sus lugares y miraron al hombre alto, sin saber cómo reaccionar. Hans al segundo les gritó instrucciones a Thomas, Adolf y Merrill, que corrieron a buscar unos rifles que estaban escondidos en el interior de un mueble antiguo. Al resto de los hombres, Pedro Armijo les entregó unos cuchillos grandes de cacería. Sus manos temblaban como si hubiera visto al mismísimo demonio. Hans corrió tras Isidro con una pistola en su mano y lo alcanzó al poco rato, a pesar de que al menos lo doblaba en edad.
Adolf fue hasta la parte posterior de la casa, mientras Merrill y Thomas flanquearon los dos costados, acompañados por Jurgen y Mathias respectivamente. Franz Uber siguió al hombre alto, armado también con una pistola de similares características (cañón delgado y largo, con mango oblicuo).
Justo cuando estaban en el pórtico de la casa escucharon el grito de Anne, proveniente del segundo piso. Isidro entró corriendo al caserón y trepó por la escalera seguido de cerca por el hombre alto. Los gritos de Anne provenían del baño. El mismo lugar donde se había estado afeitándose momentos antes.
La puerta estaba cerrada por dentro. Isidro forcejeaba con la cerradura cuando se escuchó otro grito de Anne, esta vez más agudo. Pateó la puerta en un acto desesperado, pero la madera era demasiado sólida y no cedió. “¡Apártese!” Gritó Hans y luego de tomar distancia, reventó los engranajes de la puerta embistiéndola con su hombro.
El baño estaba completamente a oscuras y de él saltó una figura con sus brazos agitándose en medio de la negrura, directamente hacia el cuello de Isidro. La figura era Anne, desnuda y mojada, cubierta apenas por una toalla. Isidro sólo atinó a abrazarla con suavidad y preguntarle: “¿Estás bien?” A lo que ella respondió alterada “¡Estaba ahí! ¡Espiándome en la ventana! Pude sentir su aliento horrible, frío y...” No alcanzó a terminar su frase cuando un par de disparos sonaron en medio la noche y todos se quedaron paralizados bajo el oscuro arco del silencio.

martes, 3 de noviembre de 2009

UN DESPROPOSITO


¿Habrá algo mal en mí?

No me interesan las campañas políticas
ni los comentarios de farándula.
No sigo con fanatismo
a ningún club de fútbol
ni busco centros comerciales
para comprar a cada rato.
No quiero conocer el mundo entero viajando
ni me preocupa ganar más dinero
que mis vecinos.
No tengo ninguna opinión en particular
sobre los conflictos armados actuales
ni proyectos para salvar a la humanidad
del fin de los tiempos.
No busco la fama
ni tener alguna clase de poder sobre la gente
ni llegar muy alto en el trabajo.
No vendo ideas.
No exijo nada.

¿Será una especie de enfermedad?
Un despropósito.

Mientras la sociedad
sufre cambios
supuestamente cada vez más trascendentales
a mi sólo me interesan
cosas como el sabor de tus besos
y adivinar el color
de tu ropa interior.

viernes, 30 de octubre de 2009

EL HOMBRE DE LOS OJOS TRISTES


Las lluvias volvieron a la villa con ferocidad desde la aparición del forastero. Los pobladores en vez de ver en él a un salvador, lo consideraban otro peligro que se venía a sumar al de la bestia. ¿Cómo podría ese hombre de aspecto descuidado y ojos tristes ayudarlos?

En la villa había unas treinta casas que albergaban a casi un centenar de habitantes. Las construcciones eran de tipo colonial, con un marcado estilo extranjero, sin signos de modernidad en ellas. No había luz eléctrica, agua potable, ni se veían vehículos o pavimento en las calles, sin embargo a diferencia de un villorrio cualquiera todo estaba obsesivamente ordenado. No se atisbaba basura ni animales sueltos, las casas eran todas idénticas salvo mínimas variaciones, gruesas maderas color gris, como si quisieran fundirse con el terreno oscuro.

El paisaje resultaba sombrío, aunque estuviera de día. Pocas veces salía el sol y éste recorría los senderos del poblado durante escasas horas, porque se encontraba rodeada por bosque con árboles altos, que proyectaban su sombra en rededor.

El aire era fresco y gélido, generaba una sensación de quietud exterior, esa clase de calma que es sólo latente. Una especie de resorte contraído que puede extenderse violentamente en cualquier instante. Las penumbras de la naturaleza, como siempre, no se comparaba con las penumbras de la naturaleza humana, que se insinuaban hasta abismos insondables tras las miradas desconfiadas de los habitantes del lugar.

Todos eran de tez blanca y rasgos arios, de descendencia alemana. La excepción era Pedro Armijo, un hombre moreno de unos cincuenta años, de baja estatura y rasgos angulosos. Claramente el pertenecía a la villa, por un asunto funcional probablemente, como su representante en el mundo exterior. Sin embargo no era parte de la “casta”. A Isidro le recordó esas películas antiguas de vampiros, en las que contrastaba el glamour europeo de los chupasangres con la vulgaridad de sus asistentes terrenales. Aunque Armijo no era jorobado ni se llamaba Igor, algo de eso había. Podría decirse que tenía derecho a voz pero no a voto y su opinión poco o nada importaba.

Las mujeres tenían un rol claramente secundario en la micro-sociedad. No se les veía mucho por los senderos, menos aún después de los hechos del último tiempo, y sus labores eran principalmente domésticas. Entre todas ellas, sumisas y abnegadas, brillaba con luz propia Anne, tal vez amparada por su padre, y su ceguera, que la aislaba del mundo pero al mismo tiempo la hacía ser más audaz e independiente. Sin contar con sus raros (y temidos) poderes extrasensoriales.

 

Hans Fliege lo escrutó de arriba abajo con la mirada. Le pareció esa clase de hombres que engañan con su apariencia, sugiriendo ser fáciles de quebrar, pero terminan aguantando estoicos los embates del destino. El tipo de sujetos emparentados con las cucarachas, capaces de sobrevivir a caídas, resistir sobre sí objetos que multiplican su peso y soportar incluso un holocausto nuclear. No obstante, con las cucarachas era cosa de saber aplastarlas para hacer crujir sus apéndices como pan recién horneado. Y eso él lo sabía muy bien.

Isidro Blanco no se dejó intimidar por el hombre alto, ni por encontrarse perdido en ese rincón aislado del mundo. Más bien le producía cierta gracia, cierta curiosidad sobre lo que le depararía la vida en esta ocasión y la secreta esperanza de que quizá esta vez podría llegar hasta la mujer que le hablaba en sus sueños y amaba hasta con la última partícula de su ser. Quizá al fin podría descubrir su verdadera identidad, oculta tras tenebrosas capas de amnesia, en tiempos perdidos.

 

Recordó que estaba bebiendo una botella de vodka mientras caminaba junto a una carretera. Hizo dedo sin éxito, hasta que lo pilló la noche y se vio obligado a buscar refugio, no encontrando nada mejor que un paradero oxidado, con un banquillo duro donde tenderse y un techo que serviría como protección ante una eventual lluvia. Amadeo, como siempre cuando bebía, iba junto a él, largando su perorata interminable de reflexiones humanistas. Evitaba caer en su juego y reducía al mínimo sus respuestas, para que los automovilistas no creyeran que era un loco que hablaba solo mientras caminaba. No importaba, de igual forma nadie quiso llevarlo y no estaba muy seguro de su cordura.

Al dormir escuchó la voz de una mujer, pero no era la voz de ella, su amada, sino que parecía la de una adolescente, recitando algo en alemán. Aunque no sabía ni una pizca de alemán, su cerebro entendía cada palabra como si las estuviese diciendo en su lengua nativa olvidada:

 

Sangre de nuestra sangre / libera los miedos y las culpas / devuélvenos la luz allí dónde se ha escondido / los hombres ya no estarán abandonados y ciegos / en las entrañas del bosque / enterrarán el corazón de los justos / la furia doblará su arco / el cielo se llevará sus lágrimas / hacia sus ojos tristes.

 

Lo siguiente fue la inconsciencia. El abrazo de la noche y el silencio con su manto soporífero, hasta que sintió un ardor en los pulmones propio de la falta de aire y el polvo. No sabía cómo, pero estaba encerrado adentro de una caja.

 

El hombre alto relató los hechos con una lejanía emocional propia de un cirujano. Todo había comenzado un mes antes aproximadamente, una noche de lluvia y luna llena. La primera persona en verlo fue Kay, la segunda hija de Jurgen, mientras cortaba cetas en las cercanías de la villa. Les contó a todos que sintió una ráfaga de aire frío, con un olor nauseabundo y un silbido extraño que provenía del bosque. Se acercó para mirar de qué se trataba y se encontró con la bestia a unos diez metros de ella, apoyada en un árbol. Según su descripción era una especie de hombre con piel morena, de un metro de estatura, al parecer desnudo pero con la piel cubierta completamente por una fina capa de pelos negros, abundantes en algunas zonas de su cuerpo, como su ingle y su pecho. Sus ojos eran saltones y tenían un tomo amarillento que resaltaba en su cara deforme, incitando a observarlos. Los rasgos de su rostro estaban chuecos como si  fuera una escultura mal armada, según la muchacha. La baja estatura del ser y sus anomalías físicas inspiraban repulsión y miedo, pero a la vez producían una extraña fascinación, como si alimentaran la curiosidad del alma, le contó Kay a su hermana mayor. Su respiración era agitada como la de un animal grande enfadado y su boca se movía como si estuviera masticando tabaco, dejando caer hilos de baba entremedio de unos labios hinchados y resecos.

Cuando el ser llevó su mano de gigante en miniatura a su entrepierna, Kay dejó tirada las setas y corrió con todas sus fuerzas hacia la villa, con la sensación constante de que esa mano horrible la agarraría por la espalda. No podía sacarse sus ojos amarillentos de la cabeza. Esa misma noche tuvo fiebre y mientras su madre iba al pozo a conseguir agua fresca para unas compresas, la muchacha desapareció de su cuarto sin que Jurgen ni su madre, ni sus hermanos la vieran. En la habitación de ella, encontraron lodo negro en el piso y en las sábanas de la cama, además de un olor asqueroso que les recordó su relato de la tarde.

La buscaron durante días en los bosques cercanos, pero no encontraron ninguna señal de ella. Era como si se hubiera esfumado de la faz de la tierra...

La segunda fue Zelma. Ella a diferencia de Kay no se encontró con la criatura, pero le contó a otras muchachas que todas las noches soñaba con un príncipe muy apuesto, moreno de cabellos azabache, que la visitaba en sus sueños y del cual estaba perdidamente enamorada. Una noche desapareció de la misma forma que Kay, como si algo hubiera entrado a su cuarto sin ser visto y se la hubiera llevado como por arte de magia.

Henrietta fue la tercera. Tendría unos dieciséis años, cuando fue a buscar agua al pozo y nunca más volvió. Junto al balde tirado encontraron huellas extrañas, de pies descalzos como del tamaño de un niño, pero profundas, como si fueran de alguien sumamente pesado.

Emma siguió su mismo destino fatídico dos días después, tras haber divisado desde su ventana, a la criatura merodeando. Desapareció del dormitorio, a pesar de que su hermano mayor hacía vigilia en la puerta y ya se habían organizado grupos de guardias nocturnos que recorrían armados la villa. El muchacho se quedó dormido cuando su hermana simplemente se desvaneció y para colmo de males al buscarla en las afueras de la casa, sintiéndose culpable, pisó un extraño excremento de color amarillento, al que muchos le atribuyen el que haya sufrido un ataque al sistema nervioso que lo dejó con una parálisis en la mitad derecha de su cuerpo (curiosamente con el pie derecho había pisado el excremento).

El último caso fue el de Berta, recién casada con Karl, el hermano menor de Thomas, que desapareció mientras tomaba un baño de tina. Karl en su desesperación la fue a buscar al bosque solo, armado como si fuera de cacería, y nunca más se supo de él. Se borró del mapa tragado por unas fauces invisibles al igual que las muchachas.

Todos nuestros esfuerzos de búsqueda y de protección de nuestras mujeres parecen insuficientes o fútiles. Nadie que haya visto a la criatura ha subsistido para contarlo, afirmó Hans y sintió la gravedad de sus palabras recordando que Anne se le había aproximado estando en trance. Era indispensable actuar rápido.

- Dígame forastero. ¿Qué es lo que supuestamente debiéramos hacer para acabar con esta maldición que azota nuestra villa? – Culminó con seriedad.

Isidro se tomo un tiempo en reflexionar sobre lo que había escuchado. Miró los rostros asustados y expectantes del grupo de cinco hombres: Adolf, Merill, Jurgen, Thomas y Hans, el hombre alto.

- Sinceramente... no tengo idea.

martes, 27 de octubre de 2009

EL AMOR ES ACCION


Te digo que te amo
en mi propio lenguaje
lo dicen mis ojos al parpadear
como si quisieran volar
hacia los tuyos
y los pelos de mi piel al erizarse
cuando te aproximas.

Te lo digo
a través de trivialidades
como gastar contigo
el dinero que no tengo
hacerte regalos
sin tener motivos
cocinar algo especial
aunque no tenga hambre
inventar excusas y hacer trámites
para poder estar más tiempo
junto a ti.

Te lo digo
cuando te imagino
empapada en la ducha
sentada en el metro
contando las estaciones que faltan
posada en la acera
como un cisne salvaje
aburrida en la fila de un banco
comprando golosinas
caminando hacia el trabajo
observando la lluvia caer
pensando en el mañana
que nunca llegará.

Te digo que te amo
cuando te escribo estas cosas
que no digo
y así lo expreso
en pequeños actos cotidianos
como recoger la basura
que se junta en el día
grabarte canciones
llamarte por teléfono
ordenar tu ropa
tirada en el piso
sacarte fotografías
y descubrirte como
el componente misterioso
que hace más bello
el entorno en que vivo...
te lo digo
cuando pronuncio tu nombre
con profundo cariño
y lo subrayo en mi alma
y reúno tus piezas
y te armo en silencio
para recordarte cuando no estás.

Te digo que te amo
cuando tomo tus manos y sonrío
sin ningún propósito
cuando te beso de improviso
cuando recorro con mis dedos
tu cuerpo
cuando me preocupo
de que tengas un orgasmo
antes que yo
cuando me fijo en tus gestos
para saber si estás alegre o cansada
fascinada o triste
preocupada o recelosa
dispersa o presente
te estoy amando
cuando trato de adivinar
qué es lo que necesitas
para sentirte bien.

Las horas se aceleran
estando cerca tuyo
y te digo que te amo
(aunque no te des cuenta)
cada vez que puedo
sin decirlo en voz alta
porque a pesar de que tu cabeza
está llena de dudas
se que tu corazón me escucha
y entiende que la mayoría
de las veces
el amor es acción
más que palabras.

jueves, 22 de octubre de 2009

LAGRIMAS NEGRAS EN OJOS CIEGOS


PROLOGO

 

- ¿Qué es lo que ves?

- El bosque, frío, oscuridad, la bruma abriéndose paso entre los árboles, la tierra rezumando lágrimas, más negra que de costumbre, tristeza, un silencio de cementerio, animales pudriéndose en sus madrigueras...

- ¿Está mi niña? Emma... – Exclamó exaltado un hombre entre lágrimas.

- Shhh – Lo hizo callar el otro – No interrumpas el trance.

- Algo se acerca... – prosiguió ella – Escucho un gruñido inhumano, pasos pesados pero ágiles, ramas rotas... ¡Se acerca! Sopla un viento helado como de desgracia, siento su furia, sabe que estoy merodeando en sus dominios.

- Vuelve antes de que llegue hasta ti – Le dijo el hombre manteniendo la voz calma aunque por dentro el corazón le golpeaba el pecho.

La muchacha se empezó a retorcer sobre en el sillón como si estuviera aprisionada por una telaraña gigante en una pesadilla.

- ¡Tiró un árbol! ¡Puedo sentir su odio! ¡Su rabia! Me observa a través de las sombras... sus ojos amarillentos pasan sobre mi piel como caracoles...

La muchacha se rascó los brazos y los pechos, quitándose unos gusanos imaginarios. El hombre alto no pudo seguir conservando la calma y la zamarreó apretando firmemente sus hombros.

- ¡Despierta Anne! ¡Despierta!

La joven estaba sudando hiel, fácilmente la temperatura de su cuerpo alcanzaba los cuarenta grados. El hombre asustado la remecía cada vez con más fuerza, mientras imploraba en voz baja con un padre nuestro en alemán. Finalmente Anne se incorporó abriendo sus ojos celestes y blanquecinos en forma desorbitada. Tomó una bocanada de aire como si hubiera estado un tiempo considerable debajo del agua y se desmayó en los brazos del hombre alto.

 

- Hans, tenemos que hacer algo o perderemos a todas nuestras hijas y madres... – Dijo con voz suplicante Pedro Armijo, el dueño de la única tienda de víveres del pueblo. Si es que se le podía llamar tienda al cuarto anexado a su casa, en donde intercambiaba o vendía las cosas que compraba cuando iba a la ciudad.

- Mi Emma... - Se lamentó lloriqueando Franz Uber. El encargado del ganado.

El hombre alto, Hans Fliegel, a pesar de tener muchos años encima se mantenía adusto y firme como un roble. Era el líder natural de la villa, desde que la fundara hace muchas décadas.

- Deberíamos tratar de nuevo con el padre Michael – Insinuó Kurt, el encargado de supervisar los arreglos en las construcciones.

- Creo que ya agotamos esa posibilidad... Debemos buscar a la criatura y exterminarla, cueste lo que cueste.- Dijo Hans, con ese tono de mando y determinación que los otros sujetos conocían perfectamente. El respeto hacia su persona era tal, que nadie se atrevía a contradecir sus órdenes.

- No – Dijo enfática Anne, que se había recuperado del desmayo, después de dormir varias horas y se asomaba bajo el arco de la puerta, vestida con un camisón blanco, ante todos los hombres reunidos. – Su poder es inimaginable... si lo buscan no hallarán más que un destino bañado de sangre. Al mal no se le puede combatir con fuerza bruta.- Argumentó la muchacha, y su dulce voz desesperanzada hizo que se erizara la piel de varios de los presentes.

- ¿Que debiéramos hacer? ¿Tuviste una visión? – Le preguntó el hombre alto, con esa comprensión que sólo reservaba para Anne, su adorada hija.

Media hora más tarde los hombres entraron armados con palas y picotas a la capilla. El padre Michael se opuso, pero sólo de palabra y sintiéndose vencido ante el grupo de quince hombres encabezados por Hans Fliege, les entregó su posesión más preciada, la sangre inmaculada y sin coagular por siglos de San Johan de Laar. 

 

Anne dibujó sobre la tumba, con polvo de cal, la figura similar a un pentagrama que había visualizado mientras ardía en fiebre. Esa era la tumba más antigua del pequeño cementerio de la villa (dónde sólo habían trece sepulturas) y curiosamente pertenecía a su abuela.

El cielo estaba amenazante y cargado de nubes negras como la mayor parte del año. Debían de apresurarse antes de que llegara la noche. El hombre alto le pasó el frasco de sangre a la muchacha, ella abrió con cuidado el recipiente y empezó a distribuir la sangre en el centro de la figura, para dolor del padre Michael que miraba la escena un poco más atrás del grupo de hombres. Paganismo, pensaba para sus adentros y le preocupó la idea de que el monstruo estuviera alcanzando con su influencia maléfica a todos los habitantes del lugar, sin que estos se dieran cuenta.

Anne recitó unas palabras en alemán que había escuchado durante su visión y levantó sus brazos hacia las nubes gritando “Amén”, mientras permanecía arrodillada sobre la tumba. En respuesta a su grito las nubes empezaron a gruñir con el estruendo del trueno que precede a la tormenta.

El padre Michael retrocedió unos pasos. El solía ser un hombre religioso tradicional, pero con el paso de los años le tocó ver cosas que escapaban de la mano de Dios. No obstante, nunca había podido asimilar del todo manifestaciones tan extrañas como los poderes de la muchacha.

- Hay que abrir la tumba... La respuesta a nuestra plegaría está adentro del ataúd.- Dijo Anne con absoluta seguridad en sus palabras.

Inmediatamente el grupo de hombres miró a Hans, esperando su aprobación. El hombre alto temía para sus adentros lo que pudieran encontrar, pero por otra parte debía creer en ella. Porque ella nunca lo había defraudado.

Bastó un pequeño movimiento afirmativo de su cabeza, para que cuatro sujetos empezaran a cavar la tierra sobre la tumba. Justo debajo del dibujo ensangrentado.

No les fue difícil completar la excavación hasta llegar al ataúd metálico, gracias a que la tierra se conservaba húmeda y blanda durante todo el año, por las frecuentes lluvias. Lo cual obligaba a descartar la madera para la elaboración de los ataúdes, ya que después de unas semanas se consumían por completo, reblandecidos en el légamo negro como si fueran de cartón.

Una vez descubierto el ataúd metálico, los hombres procedieron a sacarlo de la fosa por medio de cuerdas. Cuando lo arrastraban por el costado de la tumba, Jurgen, el artesano en hierro, saltó espantado vociferando que había sentido algo moverse adentro de él. Los otros hombres miraron atemorizados, pero como siempre Hans impuso la calma:

- Mathias, rompe el sello con la picota.- Sentenció.

Mathias, el agricultor, obedeció y con un golpe seco rompió el engranaje oxidado por la humedad. Esta vez se hizo evidente para todos que algo se movía adentro.

- ¿Qué está pasando? – Preguntó Anne, a un costado del espectáculo, sumida en su mundo de tinieblas, privada del don de la vista desde que nació.

- Nada cariño... – Respondió el hombre alto.

Hans hizo un gesto a Thomas, que alzó su escopeta apuntando hacia el ataúd. Con otra señal le indicó a Adolf, el cazador de la villa, que lo abriera.

Adolf se acercó con temor a la caja y jaló la tapa con fuerza hasta que cayó abierta al otro costado. Del interior del ataúd salió un tremendo cúmulo de polvo como si fuera una neblina, ocultando el interior del mismo.    

Como un fantasma se levantó una figura en medio del polvo. La escopeta temblaba en los brazos de Thomas, mientras le apuntaba, esperando la instrucción para disparar.

Al despejarse el polvo pudieron ver a un hombre delgado con el pelo largo y revuelto, de unos treinta años, vestido como si viniera de la ciudad.

- ¿Quién es usted? – Le preguntó Hans con dureza.

El sujeto se sacudió el polvo de la chaqueta negra de motociclista, y contestó:

- ¿Alguien tiene un trago que me convide?... Mi nombre es Isidro Blanco.

En ese mismo momento se largó a llover.

  

martes, 20 de octubre de 2009

PROPIEDAD PRIVADA



No soy dueño de nadie ni nada
pasan por mis dedos monedas y billetes
sin pagar mis verdaderas deudas
pasan por mis dedos lápices y llaves
sin dejar registro de mis ideas
ni abrir las puertas
que son importantes para avanzar,
pasan por mis manos saludos y gestos
sin tener memoria absoluta
de con quienes se han comunicado,
sin querer llegar a transformarse en puños
como el chanchito de tierra cuando huye
con temor a ser devorado,
chispazos de lucidez
pasan por mis manos
cuando su baile se transforma en caricias
cuando expresan apoyo y consuelo
y dejan de aferrarse a las apariencias.

No soy dueño de nada ni nadie
pasa por mis huesos el pulso de la materia,
las sensaciones como ánimas
buscando un cementerio dónde descansar,
pasa por mi estómago el alimento
sin revelarme su bendita epopeya
de crecimiento y muerte,
pasa por mis pies el camino
que voy recorriendo sin rumbo
los pasos que dejé abandonados
al no saber que ya estaba
a donde quiero llegar.

No soy dueño de ningún lugar
sube por mi espalda el amor
como un sol infinito
trepan los colores de la realidad
y no me encuentran
porque mi cabeza tal vez sea un espectro
que viaja solo adentro de un tren,
un sepulcro viviente
al que rozan los matices del día,
insiste en iluminar mis sombras
la luz de más allá del alma
pero mis ojos se resisten
y en sus retinas acostumbradas a no ver
se fijan los adornos del mundo exterior.

No tengo propiedad privada
heredé estos sueños rotos
esta conciencia partida a cincelazos
y esta criatura inquieta
que se viste con mi pellejo
buscando saciar sus ansias de vida.
Aún reinan en mis dominios los deseos
naciones vecinas en conflicto
que miran a través de un mismo foco
bajo una corona de cielo.
No soy dueño de nadie ni nada
simplemente dejo que todo pase
que todo gire
para que algún día
en algún tiempo
tras alguna ida y vuelta por el cosmos
llegar a ser dueño de mi mismo.

miércoles, 14 de octubre de 2009

BONUS TRACK - ALL I WANT / U2


Nunca me han interesado los funerales, pero... ¿Quién no ha fantaseado alguna vez imaginando cómo sería su propio funeral?

Mi muerte causó un tremendo impacto en el país. Tengo el dudoso honor de ser la primera “figura del espectáculo” asesinada a plena luz del día en la vía pública. Como todos los sucesos que atraen poderosamente la atención de la gente, mi asesinato captó además los intereses de una serie de personajes: políticos con propuestas legislativas sobre la seguridad de los famosos, actores con los que apenas me crucé hablando de mi como si hubiéramos sido amigos íntimos, periodistas de distintos medios especulando con las historias pasionales que se escondían tras mi deceso, etc. Entre muchos más que vieron en la popularidad de mi muerte una oportunidad de beneficiarse con el tacto efímero de la fama.

El cortejo fúnebre fue multitudinario, un verdadero caos debido a la muchedumbre que se aglomeró. La carroza terminó repleta de pétalos de rosas rojas y blancas. Aunque yo valoré más la ropa interior que arrojaron algunas escolares y la cerveza que derramaron a mi paso unos universitarios.

La ceremonia en sí fue mi show final y contó con la presencia de la mayoría de mis seres queridos. Ahí estaban mis padres y mi hermano Agustín con Jorge (el mecánico) y la pequeña Esperanza. Emilio, la Nata, Raúl, Iván, el Juancho, el negro Gastón, mis compañeros de la teleserie, de la miniserie, de las últimas películas y un montón de personas más que en algún momento se cruzaron en mi camino. Incluso Beatrice, radiante como nunca a pesar del llanto, cruzó el océano para darme un último beso de despedida a través del envase vacío que era mi cuerpo sin vida.

Mi historia había llegado a su término, no obstante seguí presente en el recuerdo de muchos ellos y en el inconsciente colectivo mediante mis obras.

Andrea Fernández fue juzgada y condenada a ser recluida en un Centro para el tratamiento de enfermedades mentales. La jueza, en un polémico fallo que algunos tildaron de feminista, consideró que había actuado sin discernimiento debido a sus antecedentes de trastornos psicológicos. Después de dos años internada fue liberada y rehizo su vida en Argentina, donde se casó y tuvo un hijo que curiosamente llegó a ser un terapeuta de renombre. Jamás le recriminé el que hubiera puesto fin a mi vida, más bien sentí una profunda compasión por ella y por el papel de villana que le asignó el destino.

Emilio prosperó en sus negocios y llegó a ser dueño de un conglomerado de empresas, ligadas a seguros, isapres, afps y otras entidades financieras. Sin embargo, a través de los años nunca logró apaciguar esa búsqueda exterior de satisfacción, búsqueda que también me movía a mi y nos hermanaba. Solamente encontraría paz, a avanzada edad, cuando el dinero, las mujeres y las distracciones del mundo dejaron de ser relevantes. Gracias al contacto y la sincera preocupación por su familia (al igual como lo hicieran mis padres).

Iván siguió con sus adicciones y un año y medio después de mi muerte, durante la noche de año nuevo, fallecería en un accidente de tránsito causado por conducir imprudentemente a exceso de velocidad. Raúl, luego de la pérdida de su hermano y una fuerte crisis matrimonial, se hizo evangélico y encontró consuelo en la religión.

La pequeña Esperanza se transformó en una nueva Coté, llena de vida y hermosura, hasta el fin de sus días con más de noventa años, en una parcela en San Fernando, rodeada por siete hijos y decenas de nietos que la adoraban.

La Nata logró tener éxito en el cine. En parte tuvo su oportunidad gracias a hacerse tristemente conocida como mi gran e inseparable amiga actriz. Incluso trabajó en algunas producciones televisivas, como forma de acceder póstumamente a mis insistencias al respecto. Casi una década más tarde, apoyada por el negro Gastón y gracias a su activismo político, llegaría a ser nombrada Ministra de la Cultura. Tuvo varios amantes, pero nunca más se volvió a casar. Algunas noches (“las noches más bellas”, como diría ella), soñaba con ese hombre al que amó como a ningún otro, llegando a caballo hasta su balcón, para recitarle unas estrofas de “El zoológico de cristal”. Antes de subir y tomarla en sus brazos para hacerle el amor.

La dulce Beatrice, la única mujer con la que llegué a constituir una verdadera relación de pareja, ya anciana, les contaría a sus dos nietas la historia del encuentro romántico en un ascensor, con uno de los actores nominados en Cannes. Las muchachas nunca llegarían a entender bien por qué la abuela se ponía triste, recordando la última vez que habló conmigo, en esa llamada telefónica de larga distancia del veinte de Julio.

Uno de los misterios que quedó sin explicación tras mi muerte, fue el pasaje de ida sin retorno hacia Aysén, que encontraron adentro de mi chaqueta...

Quizá fui un idiota en muchos aspectos de mi vida y actué la mayoría de las veces guiado por mis impulsos egocentristas. Busqué placeres intensos de todo tipo; fama, mujeres, dinero, status y de nada me arrepiento. Pero con el tiempo pude llegar a entender los designios del universo y darme cuenta de que era lo que realmente quería, como dice la única canción que me agrada de U2: “Todo lo que quiero... eres tú”. Y ese tú, a quien verdaderamente deseé desde que la conocí, fue a Lidia, la incomparable, la que podía llegar a mi alma con su sola presencia, con sus gestos más simples o con tan sólo sus palabras. Con Lidia nunca hubo sexo propiamente tal, ni compartimos mucho más que instantes fragmentados en el tiempo, pero bastaba con que se encontraran nuestras miradas, para que mi pulso se acelerara como sabiendo que había algo más profundo entre nosotros, cosa que con ninguna otra mujer me ocurría, siquiera de esa manera.

Aunque no creí en almas gemelas y cosas por el estilo, poco antes de morir tuve la visión de que nuestros espíritus estaban irreversiblemente unidos por un manto de amor invisible, o siquiera fue lo que yo sentí con una certeza absoluta a pesar de que ella nunca me lo ratificara verbalmente.

A la distancia, sin el valor de asistir a mi funeral, ella sufrió enormemente con mi deceso y el haber perdido por siempre la oportunidad de llegar a estar juntos. Jamás sabría que mi última intención en vida fue ir a buscarla, abrazarla como a un sueño y renunciar a todo lo demás en sus brazos. En la que sería mi empresa desquiciada final, luego de haberle deseado lo mejor telefónicamente a mi querida Beatrice.

Ya llegando a los cuarenta Lidia se volvería a casar, con un guardabosque, un buen sujeto con el que tendría un hijo, el que dependiendo de ciertas circunstancias que no puedo explicar, podría ser yo. Sin embargo, si así ocurre, apenas alcanzaríamos a compartir cinco años, tras los cuales ella moriría de cáncer, un cáncer que empezó a germinar en su pecho lentamente, sin que lo supiera, en el momento mismo de mi muerte.

Así es el ciclo de la existencia del que todos somos parte.

Antes de despedirme, quiero dar un reconocimiento especial a todas aquellas bandas que llenaron de gozo musical mi vida y que no tuvieron cabida en este ranking: los smashing, killers, radiohead, ac/dc, massive, blur, jet, suede, rem, halen, rage, pulp, ramones, cure, depeche, weezer, doors, keane, clash, cardigans, cult, metallica, pixies, queen, smiths, bowie, sabath, idol, zeppelin, lenny, chemicals y un innumerable etcétera.

También quiero darte las gracias a ti, por haber revisado mi historia y antes de despedirme me gustaría solicitarte, humildemente, que si alguna vez vas a Aysén y te encuentras con la veterinaria más bonita del lugar, la que tiene los ojos más maravillosamente cálidos que hayas visto, sin importar cuantos años pasen por su cuerpo. Dile que lo intenté, que en medio de mi corazón oscuro y confuso, a la única persona que amé sin dudar, de principio a fin, fue a ella.

Me despido con un fuerte y eterno abrazo. Ojala mi historia te sirva de algo en tu experiencia en el mundo. Ha llegado la hora de partir.

 

Saludos,

Alex.

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